Gustavo Fernandez
Thu, 02 Nov 2006 04:06:30 -0800
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OCULTISMO OVNIs PARAPSICOLOGÍA
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AL FILO DE LA REALIDAD
"Disiento con lo que dices, estoy en total desacuerdo con ello, pero defendería
con mi vida tu derecho a decirlo". VOLTAIRE
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Director: GUSTAVO FERNÁNDEZ Técnica: ALBERTO MARZO
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Año 1 Jueves 7 de setiembre de 2000
# 19
LOS MONSTRUOS AUTÓCTONOS
escribe GUSTAVO FERNÁNDEZ
www.alfilodelarealidad.com.ar
Apariciones de OVNIs y monstruos desde la más remota antigüedad.
A veces tengo la fuerte impresión de que esos seres a los que tratamos
de monstruosidades son pantallazos percibidos de la vida existente en
dimensiones paralelas. Polizones, que alguna irregularidad en el continuum
espaciotemporal dejó caer en nuestro mundo. La imposibilidad de su captura
(pero su demostrada realidad física); la alteración de sus morfologías (un
mismo ente suele aparecer con formas distintas); lo cíclico de sus
reapariciones (como si en determinadas épocas y lugares se abrieran
circunstanciales ventanas interdimensionales) abonan esta concepción. Son
típicos fenómenos forteanos, manifestaciones de origen aparentemente artificial
o inteligente que escapan no sólo a nuestras clasificaciones sino también a las
más elementales conclusiones que puede dictarnos la lógica, y que toman su
nombre de Charles Fort, escritor y buceador de lo desconocido de principios de
siglo.
Creo, en realidad, que se trata de entes que se nos manifiestan con
esas particulares morfologías, lo que equivale a decir que es casi seguro que
no los vemos tal cual en realidad son. Quién sabe. Después de todo, tal vez el
mismo origen tenga el propio fenómeno OVNI, el fenómeno forteano por
excelencia.
Así que voy a relatar aquí varias crónicas de monstruos. Como el
ukamar zupai y otros, con orígenes perdidos en las brumas del tiempo. Otros,
en cambio, inquietantemente contemporáneos. Todos, fieles exponentes de mitos
legendarios que, a diferencia del folklore habitual, no quedan relegados al
pasado sino que extienden las sombras de sus presencias hasta aquí y ahora. Y
cuando uno, como es mi caso, tiene encuentros cercanos con algunas de esas
experiencias alucinatorias, dirán algunos; reales, sospecharán otros pero,
después de todo, ¿qué es lo real? atraviesa varias etapas.
Primero, dudar de la propia cordura. Después (porque, aunque
alardeamos de que no nos importa el qué dirán, vivimos en sociedad, y eso
pesa) la incertidumbre de contarlo o no, ya que seguramente sí serán los otros
quienes harán girar el dedo índice sobre la sien. Y, finalmente, volcarlo por
escrito: a fin de cuentas, depende del juicio de los lectores la credibilidad,
sin abundar en párrafos novelescos, de las propias experiencias y de la
reflexión de los mismos comprender como yo he hecho la relación que tienen
estos eventos tan cercanos en el espacio geográfico de uno con la presencia de
extraterrestres. ¿Y si estos entes fueran parte de un experimento que
inteligencias alienígenas vienen efectuando sobre nuestro planeta para evaluar
la adaptabilidad de especies o razas exógenas a esta biosfera?. De ser así,
estas entidades serían meros conejitos de Indias, ratas de laboratorio
soltadas en el laberinto de nuestro mundo.
Provincia de Salta: gritos en la noche
Todos, alguna vez, hemos oído hablar del yeti o abominable hombre
de las nieves, ese desagradable bípedo peludo, de unos dos metros promedio de
altura, cubierto por duras cerdas rojizas y que, despidiendo un olor fétido, se
entretiene en sembrar las nieves del Himalaya con sus huellas, o hacer fugaces
apariciones asustando a desprevenidos pastores mientras se alimenta con los
ojos y testículos de bueyes solitarios que ataca, a los cuales mata de un
formidable golpe de puño en la testa.
Desde su primera aparición oficial ante una expedición franco-suiza en
enero de 1919, cuando las ya remotas leyendas tibetanas que hablan, no ya de
uno, sino de familias de yetis, las cuales se pasean desde las sombras del
pasado ganaron la opinión pública, ésta se dividió en dos bandos
irreconciliables. Al igual que lo que pasara con el mucho más publicitado
monstruo de Loch Ness lago escocés que albergaría algunos bichos parecidos a
plesiosaurios antediluvianos a quienes los lugareños apodaron cariñosamente
Nessies quienes defendían la hipótesis de su existencia llevaron, durante
decenios, las de perder. En las últimas dos décadas, con sobrados elementos
tecnológicos a nuestro favor (y digo nuestro porque, mea culpa, yo soy uno de
los delirantes que afirma su existencia) y con otro paradigma en la mentalidad
de algunos popes científicos, las pruebas a favor de la existencia de ambos
crecieron hasta límites insdospechados, si bien en esta cuestión, en honor a la
verdad, no existe límite alguno. En la actualidad, Nessie prácticamente figura
en las enciclopedias de historia natural, y en cualquier momento uno de los
grandes zoológicos del mundo tendrá un yeti haciendo monerías dentro de una
jaula.
Este último, cuyo nombre deriva de las palabras en idioma nepalés
yeh (bestia salvaje) y teh (lugar rocoso), tiene o tuvo desde las más
remotas memorias autóctonas y hasta 1955 o 1956, su réplica en la provincia
argentina de Salta, en toda la región de Tolar Grande más concretamente en
los alrededores de los pueblos de Tolar Grande, Caipe, Quebrada de Agua Chuya,
las cercanías del Salar de Arizaro, Morro del Pilar, Qutilipi, Chicoana y
Socompa la que se vio estremecida, en principio, por las apariciones de
extraños artefactos luminosos en el cielo que luego de evolucionar sobre los
poblados parecían descender en las montañas. A fines de 1955, el fragor de una
violenta explosión repercutió en la zona de Tolar Grande. La misma fue
atribuída por los lugareños al choque de una presunta nave espacial contra el
nevado Macón, que ellos habían visto sobrevolar en distintas oportunidades por
sus alrededores. Posteriormente, fueron hallados restos metálicos en las
laderas del cerro, y el 13 de abril de 1956 nuevamente fueron observados,
durante todo el día, raros objetos en el Salar de Arizaro. Integrantes de un
campamento de la Dirección de Vialidad y miembros de Gendarmería Nacional
Argentina fueron testigos. Los últimos, obtuvieron fotografías.
Aún más; un comunicado oficial hecho público por Gendarmería ratificó
el suceso: se trataría de aeronaves que tendrían ¡trescientos metros de largo
por cincuenta de ancho!, y cilíndricas. Su color era metálico. Cerca del
extremo delantero podía observarse una franja oscura. No presentaban los planos
de sustentación de las alas ni timones de profundidad y deriva, lo que no les
impidió efectuar bruscos y escarpados virajes. Cientos de metros detrás de
ellos se formó una columna de humo que permaneció cuatro horas en el aire.
En enero del año siguiente, luego de escalar el Macón, regresó la
expedición del doctor José Cerato. Éste relató que al llegar a la cima del
macizo, encontraron rastros muy similares a los que podrían dejar máquinas muy
pesadas, de base plana, que hubieran aterrizado ahí.
Unos meses antes, en julio, el geólogo polaco Claudio Level Spitch,
indiscutida autoridad en minerales radiactivos, mientras cumplimentaba una
misión de su especialidad en el mismo cerro, había descubierto huellas de un
ser bípedo, a más de 5700 metros de altura, de aproximadamente cuarenta
centímetros de longitud cada una. Spitch, al formular declaraciones al
periódico El Tribuno, destacó la extraña similitud de su hallazgo con las
marcas dejadas por el Yeti en el Tibet. Las huellas determinadas en la cumbre
del imponente Macón exceden toda posibilidad humana, remarcó el científico.
Informantes oficiosos afirmaron también haber observado huellas de
características humanas pero de proporciones gigantescas, tanto en las heladas
arenas del cerro como en sus propias pampas de nieve.
Ellas aparecieron con mayor nitidez en dos oportunidades: la primera
cuando se produjo la comentada conmoción en una de sus laderas, y la segunda a
pocas semanas de la incursión de los cigarros voladores.
En esos días, el arriero Ernesto Salitonlay se encontró en una
hondonada con un extraño ser cubierto por espesa pelambre el cual al verlo
profirió agudos gritos. Los animales que llevaba se asustaron tanto ante tan
singular presencia, que parecía un ágil y enorme mono que sin pensarlo dos
veces el arriero abrió fuego contra él con su rifle, y aunque no dio en el
blanco logró ponerlo en fuga. Se presentó luego al destacamento policial de
Quebrada de Agua Chuya, iniciándose una investigación.
A mediados de agosto, el minero Benigno Hoyo (aunque parezca un
chiste: no hay mejor apellido para un minero que ése) recorría la zona de
Quitilipi en busca de minerales, en las cercanías del Morro del Pilar, pero lo
sorprendió la noche y para colmo debía soportar una inesperada tormenta de
nieve, decidiéndose entonces a buscar refugio en una caverna. Allí tuvo la
sorpresa de su vida: un ignoto ser de gran tamaño, comparable con un oso, lo
acechaba desde la oscuridad. Asustado, disparó el arma que llevaba consigo,
escuchando desgarradores lamentos que le dieron la presunción de haber hecho
impacto.
En la región andina donde se desarrollaron estos sucesos no hay monos
ni osos. Se trata, pues, del ukamar zupai, como lo llaman los kollas que
habitan esas soledades. La descripción que éstos hacen del mismo es semejante a
la de los aborígenes tibetanos respecto de su Yeti. Presenta silueta humana,
aunque cubierta de pelos; su cabeza es curiosamente puntiaguda, camina
verticalmente sobre dos miembros como un hombre, pero al correr proyecta su
cuerpo hacia delante a la manera de los osos; al verse descubierto emite
chillidos discordantes y a veces lanza indescriptibles lamentos humanos.
Los nativos de los pueblos montañeses escuchaban en esa época, durante
el crepúsculo y con el lógico temor, gritos de fuerte resonancia. Entre las
peñas, donde abundan los cóndores y águilas de la Puna de Atacama, solían
encontrarse pájaros muertos o malheridos, con sus nidos saqueados.
En una expedición arqueológica organizada por el Club Andino del Norte
en colaboración con la Universidad del Tucumán se hallaron, al norte del Salar
de Arizaro, los cadáveres semidevorados de una especie de cabra de cuatro
cuernos, raza tan extraña casi como las nuevas huellas gigantescas
descubiertas.
A diferencia del Yeti tibetano, el Ukamar Zupai (diablo de las
peñas, traducido literalmente) salteño, al menos aparentemente, ha
desaparecido en la actualidad. Sin embargo, aisladamente, en otras
oportunidades y en distintas regiones fueron vistos extraños seres de este tipo.
A esta altura cabe acotar algunas reflexiones: ¿qué interpretación
podemos darle a estas casi fantasmagóricas apariciones?. ¿Tripulantes de naves
extraterrestres?. ¿Residuos perdidos de antiquísimas etnias?. Quién sabe...
Y toda la región que nos ocupa es decir, noroeste de Argentina,
compuesto por las provincias de Jujuy, Salta, Santiago del Estero, Tucumán y
Catamarca, La Rioja, norte de Chile y sur de Bolivia tiene una antigua
tradición platillista que se remonta a los tiempos en que los incas dominaban
la zona. Quizás todo comenzó allá, a principios de nuestra era, cuando los
incas sobrevivientes del combate de Uspallata contra las patrióticas tribus
huarpes observaron al regresar derrotados a su impero extrañas esferas de
fuego bajo el cielo, que creen señal de congratulación de Inti Viracocha, el
dios Sol, con su fracaso.
Provincia de Buenos Aires: el Dientudo de Ranelagh.
Ubicamos esta increíble historia en la ciudad bonaerense de Ranelagh,
a diez kilómetros de la Capital Federal, en febrero de 1963; un poblado de
bajas construcciones, de muchas calles aún sin pavimentar, de arroyuelos
contaminados y alrededores oscuros por las noches. Un poblado que durante ocho
días con sus noches fue asolado por las terroríficas visitas de un ente
bautizado por la prensa como el dientudo.
La descripción es significativa: alto (un metro ochenta centímetros, o
más), delgado, cubierto de un vello parduzco, ojos muy brillantes (diríamos,
¿fosforescentes?) y dos colmillos extraordinariamente largos que le dan su
apodo.
Visto por numerosos testigos en horas de la noche, en las cercanías de
un desvencijado puentecillo de las priximidades, hirió en sus ataques a un par
de lugareños. Pero su objeto de especial atención eran los perros: mató a
varios, aparentemente para devorarlos, según evidenciaban sus restos y una
noche, un agente de policía apostado de vigilancia (pues superando la aparente
incredulidad oficial y periodística, la policía no podía ignorar la masa de
testimonios) logró avistarlo y abrir fuego sobre él con su arma reglamentaria.
En la mañana siguiente los investigadores hallaron junto a las huellas del ser
restos de sangre, indicio de que había sido herido.
A partir de entonces, jamás volvió a ser visto. Y es válida la
presunción de la gente del lugar de que fue herido de muerte, cayendo al
apestoso arroyo en cuya agreste ribera se cobijaba, para desaparecer.
Provincia de Mendoza: el abominable Fuentes
Sin duda puede resultar risible este apodo, dado a un pequeño ser, de
un metro diez centímetros de altura, peludo, de rostro estremecedoramente
humano, que en el invierno de 1978 asoló a las granjas cercanas a los pequeños
poblados precordilleranos de la provincia de Mendoza, devorando gallinas,
cerdos y cabras e infructuosamente perseguido por los perjudicados chacareros y
jamás atrapado.
En realidad, todas las provincias cuyanas y especialmente Mendoza
(Arg.) se han transformado en puntos recurrentes para las manifestaciones
forteanas. Recordemos, a título ilustrativo, que en la época en que el
abominable Fuentes hacía sus travesuras, en los alrededores de la propia ciudad
de Mendoza un embozado y ágil individuo de galera, capa, bastón y ojos
fosforescentes se divertía asustando a desprevenidos noctámbulos. A algunos
centenares de kilómetros un ser similar o el mismo pero ostentando una
brillante luz amarilla sobre el pecho, sorprendió a un destacamento de
Gendarmería Nacional con un salto en la noche que, virtualmente, lo llevó a
sobrevolar a los soldados. Todo esto podría suponerse una mera fantasía o una
mistificación de la prensa sensacionalista si no hubiera encontrado,
desempolvando mi archivo, una crónica que se remonta al Londres de 1890 donde,
en sucesivas apariciones a lo largo de dos años, un insólito ente denominado
Springle Jack (algo así como Jack el Saltarín) aterró a londinenses,
civiles y bobbies por igual, destacados en su captura.
Se lo describía como un individuo, de unos dos metros de altura, muy
delgado, largas piernas, ojos fosforescentes; capa, galera y una luz muy
brillante en el centro del pecho que, haciendo honor a su nombre, andaba a los
saltos por sobre las cabezas de la gente, sin otro propósito definido.
La sincronicidad (para referirnos a un vocablo tan caro a la
psicología jungiana) de estos seres, por sobre las fronteras del espacio y el
tiempo, nos pone de manifiesto la realidad, cuanto menos sociológica, de estos
fenómenos.
Recordemos también respecto a esta provincia que para 1983, en la
Pampa de Palunco y el área de Las Vizcacheras eran observadas con frecuencia
arañas gigantes, no de unos treinta o cuarenta centímetros de diámetro como la
expresión haría suponer, sino de... ¡dos metros de diámetro! en campos
petrolíferos de la ex YPF no solamente por obreros rápidamente desprestigiados
por los directivos de la empresa bajo la acusación de alcohólicos sino también
por técnicos, ingenieros y pilotos de aviones.
Uno de ellos me comentaba semanas después estando yo de paso hacia la
Caverna de las Brujas, de la que hablaré en otra ocasión en la penumbra de
un tugurio con pretensiones de bar a un costado de la ruta, que a propósito
mintió en su informe el verdadero tamaño de una de esas arañas que observó
correr desde unos doscientos metros de distancia, a la que atribuyó
públicamente unos tres metros de diámetro ya que, sin duda, el apodo de
delirante que se ganó entre sus superiores se habría visto acentuado si hubiera
manifestado los diez metros que en realidad le atribuyó. Y no muy lejos de una
zona tan forteana, los turistas aún hoy visitan el Pozo de las Ánimas, una
enorme hoya volcánica llena de agua donde los huarpes creían que las almas de
los difuntos tenían su entrada al infierno, por lo común que era observar
quedan relatos aun escritos del siglo pasado sobre su vertical, evolucionar
esferas luminosas sin orden ni concierto y de gran tamaño, que terminaban
precipitándose al fondo del cenote. ¿Una colonial base subacuática de OVNIs,
quizás?.
Los hombres-gato de Rafael Calzada
Esta extraña enumeración de apariciones de seres con un comportamiento
y una morfología que los identifica más como elementales o producto de una
actividad goética que como animales o humanoides de origen y evolución
netamente natural no puede quedar completa sin la mención de lo que entonces
conmocionó a una populosa localidad del sur del conurbano bonaerense: la ciudad
de Quilmes, extendiéndose hasta San Francisco Solano y Rafael Calzada. Se trata
de la aparición de los que fueron llamados, en su momento, hombres gato.
La historia comenzó en realidad en las páginas policiales de los
periódicos, cuando se informó de ataques sexuales a varias jóvenes de la zona
por parte de uno o más individuos disfrazados; altos, de más de ciento
ochenta centímetros estando, al parecer, cubiertos de pelaje oscuro, y además
lo que llamaba la atención de los investigadores era la increíble agilidad de
que hacían gala.
En efecto, cuando las tropelías se sucedieron en demasía, la policía
comenzó a tender los cercos con vistas a capturarlos. Pero esto sólo evidenció
la habilidad de que eran poseedores, pues sus escapes de redadas prácticamente
perfectas eran impresionantes. En ocasiones, se afirmaba que uno de estos seres
había sido rodeado en un terreno baldío, aparentemente escondido entre los
matorrales, pero cuando treinta o cuarenta hombres cargaron sobre ese punto se
encontraron con la sorpresa de que el ente se había esfumado.
A medida que pasaba el tiempo las apariciones se multiplicaron. Lo que
dio la pauta de que se lidiaba con un número significativo de seres se habló
de hasta un centenar era que en una misma noche eran múltiples las
observaciones en puntos muy alejados. Los vecinos, al observar la impotencia
policial, comenzaron a tomar sus propios recaudos, se armaron, y la
emprendieron a tiros con todo bulto que se moviera en la noche. Algunos de
estos casos son interesantes. En una ocasión, por ejemplo, una familia escuchó
aterrada cómo algo golpeaba y arañaba su ventana. Sus gritos alertaron a
algunos vecinos, quienes salieron a la calle con tiempo de observar cómo una
delgada silueta peluda y negruzca ganaba la oscuridad. Dos de estos
observadores estaban armados, por lo que se echaron en persecución del ser,
disparándole a distancias no superiores a cinco metros. Dos veces, según los
testimonios, el ente cayó al suelo por el impacto de los balazos pero en ambos
casos se levantó y continuó corriendo como si nada le hubiese afectado.
Corría 1985 y por ese entonces me encontraba yo dictando cursos para
varios alumnos que tenía en la zona, por lo que no pude permanecer ajeno a los
hechos. Consulté a la policía local, pero ante la imposibilidad de obtener
mayor información (había, según me informaron, órdenes expresas de que ningún
civil participara en las redadas, aun en el caso de que fuese periodista o
investigador) me resigné a enterarme de más por los canales convencionales. El
tiempo, sin embargo, me reservaba una sorpresa.
Un hecho sugestivo que ocurría en la zona por ese entonces era el
desmesurado incremento de lo que la gente del lugar llamaba posesiones.
Sacerdotes católicos, pastores evangelistas y oficiantes umbandistas (que en el
lugar pululan) recibían una media muy superior a lo normal de solicitudes
diarias para exorcizar personas o viviendas.
Creía yo entonces que el fenómeno de los hombres gato se debía
quizás a un grupo bien organizado y entrenado de individuos que buscaban
aterrorizar esos parajes con fines desconocidos. O quizás no tanto: había
recibido informaciones de buena fuente de que en las cercanías del epicentro
del fenómeno se habían instalado recientemente varios terreiros de una nueva
agrupación de Umbanda cuyos integrantes directivos acababan de llegar de la
hermana república del Uruguay. Incluso se me acercaron atemorizados testigos
de extraños ritos en bosquecillos aledaños a los centros poblados como, por
ejemplo, el llamado Monte de los Curas en San Francisco Solano. Y como el
exorcismo adecuadamente arancelado era el negocio principal de esta gente,
pensaba yo que todo muy bien podía deberse a una táctica genialmente montada
con miras a asegurarles dividendos por largo tiempo.
Pero entonces ocurrió algo que me obligó a cambiar mis puntos de
vista. Una de estas familias con poseídos en su seno, a quienes les fui
recomendado, requirieron mi opinión. En este caso debía ocuparme de una niña,
hija de los dueños de casa que todas las noches, exactamente a las dos de la
mañana comenzaba con sus crisis caracterizadas por gritos ininteligibles,
llanto, convulsiones y taquicardia. Los médicos y un psiquiatra consultados
habían arriesgado los diagnósticos convencionales, pero hasta ese momento
habían fracasado en la terapéutica. De allí, la intención de los directos
afectados en consultar a un parapsicólogo.
Así es que una noche decidí montar guardia en la vivienda de la
familia "C." (guardo reserva sobre sus nombres por su expreso pedido) junto a
los padres de la muchacha y otros dos hombres, tíos de ésta. A las once de la
noche la niña se dirigió al humilde dormitorio y concilió rápidamente el sueño.
Los demás, en tanto, permanecimos en la cocina, conversando, bebiendo café y
turnándonos en vigilar a la aparente afectada.
A medida que nos acercábamos a las dos de la mañana la tensión, aunque
disimulada en los comentarios, indudablemente iba en aumento. Exactamente a las
dos, la niña comenzó a gritar. Y en tropel nos dirigimos los cinco al
dormitorio.
Elena (uso su nombre de pila) dormía y gritaba en sueños. Pero mi
atención fue capturada en realidad por lo que ocurría fuera de la casa o, mejor
dicho, sobre ella; en el techo se escuchaban pesadas pisadas como si un hombre
caminara en círculos. Uno de los hombres corrió a buscar un arma, mientras los
demás hicimos lo propio hacia la única ventana de la habitación.
En aquel momento, eso (lo que fuera) aparentemente se dejó caer
desde el techo al suelo, frente a esa pequeña ventana y muy cerca de ella; tan
cerca que yo mismo, circunstancialmente a la cabeza del grupo, sólo vi una
sombra que cubría las estrellas lo único visible en una noche oscura como la
tinta y un gran cuerpo peludo cubriendo la misma. Mi reacción fue
absolutamente instintiva: diez años de práctica en artes marciales hacen que
muchos reflejos sean condicionados y ante el peligro el instinto de huída se
transforma en un instinto de ataque: me tendí hacia delante, descargando con mi
puño izquierdo un golpe sobre ese torso oscuro. Hoy, en situación de frío
observador, entiendo que lo mío fue una estupidez.
Lo cierto es que bajo mi mano sentí una sensación repugnante; era un
cuerpo muy frío, mucho más de lo que su presunción de mamífero daba a suponer,
increíblemente blando; en este sentido la imagen táctil más aproximada que
puedo dar es una bolsa de cuero rellena con gelatina. Las cerdas eran duras, y
casi perpendiculares a la piel, o al menos así me pareció. Sorpresivamente, el
ser se desplazó hacia una esquina de la casa, de forma que al asomarnos por la
ventana ya le habíamos perdido de vista.
Salimos a la carrera. Yo me asomé por la ventana, pero el verdadero
barrial que rodeaba a la vivienda hacía varios días que llovía
intermitentemente no permitía distinguir huella apreciable alguna.
En ese momento comprendí que, fuese lo que fuera el extraño ser,
estaba estrechamente ligado a los pensamientos de elena y, quién podía dudarlo,
nadie podía estar tranquilo respecto de su seguridad.
Pero hay algo más. En esos días, pobladores de la zona completamente
aterrorizados y desilusionados por los fracasos en la investigación policial
comenzaron a solicitar en gran número el apoyo de profesionales en
parapsicología, buena parte de ellos provenientes de localidades muy alejadas
del epicentro de los hechos (lo que invalida la suposición de que los propios
colegas zonales incentivaran los rumores con fines monetarios).
Me consta que muchos de ellos también interpretaron a los hombres
gato como subproducto o consecuencia de actividades goéticas (obsérvese que
tenían, morfológicamente y en cuanto a sus conductas, gran parecido a súcubos,
los demonios medioevales que se materializaban para atacar sexualmente o
perturbar la paz espiritual de los hombres): la violenta desaparición de los
fenómenos unos días más tarde, casi tan violenta como fue su irrupción en las
vidas de estas gentes sencillas, me ha convencido de que fue el esfuerzo
psíquico conjunto de un número grande de entrenados expertos lo que puso fin a
esta pesadilla.
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