Amenazas Extremas, Soluciones
Extremas
El señor Mauricio Vargas ha
puesto los ojos sobre las Autodefensas en su
última publicación de la revista Cambio.
Anuncia el prestigioso columnista que en Colombia
no se repetirá el ejercicio de la Alianza del
Norte contra los Talibanes en Afganistán, pero
advierte que podría suceder.
Para iniciar mi comentario por
el final de la columna de Vargas, debo decirle que
las Farc nos están obligando a los colombianos a
recurrir a todo contra ellas. Nos preparamos y,
aunque Vargas dice que las AUC tendrán que dejar
de matar para recibir un tratamiento político,
debo advertir a los colombianos que caerán
guerrilleros, uniformados y de civil. Desde enero
anunciamos que habría sorpresas para las Farc, y
tan sólo han visto la punta del iceberg hasta
ahora; pero algo que también tenemos claro es que
ni somos terroristas ni nos comportaremos como
tales.
Tal vez las Farc provoquen la
instauración de una Alianza al mejor estilo afgano en
Colombia.
Lo que no dudo es que ésta, de llegar a
darse, no será con el Ejército, como lo recomienda
el señor Vargas en su columna. Si así fuera, los
Estados Unidos habrían hecho la guerra en
Afganistán con tropas regulares; pero no. Fue con
irregulares y de manera muy irregular que se
erradicó el Talibán. En Colombia están las AUC
para erradicar a los terroristas, y que las
Fuerzas Armadas del Estado se encarguen de
refrendar con su presencia y control la soberanía
del Estado en los territorios que vayamos
recuperando.
Que el problema es de ética,
dirán los moralistas. Soy idealista y conservo mi
ética, pero la cosa ahora no es de falsa moral,
sino de salvar a Colombia.
Lo que recuerdo de nuestra
historia reciente es que a Escobar y su cartel lo
derrotamos entre Autodefensas, narcos, gringos y
Estado. Igualmente sucedió con Rodríguez Gacha. A
los Rodríguez Orejuela, y a buena parte del cartel
de Cali, los arrasó una alianza entre unos
policías, unos narcos, unos gringos y el Gobierno,
llevando a la cárcel a unos, y a otros al
cementerio. A otros narcos los persigue hoy la
alianza entre otros policías, otros de la
Autodefensa, unos del Gobierno, y uno que otro
gringo merodeando.
Y es que siempre ha sido así, a
lo largo de la historia: los países, ante un
agresor común, se han unido, incluso pueblos
hostiles entre sí, para enfrentar la amenaza
superior. En Colombia, estas alianzas extremas,
aunque no deseables, fueron necesarias para
erradicar el cartel de Medellín, el de Cali, y hay
más, en todos los casos emparentados con
organizaciones guerrilleras; unos se aliaron con
el M-19; otros, con las Farc; y otros con el Eln.
Esto lo ha comprendido Colombia olvidando,
lamentablemente, que la constante en los casos de
esos enemigos ha sido la guerrilla como amenaza
perenne a nuestra institucionalidad.
Aceptemos algo: en Colombia hay
otro establecimiento, el ilegal, que enfrenta al
tradicional, y es ésa la guerra
que padecemos entre compatriotas. Ese otro
establecimiento comparte y se disputa espacios con
el tradicional en una estructura de poder
piramidal, en cuya cúspide gravitan los
capitalistas narcos, tan ricos, desde luego, como
los capitalistas tradicionales; narcos que han
comprado riqueza lícita con dinero ilícito a los
dueños del establecimiento tradicional, y se han
enquistado en la sociedad económica colombiana,
representando una amenaza para el establecimiento
tradicional y su régimen, al que consideran su
rival, pretendiendo, incluso, destruirlo para
suplantarlo.
Si descendemos por los costados
de esa pirámide, encontramos una cúpula de
narcotraficantes de segunda línea insertados
forzadamente en la sociedad y, más abajo,
ajustados a su correspondiente costado, se ubican
las guerrillas y las Autodefensas,
respectivamente. Por los otros dos costados, pende
el resto del país económico y social, el que
padece la guerra. Y descendiendo hasta el final se
encuentran otros fenómenos delincuenciales, desde
la corrupción hasta las últimas manifestaciones de
la delincuencia común. Aceptando mi visión,
debemos concluir que hasta hoy se han atacado los
síntomas, y se ha dejado de lado la solución para
el origen del problema. De ahí la permanencia del
conflicto colombiano.
Más temprano que tarde, aceptará
el país que esta lectura que hago del conflicto es
la mayor aproximación a su diagnóstico.
El mal que aqueja a Colombia es,
entonces, la relación simbiótica entre violencia y
narcotráfico. Y en el centro de dicha relación, se
encuentra un pueblo sumido en la pobreza. Así las
cosas, los colombianos padecen una guerra que
enfrenta a dos establecimientos: el narco y el
tradicional, por el control de la estructura de
poder. Y el conflicto armado, que no dejaremos de
llamar político, es hoy tan sólo una expresión de
ese enfrentamiento de poderes
económicos.
Definido el actual conflicto
colombiano, encuentra uno varios tipos de
tratamiento y habrá que decidirnos por el que
mejor resultado ofrezca a Colombia.
La Alianza del Norte en
Afganistán se consolidó con la unión de varios
grupos de narcotraficantes ex comunistas, enemigos
todos de los Estados Unidos, hasta el 11 de
septiembre.
Si conseguimos que en Colombia
el establecimiento narco deje de ser una amenaza
para el establecimiento tradicional, y plantee, de
manera sincera, un sometimiento a la justicia de
los Estados Unidos en un proceso en el que esté
garantizada a sus miembros la posibilidad de
volver en el futuro a Colombia sin causar daño a
la sociedad y sin el torrente económico del
narcotráfico que alimenta a la subversión y le damos,
previamente, la estocada final entre todos a
los
narcoterroristas de las Farc, ya este
resultado
valdría la pena.
Lo anterior sería cómodo
-prácticamente gratis y altamente fructífero para
el establecimiento tradicional, que poco arriesga
por el beneficio de Colombia-. Y una vez
derrotadas las Farc, nos conformaríamos con
recibir, para la nación colombiana, lo que ya ha
ofrecido el gobierno a las
Farc; nada más. Por supuesto, a la par con la
inversión en políticas coherentes de sustitución
de cultivos ilegales, se liberarían los inmensos
recursos internos y externos que actualmente se
invierten en la lucha militar contra el
narcotráfico, y podrán ponerse en acción grandes
políticas de reactivación rural en un marco de
desarrollo sostenible que contrarresten el
fenómeno de deserción agraria. También se contará
con la inversión extranjera para generar empleo
masivo como remedio a los grandes males de la
población urbanizada durante los años del
conflicto. Éste será el momento para que
realicemos un verdadero movimiento Político de
Autodefensa Social y Económica en contra de los
grandes sufrimientos que aquejan a
Colombia.
Al final, seguramente
aceptaremos ante el gobierno de los Estados Unidos
que, para salvar a Colombia de la amenaza de las
Narcofarc, fue necesario recurrir a algo similar
del lado nuestro. No pido
impunidad para nadie: que unos y otros respondamos
por nuestros respectivos actos. Y que el
establecimiento tradicional permita que podamos
volver a vivir en un país donde quepamos todos. Y
tal vez los gringos entiendan lo que fue
inevitable, y su juicio sobre todos nosotros se
haga interpretando las circunstancias que han
rodeado nuestra actitud
forzada frente a este absurdo
conflicto.
Reflexionará el poder en
Colombia.
Y aunque nadie se atreverá a comentar, en
conciencia y públicamente este proyecto, debo
advertir que aquí pensamos en Colombia y nos la
jugamos toda, y ante amenazas extremas, soluciones
extremas.
Carlos
Castaño
Dirección Política AUC
Colombia, 15 de febrero de
2002.
Ruego a nuestros visitantes
emitir su concepto frente a este espinoso asunto y
enviarlo a: [EMAIL PROTECTED]