Luciano Pulgar
Tue, 19 Nov 2002 12:03:58 -0800
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La peligrosa soledad de Israel Carlos Alberto Montaner Madrid -- En Israel renace con fuerza la idea de adherir el país a la Unión Europea, y se afirma que el señor Benjamín Netanyahu la defiende a voz en cuello. Me parece una iniciativa excelente. Es ahí a donde Israel pertenece. Europa no es sólo un espacio geográfico. Es, fundamentalmente, un espacio cultural. Europa, y luego ese vasto mundo conocido por ''Occidente'', en el que se incluyen las Américas, es la suma de la tradición grecolatina --pagana, racional, humanista-- y de los valores judeocristianos. Pero, con la misma intensidad con que Israel, aunque sin proponérselo, modeló espiritualmente a Europa, utilizando como vehículo el cristianismo, la inmensa diáspora judía quedó impregnada con el sello histórico y cultural grecolatino. Si Occidente es la fascinación por el progreso técnico y científico y la voluntad de progreso, pocas naciones del planeta encarnan mejor esa pulsión intelectual que Israel. Si Occidente es el compromiso con el método democrático y la sujeción a la ley, Israel vuelve a ser un magnífico ejemplo: en medio de guerras terribles y bajo constantes agresiones terroristas --que a veces castigan con extrema dureza--, los israelitas acuden a las urnas, votan y se someten a la autoridad de un parlamento libre en el que comparecen todos los segmentos de una sociedad multiétnica tremendamente compleja. Pero hay más: el camino de Europa pudiera conducir a una solución definitiva del problema palestino. Un Israel miembro de la Unión Europea cobraría un peso específico que serviría de elemento disuasorio contra quienes pretenden destruir la nación. Para las organizaciones terroristas empeñadas en demoler el estado judío, la integración de Israel al bloque europeo sería una señal inequívoca de la imposibilidad de lograr ese objetivo. Y para los estados que persiguen el mismo fin (Siria, Irán, Irak, Libia, incluso la siempre ambigua Arabia Saudita), la advertencia también resultaría clarísima: un ataque contra Israel equivaldría a atacar a toda Europa. Esto es muy importante desde el punto de vista psicológico. La diminuta extensión de Israel (21,000 kilómetros cuadrados) y su exigua población (5.000,000 de habitantes), sumadas a su aislamiento geográfico, rodeado el país por naciones hostiles, es una constante invitación a la agresión externa. Cuando un egipcio, un persa o un paquistaní se colocan frente a un mapa y comprueban la pequeñez y la vulnerabilidad de su enemigo, tienen que sentir la tentación de aplastarlo y la perplejidad de cómo no ha sucedido antes. ¿Cómo ese minúsculo enclave no islámico va a resistir el empuje de cientos de millones de musulmanes, algunos de ellos dotados de grandes ejércitos, y con experiencia en guerras modernas? Hasta ahora, es verdad, no lo han conseguido, pero la insistencia en el intento demuestra que el razonamiento sigue vigente: para estos estados belicosos es obvio que un día podrán arrollar al ejército israelí, entrar victoriosos en Jerusalén y echar los judíos al mar. Cueste lo que cueste. A menos que Israel se integre formalmente en Europa. Eso cambia totalmente las percepciones. Entonces, chocar con Israel sería enfrentarse al espacio económico más poderoso de la tierra y a la segunda potencia militar del planeta. Paradójicamente, esos vínculos también facilitarían la creación de un estado palestino, algo que resulta justo, conveniente y apremiante. Un Israel dentro de la Unión Europea se sentiría mucho más seguro, y los palestinos, a su vez, contarían con una instancia europea supranacional interesada en ayudarlos para evitarles problemas al conjunto y a uno de sus miembros. Para la diplomacia norteamericana la europeización de Israel debería convertirse en una prioridad vital. Desde 1948 el estado de Israel es uno de los problemas más agudos de la política exterior de Estados Unidos. Pero lo más grave no es lo que ha sucedido hasta ahora, con las tres grandes guerras acaecidas en el Medio Oriente, sino lo que puede suceder en el futuro. Israel, como se sabe, posee armas nucleares y una aviación y una cohetería capaz de trasladarlas a miles de kilómetros de sus fronteras. Pero Pakistán o Corea del Norte --un estado descontrolado en manos de unos locos-- también tienen armas semejantes, mientras Irán e Irak cuentan con los recursos económicos y técnicos para adquirir o fabricar ese tipo de ingenio destructivo. ¿Cuánto tiempo falta para que la soledad de Israel provoque entre sus enemigos la tentación de lograr la ''solución final'' en medio de un hongo atómico? ¿Y cuáles serían las consecuencias internacionales de una conflagración de esa magnitud en esta región del mundo? La Unión Europea también tiene bastante que ganar con la incorporación de Israel. En primer lugar, se trata de un acto de justicia. Si hay algo que la historia acabó por hacer consustancial a Europa son las diversas juderías. ¿Se entiende la historia intelectual de Europa sin Einstein, Freud, o Chagall? ¿Se entiende la expansión del capitalismo moderno sin los financieros y comerciantes judíos? Pero hay otro elemento de mayor calado: Europa tiene una responsabilidad crucial en la paz mundial. Y ésa se garantiza mejor tendiéndole la mano a Israel para que regrese a sus raíces, y a los palestinos para que, finalmente, inauguren su patria. Ojalá, que en árabe quiere decir ``Alá lo quiera''. . |