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Colext: El republicano feo

Luciano Pulgar
Thu, 14 Nov 2002 05:44:06 -0800

El republicano feo

Carlos Alberto Montaner

Madrid -- Los europeos, con la excepción de los británicos, en general entienden poco y mal a Estados Unidos. Y lo que peor entienden es a la derecha norteamericana, incluso cuando acaba de ganar unas elecciones de forma impresionante. George W. Bush, lejos de ser un político exitoso que conecta bien con su pueblo, a juzgar por ciertos medios de comunicación europeos es un peligroso fascista a punto de incinerar el planeta. Lo ven como a una persona ignorante, ultranacionalista, equivalente al Le Pen de los franceses. De ahí el estupor creado tras las últimas elecciones: ¿cómo es posible que aumentara el número de congresistas republicanos? ¿Cómo pudo recuperar el Senado? ¿No habíamos quedado en que existía una crisis económica en el país y la bolsa había perdido un tercio de su valor en los últimos dieciocho meses?

El origen de esta distorsión tiene que ver con los instrumentos de análisis. En Europa siguen vivas las viejas categorías del siglo XX y de la guerra fría: fascismo, comunismo, socialdemocracia, liberalismo, conservadurismo, fabianismo, etc. Todo se ve y se juzga a través de ese prisma. El nacionalismo, tal vez como herencia de la aventura nazi, tiene un tinte homicida. En España, por ejemplo, hay una parte notable de la población que percibe el despliegue de la bandera como un acto bárbaro de la derecha fascista. Y cuando, por medio de la televisión, ve a los norteamericanos, con la mano en el pecho, cantando el himno, le parece que está ante el preludio de una agresión nacionalista.

En realidad, el grueso de la sociedad norteamericana, y por ende sus grupos políticos, tienen poco que ver con ese tejido ideológico. Es curioso que en Estados Unidos la palabra ''ideólogo'' posee una connotación negativa. Lo que se aprecia en Estados Unidos no es la idea preconcebida, sino el resultado práctico de las acciones. En el país existe un amplio consenso sobre el sistema político y el modelo económico, y lo que se discuten son asuntos marginales: la extensión del seguro médico, la calidad y el costo de la educación, los servicios que deben recibir los ancianos o las madres solteras, y cosas por el estilo. El fondo del debate no es ideológico, sino práctico: cómo lograr que el sistema funcione más eficientemente para un número sustancial de norteamericanos.

Esta uniformidad explica que la distancia real entre Bill Clinton y George Bush en el terreno económico haya sido mínima. Los dos son promercado, ambos defendían la disminución de impuestos, y los dos propiciaron el recorte del llamado ''gasto social''. Clinton era un demócrata conservador y Bush un republicano middle of the road que acababan diciendo cosas parecidas, pero para los europeos Clinton era un amable ''socialdemócrata'' que representaba al proletariado, mientras Bush encarna al sombrío representante de una derecha guerrerista empeñada en mantener los privilegios de las clases rectoras de la sociedad norteamericana.

Naturalmente, estas percepciones caricaturescas tienen cierto costo político. Para los gobiernos europeos es más fácil adoptar posiciones coincidentes con Washington cuando los demócratas y no los republicanos ocupan la Casa Blanca. El francés Jacques Chirac, un conservador, o el alemán Gerhard Schrder, un socialdemócrata, ganan puntos ante su electorado alejándose de las posiciones de Bush en el tema del enfrentamiento con Irak o ante cualquier iniciativa norteamericana. En cambio, cuando el español José María Aznar o el italiano Silvio Berlusconi lo apoyan, inmediatamente son condenados por los medios de comunicación como si fueran marionetas del presidente de Estados Unidos. Por razones de imagen, era mucho más rentable respaldar al demócrata Clinton, o a cualquier demócrata, que a Bush, a su padre o a Ronald Regan.

Por supuesto, tras el fin de la guerra fría es menos riesgoso alejarse o contradecir el liderazgo norteamericano. Antes de la desaparición de la URSS era una imprudencia temeraria enfrentarse a la diplomacia de Estados Unidos. Hoy es una postura perfectamente asumible. Ya no hace falta el paraguas nuclear de Washington. Rusia no representa un peligro para nadie, y no es verdad que Europa sintió en carne propia la agresión del 11 de septiembre, o que perciba las acciones de Al Qaeda como un peligro contra su propia seguridad. Por ahora, suponen, es sólo un problema que afecta a los estadounidenses.

Las consecuencias de esta incómoda realidad precipitan al presidente norteamericano a elegir uno de estos dos rumbos: o se llena de paciencia y dedica más esfuerzos a cultivar las relaciones públicas y privadas en Europa --un camino largo, difícil y de inciertos resultados--, o, por el contrario, se verá obligado de manera creciente a actuar sin el consentimiento de sus amigos europeos, circunstancia que acabaría por debilitar la OTAN y poner en peligro el sistema de alianzas que le ha dado estabilidad al planeta durante algo más de medio siglo. No es una decisión fácil.

Noviembre 10, 2002

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