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ELPAIS.ES
opinión
¿Traiciona Europa a Estados Unidos?
MARIANO AGUIRRE |
Mariano Aguirre es director del Centro
de Investigación para la Paz (Madrid)
y miembro del Transnational Institute (Amterdan).
Uno de los efectos más peligrosos del 11 de septiembre de 2001 es el debate
que se ha generado acerca de las reales o supuestas diferencias entre EE UU
y Europa. EL PAÍS ha publicado, entre otras contribuciones, dos de los
extremos del debate: por una parte, Francis Fukuyama (Occidente puede
resquebrajarse, 17-8-2002), y por otra, Roberto Toscano (Las dos orillas del
Atlántico, 10-10-2002).
La línea argumental de algunos analistas estadounidenses es que desde la
Segunda Guerra Mundial en adelante Europa ha construido un régimen basado en
pactos sobre cuestiones económicas, comerciales, políticas, culturales y
militares, y que ha pretendido que el resto del sistema internacional
funcione de acuerdo a ese modelo. A la vez, se habría refugiado en la
protección de la armas nucleares de EE UU y del liderazgo de este país en la
OTAN para construir su micromundo, dejando a Washington los trabajos du ros,
como hacer la guerra en diversas partes del planeta.
El análisis va más allá. Europa concibiría al sistema multilateral de
acuerdos entre Estados como una instancia superior y más avanzada, en la que
los Estados nacionales derivan poder a las organizaciones como la ONU y la
misma Unión Europea y sus diversos cuerpos representativos. Mientras que
para EE UU las instituciones internacionales y los acuerdos multilaterales
son funcionales a la soberanía nacional. O sea, que sirven mientras sirvan a
EE UU. Europa se apoyaría en las organizaciones porque es débil
militarmente; mientras que EE UU les rehúye porque es fuerte.
Estos argumentos son simplificadores, no representan la realidad y producen
una discusión errónea. Se trata de un debate creado y orientado a presionar
y justificar, primero, los ataques al sistema multilateral del equipo
gobernante en EE UU; segundo, una posible guerra contra Irak; tercero,
reafirmar la hegemonía de Washington sobre los aliad os europeos y para
imponerse en otras pugnas económico-comerciales entre ese país y la UE, y en
espacios como la Organización del Comercio Mundial o los organismos
internacionales de crédito; y cuarto, para legitimar el posible aumento del
gasto militar europeo.
La primera simplificación radica en que Europa no es la que presenta Robert
Kagan (en Policy Review, junio de 2002) ni Fukuyama. Hay mucha más
diversidad. Basta ver, por un lado, la sumisión de Tony Blair, José María
Aznar y Silvio Berlusconi a las políticas de Bush en Irak, a la falta de
respeto hacia Naciones Unidas y a la aceptación de las exigencias de
Washington respecto de la Corte Penal Internacional. Por otro, el canciller
alemán, Gerhard Schröder, mantiene una posición hacia la cuestión iraquí
que, curiosamente, en vez de ser elogiada por muchos gobiernos y
comentaristas europeos, es vista como una excepcionalidad oportunista debido
a las recientes elecciones. Hay gobiernos en silencio y otros oscilantes,
como el francés.
En segundo lugar, hay, en efecto, un intento de crear un sistema de régimen,
de pactos que permita funcionar a Europa y, si fuese posible, al resto del
mundo a través de métodos multilaterales. Desde Europa se invita a
Washington a que retome todo lo que ha hecho por ese sistema mundial y que
colabore. Toscano dice que ésta es una tarea ambiciosa, pero que no implica
crear un gobierno mundial, sino que haya 'nuevas formas institucionales' en
las que se articule lo global con lo regional. En cada país, en Europa, en
el mundo. El comisario de Relaciones Exteriores de la UE, Chris Patten,
afirma ('America should not relinquish respect', Financial Times, 3-10-2002)
que frente a las amenazas y problemas globales 'EE UU puede establecerse
como el líder hegemónico para preservar sus propios intereses. O podría
ayudar a construir un mundo imperial sin emperador, donde las reglas
internacionales sienten los parámetros para la preservación le gítima de los
intereses particulares, pero donde la ley se aplique a todos'.
La tercera cuestión es el poder y la fuerza. Kagan y otros creen, como los
realistas antiguos, que el sistema internacional funciona y debe funcionar
por el equilibrio de la fuerza. Y que la legitimidad la da la fuerza y no la
causa o razón que se defiende. Éste es un argumento muy peligroso. Tener
fuerza no es tener razón. Se había llegado después de 1989 a que la fuerza
es un elemento de la seguridad de los Estados, pero que son, entre otros
factores, las relaciones económicas más equilibradas, la preservación del
medio ambiente, las garantías sobre los derechos fundamentales, la
protección de los derechos humanos lo que haría que el mundo fuese más
seguro y razonable para todos.
El 11 de septiembre 2001 agudizó el debate entre dos sectores. Unos opinaron
que, por terribles que fueron los atentados, era necesario averiguar y
trabajar sobre las causas del fanatismo, de la viole ncioa religiosa y,
especialmente, el resentimiento entre los excluidos. Otros, que era preciso
responder con la fuerza, y aprovecharon la tragedia para imponer su visión.
Frances Fitzgerald explica cómo la mayor parte del equipo del presidente
Bush Jr son antimultilateralistas convencidos desde hace décadas. ('George
Bush & the world', The New York Review of Books, 26-9-2002).
El cuarto factor es la legitimidad del sistema liberal. Fukuyama avisa que
el verdadero liberalismo es el que se apoya sobre el interés individual del
Estado. A partir de ahí, el Estado participa en organizaciones
internacionales a las que le deriva legitimidad de forma limitada. Según
este autor, en la medida que los europeos son multilateralistas convencidos
están rompiendo el principio de la libertad del Estado para defenderse ante
enemigos (como el terrorismo). Y cómo los europeos viven en un mundo ideal
protegidos por Washington, entonces van a terminar rompiendo el pacto
atlántico y el sistema liberal internacional. Esta falacia catastrófica no
se sostiene: hay divergencias de opiniones europeas, muchos líderes de este
lado del Atlántico tampoco creen en la ONU (como Aznar), y no estar de
acuerdo no significa romper con un sistema económico y político liberal y
globalizado en el que hay más compatibilidades que diferencias.
Desafortunadamente, algunos líderes europeos son poco europeístas. Cuando el
debate de altura baja a la cruda realidad, y viene el secretario de Defensa,
Donald Rumsfeld, a Bruselas a presionar para que Europa aumente los
presupuestos militares, entonces el (británico) secretario general de la
organización, George Robertson, y el (español) Javier Solana, encargado de
la política exterior y seguridad común de la UE, le dan la razón. (EL PAÍS,
5-10-2002).
No es con más fuerza militar como se equilibra la relación con EE UU, ni
cómo se le podrá influenciar, en contra de lo que cree Timothy Garton Ash
(Podemos dejar fuer a de 'esto' a Estados Unidos, EL PAÍS, 21-9-2002), ni
cómo se enfrentan los grandes problemas globales. Tampoco restringiendo
libertades democráticas o instalando cañoneras contra los inmigrantes. El
argumento de la fuerza perjudica a Europa porque le quita el mayor valor que
tiene este continente: un conjunto de Estados democráticos y ricos en
recursos humanos y científicos que han avanzado como nunca se había hecho en
acuerdos y pactos; que tiene un fuerte peso de diversidad cultural y que
puede desempeñar ese papel como modelo y paradigma. Una tarea difícil y
compleja, pero con medio siglo de experiencia: la paz, la democracia y la
justicia son posibles si se construyen, y se defienden, entre todas las
partes.
http://www.elpais.es/articulo.html?xref=20021114elpepiopi_12&type=Tes&anchor=elpepiopi&d_date=20021114
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cortesia de Anibal Monsalve Salazar