Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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elpais.es
¿Dónde estamos?
JOHN BERGER |
John Berger es escritor y crítico de arte británico residente en Francia;
autor, entre otros libros, de las novelas King y Hacia la boda, y de los
ensayos El sentido de la vista y Modos de ver. Traducción de Pilar Vázquez
Quiero decir algo, al menos, sobre el sufrimiento que existe hoy en el
mundo.
La ideología del consumo, la más fuerte e invasiva del planeta, se propone
convencernos de que el dolor es un accidente, algo contra lo que uno se
puede vacunar. Ésta es la base lógica de su crueldad.
Todos sabemos, sin duda, que no hay vida sin dolor, y todos queremos olvidar
este hecho, o relativizarlo. Todas las modalidades del mito de la Pérdida de
la Edad de Oro, en la que no existía el dolor, no son más que una forma de
relativizar el dolor que se sufre en la Tierra. Lo mismo que la invención de
ese reino contiguo, el del sufrimiento como castigo, el Infierno. Y que el
descubrimiento del sacrificio. Y después, mucho después, el del perdón, el
más importante. Se podría decir que la filosofía empezó con una pregunta:
¿por qué hay sufrimiento? Sin embargo, hecha esta salvedad, el sufrimiento
que se vive hoy carece, tal ve z, de precedentes.
*
Escribo en la noche, aunque es de día. Un día de principios de octubre de
2002. El cielo azul ha brillado sobre París durante casi una semana. Cada
día anochece un poco antes y cada día la puesta de sol es increíblemente
hermosa. Tal vez próximamente las fuerzas militares estadounidenses lancen
un ataque 'preventivo' contra Irak, a fin de que las grandes compañías
petroleras norteamericanas puedan hacerse con unas reservas de crudo nuevas
y supuestamente más seguras. Escribo en la noche de la vergüenza.
*
No me refiero a un sentimiento de culpa individual. Empiezo a entender que
la vergüenza es un sentimiento que a la larga corroe toda capacidad de
esperanza e impide mirar a lo lejos. Bajamos la vista, nos miramos los pies
y pensamos sólo en el paso siguiente.
En todas partes, bajo muy distintas circunstancias, todo el mundo se hace
las mismas preguntas: ¿dónde estamos? Es una pregunta histórica, no
geográfica. ¿Qué estamos viviendo? ¿Adónde nos llevan? ¿Qué hemos perdido?
¿Cómo vamos a seguir adelante sin una visión del futuro medianamente
plausible? ¿Por qué hemos perdido toda visión de lo que supera la duración
de una vida?
Los expertos ricos responden: la globalización. La posmodernidad. La
revolución en las comunicaciones. El liberalismo económico. Estos términos
son tautológicos y evasivos. A la angustiada pregunta de ¿dónde estamos?,
los expertos apenas murmuran: ¡En ningún sitio!
¿No sería mejor ver y declarar que estamos viviendo el caos más tiránico
-por su poder de difusión- que haya existido nunca? No es fácil comprender
la naturaleza de esa tiranía porque su estructura de poder (que abarca desde
las 200 multinacionales más grandes hasta el Pentágono) es compacta y
cerrada, pero difusa; dictatorial, pero anónima; ubicua, pero materialmente
ilocalizable. Tiraniza desde un limbo exterior, y no sólo en los términos de
las leyes fiscales sino también de la política, ya que n o se somete más que
a su propio control. Su objetivo es despojar al mundo entero de sus raíces.
Su estrategia ideológica -comparada con la cual la de Bin Laden parece un
cuento de hadas- es socavar lo que existe hasta que se derrumbe y convertir
entonces las ruinas en su particular versión de lo virtual, un dominio, el
virtual, cuya fuente de beneficios -y éste parece ser el credo de la
tiranía- será inagotable. Suena estúpido. Pero las tiranías son estúpidas; y
ésta está destruyendo la vida del planeta en el que opera. A todos los
niveles.
Aparte de la ideología, su poder está basado en dos amenazas. La primera es
la posibilidad de que el Estado con mayor fuerza militar del mundo se nos
caiga encima desde el cielo. Se la podría denominar Amenaza B 52. La segunda
la constituye la deuda, la bancarrota, y de ahí que, teniendo en cuenta cómo
se establecen hoy en el mundo las relaciones de producción, se la pueda
llamar Amenaza Cero.
*
La vergüenza nace cuando uno se ve obligado a protestar, a reclamar lo
evidente: que gran parte del sufrimiento actual se podría aliviar o suprimir
si se tomaran unas medidas realistas y relativamente sencillas (en algún
lugar de nosotros mismos todos reconocemos la obligación, pero la obviamos
por pura impotencia).
¿Se merece nadie ser condenado a una muerte segura sólo por no tener acceso
a un tratamiento cuyo coste no llegaría a dos dólares diarios? Esto se
preguntaba el pasado julio la directora de la Organización Mundial de la
Salud. Hablaba de la epidemia de sida en África y otras partes del mundo, la
cual se estima que causará la muerte de 68 millones de personas en los
próximos dieciocho años. Estoy hablando del dolor de vivir en el mundo hoy.
La mayor parte de los análisis y los diagnósticos de lo que está sucediendo
se hacen, lo que no deja de ser comprensible, en el marco de una disciplina
concreta: la economía, la política, la sociología, la salud pública, la
ecología, la de fensa, la criminología, la educación, etcétera. En la
realidad, en lo que se está viviendo de verdad, todos estos campos se unen
en un campo único. Sucede que las personas sufren en sus vidas las
consecuencias de unos males que están clasificados en categorías separadas,
y los sufren de forma simultánea e inseparable.
Un ejemplo de ahora mismo: los kurdos que llegaron recientemente a
Cherburgo, corriendo el riesgo de ser repatriados a Turquía al haberles
denegado el Gobierno francés el asilo político, son pobres, ilegales,
indeseables políticamente, carecen de un lugar al que ir y no son clientes
de nadie, no tienen quien los proteja. Y sufren todo ello al mismo tiempo.
Es necesario tener una visión interdisciplinar de lo que está sucediendo,
porque es necesario conectar esos 'campos' que institucionalmente se
mantienen separados. Y toda visión que intente conectarlos será
necesariamente política (en el sentido original de la palabra). La condición
esencia l para pensar en términos políticos a escala global es ver la unidad
del sufrimiento innecesario que existe hoy en el mundo. Éste es el punto de
partida.
*
Escribo en la noche, pero no sólo veo la tiranía. Si así fuera,
probablemente me vencería el desánimo y no podría continuar. Veo a la gente
durmiendo, revolviéndose en la cama, levantándose a beber, susurrando sus
proyectos o sus miedos, haciendo el amor, rezando, cocinando mientras duerme
el resto de la familia, en Bagdad, en Chicago. (Sí, claro que veo también a
los cuatro mil luchadores kurdos que fueron gaseados -con el beneplácito de
Estados Unidos- por Sadam Husein.) Veo trabajar a los pasteleros de Teherán,
y veo a los pastores de Cerdeña, tenidos por bandoleros, durmiendo junto a
sus rebaños. Veo a un hombre en pijama en el Friedrichshain de Berlín
leyendo a Heidegger frente a una botella de cerveza, y tiene manos obreras;
veo una patera de inmigrantes ilegales en las costas españolas, cerca de
Cádiz; veo a una madre de Mali, llamada Aya, que significa Nacida en
viernes, acunando a su bebé; veo las ruinas de Kabul y a un hombre volviendo
a
casa, y sé que, pese al dolor, el ingenio de los supervivientes no se deja
mermar. Es un ingenio que rebusca y recolecta energía, y estoy convencido de
que la incesante astucia de este ingenio encierra un valor espiritual, algo
semejante al Espíritu Santo. Estoy convencido, aunque no sepa por qué.
*
El siguiente paso es rechazar el discurso de la tiranía. Los términos que
utiliza son basura. Democracia, Justicia, Derechos Humanos, Terrorismo son
los términos recurrentes en los discursos interminables y repetitivos, en
los comunicados, en las conferencias de prensa, en las amenazas. Y cada
palabra en ese contexto significa lo opuesto al sentido que tuvo en algún
momento. Se ha traficado con ellas y se han convertido en palabras clave del
código secreto de las mismas bandas que se las han robado a la humani dad.
La democracia es una propuesta (que raramente llega a hacerse realidad)
relativa al proceso de toma de decisiones. Lo que promete es que las
decisiones políticas habrán de tomarse tras haber consultado a los
gobernados y a la luz de la consulta. Su funcionamiento depende de que los
gobernados estén adecuadamente informados de las cuestiones sometidas a
decisión y de que quienes han de tomarla tengan la capacidad y la voluntad
de escuchar y de tener en cuenta lo que han oído. No se debe confundir la
democracia con la 'libertad' que proponen las opciones binarias, la
publicación de las encuestas de opinión o el amontonamiento de los
ciudadanos en cifras estadísticas, pues todo ello es precisamente el
material empleado para guardar las apariencias.
Hoy las decisiones fundamentales, unas decisiones que son las responsables
del sufrimiento innecesario que existe cada vez en mayor grado en el
planeta, han sido y son tomadas unilateralmente, sin participación o con
sulta abierta.
¿Cuántos ciudadanos estadounidenses, por ejemplo, habrían dicho 'Sí' , de
haber sido consultados, a la retirada de Bush del Acuerdo de Kioto, en el
que se intentaba poner freno a las emisiones de dióxido de carbono que
causan un efecto invernadero que ya ha empezado a provocar inundaciones
desastrosas en muchas partes del planeta y que amenaza con causar aún
mayores desastres en los próximos veinticinco años? Sospecho que una
minoría, pese al poder de los medios de comunicación para encauzar la
opinión.
*
Hace poco más de un siglo que Dvorak compuso su Sinfonía del Nuevo Mundo.
Cuando la escribió, era director de un conservatorio de música de Nueva
York, y la propia sinfonía le llevó a componer, ocho meses después y todavía
en Nueva York, su sublime Concierto para Violoncelo. En la Sinfonía, las
colinas que se pierden en el horizonte de su Bohemia natal se convierten en
las promesas del Nuevo Mundo. No es grandilocuente, pero sí insistente y
ruidosa, pues describe los anhelos de quienes carecen de poder, de aquellos
a quienes se denomina erróneamente 'pueblo llano', de aquellos a quienes
estaba destinada la Constitución estadounidense de 1787.
Pocas obras de arte que yo conozca expresan de una forma tan directa y, sin
embargo, tan brusca (Dvorak era hijo de campesinos, y su padre soñaba con
que se hiciera carnicero) las creencias que llevaron a una generación tras
otra de inmigrantes a convertirse en ciudadanos estadounidenses.
Para Dvorak, la fuerza de esas creencias era inseparable de una ternura
característica, de ese respeto por la vida que se ve por doquiera que se
mire en la intimidad de los gobernados (a diferencia de los gobernantes). Y
con este mismo espíritu fue recibida la Sinfonía cuando se interpretó por
primera vez el 16 de diciembre de 1893 en el Carnegie Hall.
En una ocasión le pidieron a Dvorák su opinión sobre el futuro de la música
norteamericana, y él recomendó a los compositores estadounidenses que
escucharan la música de los indios y los negros. La Sinfonía del Nuevo Mundo
expresa un optimismo sin fronteras, que, paradójicamente, es acogedor, pues
gira en torno a la idea del hogar. Una paradoja utópica.
El poder del país que inspiró esas optimistas esperanzas ha caído hoy en las
manos de una camarilla de fanáticos (que quieren limitarlo todo, salvo el
poder del dinero), de ignorantes (que sólo reconocen la realidad de su poder
armamentístico), de hipócritas (que en sus juicios éticos utilizan dos
medidas, una para nosotros, otra para ellos) y de crueles maquinadores que
proyectan los B52. ¿Cómo ha llegado a suceder esto? ¿Cómo han llegado a
donde han llegado Bush, Murdoch, Cheney, Kristol, Rumsfeld etcétera... y
Arturo Ui? La pregunta es retórica, pues no tiene una única respuesta; y es
ociosa, pues por ahora ninguna respuesta podrá hacer ni la más mínima mella
en su poder. Pero el hecho de que uno se la haga así en la noche revela la
enormidad de lo que ha sucedido. Estamos escribiendo sobre el sufrimiento
que existe hoy en el mundo.
El mecanismo político de la nueva tiranía, aunque para funcionar requiera
una tecnología muy sofisticada, es tremendamente simple. Usurpar las
palabras Democracia, Libertad, etcétera. Imponer por doquier, sin tener en
cuenta los desastres que pueda provocar, el nuevo caos económico con el que
se enriquecen unos empobreciendo a otros. Garantizar que todas las fronteras
son de dirección única: abiertas a la tiranía y cerradas a los otros. Y
eliminar toda oposición por el procedimiento de denominarla terrorista.
No, no he olvidado la pareja que se tiró unida desde una de las Torres
Gemelas, en lugar de quemarse separados.
Existe un objeto que parece un juguete de fabricación barata -no llega a los
cuatro dólares- y que también es indiscutiblemente terrorista. Se llama mina
antipersona.
Es imposible saber a quiénes mutilarán o matarán estas minas, o cuándo lo
harán. Hay más de cien millones esparcidas sobre la tierra o escondidas bajo
ella. La mayoría de sus víctimas han sido y serán civiles.
La mina antipersona tiene la función de mutilar, más que matar. Su objetivo
es crear tullidos, y la metralla que contiene -con este objetivo ha sido
diseñada- prolongará el tratamiento médico de sus víctimas y lo hará más
difícil. La mayoría de los supervivientes tiene que pasar por ocho o nueve
operaciones. Ahora mismo, todos los meses mueren o quedan mutilados a causa
de estas minas dos mil civiles.
El propio término antipersona es lingüísticamente asesino. No sólo incluye a
todos los civiles, independientemente de la edad, sino que también parece
referirse a unas acepciones de la palabra que hacen abstracción de la
sangre, los miembros, el dolor, las amputaciones, la intimidad y el amor.
Así es como estas dos palabras, unidas a un explosivo, se vuelven
terroristas.
La nueva tiranía, al igual que otras también recientes, depende en gran
medida de la violación sistemática del lenguaje. Juntos hemos de reclamar
las palabras que nos han sido secuestradas y rechazar los nefastos
eufemismos de la tiranía; si no lo hacemos, sólo nos quedará la palabra
vergüenza.
Pero no es una tarea fácil, pues la mayor parte del discurso oficial es
figurado, asociativo, vago, lleno de insinuaciones. Pocas cosas se dicen
claramente. Los estrategas militares y económicos saben que los medios de
comunicación juegan un papel crucial, no tanto en vencer a los enemigos
actuales como en excluir y prevenir el amotinamiento, la protesta o la
deserción. La manipulación de los medios de comunicación por parte de
cualquier tiranía es un índice de su miedo. La actual vive atemorizada por
la desesperación del mundo. Un temor tan profundo que el adjetivo
desesperado -salvo cuando significa peligroso- no se utiliza apenas.
*
Sin dinero todas las necesi dades cotidianas se convierten en un
sufrimiento.
*
Quienes nos han hurtado el poder -y no todos ellos están en el Gobierno, de
modo que cuentan con la continuidad de ese poder más allá de las elecciones
presidenciales- nos quieren hacen creer que están salvando al mundo y
ofreciendo a su población la posibilidad de convertirse en sus clientes y
quedar bajo su protección. El consumidor es sagrado. Lo que no añaden es que
los consumidores sólo importan porque generan beneficios, que es lo único
que es verdaderamente sagrado. Y en este juego de manos se encuentra el quid
de la cuestión.
La afirmación de que están salvando al mundo enmascara su perfecto
conocimiento de que grandes zonas del mundo -la mayor parte del continente
africano y una parte considerable de Suramérica- son irredimibles. En
realidad, cualquier rincón del planeta que no pueda integrarse en su centro
es irredimible. Ésta es la conclusión inevitable del dogma de que la única
salvación es el dinero y de que el único futuro global es aquel en el que
ponen sus prioridades, unas prioridades que, por más que quieran adornarlas
con falsos nombres, no son ni más ni menos que sus beneficios.
Quienes tienen unas visiones del mundo que no coinciden con ésta o unas
esperanzas distintas, junto con quienes no pueden comprar y quienes
sobreviven día a día (aproximadamente unos 800 millones) son anticuadas
reliquias de otra era, o, cuando resisten, ya sea pacíficamente o haciendo
uso de las armas, terroristas. Son temidos como si anunciaran la muerte,
como si fueran portadores de la enfermedad y la insurrección.
Cuando hayan sido 'reducidos' (una de sus palabras clave), el mundo estará
unido, asume, en su ingenuidad, la tiranía. Necesita la fantasía de un final
feliz. Una fantasía que, en realidad, será su perdición.
Toda forma de protesta contra esta tiranía es comprensible. El diálogo es
imposible. Para poder vivir y morir como es debido, hem os de llamar a las
cosas como es debido. Reclamemos las palabras que nos han robado.
*
Esto ha sido escrito en la noche. En la guerra, la oscuridad no está del
lado de nadie; en el amor, la oscuridad nos confirma que estamos juntos.
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cortesia de Anibal Monsalve Salazar