luciano-pulgar
Tue, 22 Oct 2002 19:13:47 -0700
Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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De los estados locos y qué hacer frente a ellos
Carlos Alberto Montaner
Madrid -- Sólo la mayor sordera impide percibir los tambores de guerra. Pero,
fuera de Estados Unidos, son muy pocos quienes parecen dispuestos a acompañar a
Washington en la tarea de derrocar a Saddam Hussein. Afortunadamente, por estas
fechas se cumplen cuarenta años de la ''crisis de los misiles''. Vale la pena
asomarnos a ciertos aspectos de ese encontronazo que hoy tienen una dramática
vigencia.
Los datos básicos los conoce todo el mundo: hace cuatro décadas Estados Unidos
y la URSS estuvieron a punto de desatar una guerra atómica debido a la
instalación de misiles nucleares en Cuba. El conflicto se evitó cuando Nikita
Jruschov tuvo el buen juicio de retirar esas armas ante la amenaza
estadounidense de invadir la isla y destruirlas, posibilidad muy bien
sustentada tras el bloqueo naval a Cuba ordenado por John F. Kennedy. Se conoce
menos, sin embargo, la insubordinación de un mayor soviético destacado en Cuba
que, por su cuenta y riesgo, pero de acuerdo con militares cubanos, derribó un
avión espía norteamericano y multiplicó peligrosamente las posibilidades del
estallido bélico entre las dos superpotencias. Es el único ruso, además de
Lenin, que cuenta con una pequeña estatua en Cuba.
Sorprendentemente, era la guerra lo que Fidel Castro pretendía que ocurriera.
En medio de la terrible tensión del momento, mientras en el Kremlin y en la
Casa Blanca, muy discretamente, se exploraban fórmulas de desactivar la crisis
sin ofrecer una sensación de debilidad ante el adversario y el mundo, el
entonces muy joven Fidel Castro le enviaba a Nikita Jruschov un telegrama,
debidamente conservado y profusamente reproducido, en el que lo instaba a
disparar sus cohetes contra Estados Unidos, a sabiendas de que inmediatamente
todos los cubanos habrían sido borrados de la faz de la tierra. De algún modo
mágico, y seguramente mediante una multitudinaria encuesta telepática, el
belicoso máximo líder cubano había llegado a la conclusión de que siete
millones de cubanos --entonces eran siete-- estaban jubilosamente dispuestos a
morir por la causa del comunismo.
¿Por qué Fidel Castro adoptaba una conducta tan temeraria e irracional? La
respuesta a esa pregunta tiene hoy cierto interés, especialmente si se completa
con otra interrogación: ¿qué hubiera hecho Fidel Castro en ese momento si los
cohetes nucleares hubieran estado bajo su control y no bajo los mandos del
Ejército Rojo? Lógicamente, los hubiera disparado contra Estados Unidos. Es
verdad que a renglón seguido Cuba hubiera desaparecido del Caribe, pero para un
revolucionario antinorteamericano, profundamente imbuido de la idea de que los
yanquis son los enemigos de la humanidad, la perspectiva de morir-en-el-altar-
de-la-patria no es un acto descabellado sino un sacrificio cargado de
justificaciones éticas que sería recompensado con la gloria eterna de la
admiración universal.
Retornemos al presente: el presidente George Bush, casi sin ningún éxito en la
esfera internacional, no hace más que advertir que el dictador Saddam Hussein
prepara y almacena armas de destrucción masiva, mientras la historia le
confirma que el militar iraquí carece de inhibiciones a la hora de utilizar la
fuerza. En distintos momentos agredió a Irán, ocupó Kuwait y gaseó a millares
de kurdos para someterlos a su autoridad. Su falta de escrúpulos lo ha llevado
al asesinato de sus propios yernos y de numerosos miembros de su gobierno y de
la oposición. No se trata de que Estados Unidos se arroga el derecho a ser el
único país con armas nucleares. Israel, Pakistán y la India también las tienen
y Washington no amenaza con atacarlos. El problema surge cuando esas
armas ''caen'' en poder o son desarrolladas por lo que el politólogo Yehezkel
Dror llamó ``estados locos''.
El libro de Dror --Crazy States: A Counterconventional Strategic Problem--,
publicado en la década de los setenta, acaba de ser desempolvado por el
analista venezolano Luis Enrique Alcalá para estudiar los desvaríos de su
compatriota Hugo Chávez, pero viene como anillo al dedo para enfrentarse al
caso de Saddam Hussein. ¿Qué deben hacer los Estados responsables cuando un
inquilino del vecindario, loco, agresivo, dispuesto a matar y a morir,
mesiánicamente convencido de que tiene una misión moral universal, comienza a
reunir armas capaces de hacer un daño terrible?
En un mundo ideal todos los estados y todos los estadistas se comportan con
arreglo a unos patrones de conducta racionales, de donde se deriva que todos
deben ser tratados de acuerdo con normas legales equitativas y los conflictos
dirimidos ante severos magistrados con peluca; pero la verdad, como plantea
Dror, es que hay estados dirigidos por tipos delirantes --Gadhaffi, Idi Amín,
Fidel Castro, Hitler, Mussolini, Chávez-- y esos estados deben ser sometidos a
una suerte de disciplina. La pregunta, claro, es si deben ser castigados o
desarmados antes o después de que cometan una fechoría atroz; antes o después
de que detonen una carga nuclear en París o New York o de que desaten una
epidemia terrible contra un país enemigo.
George Bush piensa que debe actuar ahora. ¿Por qué? Porque las imágenes y los
recuerdos del 11 de septiembre, con el Pentágono en llamas y las torres gemelas
convertidas en escombros le dictan hoy una poderosa lección: a los locos hay
que ponerles la camisa de fuerza antes de cometer los crímenes. Hacerlo después
puede ser demasiado costoso.
Octubre 13, 2002
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cortesia de Anibal Monsalve Salazar