Estimados co-listeros,

Les hago llegar un articulo escrito por el gran fil�sofo franc�s Roger 
Garaudy. A traves de dicho articulo podemos ir intuyendo que es lo que 
realmente se anida realmente en la modernidad occidental. Hoy en d�a, la 
agresiva mentalidad anglo-americana representa una de dichas siniestras 
cumbres.

Con mucha tristeza observo de que muchos "amerindios � indo-mestizos" se han 
tragado el sapo de la modernidad occidental moderna, es a ellos que les 
alcanzo -principalmente- este art�culo. Ya ingresaremos algunas reflexiones 
sobre el pensamiento tradicional de los pueblos amerindios � inuits afin de 
comenzar a comprender de que la soluci�n del problema que viven nuestros 
pueblos no se encuentra "imitando" la asquerosa mentalidad occidental 
moderna.

Fraternalmente,

Waman Intisoqo

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�QU� ES EL ANTINORTEAMERICANISMO?

por Roger Garaudy


El antinorteamericanismo no es una expresi�n de nacionalismo ni de racismo, 
ni propugna la exclusi�n de sus semejantes, o de un pueblo. Es la lucha 
contra un sistema, contra una concepci�n del hombre y de un modo de vida. 
Hist�ricamente, este sistema, naci� en el continente que hoy en d�a trata de 
imponerlo a todo el mundo, vali�ndose del poder de las oligarqu�as 
pol�ticas, financieras y militares, que dirigen Estados Unidos. Pueden 
hacerlo, puesto que cuentan con la complicidad y el servilismo de los 
dirigentes de muchos pa�ses. Para ser m�s claros -sobre todo para aquellos 
que quieren confundir antinorteamericanismo y xenofobia- y para quitarle a 
la palabra "norteamericano", que designa un modo de vida y una concepci�n 
del mundo, todo lazo geogr�fico o �tnico con aquellos que nacieron o 
emigraron a Am�rica del Norte desde 1620 en el "Mayflower", creando un 
sistema colonial y racial (seg�n sus or�genes), dominante y mercantilista 
(seg�n su historia), design� como "norteamericano", a todos aquellos que en 
el mundo quieren imponer este modelo. La principal caracter�stica de �ste es 
la sumisi�n de la sociedad a las exigencias de la econom�a de mercado y no 
la econom�a y el mercado al servicio de la sociedad. Margaret Thatcher y 
Tony Blair, Chirac y Jospin (con el "desvanecimiento del estado ante el 
mercado"), Schr�der, Solana y tantos otros del mismo "gang", son tan 
"norteamericanos" como Clinton o Madeleine Albright, Kissinger o Brezinzski.

Este es el fundamento de nuestro "antinorteamericanismo": "est� dirigido 
contra un sistema y sus dirigentes, y luchar para liberar al pueblo 
norteamericano, que en su gran mayor�a es como nosotros, v�ctima del mismo 
sistema". Tenemos que combatir la ideolog�a norteamericana en todas partes. 
A veces hasta en nosotros mismos, puesto que este sistema, como lo 
demostraremos, si finalmente triunfara, nos conducir�a al suicidio 
planetario, al fin del hombre, es decir, al fin de la incesante b�squeda del 
sentido humano y divino de la vida y de nuestra historia com�n.

La ideolog�a norteamericana no lleva este nombre en raz�n de una supuesta 
tara propia de un pueblo o de una naci�n, sino porque es en ese pa�s donde 
se encuentra el complejo militaro-industrial que dirige la pol�tica 
estadounidense y posee hoy en d�a, gracias a las dos guerras mundiales, la 
m�xima riqueza y poder�o.

Nuestro an�lisis tendr� como objeto retrasar su g�nesis, las etapas de su 
desarrollo, el per�odo actual, las convulsiones de este mundo enfermo que 
nos conducir�a al precipicio, si no tuvi�ramos los medios para hacerle 
frente.

LOS MITOS FUNDADORES DE LA POLITICA NORTEAMERICANA.

Se llam� "Nuevo Mundo" a las nuevas tierras descubiertas, porque el 
colonialismo ignor� y destruy� sistem�ticamente las brillantes 
civilizaciones que desde hace milenios florec�an en este continente, que 
hab�an ya conocido en el hemisferio Sur, tales destrucciones desde la 
llegada de Col�n, que el primer sacerdote ordenado en Am�rica y que lleg� a 
ser obispo, Monse�or Bartolom� de Las Casas, escribi� en su libro La 
Destrucci�n de las Indias: "la barbarie vino de Europa".
En el hemisferio Norte, m�s all� de M�xico, el colonialismo se introdujo 
bajo una nueva forma. En 1620, un grupo de emigrantes calvinistas puritanos 
que hu�an de las persecuciones de Enrique VIII, desembarcaron en 
Massachusetts y consideraron que su vocaci�n era la de crear una nueva 
tierra "prometida". Esos colonos que llegaron a ser siglos m�s tarde los 
creadores de Estados Unidos, se enraizaron en un pa�s que no ten�a historia 
y que lo fundaron sobre un mito: su partida de Inglaterra era un nuevo 
"�xodo" b�blico.

Am�rica era la "tierra prometida" destinada a construir el Reino de Dios. 
Entonces invocaron esta misi�n divina para justificar la cacer�a de indios y 
el robo de sus tierras, seg�n el precepto b�blico de Josu� y de sus 
"exterminaciones sagradas": "Es evidente -escribe uno de ellos- que Dios 
incita a los colonos a la guerra... Los indios como probablemente las tribus 
de los amalecitas y de los filisteos que formaron una coalici�n con otros 
pueblos contra Israel". Truman Nelson, "The puritan of Massachusetts: From 
Egypt to the Promise Land". (Juda�sm Vol. XVI, 2, 1967). La "tierra 
prometida" lleg� a ser desde entonces una tierra conquistada. Esta pr�ctica 
de expoliaciones y de matanzas no estaba en contradicci�n con su concepci�n 
religiosa, puesto que el enriquecimiento como la victoria era para ellos el 
signo de la bendici�n divina.

En su discurso inaugural como presidente de Estados Unidos, al proclamar la 
independencia de Inglaterra -Georges Washington, el padre fundador- formul� 
la m�s perfecta definici�n de lo que ser�a el principio director de la 
pol�tica norteamericana hasta nuestros d�as: "Ning�n pueblo como Estados 
Unidos debe agradecer y adorar tanto la mano invisible que conduce los 
asuntos de los hombres. Cada paso, que los hace avanzar en la v�a de la 
independencia nacional, parece llevar la marca de la intervenci�n 
providencial"
La "mano invisible" es la expresi�n inventada por Adam Smith para coronar su 
teor�a econ�mica: si cada individuo persigue su propio inter�s personal, el 
inter�s general se realizar�. Una "mano invisible" realizar�a esta armon�a. 
Washington ve en esta "mano invisible" la intervenci�n providencial de Dios, 
al mismo tiempo que la ley fundamental de la armon�a entre los intereses 
individuales y el inter�s general. Su sucesor John Adams, escrib�a en 1765: 
"No ceso de considerar la fundaci�n de Norteam�rica como una obra de la 
Providencia, concebida con vista a guiar y emancipar a la porci�n de la 
humanidad que a�n est� reducida a la esclavitud". El escritor Herman 
Melville dec�a en el siglo XIX: "Nosotros los norteamericanos, somos un 
pueblo particular, un pueblo elegido, el Israel de nuestro tiempo, llevamos 
sobre nuestros hombros el arca de las libertades". ("America as a 
civilization", p�gina 893.)

Es significativo c�mo, a�n en nuestros d�as, se invoca esta profesi�n de fe. 
En cada d�lar est�n impresos juntos, su primer autor, Washington y un lema 
inesperado en un billete de banco: "IN GOD WE TRUST", (Confiamos en Dios). 
Esta ser� una constante de la pol�tica del nuevo "pueblo elegido": Dios y el 
d�lar son las dos tetas del poder.
El sucesor de Washington en la presidencia de Estados Unidos, John Adams, 
hab�a declarado por su parte: "Am�rica ha sido creada por la Providencia 
para que sea el teatro donde el hombre pueda alcanzar su propia estatura." 
(Autobiograf�a. Tomo I, p�gina 282)

Los primeros te�ricos de la confederaci�n como el reverendo Dana, no cesaron 
de subrayar la filiaci�n divina del nuevo estado: "La �nica forma de 
gobierno, expresamente instituida por la Providencia, fue aquella de los 
hebreos. Era una rep�blica confederal con Jehov� a la cabeza". (Dana. 
Semons, p�gina 17). El tercer presidente de Estados Unidos, Jefferson, 
proclamar�a tambi�n que su pueblo era "el pueblo elegido por Dios". (Notas 
sobre el Estado de Virginia. Secci�n XIX)
Tambi�n el presidente Nixon, dos siglos despu�s, dir�: "Dios est� con 
Am�rica. Dios quiere que Am�rica dirija el mundo".

Todos los presidentes de los EEUU justificar�n de esta manera sus pol�ticas 
depredadoras.La contradicci�n entre la profesi�n de fe y su pr�ctica real es 
una constante de la pol�tica norteamericana: el presidente Mac Kinley parti� 
a la conquista de las Filipinas para "educarlos, civilizarlos y 
cristianizarlos".

Citemos algunos ejemplos: "Debo proteger a nuestro pueblo y sus propiedades 
en M�xico hasta que el gobierno mexicano comprenda que hay un Dios en Israel 
y que es un deber obedecerle". El lenguaje no ha cambiado desde Washington a 
Clinton, Norteam�rica seg�n los oligarcas que la dirigen, no ha cesado de 
ser el brazo armado de la Providencia Divina. En plena guerra de Vietnam el 
Cardenal Spellman, Arzobispo de Nueva York, hablando en nombre de todos 
aquellos que "creen en Norteam�rica y en Dios" fue a Saig�n para decirle a 
los que masacraban vietnamitas: "�Ustedes son los soldados de Cristo!".

Incluso hoy, para justificar el armamentismo y el tr�fico de armas -que son 
el fundamento m�s eficaz de la "prosperidad econ�mica" de Estados Unidos, 
gracias a las subvenciones gubernamentales y al financiamiento por parte del 
Estado de la investigaci�n y el desarrollo en favor de las industrias de la 
guerra y la venta de armas en el extranjero, que es el sector m�s 
floreciente de las exportaciones norteamericanas-, el ide�logo del Pent�gono 
Samuel Huntington en su libro El choque de las civilizaciones disfraza los 
proyectos de hegemon�a mundial de Estados Unidos en una cruzada religiosa 
donde opone "la civilizaci�n judeo-cristiana al contubernio 
islamo-confuceano". Los pol�ticos, los medios de comunicaci�n y sus 
promotores, se encargan de anestesiar al pueblo, disfrazando estos mitos en 
realidad hist�rica. Y ello desde sus inicios. Uno de los primeros y de los 
m�s penetrantes analistas de la pol�tica norteamericana, Tocqueville, 
anotaba: "No s� si todos los norteamericanos tienen fe en su religi�n, pero 
estoy seguro que la consideran necesaria para el sost�n de sus instituciones 
republicanas". Agregando: "Los unos profesan dogmas cristianos porque creen 
en ellos, los otros porque temen dar la impresi�n de no creer... En Estados 
Unidos el soberano es religioso y en consecuencia, la hipocres�a debe ser 
com�n".

Alexis de Tocqueville ya hab�a descubierto este conformismo en su libro La 
Democracia Americana en 1840: "No conozco un pa�s donde haya tan poca 
independencia de esp�ritu y tan poca discusi�n como en Estados Unidos". En 
1858, el escritor Henry David Thoreau, uno de los raros disidentes, autor de 
Walden y La vida en los bosques, escrib�a: "Nadie tiene necesidad de una ley 
para controlar la libertad de la prensa. Ella misma se encarga y m�s de lo 
necesario. Virtualmente, la comunidad, alcanzando un consenso relativo 
frente a lo que se puede expresar, ha adoptado una plataforma y ha convenido 
t�citamente en excomulgar a cualquiera que se separara de �sta; tanto es as� 
que no hay una persona entre mil que se atreva a expresar una idea 
diferente". El acondicionamiento y la manipulaci�n de la opini�n p�blica, 
que constituyen hoy en d�a, en los pa�ses cuyos dirigentes han aceptado la 
tutela norteamericana, el llamado "pensamiento �nico", fue una de las 
caracter�sticas del "norteamericanismo" original.

El maccarthismo no esper� a Mac Carthy, en 1952, para reinar, pero �ste dio 
la marca de f�brica al "antinorteamericanismo" en Estados Unidos mismo, al 
perseguir las actividades "unamerican" (antinorteamericanas o 
"no-norteamericanas"), hasta entre los intelectuales m�s respetables, por 
ejemplo Oppenheimer, uno de los pioneros de la investigaci�n en energ�a 
at�mica. Este componente del norteamericanismo, en una �poca de apogeo de 
Estados Unidos, es una versi�n moderna del puritanismo inquisitorial de los 
or�genes, cuando los legisladores de Connecticut, por los a�os 1640-1650, 
seg�n lo que nos cuenta TOCQUEVILLE, dictaban esa ley penal sacada de los 
"libros sagrados": "El que adora a cualquier otro DIOS que el Se�or ser� 
ajusticiado." La diferencia fundamental, es que se sigue invocando al mismo 
DIOS para defender otros "valores", o m�s bien, una ausencia de valores que 
no sean mercantiles: la libertad (de comercio) o los "derechos humanos" (que 
son la �ltima preocupaci�n de los oligarcas).

Tal era pues el primer MITO de la pol�tica norteamericana, el m�s sangriento 
de todos: nosotros somos el "pueblo elegido" y esto ha servido de 
justificaci�n a todas las tropel�as nacionalistas y colonialistas, al 
establecer una jerarqu�a entre razas superiores y razas inferiores con el 
"derecho" de dominaci�n que de ah� se desprende y tambi�n con la pretensi�n 
de situarse, gracias a esta investidura divina, m�s all� de cualquier ley 
internacional (por ejemplo, las decisiones de la ONU que pueda emanar de las 
voluntad humana. (El Estado de Israel consideraba como "papel mojado" -- tal 
es la expresi�n de Ben Gourion -- la primera Resoluci�n de la ONU: aquella 
que instituye este Estado y que fija sus fronteras, y por otro lado Estados 
Unidos llevando a cabo la guerra con Yugoslavia, violando todos las leyes 
internacionales sobre la soberan�a de los pueblos, y sin mandato de la ONU). 
Por ejemplo, sabemos a qu� precio, en su variante hitleriana, la 
denominaci�n de "pueblo elegido" condujo a la exaltaci�n de la superioridad 
de la "raza aria", del "pueblo elegido" germano, que ten�a por misi�n crear 
un "hombre nuevo" para instaurar su predominio universal. A tal pretensi�n 
de reconocerse como resultado de una "elecci�n divina", Rousseau responde 
con firmeza: "Su Dios no es el nuestro, les digo a estos sectarios. Aquel 
comienza por elegir un solo pueblo y proscribe al resto del g�nero humano, 
por lo tanto, no es el padre com�n de todos los hombres." (Emile. Libro IV)



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El segundo fundamento del antinorteamericanismo es aquel que nace de la 
Declaraci�n de la Independencia y de su interpretaci�n inmediata por el 
Secretario de Estado a la tesorer�a designado por Washington: Alexandre 
Hamilton.
Hamilton era, esencialmente, un disc�pulo de Adam Smith. Consideraba que la 
propiedad privada era un derecho "sagrado" del hombre y que en el mercado 
(donde se encuentran, guiados sin que lo sepan por una "mano invisible") los 
intereses personales convergen hacia el "inter�s general". Adem�s el mercado 
es el �nico regulador de las relaciones sociales.
Hamilton se aleja de Smith en un punto solamente: el papel del Estado. 
Hamilton considera que el Estado no debe intervenir para atenuar las 
crecientes desigualdades que necesariamente engendra el libre juego de la 
competencia en el mercado, sino por el contrario debe hacer pareja con las 
empresas m�s triunfadoras, disminuyendo sus impuestos y las tasas y 
acord�ndole el m�ximo de ayuda o pedidos p�blicos.
En particular, el Banco Central debe gozar de un estatuto aut�nomo que lo 
ponga al resguardo de todo control democr�tico, susceptible de interferir en 
el enfrentamiento permanente entre los fuertes y los d�biles.
Uno de los tratados m�s sorprendente de la doctrina de Hamilton (tan pr�ximo 
a Georges Washington que fue �ste quien inspir� el discurso de despedida a 
la Naci�n, a la hora de su retiro) es el lugar que le acuerda a la 
"corrupci�n" como un elemento motor del sistema, ya que es una iniciativa 
mayor en la b�squeda del inter�s personal.
El caracter�stico papel de la corrupci�n -- indispensable corolario de la 
econom�a de mercado -- del norteamericanismo triunfante hasta hoy en d�a, es 
decir, el "monote�smo del mercado" es reconocido como una consecuencia 
l�gica e ineluctable del sistema.
Alain Cotta, en su libro sobre El capitalismo en todos sus estados (Ed. 
Fayard. Par�s. 1999), define la l�gica del sistema: "El aumento de la 
corrupci�n se asocia al aumento de la actividad financiera y de los medios 
de informaci�n. Mientras que la informaci�n lo permita, con respecto a 
operaciones financieras de todo tipo -- en particular las de fusi�n, 
adquisici�n y de la OPA -- para amasar en algunos minutos una fortuna que 
ser�a imposible obtener con el trabajo de toda una vida, la tentaci�n de 
comprar y de vender se vuelve irresistible." El autor agrega: "la econom�a 
mercantil no puede m�s que favorecerse por el desarrollo de este aut�ntico 
mercado... La corrupci�n juega un papel an�logo a un plan."
Noam Chomsky defini� perfectamente el objetivo esencial de la pol�tica 
exterior norteamericana de defensa de la "democracia", es decir, de las 
sociedades "abiertas": "La pol�tica extranjera de Estados Unidos est� 
concebida para crear y mantener un orden internacional en el marco de la 
cual las empresas norteamericanas puedan prosperar. Un mundo de `sociedades 
abiertas', lo que significa, sociedades abiertas a las inversiones 
fruct�feras, favorables a la expansi�n del mercado de exportaci�n de 
recursos humanos y materiales por las empresas norteamericanas y sus 
sucursales locales. Las `sociedades abiertas', en su verdadera acepci�n del 
t�rmino, son sociedades que est�n abiertas a la penetraci�n econ�mica y al 
control pol�tico de Estados Unidos".



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Tales fueron al origen los principales componentes del "norteamericanismo":
La convicci�n de ser el "pueblo elegido" teniendo el "destino manifiesto" de 
dominar el mundo para instaurar la ciudad de Dios.
La certeza que el signo de esta elecci�n divina es el logro y el �xito, 
donde la manifestaci�n m�s evidente es la riqueza, sean cuales sean -- seg�n 
la concepci�n de Hamilton, al alba del sistema -- los medios empleados por 
los "ganadores" para obtener dicha riqueza.
La desigualdad inicial debido a la raza o a la herencia de una condici�n 
social hacen del "libre cambio" una regla de juego eficaz para otorgar a los 
m�s fuertes la posibilidad de aplastar a los m�s d�biles.
De esto, se deduce que el logro en los negocios es "un acto moral", seg�n la 
expresi�n de Schlesinger, y que los "ganadores", sobre todo los grandes 
ganadores, ser�n no s�lo honorados sino santificados. Tambi�n John 
Rockfeller evocaba su "misi�n": "Dios es quien me ha dado la fortuna... El 
poder de ganar dinero es un don de Dios... Habiendo recibido este don, 
estimo que es mi deber ganar todos los d�as m�s dinero y emplearlo para la 
humanidad seg�n el modo que me dicte mi consciencia."
El mismo aroma espiritual se desprende de los sucesos econ�micos del pa�s, 
como as� tambi�n el de los logros individuales. En un "seminario" sobre el 
tema de la "Salud econ�mica y salud espiritual" organizado en Los Angeles, 
en mayo de 1981, se reunieron 300 jefes de empresas bajo el patrocinio de la 
Casa Blanca. Nelson Hunt -- propietario de la cadena hotelera Hilton -- 
declaraba: "Lo m�s importante para nuestro pa�s es tener un medio ambiente 
espiritual que nos permita ganar dinero y que nosotros seamos los 
ganadores." (Citado en Les Am�ricains. Ed. Mazarine. 1983)
Desde 1840, el primero y m�s perspicaz observador de Estados Unidos, 
Tocqueville, en su libro La democracia en Norteam�rica, analizaba los 
mecanismos en relaci�n al naciente Estado: "No conozco otro pueblo en donde 
el amor por el dinero tenga un lugar tan grande en el coraz�n de los 
hombres. Un pueblo de aventureros y especuladores." No es esta una 
apreciaci�n racista sobre un pueblo, sino la consecuencia de condiciones 
hist�ricas del nacimiento de una "naci�n" que, como dice Tocqueville, era un 
"conglomerado" de emigrantes sin historia ni cultura com�n. La gran mayor�a 
de estos hombres, originarios de distintas culturas, ven�an para encontrar 
trabajo y ganar dinero. El �nico lazo que los un�a -- irlandeses o 
italianos, mexicanos o chinos -- era an�logo a los lazos entre el personal 
de una empresa y quien los contrataba. A ninguna cultura aut�ctona (los 
indios estaban excluidos) se le pod�a asignar una finalidad espiritual com�n 
a tal agrupamiento de desarraigados.
Incluso si los hechos fueron ocultados por los mitos fundadores (como el de 
la "elecci�n divina" y el del "destino manifiesto"), Estados Unidos fue 
desde sus or�genes una organizaci�n regulada por la sola racionalidad 
econ�mica y tecnol�gica, en la cual cada individuo participa como productor 
y consumidor, como roturador o como especulador, como predador rival de 
todos los otros para apropiarse de la tierra, del petr�leo o del oro, con el 
solo objetivo de acrecentar cuantitativamente su poder de compra y, si fuera 
necesario, con la corrupci�n del hombre, seg�n el dogma hamiltoniano de la 
primac�a de la corrupci�n. Toda reflexi�n sobre la finalidad �ltima y el 
sentido de la vida no tiene en este sistema, ninguna raz�n de ser y 
pertenecer�, como un asunto privado, a una �nfima minor�a resistiendo 
heroicamente al ambiente de vac�o espiritual en un universo neodarwiniano 
obediente a, lo que uno de sus m�s brillante partidario llama, "la ley 
divina del mercado". (1)
Esta ausencia de finalidad, m�s all� de la del poder�o y la riqueza, es no 
s�lo una caracter�stica del sistema sino una condici�n de supervivencia.
Luttwak evoca con mucha franqueza y cinismo que -- en el r�gimen que �l 
defiende y que es el �ltimo desarrollo del capitalismo -- "la p�rdida de 
autenticidad de la persona est� de alguna manera prevista. El abandono 
deliberado de la consciencia por una existencia son�mbula ... es la mejor 
opci�n que queda. Es la garant�a del �xito por parte de los empresarios de 
alto vuelo, los pol�ticos de primer plano y otros ganadores, y echar�n a 
perder todo si en los fines �ltimos ... El turbo capitalismo no se conforma 
s�lo con conquistar el mercado, sino que extiende su opresi�n a todas las 
esferas de la actividad humana." (2)
Esta ausencia de toda finalidad propiamente humana o divina es la 
caracter�stica m�s profunda del "norteamericanismo" reinante hoy en d�a en 
el mundo: la confusi�n entre los medios y los fines, la sustituci�n del 
"c�mo" o del "por qu�". El dinero convertido en religi�n es el medio que 
sustituye todos los fines.
La lucha contra esta enfermedad -- el "norteamericanismo" -- , es una lucha 
para curar al mismo pueblo norteamericano, v�ctima de la oligarqu�a 
financiera, de pol�ticos y militares que imponen una vida sin objetivos, una 
pol�tica y una historia sin significaci�n; como la que intentan imponer en 
el mundo entero.
Una definici�n profunda del "monote�smo del mercado", que es el dogma 
dominante del norteamericanismo, est� dada (a prop�sito de la ense�anza de 
la econom�a pol�tica, pero es v�lida para todos los campos de la cultura) 
por el economista Michel Albert en su libro Capitalismo contra capitalismo 
(Ed. du Seuil. 1993. p 230): "El imperativo categ�rico de evacuar la 
cuesti�n filos�fica de la finalidad."



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Haciendo la g�nesis del norteamericanismo, no podemos olvidar que Estados 
Unidos hab�a proclamado su independencia siendo una colonia; con todo lo que 
ello implica de racismo fundamental de parte de la "raza superior", es 
decir, la de los colonos.
Sin esto, no podremos comprender la contradicci�n fundamental del sistema, 
de su proclamaci�n abstracta de universalismo en favor de la "raza blanca" y 
del rechazo del otro, indios o negros en particular.
As�, desde el comienzo de la "competici�n" econ�mica exige una desigualdad 
radical.
Primero, en base al censo de 1790, los esclavos negros estaban excluidos de 
todo derecho c�vico -- recordemos que constitu�an el 17% de una poblaci�n de 
4 millones de habitantes -- donde entre los blancos de Boston -- para 
mencionar s�lo un ejemplo -- el 10% de los m�s ricos pose�an 5/8 del 
conjunto de los bienes de la poblaci�n, constituida (adem�s de esclavos 
negros) por obreros y marinos pobres.
Los argumentos para justificar la esclavitud fueron variados. En principio 
fueron religiosos: para los reci�n llegados, poseedores del proyecto divino 
de reconstruir la "ciudad de Dios" en el "Nuevo Mundo", los indios no eran 
cristianos, sino el sost�n del demonio que convendr�a exterminar, tal como 
fue Josu� para los amalecitas.
Esta justificaci�n religiosa se sustituye, o mejor se agrega, al argumento 
fundado sobre una concepci�n simplista, unilateral y evolucionista de la 
historia: los indios, como las "bestias salvajes", viven de la caza. "Vivir 
de la agricultura es un hecho del g�nero humano; vivir de la caza es un 
hecho del g�nero animal ... La Revelaci�n dijo al hombre: trabajar�s la 
tierra." Ello defini� la condici�n humana. (Brackenbrige. Indian 
atrocites.1782)(3)
Demon�aco es el argumento que se acopla perfectamente con el argumento 
racista de "b�rbaro" y es lo que desencadena la voluntad de destruir a su 
semejante, diaboliz�ndolo&nbsp.
Franklin aconsejaba incitar a los indios al alcoholismo para acelerar su 
desaparici�n y, mientras tanto, despojarlos de la Tierra: "Soy de la idea de 
obligarlos a ceder una porci�n de su territorio, el que nos convenga mejor 
para nuestro emplazamiento."
En nombre de este mito religioso y racista, Estados Unidos comenzar� la 
empresa m�s grande de "depuraci�n �tnica" de la historia, a trav�s de la 
"caza del indio", donde la resistencia ser� aplastada militarmente reci�n en 
1790, con la masacre de siuxs en Wounded Knee.
El mismo desprecio colonialista y racista hacia el otro, se desencadenar� 
hacia los negros a trav�s de la trata de esclavos.
Aqu�, nuevamente sirvi� de apoyo la referencia b�blica. S. Sewail, juez de 
la corte suprema de Masachusetts (y quien presidir� el tribunal que conden� 
a las brujas de Salem) toma de la Biblia y en San Pablo (Primera Ep�stola de 
los Corintios XII, 13-26) la prueba que Dios ha permitido la esclavitud y 
que los negros han heredado de Ham la furia divina.(4)
Despu�s, bajo la influencia de la "filosof�a de las luces", los esclavistas 
se proclamaron herederos de la ley natural y de la filosof�a de Locke; hasta 
el momento en que aparece el argumento econ�mico disfrazado en teolog�a: "La 
Providencia Divina ha designado esta colonia para que los esclavos negros 
trabajen, y a diferencia de los europeos, fueron elegidos gracias al clima 
caluroso al que est�n habituados mejor que los blancos."
En efecto, esto permite poner en relieve el territorio.
Una biolog�a racista viene a reforzar y justificar la idea de inferioridad 
de "esta raza de hombres naturalmente serviles".(5)
La contradicci�n es evidente entre la Declaraci�n de la Independencia (hecha 
por colonos propietarios de esclavos) proclamando "igualdad de derechos para 
todos los hombres", al mismo tiempo manteniendo la esclavitud durante m�s de 
un siglo, y la discriminaci�n del negro hasta nuestros d�as, y a�n dos 
siglos despu�s, en nombre de la "defensa de los derechos del hombre" 
contin�an la masacre de ni�os y civiles a trav�s de bombardeos a�reos, de 
hambruna y de la destrucci�n de infraestructuras econ�micas.
Los esclavos -- excluidos de la participaci�n civil por la Constituci�n y 
sus "instituciones particulares" -- son, como lo escribi� Arist�teles 20 
siglos antes, "�tiles parlantes".
Los "derechos del hombre" son los del hombre blanco y, para Estados Unidos, 
los WASP (White anglo-saxons protestants).(6)
Ning�n de los "c�digos de la esclavitud" de los Estados Confederados inclu�a 
el derecho de voto, ni el derecho a la propiedad, ni el de portar armas; 
ninguno estaba abrogado por la Constituci�n.
En cuanto a los indios, �stos eran oficialmente excluidos (no pagando los 
impuestos) de la denominaci�n de ciudadanos, por las mismas razones 
racistas.
Una ley de 1892 restringi� oficialmente la inmigraci�n de "razas 
orientales".
A partir del siglo XIX la influencia del "darwinismo social" (la eliminaci�n 
del m�s d�bil por los m�s fuertes) extender� r�pidamente esta 
discriminaci�n, fundada bajo criterios econ�micos y sociales.


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Esbozar la trayectoria del norteamericanismo es trazar, en el "c�rculo" del 
Infierno de Dante, zonas cada vez m�s extensas sometidas al sistema.(7)
El primer c�rculo es el de Am�rica del Norte, el de la "depuraci�n �tnica 
necesaria" para llevar a cabo el genocidio de los indios, con el fin de 
realizar -- para disponer de sus tierras rebosantes el trigo y el ma�z y el 
subsuelo con oro y petr�leo -- la acumulaci�n primitiva necesaria para 
abordar el segundo c�rculo, el de Am�rica Central y del Sur.
El punto de partida "legal" de esta primera fase es, simb�licamente, la 
segunda enmienda de la Constituci�n, autorizando a los ciudadanos 
norteamericanos (es decir, s�lo los "blancos" cualquiera que sea la 
nacionalidad de origen) a tener un arma personal. Primitivamente destinada a 
protegerse contra los "nocivos" (los aut�ctonos) y destruirlos.
Esta disposici�n ten�a un car�cter primordial e incluso sagrado, al punto 
que la enmienda es a�n intocable, permitiendo la venta libre de armas a una 
escala tal que la cantidad vendida sobrepasa hoy en d�a el n�mero de 
ciudadanos norteamericanos (m�s de 200 millones).
La ruta hacia el Oeste tom� una amplitud creciente con la ola de 
inmigrantes. La composici�n de �sta era heterog�nea: los proscritos, los 
emigrados pol�ticos, los que se escaparon de la represi�n de la Santa 
Alianza en Europa o de tiranos de otros continentes. La gran masa estaba 
constituida por campesinos sin tierra �vidos por poseer una, obreros sin 
empleo, venidos a menos y desesperados; pero tambi�n especuladores, 
marginados y desertores.
El "sue�o americano" de una extensi�n gigantesca en donde cada uno puede 
apoderarse de un terreno, seg�n sus fuerzas, contra una poblaci�n aut�ctona 
poco numerosa e irrisoriamente armada. As� fue como Am�rica del Norte que 
contaba con una poblaci�n de 600.000 indios en 1776, en 1910 esta cifra 
descendi� a 220.000, siendo adem�s internados en los campos de concentraci�n 
-- las famosas "reservas" -- luego de la matanza de Wounded Knee de 1890, y 
deportados en condiciones inhumanas.
Pero la violencia desenfrenada no se limitaba solamente a la masacre de 
aut�ctonos -- en donde el general norteamericano Sherman, que practicaba 
contra ellos lo que luego dieron en llamar la "guerra total", daba la 
definici�n de "un buen indio es un indio muerto" -- sino que los 
aventureros, que se ofrec�an como "roturadores", se peleaban entre ellos -- 
individualmente o entre bandas rivales -- para repartirse el bot�n. 
Numerosas pel�culas norteamericanas, a pesar de su apolog�a, nos muestran lo 
que fue la jungla salvaje de estos predadores, para quienes el rev�lver o el 
fusil eran la �nica ley y justicia.
As� se formaba, aureolado por el mito de la "frontera", la imagen del h�roe 
norteamericano, por ejemplo, el mismo que encarna los Tarz�n y los James 
Bond, im�genes emblem�ticas de esa violencia siempre victoriosa en las 
relaciones tanto entre los individuos como con el Estado.
La "frontera" no tiene para los norteamericanos el mismo sentido que para 
los europeos: no es el l�mite catastral de un Estado (variante seg�n las 
vicisitudes de las guerras) sino una l�nea siempre en movimiento hasta que 
el invasor caiga en el Oc�ano Pac�fico y se proclame entonces "el cierre de 
las fronteras". Pero esto est� siempre ligado a la lucha donde el hombre es 
el lobo del hombre y donde la victoria se la lleva el m�s fuerte, ya se 
trate de represi�n o expoliaci�n de los indios, o de luchas entre blancos 
por la posesi�n del bot�n.
Es por eso que la "Guerra de Secesi�n" entre los Estados del Norte se libr� 
con la misma brutalidad y, simb�licamente, por los mismos hombres: el 
general Sherman dirig�a contra los sudistas la misma "guerra total" en 
nombre del mismo rechazo y con la misma voluntad de destruir al otro, 
diaboliz�ndolo.
El descubrimiento de yacimientos de oro en California exasper� a�n m�s esta 
lucha entre rivales para apoderarse de las pepitas.
La ordenanza de 1785 sobre la "venta" de tierras del Oeste marc� la apertura 
de la caza a los indios y entre rivales, por el derecho de apropiaci�n de 
territorios hasta el Pac�fico.


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* *


En 1823, el presidente Monroe formula la doctrina que marcar� el inicio de 
la conquista del "segundo c�rculo". Este considera el continente americano 
como un todo, donde Estados Unidos ser� el protector: "A los europeos el 
Viejo Continente, a los norteamericanos el Nuevo."
Este "c�rculo" comienza por la invasi�n de M�xico y la anexi�n de Texas en 
1845.
El despojo de Am�rica latina se efectu� mediante dos m�todos distintos: 
Primero, por v�a de la penetraci�n econ�mica que desembocaba en una 
intervenci�n militar y en la anexi�n pura y simple. Este fue el caso de 
Puerto Rico.
Segundo, alentando a los movimientos de independencia que permitieran 
expulsar de Am�rica del Sur a los espa�oles, portugueses e ingleses, para 
despu�s instalar gobiernos t�teres que les abrieran las puertas a las 
inversiones norteamericanas; ora utilizaron dictaduras militares encargadas 
de reprimir toda resistencia popular; ora alternando el terror y la 
corrupci�n, permitiendo as� el acceso al poder a dirigentes elegidos pero 
bajo su bota, con el fin de mantener gracias a la complicidad de los hombres 
de negocios locales, el control econ�mico sobre el pa�s.(8)


*


* *


La extensi�n del tercer c�rculo se llev� a cabo mediante el avasallamiento 
de Europa, luego de la "guerra de 30 a�os" (de 1914 a 1945), verdadera 
"guerra civil" intraeuropea que dej� una Europa exsang�e en manos de Estados 
Unidos permiti� que �ste detentara, en 1945, la mitad de las riquezas del 
mundo. (Georges Kennan. "Policy Planning Studies", 23 de febrero de 1948)
Ya a fines del Siglo XIX el futuro del sistema y su victoria final parec�a 
asegurada. En 1898, el senador Beveridge abr�a esta perspectiva luminosa: 
"El comercio mundial debe ser y ser� nuestro, y nosotros lo controlaremos. 
Surcaremos los mares con nuestra marina mercante; construiremos flotillas a 
la altura de nuestra grandeza. Tendremos grandes colonias, gobernadas por 
ellas mismas, donde flamear� nuestra bandera, trabajar�n para nosotros y 
jalonar�n nuestras rutas comerciales. Nuestras instituciones seguir�n 
nuestro estandarte sobre las alas de nuestro comercio. Y el derecho 
norteamericano, el orden norteamericano, la civilizaci�n y la bandera 
norteamericana llegar�n a nuestras costas, hasta este momento, sangrientas y 
desoladas pero que, gracias a Dios, ser�n muy pronto esplendorosas."
La guerra de 1914-1918 confirm� esta visi�n optimista derramando oleadas de 
sangre sobre Europa y olas de oro hacia Norteam�rica. Esta vino a socorrerla 
reci�n en 1917, despu�s de las batallas Verd�n y de Somme, cuando el 
ejercito alem�n ya no ten�a ninguna esperanza de victoria. Lo mismo sucedi� 
en la segunda guerra -- 1939-1945 -- los norteamericanos desembarcaron 
reci�n en 1944, despu�s de la batalla Estalingrado, cuando el ejercito nazi 
estaba pr�cticamente derrotado.
En 1917, la "neutralidad" norteamericana hab�a producido un incremento del 
15% de sus exportaciones. La balanza comercial de Estados Unidos pas� de un 
excedente de 436 millones de d�lares en 1914 a 3.568 millones de d�lares en 
1917.
El presidente de Estados Unidos, que en ese entonces era Wilson, despu�s de 
aprobar la guerra hispanoamericana, la conquista de Filipinas, la ocupaci�n 
de Puerto Rico y de Cuba, "fue el responsable" -- dice Franck Schoell en su 
libro Historia de Estados Unidos (Ed. Payot. Par�s 1965, p. 262) -- de un 
n�mero m�s grande de intervenciones que el conjunto de las realizadas por 
Teodoro Roosevelt y Taft. En 1916 en Cuba, Wilson otorg� a su embajador el 
derecho de controlar el presupuesto de ese pa�s... El mismo a�o en 
Nicaragua, sus nav�os de guerra "Chattanooga" y "San Diego" impusieron al 
obediente presidente Emiliano Chamorro, mientras su ej�rcito ocupaba Panam�.
Este "idealista", que realizaba tan bien la pol�tica de la ca�onera contra 
los Estados m�s d�biles, habi�ndose enterado el 17 de enero de 1917, despu�s 
de las batallas de Verdun y de Somme -- que costaron a Francia 300.000 y 
200.000 muertos respectivamente, adem�s de 400.000 v�ctimas a Inglaterra -- 
que el ministro alem�n de relaciones exteriores proyectaba una alianza con 
M�xico para recuperar las tierras de Texas, de Nuevo M�xico y de Arizona, se 
decidi� ("America firts") enviar a Francia al general Pershing, que pocos 
mese antes hab�a invadido M�xico.
(Estamos lejos de la leyenda dorada de "La Fayette, nous voil�!" -- �La 
Fayette, aqu� estamos!)
Despu�s del Tratado de Versalles, los aliados que se hab�an endeudado con 
Estados Unidos, tuvieron que pagar la deuda al "big business" 
norteamericano. A su vez, esto condujo a que los aliados impusieran a 
Alemania la reparaciones de guerra, ocasionando la quiebra y el desempleo en 
ese pa�s, lo que dio a Hitler los mejores argumentos para su demag�gica 
propaganda.
El c�lebre economista Lord Keynes escribi� en 1919, en su libro Las 
consecuencias econ�micas de la paz, que "si buscamos deliberadamente 
empobrecer a Europa Central, me arriesgo a predecir que la venganza ser� 
terrible: de aqu� a veinte a�os tendremos una guerra que, sea quien sea el 
vencedor, destruir� la civilizaci�n."
Esto no impidi� a Wilson presentar en el Congreso del 8 de junio de 1918, 
los famosos "14 puntos" sobre la "defensa de la democracia". Pero el 
problema esencial es el de la deuda, y especialmente, la deuda contra�da por 
los pa�ses de la "Entente" frente a Estados Unidos, deudas comerciales que 
deb�an ser pagadas. Pero adem�s estaban las reparaciones exigida por parte 
de Francia e Inglaterra a Alemania, y que �sta no pod�a pagar. Estados 
Unidos organiz� un extra�o circuito: nadando en la abundancia de un capital 
que no pod�a invertir en una Europa insolvente y arruinada, prestaron dinero 
a Alemania para pagar las "reparaciones" a los aliados y para que �stos a su 
vez reembolsaran su deuda a Estados Unidos.
La poderosa econom�a norteamericana produc�a a un ritmo tal que el stock de 
mercader�a no pod�a venderse y numerosas empresas se encontraron en estado 
de cesaci�n de pagos.
El haber recalentado el sistema en pleno auge condujo a la cat�strofe. A tal 
punto que, los nuevos y formidables avances hechos por Estados Unidos -- 
primera potencia mundial -- gracias a la guerra, desemboc� en el primer 
fracaso del sistema norteamericano, dando origen a la crisis de 1929 que 
demostr�, ante el asombro del mundo, c�mo la extraordinaria m�quina del 
capitalismo norteamericano pod�a desmoronarse en pedazos y llevar a la 
quiebra no s�lo a ese pa�s sino al mundo entero.
Fue el m�s grande traumatismo hist�rico que conoci� ese pa�s, ya que esta 
crisis pon�a cuestionaba los principios mismos del sistema que, despu�s de 
Georges Washington y Alexandre Hamilton, eran considerados infalibles 
gracias a sus instituciones divinas, otorg�ndole libertad absoluta al 
mercado y poder a los oligarcas de las finanzas, para asegurar el triunfo de 
Estados Unidos. Este dogma parec�a ratificado por la historia: la posesi�n 
de los dos primeros c�rculos que garantizar�an la victoria total a escala 
mundial. Pero una noche de octubre de 1929 esa tranquila seguridad se 
desmoron�. Los gigantescos bancos cerraron sus puertas, miles de empresas 
quebraron, algunos patrones industriales se suicidaron, y muy pronto hubo 9 
millones de desempleados (17% de la mano de obra del pa�s) desfilando por 
las calles, donde se sucedieron las revueltas y las represiones de la 
polic�a montada.
Andr� Maurois escribi�: "Si hubieran tenido la ocasi�n de hacer un viaje 
hacia fines de invierno (1932-1933), hubiesen encontrado un pueblo 
completamente desesperado... Am�rica del Norte cre�a que el fin de un 
sistema, de una civilizaci�n, estaba pr�ximo a suceder."

La terrible crisis estall� porque la l�gica del sistema fue llevada a sus 
extremas consecuencias: cada uno de los grandes actores del sistema 
"liberal" estaban tan seguros de la victoria de las empresas debido a la ley 
del sistema, que se anticiparon e invirtieron en ella toda su fortuna. Fue 
suficiente algunos perdedores para que la duda se instale, y que esa brusca 
desconfianza se inscriba en la Bolsa, para que el conjunto se desmorone como 
las piezas de un domin�. Una tras otra, las empresas y los bancos se 
declararon insolventes, y la inversi�n pesimista sobre la m�s fuerte 
especulaci�n tend�a a bajar, como antes era la especulaci�n sobre el alza y 
la victoria.
En marzo de 1933, asumi� sus funciones de presidente Franklin Delano 
Roosevelt y su primera acci�n fue ir a rezar. �La fe en el "destino 
manifiesto" lo hizo tambalear? �Este pa�s estaba abandonado por la 
Providencia?
En realidad, era el dogma hamiltoniano tomado de Adam Smith que revelaba la 
contradicci�n fundamental del sistema: no es cierto que la suma de intereses 
individuales tenga como resultado la satisfacci�n de los intereses 
generales, sino que por el contrario engendra una jungla donde se enfrentan 
sin fin los intereses particulares en competencia, impidiendo la 
constituci�n de una verdadera comunidad. Es por eso que se plantea una 
terrible pregunta: �Estados Unidos es una Naci�n? �Podr�n nuevamente creer 
en su destino?
Roosevelt apareci� como un salvador cuando anunci� el "New Deal", una nueva 
manera de hacer frente a la depresi�n. Fundamentalmente sin poner en causa 
el sistema, atenu� el desastre con algunas reformas notables: la 
reactivaci�n de la construcci�n de grandes trabajos p�blicos, en los cuales 
el Estado intervino con el fin de reducir el desempleo y las tensiones que 
suscitaba, un papel que el Estado hasta ese momento no ten�a, ya que en la 
concepci�n de Hamilton las beneficiabas eran las grandes empresas privadas.
Este reformismo prudente fue un paliativo contra los efectos mort�feros de 
la crisis. Salieron de la vor�gine pero con una soluci�n tan parcial del 
problema que en 1937 Estado Unidos reca�a nuevamente en la depresi�n. "En 
1937 -escribe Galbraith- cont�bamos de nuevo con 9 millones de 
desempleados." Hasta que la crisis fue definitivamente superada gracias a la 
segunda guerra europea.


*


* *


Otra vez aqu� Estados Unidos maniobr� en funci�n de sus propios intereses: 
desde la derrota de Francia, en 1940, apostaron por el gobierno de Vichy y 
lo reconocieron oficialmente, presentando un embajador. Roosevelt envi� ante 
Weygand, en Africa del Norte a sus emisarios: el almirante Leahy y el c�nsul 
Murphy.
Al mismo tiempo alent� a Churchil para que efectuara bombardeos masivos, 
incluso sobre objetivos civiles, en Alemania y en las zonas ocupadas de 
B�lgica y de Francia.
Despu�s de la destrucci�n de la flota norteamericana en Pearl Harbour por la 
aviaci�n japonesa (donde curiosamente su avance no hab�a sido detectada por 
el Estado Mayor norteamericano) y la declaraci�n de guerra de Alemania y de 
Italia a Estados Unidos, el 11 de diciembre de 1941, los lazos se volvieron 
estrechos con el gobierno de Vichy, mientras que el general De Gaulle era 
considerado por Roosevelt como "el residuo min�sculo y grotescamente 
anacr�nico de una historia pasada de moda".
En 1942, el senador Truman (futuro presidente) escribi�: "si la Uni�n 
Sovi�tica se debilita habr� que ayudarla. Si es Alemania la que se debilita, 
tambi�n la ayudaremos. Lo esencial es que se destruyan entre ellas."
En noviembre de 1942, en una entrevista realizada por Adrien Texier y en la 
cual asisti� Andr� Philips (portavoz de De Gaulle), Roosevelt se jactaba de 
su pragmatismo: "Me interesa sobre todo la eficacia. Tengo problemas que 
resolver. Los que me quieran ayudar ser�n bienvenidos. Si hoy Darlan me da 
Argelia, gritar�: �Viva Darlan! ... Si Quisling me da Oslo: �Viva Quisling! 
... Y si ma�ana Laval me da Par�s, gritar�: �Viva Laval! (9)
De hecho, teniendo a distancia a De Gaulle, se realiz� el desembarco en 
Africa del Norte y se entreg� el poder a Darlan, como as� tambi�n en Italia 
al general Bodoglio; que hab�a seguido a Mussolini como Darlan a Petain.
Para el desembarco en Francia, las tropas inglesas contribuyeron con el 
contingente m�s grande, al igual que los soldados magreb�es que 
representaban 70% de los efectivos para el desembarco de Provenza.
De Gaulle no fue informado de la fecha del desembarco en Normand�a, y las 
fuerzas de Francia Libre estaban bajo las �rdenes de los ingleses. El 
primitivo plan de liberaci�n preve�a una administraci�n militar 
anglonorteamericana. S�lo De Gaulle a trav�s de una ordenanza se opuso a 
esto, confiando la acci�n a la resistencia francesa proclam�: "cada pedazo 
de territorio liberado ser� administrada por un delegado designado por el 
CFLN, lo que ser� r�pidamente reconocido por el Consejo Nacional de la 
Resistencia para constituir un gobierno provisorio de la Rep�blica 
Francesa."
Estados Unidos sacar� provecho de la victoria, en primer lugar econ�mico, 
imponiendo su protectorado al "Tercer c�rculo".
Los acuerdos de Bretton Woods de 1944, oficializaron la hegemon�a del d�lar 
estableci�ndolo a la paridad con el oro, haciendo de �ste la moneda 
internacional hasta nuestros d�as. Por otro lado, los planes bilaterales 
tales como los acuerdos Blum Byrnes para Francia que, en 1944 a cambio de 
una ayuda de cuatro a�os de dos mil millones de d�lares, abrieron sin 
condici�n su mercado a las importaciones norteamericanas. Toda Europa se 
convirti� poco a poco en un protectorado norteamericano.
El Plan Marshall en 1947 fue una etapa significativa de este vasallaje al 
"Tercer C�rculo".
Al d�a siguiente de finalizada la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos 
nadaba en la abundancia frente a una Europa arruinada, encontr�ndose en la 
misma situaci�n de un ni�o que, despu�s de haber ganado todas las canicas a 
sus compa�eros, se ve en la obligaci�n de prestar para seguir jugando.
Por lo tanto, el problema estaba en hacer de Europa una regi�n solvente para 
absorberla y hacerle pagar la producci�n norteamericana, en el momento en 
que �sta, dopada desde hac�a cuatro a�os por exportaciones de materiales de 
guerra, trabajaba a toda m�quina.
Desde 1947 la CIA se�alaba el doble peligro, econ�mico y pol�tico, que 
representaba la situaci�n en Europa despu�s de la guerra.
"El peligro m�s grande para la seguridad de Estados Unidos es el riesgo de 
enfrentamiento econ�mico en Europa del Oeste y su consecuencia: la ascensi�n 
al poder de elementos comunistas."
Para evitar ese doble peligro, los dirigentes de Estados Unidos lanzaron el 
"Plan Marshall" destinado -- dijeron ellos -- a construir Europa.
Pero las condiciones pol�ticas para acordar dicho plan fueron estrictas: 
primero eliminar a los comunistas de los gobiernos occidentales.
La intervenci�n extranjera fue evidente:
Los ministros comunistas franceses fueron excluidos del gobierno el 4 de 
mayo de 1947.
Los ministros comunistas italianos fueron excluidos el 13 de mayo de 1947.
Los ministros comunistas belgas fueron excluidos del gobierno en ese mismo 
mes.
Poco despu�s de esas exclusiones, el 5 de junio de 1947, fue oficialmente 
proclamada la "proposici�n Marshall".
Una vez logrados estos resultados, era posible la aplicaci�n de este plan 
que constitu�a, entre otras cosas, un medio de presi�n pol�tico y un 
programa de promoci�n para las exportaciones norteamericanas en Europa.
En definitiva, "la ayuda" era un objetivo menor del "Plan Marshall". Un 
estudio fechado en abril de 1947 observaba que la ayuda norteamericana deb�a 
consagrarse �nicamente "a los pa�ses de inter�s estrat�gico, primordial para 
Estados Unidos... salvo en los raros casos donde se presente una ocasi�n 
permanente para Estados Unidos de recibir una aprobaci�n universal gracias a 
una acci�n espectacular humanitaria". (Joint Chiefs of Staff 1769/1)
El secretario de Estado Dean Acheson e influyentes senadores norteamericanos 
se pusieron de acuerdo en 1950, para que "si la hambruna se desatase sobre 
el continente chino, Estados Unidos deber� suministrar un poco de ayuda 
alimentaria. No para calmar el hambre, sino lo suficiente como para anotar 
un punto en la guerra psicol�gica". (Stephen Shalom: Z Magazine. Octubre 
1990)
En efecto, en los tiempos del Plan Marshall se hablaba mucho de solidaridad 
y de generosidad, pero en 1948, Georges Kennan, que hasta ese momento estaba 
a la cabeza del Consejo Nacional de Seguridad, escribi�: "Poseemos alrededor 
del 50% de las riquezas mundiales pero solamente el 6,3% de poblaci�n ... En 
esta situaci�n es inevitable que seamos objeto de celos y resentimientos. 
Nuestra verdadera tarea en los per�odos venideros es desarrollar un sistema 
de relaciones que nos permita mantener esta posici�n de desigualdad, sin 
poner en peligro nuestra seguridad nacional. Para realizar esto, tenemos el 
deber de sacarnos de encima todo sentimentalismo y dejar de so�ar 
despiertos. Nuestra atenci�n deber� concentrarse en todos los lugares donde 
est�n nuestros objetivos nacionales inmediatos. Es necesario que los 
tengamos. Hoy en d�a no podemos permitirnos el lujo del altruismo y de la 
beneficencia a escala mundial. Debemos dejar de hablar de objetivos vagos e 
irrealizables, por ejemplo, con respecto al Extremo Oriente, los derechos 
del hombre, el aumento del nivel de vida y la democracia. No estamos muy 
lejos del d�a en que tendremos que actuar utilizando directamente la fuerza 
... En cuanto menos nos guiemos por esl�ganes idealistas, mejor ser�." 
(Policy Planning Studies. 23 de febrero de 1948)
Pero un lenguaje tan franco no entra en la tradici�n mesi�nica de 
Norteam�rica. Era necesario luego de dos siglos que la voluntad de poder se 
disfrazara con una m�scara moral y teol�gica. Finalizada la guerra, la 
carrera armamentista se justific� por la necesaria lucha contra el "imperio 
del mal". El sucesor de Kennan lo comprendi� muy bien: hab�a que combatir a 
Sat�n. Y para eso est�n los "bolcheviques" (lato sensu, todos los pa�ses que 
no aceptaban abrir incondicionalmente sus mercados a las grandes firmas 
norteamericanas eran considerados como "comunista" o c�mplice de la Uni�n 
Sovi�tica). Entonces, el diablo fue claramente designado: primero fue la 
URSS y despu�s de su desmoronamiento fue, y es a�n hoy en d�a, el Islam, o 
como define Huntington "la coalici�n islamo-confuciana", es decir, el 
conjunto del Tercer Mundo. La estrategia del complejo militar-industrial 
ten�a un fundamento metaf�sico misionero y se transformaba en una "cruzada" 
porque "�As� lo quiere Dios!".
Se podr�a de esta forma, cada vez que la econom�a norteamericana necesite un 
estimulante, reaccionar por la v�a tranquila de las organizaciones 
intermediarias o guerrear en los cuatro puntos del mundo para "defender" el 
Bien o sus suced�neos: la democracia, los derechos del hombre, la injerencia 
humanitaria, etc.
El m�todo "suave" (aunque la miseria o la hambruna maten tambi�n tan eficaz 
y masivamente como la guerra) fue creado por organismos sat�lites de la 
oligarqu�a norteamericana, tales como el Fondo Monetario Internacional o el 
Banco Mundial (uno y otro creado a Bretton Woods) que se extender� en todo 
el mundo bajo la m�scara de "ayuda al desarrollo". Los tent�culos del pulpo 
tienen una misi�n esencial "prestar dinero s�lo a los pa�ses que acepten 
adaptarse al modelo econ�mico-pol�tico de Estados Unidos, al "liberalismo 
econ�mico" mundializado, empleando "ajustes estructurales" mayores, donde 
los principales son:
liberaci�n de precios,
devaluaci�n de la moneda nacional,
bloqueo, es decir, disminuci�n de salarios,
reducci�n del gasto p�blico, a fin de reducir el d�ficit exterior,
privatizaci�n de las grandes empresas estatales (bancos, compa��as de 
transportes y firmas industriales),
abrir las fronteras a la competencia internacional,
especializaci�n en un n�mero limitado de producci�n a las exportaciones.
Estas exigencias producen por todos lados los mismos efectos. Una vez 
liberados los precios, estos suben haciendo que los bienes de primera 
necesidad se vuelvan inaccesibles para una gran parte de la poblaci�n, 
mientras que se enriquece una minor�a. La devaluaci�n de la moneda, que 
supuestamente incentiva las exportaciones, encarece los productos importados 
que son muchas veces indispensables para la vida del pa�s y no tiene m�s que 
una incidencia insignificante sobre las exportaciones, ya que su proporci�n 
con respecto al conjunto sigue siendo irrisoria. El bloqueo o la disminuci�n 
de los sueldos acent�a la inflaci�n, que resulta de la liberaci�n de los 
precios, e induce al aumento de la miseria y de la marginalidad de capas 
sociales ya debilitadas por la corrupci�n de numerosos gobiernos locales.
En Europa, el t�rmino de la conquista del "Tercer C�rculo" pudo hacerse sin 
obst�cutos gracias a la abdicaci�n casi general de los dirigentes pol�ticos, 
fuese cual fuese su etiqueta ideol�gica.
En Inglaterra, ese mismo sistema que Reagan impon�a en Estados Unidos, fue 
copiado por la "conservadora" Thatcher, y que con la m�s implacable l�gica 
enriquec�a a los m�s ricos y empobrec�a a los m�s pobres. Despu�s de ella, 
el "laborista" Tony Blair se comport� como un "clon" de Thatcher. En 
Francia, la misma sumisi�n al sistema se observa mediante unos matices de 
lenguaje, tanto por la "derecha" del presidente Chirac, como por la 
"izquierda" liderada por el "socialista" Jospin.
Por lo tanto, el "antinorteamericanismo", es decir, la nueva "resistencia" 
frente a esta nueva forma de "colaboraci�n", no tiene una significaci�n 
geogr�fica.
En Europa, como al otro lado del Atl�ntico, el mercado dirige cada vez m�s 
los gobiernos. Gracias a una pol�tica constante de privatizaci�n y 
derregulaci�n financiera, las grandes corporaciones extranjeras y 
especialmente norteamericanas, se apoderan de sectores cada vez m�s 
importantes en nuestra econom�a.
Para no mencionar m�s que algunos ejemplos franceses:
el fondo Wellington es el primer accionario de Rh�ne-Poulenc;
el fondo norteamericano de Lazard y Templeton entra a la vez en 
Rh�ne-Poulenc y en Pechiney, del cual es junto con Fidelty, el accionario 
mayoritario;
el directorio financiero del grupo Schneider, Claude Pessin, admite que "el 
30% de nuestro capital est� ahora en manos de inversores extranjeros". Lo 
mismo pasa con el 33% del capital de Paribas, el 40% del capital de los 
cementos Lafarge, el 33% de Saint-Gobain, el 25% de la Lyonnaise des Eaux, 
el 40% de A.G.F., etc.
En Le Monde del 19 de noviembre de 1996, Eric Izraelevicz escribe: "Lo que 
llama la atenci�n es el decaimiento del nacionalismo industrial en Francia. 
Hoy en d�a, las empresas extranjeras pueden comprar aqu� todas las joyas que 
quieren sin provocar reacci�n."
En pocas palabras, la industria europea est� pasando bajo control 
norteamericano. Un pa�s miembro de la OMC (Organizaci�n Mundial del 
Comercio) -- a excepci�n de Estados Unidos que se lo permite todo, incluso 
darle a sus propias leyes una extensi�n internacional coercitiva, como la 
ley Helms-Burton, que prohibe las inversiones en Cuba, o la ley D'Amato para 
Ir�n y Libia -- no puede:
limitar sus importaciones agr�colas, ni subsidiar sus explotaciones;
rechazar la instalaci�n de firmas multinacionales, a las cuales se les 
tienen que otorgar las mismas condiciones que a las industrias nacionales.
Cualquier infracci�n a esas imposiciones hace del pa�s un delincuente sujeto 
a represalias econ�micas, amenaza tan temible como la de las armas. Los 
pa�ses sometidos a las exigencias del F.M.I. (Fondo Monetario Internacional) 
conocen muy bien lo que les ha costado en revueltas y muertos, como en 1988 
en Argelia y en 1998 en Indonesia.
Maastricht marc� un momento decisivo en ese proceso de avasallamiento.
Desde la aceptaci�n del Tratado de Maastricht, m�s del 70% de las decisiones 
pol�ticas fundamentales ya no son tomadas por el Parlamento, sino por las 
comisiones de tecn�cratas de Bruselas que no rinden cuentas a nadie m�s que 
a los Doce -- Primeros Ministros -- reunidos algunas horas cada seis meses 
para avalar orientaciones decisivas para el destino de 340 millones de 
personas.
La Europa de Maastricht es una Europa norteamericana. Tres veces lo proclama 
la misma f�rmula en el texto: "El objetivo (del Tratado) es desarrollar la 
Uni�n Europea Occidental (U.E.O.) como medio de reforzar el pilar europeo de 
la Alianza Atl�ntica." (Declaraci�n sobre la U.E.O., B.4)
Y para que nadie se equivoque sobre el vasallaje de esta Europa 
norteamericana, precisa la Declaraci�n 1 que la eventual defensa com�n 
deber� ser "compatible con la de la Alianza Atl�ntica" (1er p�rrafo), que 
tiene que hacerse "en el marco de la U.E.O. y de la Alianza Atl�ntica" y que 
" la Alianza seguir� siendo el foro esencial de consulta" (B.4).
O sea que no se trata de tener peso, sino de ser simplemente un componente 
de la pol�tica extranjera norteamericana.
La Europa de Maastricht se sit�a en el contexto de la pol�tica de dominaci�n 
mundial de Estados Unidos.
El 8 de marzo de 1992, el New-York Times publicaba un documento emitido por 
el Pent�gono. Ah� pod�a leerse: "el Departamento de Defensa afirma que la 
misi�n pol�tica y militar de Estados Unidos, en el per�odo posterior a la 
guerra fr�a, consistir� en asegurarse que ninguna superpotencia rival pueda 
surgir en Europa occidental, en Asia, o en el territorio de la C.E.I.".
Este informe subraya la importancia del "sentimiento de que finalmente, el 
orden mundial es sostenido por Estados Unidos", y esboza un mundo en el cual 
existe un poder militar dominante, cuyos jefes "tienen que mantener los 
dispositivos que sirven a desalentar a los eventuales competidores que 
aspirar�an a un papel regional o mundial m�s importante".
"Tenemos que procurar impedir la aparici�n de sistemas de seguridad 
exclusivamente europeos, que socavar�an la OTAN" (International Herald 
Tribune, 9 de marzo de 1992).
En el acta final de la conferencia de Maastricht, la Declaraci�n sobre las 
relaciones con la Alianza Atl�ntica no deja ninguna duda al respecto: "la 
Uni�n Europea actuar� en conformidad con las disposiciones adoptadas por la 
Alianza Atl�ntica".
El tratado preconiza que las instituciones europeas lleven a cabo una 
pol�tica com�n con "todos los sectores de la pol�tica extranjera", lo que 
significa "al pie de la letra, escribe Paul-Marie de la Gorce, Director de 
la Revue de D�fense Nationale, que no habr� m�s pol�tica nacional". Esta 
disposici�n figura en la cabecera del art�culo J-1 del t�tulo V y tambi�n en 
el art�culo J.4.
Queda muy claro pues que se trata de una Europa norteamericana.
Lo mismo pasa con la pol�tica econ�mica y social y con la pol�tica a secas.
As� como Bush lanz� en 1991 la iniciativa de un mercado �nico de todas las 
Am�ricas, desde Alaska hasta Tierra del Fuego, tal como le notific� al 
Presidente de Senegal, Abdou Diouf, la voluntad norteamericana de una r�pida 
unificaci�n econ�mica de Africa, igualmente el presidente Reagan, que desde 
el 8 de mayo de 1985, llamaba a "ampliar la unificaci�n europea para que se 
extienda desde Lisboa hasta el interior del territorio sovi�tico", Georges 
Bush salud� las decisiones hist�ricas tomadas en Maastricht: "Una Europa m�s 
unida, dijo, representa para Estados Unidos un asociado m�s eficaz, 
dispuesto a asumir mayores responsabilidades." Clinton, en 1998, saluda con 
entusiasmo la creaci�n del Euro.
Maastricht representa una adhesi�n total, y en principio definitiva, a una 
econom�a de mercado sin l�mites. El art�culo J.3 estipula expresamente que 
queda prohibido volver sobre las decisiones.
Robert Pelletier, ex Director general de los servicios econ�micos del CNPF y 
representante del patronato en el Comit� econ�mico y social de la CEE, traza 
las siguientes perspectivas (Le Monde del 23 de junio de 1992):
aumento del desempleo en Espa�a, de aqu� a 1997, de 16% a 19%;
en Italia, "explosi�n sin precedente hist�rico del desempleo";
"c�lculos que dan v�rtigo" para Grecia y Portugal;
en cuanto a los franceses, "no se les podr� disimular demasiado tiempo que 
la pol�tica llevada a cabo por Maastricht, bajo tintes liberales de vuelta a 
la econom�a de mercado es, en realidad, el modelo m�s aut�nticamente 
reaccionario de estos �ltimo sesenta a�os."
As�, integrada en el mercado mundial dominado por Estados Unidos, Europa 
entrega su agricultura, su industria, su comercio, su cine y toda su 
cultura, a las reglas del libre intercambio de las cuales dice claramente un 
economista tan prudente como Maurice Allais: "Yo excluir�a, al menos para el 
futuro previsible, toda orientaci�n hacia un libre intercambio mundial, lo 
que es la tendencia actual."
Algunos ejemplos recientes y dolorosos justifican sus temores. En primer 
lugar, en lo concerniente a la agricultura europea, que ha sido estrangulada 
con el fin de servir a los intereses cerealeros norteamericanos.&nbsp
Los acuerdos del 18 de marzo de 1992, directamente inspirados por Estados 
Unidos y su Director general norteamericano Arthur Dunkel, ponen en tela de 
juicio la pol�tica agr�cola com�n (PAC) de Europa que permitir�a ayudar a 
los agricultores europeos a enfrentar el mercado mundial, bajo amenaza de 
represalias similares a las que ejerce Estados Unidos para imponerle a 
Europa la importaci�n de carnes tratadas con hormonas y prohibidas en 
Bruselas.
Europa obedece inmediatamente a las �rdenes norteamericanas: el acuerdo 
europeo, concluido el 21 de mayo de 1992, para reformar la pol�tica agr�cola 
com�n, exige la reducci�n de la producci�n de cereales por la puesta en 
barbecho del 15% de las tierras cultivables, la disminuci�n, en tres a�os, 
en un 15% de la producci�n de carne de vaca y en un 2,5% para la manteca.
Para bajar la productividad de la carne y la leche, se suprimen los 
subsidios para vacas lecheras y se reducen en un 2% las cuotas lecheras.
Este recorte masivo en la agricultura europeas, en un momento en que el 1/5 
de la humanidad padece hambre, deja el campo libre para que los cerealeros 
norteamericanos respondan al pedido solvente. La clave de esta monstruosa 
pol�tica agr�cola: hacer caer la producci�n y la productividad, al reducir 
los precios garantizados y las superficies cultivadas para que el mercado 
(p�dicamente llamado pedido solvente, siga siendo un coto de caza 
norteamericano. Los hambrientos insolventes son tachados del mapa mientras 
que 800.000 toneladas de carne de vaca, 25 millones de toneladas de 
cereales, 700.000 toneladas de manteca y de leche en polvo son almacenadas, 
a expensas de la comunidad, para alinearse sobre el sistema agr�cola 
norteamericano.



*


* *


No menos golpeada resulta la industria europea. Desde ya, so pretexto de 
mantener las reglas de la competencia en Europa, el comisario europeo para 
la competencia, el ingl�s Leon Brittan, hab�a prohibido a dos compa��as, una 
francesa y otraa italiana, comprar la firma aeron�utica de Havilland, para 
no permitirle a un grupo europeo alcanzar una dimensi�n susceptible de 
rivalizar con las empresas norteamericanas. Estados Unidos ejerce presi�n 
para que los adelantos reembolsables, otorgados a Airbus Industria, no 
superen el 25% del precio de los aparatos en vez del 35%, por debajo de los 
cuales, los europeos, no pueden pasar. Los norteamericanos, propagandistas 
del libre intercambio, amenazan, como represalias, con imponer a los Airbus 
unas cargas que les cerrar�an el mercado norteamericano.
As� es en todos los sectores, desde las aguas minerales, donde Leon Brittan 
se opone a la compra de Perrier por Nestl� para impedir, seg�n dice, la 
concentraci�n del mercado en Europa (mientras que se trata, en realidad, de 
no abrir un mercado competitivo con las empresas norteamericanas), hasta la 
electr�nica: despu�s del grupo neerland�s Phillips y el grupo 
franco-italiano SGS Thomson, el grupo alem�n Siemens renuncia a las grandes 
esperanzas y abandona la producci�n de masa a la IBM norteamericana. Es 
f�cil imaginar las cat�strofes para el empleo de esa puesta bajo dominio 
tecnol�gico norteamericano.
El ejemplo m�s t�pico es el del tr�fico de armas. Poco menos de un a�o, 
despu�s de las promesas de Georges Bush de luchar contra la proliferaci�n de 
las armas, incluso las armas convencionales, en el acuerdo de mayo de 1991 
entre el Pent�gono y el Ministro de Defensa Dick Cheney, autoriza al 
gobierno federal a exponer y vender su armamento.
Resulta que en 1991, Estados Unidos casi duplic� sus exportaciones de 
armamentos, a los cuales la Guerra del Golfo hizo una publicidad sin 
precedente. Las ventas progresaron en un 64% en 1991; 23 mil millones de 
d�lares contra 14 mil millones en 1990.
En todos los campos, Europa es un vasallo.
Agreguemos que esta Europa de los Doce es el club de los antiguos 
colonialistas. Ah� est�n todos. Los pioneros: Espa�a, Portugal; los grandes 
imperios: Inglaterra, Francia, B�lgica, Holanda; los que llegaron tarde: 
Alemania e Italia. Y a pesar de todo, los acuerdos de Maastricht dedican 21 
p�ginas de sus 66 a la definici�n de las relaciones con el Tercer Mundo 
(t�tulo WII, art�culo 130-U), frases caritativas sobre su desarrollo, sobre 
la lucha contra la pobreza, teniendo como tesis central la inserci�n de los 
pa�ses en v�a de desarrollo en la econom�a mundial, es decir, lo que los 
est� matando.
Las ex potencias colonialistas europeas han aceptado hoy, m�s all� de sus 
antiguas rivalidades, la dominaci�n norteamericana para constituir un 
colonialismo de un nuevo tipo, unificado y totalitario.
As� sigue siendo Europa, una Europa colonialista, pero subordinada, como en 
el Golfo, a sus amos norteamericanos.
El sistema basado en el monote�smo del mercado engendra violencia y crimen, 
evasi�n y droga, m�s todas las formas de lavado de cerebro (desde los rocks 
a 130 decibelios, que deja a un joven sin consciencia cr�tica y lo lleva 
hasta el entorpecimiento y la animalidad), y a la destrucci�n de toda 
cultura. No retomaremos detalladamente este an�lisis para no retener m�s que 
el aspecto dominante, m�s desbastador de la colonizaci�n cultural: el cine y 
la televisi�n.
Washington y Hollywood, siguiendo a la OMC (Organizaci�n Mundial del 
Comercio, ex G.A.T.T.) y considerando la cultura como un departamento del 
comercio, quieren imponer, en base a los principios enunciados en un 
documento titulado US Global Audiovisual Strategy, lo siguiente:
evitar el refuerzo de las medidas restrictivas (especialmente las cuotas de 
difusi�n de obras europeas y nacionales), y cuidar que estas medidas no se 
extiendan a los servicios de comunicaci�n;
mejorar las condiciones para las inversiones de las firmas norteamericanas 
liberalizando las regulaciones existentes;
vincular las cuestiones audiovisuales y el desarrollo de los nuevos 
servicios de comunicaci�n y telecomunicaci�n en el sentido de la 
derregulaci�n;
asegurarse que las actuales restricciones vinculadas con los asuntos 
culturales no constituyan un precedente para las discusiones que van a 
abrirse en otras instancias internacionales;
multiplicar las alianzas e inversiones norteamericanas en Europa;
buscar discretamente la adhesi�n de los operadores europeos a las posiciones 
norteamericanas.
Incluso basta leer cada semana los programas de televisi�n para medir la 
importancia de la invasi�n y su maleficencia; al constatar el 
desencadenamiento de la violencia en las pel�culas norteamericanas y, desde 
el punto de vista formal, la degradaci�n de los papeles, de los textos y de 
sus int�rpretes en beneficio de los efectos especiales, a tal punto que 
nuestros j�venes, intoxicados por tales espect�culos, llaman pel�culas de 
acci�n solamente aquellas en que abundan pleitos y balazos, cascadas 
automovil�sticas, deflagraciones e incendios.
La parte del mercado cinematogr�fico franc�s en Estados Unidos est� 
estancada alrededor de un 0,5% mientras que, en la Europa de los Quince, 
entre 1985 y 1994, la parte de mercado de las pel�culas norteamericanas ha 
pasado de 56 a 76%, para alcanzar a veces 90%.
Entre los 50 canales europeos de televisi�n (incluso excluyendo las redes 
por cable o codificadas y dejando nada m�s lo que sale en claro), las 
pel�culas norteamericanas representaban, en 1993, 53% de la programaci�n.
En el balance comercial del audiovisual europeo frente a Estados Unidos, el 
d�ficit pas� de mil millones de d�lares en 1985 a 4 mil millones en 1995. Lo 
cual llev�, en diez a�o, al despido de 250.000 empleos.
La colonizaci�n cultural tiene un alcance parecido al de las inversiones: 
las firmas gigantes como Time Warner-Turner, Disney ABC, Westinghouse CBC, 
acaparan en Europa los estudios, extienden la red de sus salas m�ltiplex, 
llegan a constituirse en verdaderos amos de las redes por cable, 
multiplicando los acuerdos locales en que se guardan la mejor parte.
Penetrando como conquistadores en los pa�ses del Este, se est�n apoderando 
de las principales cadenas privados de televisi�n.
No menos de 140 monopolios nacionales del audiovisual en Europa fueron 
devorados por un oligopolio mundial de 5 o 6 grupos bajo direcci�n 
norteamericana. En ese sector tambi�n, se agrava el d�ficit: de 2,1 mil 
millones de d�lares en 1988, pas� a 6,3 en 1995.
El lunes 11 de octubre de 1999, el Profesor Pierre BOURDIEU, ante el Consejo 
Internacional del Museo de la Televisi�n y de la Radio, hizo esta pregunta 
fundamental a los "nuevos due�os del mundo" (los que quieren con Georges 
LUCAS, en su "Guerra de las Estrellas" y su primer episodio, la pel�cula 
num�rica "la amenaza fantasma", recrear el pasado de la humanidad y 
proyectarle su futuro): "�Saben al menos lo que est�n haciendo?". �Saben que 
su ley del m�ximo beneficio va a matar la cultura?
La pel�cula de LUCAS aporta, a esta pregunta, la respuesta m�s clara: LUCAS, 
que produjo �l mismo su pel�cula, reconoce que cost� 110 millones de 
d�lares, pero que desde antes que la pel�cula sea proyectada, y as� se pueda 
juzgar su calidad, el marketing ya hab�a hecho lo necesario para que la suma 
sea amortizada por la venta de "productos derivados" (maquetas de h�roes 
extraterrestres, juguetes para reconstituir los combates, camisetas 
ilustradas con los episodios, etc.)
Esto demuestra hasta qu� punto la preocupaci�n comercial, y en especial la 
b�squeda del provecho m�ximo, precede la creaci�n y determina el contenido. 
La difusi�n, que depende totalmente del marketing y de la publicidad, dirige 
la producci�n. Lo mismo rige para la edici�n donde, sobre todo para los 
grandes grupos, no hay buenos o malos libros, sino s�lo libros que, llevados 
por la publicidad y las modas, seducen al mayor n�mero de consumidores. Por 
lo tanto, obras de artista como Stendhal o, en pintura, Van Gogh ser�an 
condenadas a una gloria p�stuma.
Siendo todo mercader�a, �qu� editor, qu� m�sico, qu� cineasta, qu� pintor 
podr�a rivalizar, a escala mundial, con Coca Cola, Disneyland o Mac Do?
Tal es el resultado de un sistema en donde "como cualquier valor es 
mercantil" y en donde la pel�cula, el cuadro, el canto, sin hablar de la 
televisi�n y su "audimat", del peri�dico con su emisi�n y su publicidad, son 
mercader�as como cualquier otra, m�s rentables a�n por ser desarraigadas y 
capaces de atraer a un p�blico "mundializado" y manipulado por la publicidad 
comercial y la potencia conjugada de "el dinero y los medias", como escribe 
Bourdieu.
A�n queda etapas por pasar para destruir todo lo que pod�a subsistir de la 
autonom�a de las naciones. Primero, el derecho de acu�ar moneda que 
constitu�a desde hace siglos el criterio fundamental de la soberan�a, y 
tiene que cerrarse el siglo XX y abrirse el XXI con el proyecto de moneda 
�nica, el Euro.
Quedaba por terminar la gran empresa de mundializaci�n, es decir de 
destrucci�n definitiva de las econom�as y culturas de todos los pueblos en 
beneficio de la mundializaci�n del imperio norteamericano y su monote�smo de 
mercado.
Fue el proyecto de Acuerdo Multilateral de Inversi�n (AMI) que pudo 
tacharse, con toda la raz�n, de "maquina infernal para desestructurar al 
mundo".
En efecto, despu�s de la reglamentaci�n desp�tica aplicada por Estados 
Unidos al sistema monetario mundial (por el FMI) y al comercio internacional 
(por la OMC), la atadura final del mundo implicaba un tratado multilateral 
sobre la libertad de las inversiones.
Esta �ltima carta del liberalismo salvaje tiene por objeto instaurar en el 
mundo entero la monarqu�a absoluta del mercado, destruyendo todos los 
obst�culos que se interpongan a las inversiones. Todas las multinacionales 
deben beneficiarse de las mismas ventajas que los inversores nacionales: 
libertad de inversi�n pero tambi�n libertad de despido de su personal, de 
traslado de los centros de producci�n y de investigaci�n, de transgresi�n de 
las leyes del trabajo y del medio ambiente y adem�s los Estados deben 
aceptar "sin condici�n, someter los litigios de arbitraje a una C�mara de 
Comercio Internacional (CCI)".
De este organismo supranacional emite decisiones que tienen un car�cter de 
"sentencia arbitral es definitiva y obligatoria" excluyendo, por 
consecuencia, todo derecho a un recurso. Incluso est� previsto "para que los 
inversores puedan reaccionar contra el Estado que los acoge: el da�o, aunque 
inmediato, no debe necesariamente haber sido causado antes que el diferendo 
pueda ser sometido a un arbitraje."
Este proyecto reconoce abiertamente que el "AMI como todo acuerdo 
internacional de car�cter obligatorio tendr� por efecto moderar, en cierta 
medida, el ejercicio de la autoridad nacional".
Este proyecto, que regir� para todos los pa�ses del mundo, fue secretamente 
discutido, desde hace tres a�os, s�lo por los miembros de la OCDE, que 
agrupa �nicamente a los pa�ses m�s ricos y excluye a todos aquellos 
denominados Tercer Mundo, en circunstancias que conllevan consecuencias 
temibles con respecto al empleo y al desempleo, la salud, los servicios 
p�blicos, la protecci�n social y el medio ambiente; en buenas cuentas: se 
trata de la independencia nacional.
En el plano social, la OCDE insiste sobre los beneficios de la desigualdad, 
definiendo el "profundizaci�n de la desigualdad" como "la l�gica econ�mica 
recomienda". No se interroga sobre la pertinencia de esta l�gica, s�lo evoca 
"el aguij�n de la pobreza" y acusa a las intervenciones p�blicas encierra a 
los individuos en "una l�gica de dependencia."
Es sorprendente c�mo en este programa -- que implica no s�lo la 
privatizaci�n total de las empresas, sino la exclusi�n de toda intervenci�n 
del Estado para proteger a los m�s d�biles -- los dirigentes franceses -- 
tanto de derecha como de izquierda -- no hacen otra objeci�n m�s que invocar 
la "excepci�n cultural". Es cierto que este es un terreno particularmente 
sensible, ya que tal acuerdo conducir� a la ruina, entre otras cosas, del 
cine franc�s, incrementando a�n m�s el sangriento cine de Hollywood que 
invade nuestras pantallas de cine y televisi�n, asegurando las inversiones 
de los magnates norteamericanos de la informaci�n desenfrenada en la prensa 
y la difusi�n. Los esp�ritus y los cuerpos estar�an expuestos a la 
manipulaci�n de la l�gica mercantil.
Por lo tanto, es toda nuestra vida y su sentido la que tiene que liberarse 
de los tent�culos del pulpo, o sea, de las todopoderosas multinacionales de 
los 29 pa�ses miembros de la OCDE que controlan los 2/3 de los flujos 
mundiales de inversiones, es decir, 340.000 millones de d�lares en 1995.



*


* *


Paralelamente a esta conquista del tercer c�rculo por el simple juego de la 
penetraci�n econ�mica y de su corolario, el avasallamiento pol�tico, el 
sistema se extend�a hacia el cuarto c�rculo, el de Asia, pero con otro 
m�todo: el de la agresi�n militar. Pero siempre con pretextos "misioneros".
La defensa de la "seguridad" norteamericana empez� a miles de kil�metros de 
sus costas m�s all� del Pac�fico, en Corea, inaugurando una "mundializaci�n" 
de la "guerra fr�a". El pretexto fue un "ataque sorpresa" de Corea del Norte 
-- aliada con la Uni�n Sovi�tica -- contra Corea del Sur, base 
norteamericana. En 1950, el mercado para la econom�a norteamericana, creado 
por el Plan Marshall, ya no alcanzaba para satisfacer las necesidades de la 
m�quina industrial norteamericana, lanzada a plena velocidad desde la 
segunda guerra europea. Hac�a falta provocar guerras nuevas para mantener el 
voraz sistema de "desarrollo" de dicha econom�a.
La guerra de Corea en 1950, la de Vietnam que durar� hasta 1973, la de 
Panam� en 1989, la del Golfo 1991 y luego la de Kosovo en 1999, responden a 
esa necesidad interna del sistema. Los pretextos invocados sirven para 
disfrazar esta l�gica sangrienta.
En Corea, as� como en Vietnam, se trataba de repeler la progresi�n (roll 
back) del "Imperio del Mal".
En Panam�, castigar a un traficante de droga, el general Noriega, que hab�a 
hasta ese momento recibido de la CIA (dirigida por el se�or Bush) un 
tratamiento igual al de un presidente de Estados Unidos, precisamente por 
haberse infiltrado en la mafia de la droga.
En el Golfo, se trataba tambi�n de castigar una invasi�n como jam�s se hab�a 
hecho, por ejemplo, cuando se produjo la anexi�n, condenada por la ONU, de 
Cisjordania, de Golan, el sur del L�bano e incluso Jerusal�n.
Una movilizaci�n gigantesca de los medios de comunicaci�n logr� hacer 
olvidar que jam�s Koweit hab�a sido independiente, ni bajo el Imperio 
Otomano, ni bajo el protectorado brit�nico, hasta que en 1961, despu�s de la 
decisi�n del general Kassem de nacionalizar el subsuelo iraqu� (donde 94% 
estaba hasta ese momento en manos de compa��as petroleras occidentales de la 
Irak Petroleum), el gobierno ingl�s, bajo la amenaza de una intervenci�n 
militar, le quit� Koweit a Irak (recordemos que Irak abastec�a la mitad de 
la producci�n petrolera del pa�s) y puso en el poder, bajo su tutela, a uno 
de los jefes de tribu m�s corrupto de Medio Oriente.
A pesar de las proposiciones de negociaci�n pac�fica y de retiro de sus 
tropas de Koweit hechas por el gobierno iraqu�, bajo condici�n de medidas 
an�logas para los ocupantes sin t�tulo de otros territorios de la regi�n, 
Estados Unidos repiti� la misma operaci�n colonialista inglesa de 1961, al 
precio de decenas de miles de muertos iraqu�es.
La opini�n p�blica fue anestesiada por el montaje de las agencias 
publicitarias de repercusi�n mundial por los medios de informaci�n. El caso 
m�s revelador fue el de una joven dando testimonio de la ferocidad de los 
soldados iraqu�es saqueando las incubadoras para matar a los ni�os reci�n 
nacidos. Despu�s de la guerra se supo que la "testigo" era la propia hija 
del embajador de Koweit en Washington y estaba fuera de Koweit en el momento 
de las presuntas "atrocidades".
El verdadero motivo de la destrucci�n de Irak no pod�a escapar a los que 
conocen los mecanismos del sistema.
El ex presidente Nixon, liberado del "derecho de reserva" a causa de su 
retiro, escribi� en el New York Times del 7 de enero de 1991: "No vamos all� 
para defender la democracia porque Koweit no es un pa�s democr�tico y no hay 
ning�n pa�s democr�tico en esa regi�n. No vamos all� a combatir una 
dictadura, como no fuimos a Siria. Tampoco vamos all� a defender la 
legalidad internacional. Vamos all�, y es nuestro deber ir, porque no 
permitiremos que toquen nuestros intereses vitales."
Otro analista sagaz, antiguo ministro del general De Gaulle, Alain 
Peyrefitte, despu�s de haber evocado el papel del grupo de presi�n pro 
israel� en Washington, deseosos de sacarse de encima a Sadam Hussein, agreg� 
en el Figaro del 5 de noviembre de 1990: "Los `lobby des affaires' pensaron 
que la guerra podr�a relanzar la econom�a. La Segunda Guerra Mundial y los 
pedidos comerciales hechos a Estados Unidos, �pusieron fin a la crisis de 
1929, de la que verdaderamente jam�s se recuper�? La guerra de Corea 
�provoc� un nuevo boom?
�Bienaventurada la guerra que llevar� la prosperidad a Norteam�rica!
Jam�s se ha definido con tanta lucidez un mensaje como el de Jean Jaur�s: 
"El capitalismo trae en s� mismo la guerra como la nube trae la tormenta."
En cuanto a la agresi�n norteamericana contra Yugoslavia, ten�a las mismas 
motivaciones, nada m�s que con matices distintos.
Sin ning�n mandato del Consejo de seguridad de la ONU, atacaron a un pa�s 
que no hab�a violado fronteras ajenas y lo sometieron a bombardeos 
sangrientos so pretexto de una "intervenci�n humanitaria" que jam�s hab�a 
sido invocada, por ejemplo, por tropel�as cometidas por los turcos contra 
los kurdos, o de Israel contra los palestinos.
Para tratar de legitimar la acci�n de la coalici�n militar de la OTAN (la 
cual no fue creada para dichas misiones y ya que no ten�a raz�n de ser 
despu�s del derrumbe de la Uni�n Sovi�tica y la disoluci�n del Pacto de 
Varsovia creado para contrarrestarla), la intrusi�n del ej�rcito 
norteamericano en plena Europa fue disfrazada como una intervenci�n de la 
"comunidad internacional", en circunstancias que la coalici�n sat�lite 
estaba compuesta por el club de los antiguos colonialistas rodeados por 
algunas comparsas, como si la "comunidad internacional" ignorase Asia, 
Africa, Am�rica Latina, o sea, los tres cuartos de la humanidad.
Pero esta impostura presentaba grandes ventajas: primero, tratar con 
consideraci�n a la clientela de los m�s pa�ses �rabes ricos present�ndose 
como defensores de los musulmanes, mientras que se los masacraba en Irak y 
que se los dejaba aplastar, por ejemplo, en Turqu�a y Palestina.
Luego, dar un paso m�s, despu�s de Bosnia, hacia los Balcanes y, m�s all�, 
hacia Medio Oriente y su petr�leo: un simple mapa del trazado de los 
oleoductos de Daghestan y de la infiltraci�n de los "Wahhabites", el aliado 
de Estados Unidos en Chechenia y Daghestan, en las cercan�as del Mar Caspio 
y de sus petr�leos, sugiere sin problema las pr�ximas etapas de la 
operaci�n, en previsi�n de la ineluctable ca�da de Eltsine, ese pol�tico 
prostituido que entrega su pa�s a Estados Unidos. La restauraci�n del 
capitalismo bajo su forma m�s s�rdida, en algunos a�os, ha transformado la 
segunda potencia del mundo en un pa�s del Tercer Mundo explotado por una 
mafia de traficantes vueltos multimillonarios gracias a su colaboraci�n con 
el proveedor de fondos, mientras que la inmensa mayor�a de un gran pueblo 
cay� en el desempleo, la mendicidad, el tr�fico y consumo de droga y la 
delincuencia.



*


* *


La doctrina inspiradora del sistema a trav�s del m�s potente sistema 
militaro-industrial en el mundo, dej� de ser un secreto.
Le debemos a un profundo analista de la geopol�tica y de las relaciones 
internacionales, M. Paul-Marie de la Gorce, la publicaci�n de dos informes 
fundamentales sobre las l�neas directrices de la estrategia norteamericana a 
escala mundial. Uno es de Paul D. Wolfowitz y el otro es del Almirante 
Jerem�as, adjunto al presidente del Comit� de los jefes de Estado Mayor.
Aqu� transcribimos algunos extractos de estos documentos del Pent�gono:
"Al fin y al cabo, el orden internacional est� garantizado por Estados 
Unidos y �stos tienen que ponerse en situaci�n de actuar independientemente 
cuando no puede organizarse una acci�n colectiva o, en caso de crisis, 
requiriendo una acci�n inmediata."
"Tenemos que actuar con el fin de impedir la emergencia de un sistema de 
seguridad exclusivamente europeo que podr�a desestabilizar a la OTAN."
"La integraci�n de Alemania y Jap�n en un sistema de seguridad colectiva 
dirigido por Estados Unidos..."
"Convencer a eventuales rivales que no necesitan aspirar a jugar un papel 
m�s importante." Para llegar a ello, este estatuto de superpotencia �nica 
"tiene que apoyarse en una actitud constructiva y una fuerza militar para 
disuadirlas a desafiar el liderazgo norteamericano o cuestionar el �rden" y 
�stos "tienen que tomar en cuenta los intereses de las naciones industriales 
avanzadas, suficiente como para disuadirlas de desafiar el liderazgo 
norteamericano o procurar cuestionar al orden econ�mico y pol�tico 
establecido".
(Citados por Paul-Marie de la Gorce en Le Monde Diplomatique de abril de 
1992)
Entre varios textos p�blicos �ste, publicado en la revista especializada de 
la marina de guerra norteamericana, confirma dichos objetivos:
Tenemos que mantener nuestro "acceso sin trabas a los mercados econ�micos 
del mundo entero y a los recursos necesarios para apoyar nuestras 
necesidades industriales". Lo cual requiere: "una capacidad cre�ble de 
penetraci�n armada" con "fuerzas verdaderamente expedicionarias" capaces de 
llevar a cabo un abanico de misiones que van desde la contrainsurrecci�n 
hasta la guerra psicol�gica, pasando por el despliegue de "fuerzas de toda 
�ndole".
"Tenemos que tener presente el r�pido desarrollo tecnol�gico de armas a las 
que las nuevas potencias regionales del Tercer Mundo podr�n tener acceso; 
as� es que tenemos que desarrollar las capacidades militares destinadas a 
explotar las implicaciones de la electr�nica, de la gen�tica y dem�s 
tecnolog�a... si nuestra Naci�n quiere afirmar su credibilidad militar a lo 
largo del siglo venidero."
Gray: "Marine Corps Gazette" (Mayo de 1990)
El 3 de octubre de 1990, Estados Unidos viola unilateralmente, al mismo 
tiempo el tratado que prohibe totalmente las pruebas nucleares y los 
acuerdos firmados en Mosc� con los norteamericanos sobre los misiles 
antim�siles, pues la l�gica de dichos armamentos iba a multiplicar por el 
mundo los centros de lanzamiento de armas at�micas para saturar las defensas 
del enemigo aquellos que, junto con Reagan, sue�an en la "guerra de la 
estrellas".

El �ltimo experimento norteamericano del 3 de octubre, dotado de un 
presupuesto de 10.500 millones de d�lares recuerda tristemente "la 
iniciativa de defensa estrat�gica" de Reagan y da la se�al de partida de una 
nueva etapa en la carrera armamentista nuclear.
Estados Unidos prepara el desequilibrio del terror.
No se trata de una innovaci�n reciente, sino de una constante en la 
estrategia del sistema. Por ejemplo, recuerda un historiador de la 
diplomacia norteamericana, que ya era la opini�n del presidente Eisenhower 
en cuanto a estrategia, anota el historiador Richard Immerman que "para �l 
[Eisenhower], la fuerza y la seguridad norteamericana depend�an 
esencialmente del acceso a los mercados y las materias primas del mundo, y 
en especial del tercer Mundo, el cual hab�a de ser estrechamente 
controlado."
Immerman "Diplomatic history" (verano de 1990)


*


* *


El resultado global del norteamericanismo es una polarizaci�n creciente de 
la riqueza en manos de grandes grupos industriales y la miseria de las 
multitudes, en especial en los pa�ses "subdesarrollados" por su dependencia 
hacia el antiguo y el nuevo colonialismo, que los convirtieron en ap�ndices 
de la metr�polis por el monocultivo y la monoproducci�n, en detrimento de 
las huertas y de las actividades que satisfacen necesidades de los 
aut�ctonos (10).
Entre 1975 y 1992 se triplicaron los grupos transnacionales: pasando de 
11.000 grupos con 82.000 filiales a 37.500 grupos que controlan 207.000 
filiales.
Estos grupos poseen la mitad de las riquezas productivas mundiales y el 80% 
de ellos tiene su sede en Estados Unidos, Europa o Jap�n.
Este movimiento de concentraci�n del capital no ha dejado de amplificarse, 
hasta tal punto que la "Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio 
y el Desarrollo" (CNUCED) mostr� en su informe de 1998 sobre inversiones 
mundiales que cien grupos econ�micos han llegado a ser los "due�os del 
mundo" en el sistema actual de "mundializaci�n", gracias a un n�mero 
creciente de "fusiones", las cuales son facilitadas por el juego dominante 
de las privatizaciones. La CNUCED subraya que las transacciones de este tipo 
ocurridas en el primer trimestre de 1999 ya equivalen al total de las 
"fusiones" de 1998.

Por esta v�a no deja de profundizarse el abismo entre pa�ses ricos y pa�ses 
pobres (11). As� es como Africa, el m�s desheredado de los continentes, no 
recibi�, el a�o pasado, m�s que el 1,3% de las inversiones.
En treinta a�os, entre 1950 y 1980, la diferencia entre el Norte y el Sur 
que era de 1 a 30, ha pasado de 1 a 150. �Es lo que pol�ticos y medios de 
informaci�n llaman "las d�cadas del desarrollo"!
Esta ca�da prosigue: si en 1980, el 33% de la poblaci�n del tercer Mundo 
estaba subalimentada, en 1988 es cifra llegaba a 37% (UNICEF: "Situaci�n 
mundial de la ni�ez", 1990).
Las leyes del sistema hacen que crezca la distancia, incluso en los pa�ses 
"ricos" entre los que tienen y los despose�dos: en 1991, el 5% de los 
norteamericanos poseen, en Estados Unidos, el 90% del patrimonio nacional. 
En Francia, 6% de la poblaci�n posee el 50% del patrimonio nacional, 
mientras que el 94% dispone de la otra mitad.


*


* *


El balance global del sistema del norteamericano, es aquel del capitalismo 
en su forma m�s acabada: haber fabricado un "mundo dividido" -- primero 
entre el Norte y el Sur -- en el cual cada a�o mueren 45 millones de seres 
humanos de hambre o desnutrici�n, entre los cuales figuran 13,5 millones de 
ni�os (cifras de la UNICEF). Es decir que el modelo de crecimiento del cual 
Estados Unidos es el ejemplo m�s perfecto, aunque ampliamente imitado o 
impuesto en el mundo, le cuesta a la humanidad un n�mero de muertos 
equivalente a un Hiroshima cada dos d�as (12).
Cuando el se�or Bush proclama: "Hay que crear una zona de libre mercado 
desde Alaska hasta Tierra de Fuego", y cuando su Secretario de Estado, John 
Baker agrega: "Hay que crear una zona de libre mercado desde Vancouver hasta 
Vladivostok", el debate m�s importante del siglo viene a ser: �dejaremos 
crucificar a la humanidad en esa cruz de oro?


*


* *


Hemos intentado comprender y analizar el mecanismo interno del 
norteamericanismo, su origen m�tico, extraterrestre, extrahist�rico, que le 
confiere, por derecho divino, el dominio del mundo al que tiene por misi�n 
recrear.
En ello lo gu�a la "mano invisible" que es a la vez la de DIOS y la del 
mercado providencial concebido por Adam Smith.
Su objetivo no es participar en la creaci�n continua de la Historia, como 
los otros pueblos, sino al contrario, a trav�s del triunfo total de los 
objetivos de su "destino manifiesto", alcanzar "el fin de la Historia", as� 
como lo defini� Fukuyama "cuando las leyes divinas del mercado reinen sin 
obst�culo en el mundo entero."
Por supuesto, este proyecto divino est� inscrito en una historia, as� como 
siempre lo han sido todos los mensajes y mensajeros de Dios, pero, igual que 
en la L�gica de Hegel, el resultado final ya estaba virtualmente contenido 
en el proyecto inicial.
O sea, no estamos ante una naci�n o un imperio que se fija, en tal coyuntura 
favorable, una ambici�n imperial a trav�s de conquistas sucesivas 
adue��ndose de los territorios de otras naciones, sino un desarrollo 
suprahist�rico. Aqu�, el mandatario de Dios recupera en dos siglos su propio 
territorio, que es el planeta entero, del que Dios le ha confiado la 
recreaci�n, aportando la "civilizaci�n", la �nica aut�ntica, y la 
"modernidad" del desarrollo, a veces a unos b�rbaros como los indios o 
negros, a veces a naciones demasiado atrasadas como para poder defender sus 
identidades particulares y sus culturas.
Una gran parte del mundo ya est� "norteamericanizada" y primero nuestra 
Europa, a tal punto que el antinorteamericanismo se ha vuelto una crisis 
interior tanto a escala de la naci�n como de la persona. �Debemos dejar que 
esta globalizaci�n mercantil de la econom�a, de la pol�tica, de la cultura, 
bajo la �nica regulaci�n del mercado, reduzca todos los "valores" (incluso 
est�ticos o morales) a valores mercantiles? �O vamos a unirnos a los 
primeros centros de resistencia que, desde Am�rica Latina hasta Asia, 
resisten a la nivelaci�n de los esp�ritus por exigencias ciegas de la 
competitividad, que vuelve a los ricos cada vez m�s ricos y menos numerosos, 
y a los pobres, cada vez m�s pobres y m�s numerosos? �Resistiremos al 
aplastamiento darwiniano de las multitudes por los oligarcas de las 
finanzas, de la comunicaci�n y de las armas?

�QU� HACER?

El norteamericanismo es una enfermedad que se ha propagado hoy en d�a en 
todo el planeta y que debemos combatir en el interior de nosotros mismos y 
nuestros pa�ses.
El medio m�s eficaz no debe ser la violencia; primero, porque servir�a al 
mantenimiento del sistema que como ya lo hemos visto, necesita 
peri�dicamente una guerra para "mantener la coyuntura econ�mica", y despu�s 
porque su poder de destrucci�n es considerable. Aunque su ej�rcito sea uno 
de los m�s mediocres del mundo, no por la cobard�a individual de los 
soldados, sino porque no est�n motivados por ning�n proyecto. Sus generales 
s�lo les dan como objetivo: destruir. El discurso del general 
norteamericano, comandante en jefe en Yugoslavia, no les asignaba otra cosa 
que: "Venimos a destruir...".
El otro axioma fundamental del Pent�gono es la guerra "cero muerto", es 
decir, el poder de destrucci�n sin riesgos, llevada a cabo por bombardeos a 
una altitud inaccesible para la defensa. Es significativo c�mo el Estado 
Mayor sabe que -- despu�s de la guerra de Vietnam -- una batalla en tierra 
contra adversarios motivados por un ideal, los conducir� a un desastre, 
incluso si la correlaci�n de fuerzas materiales est� a favor del atacante.
El mito de los "golpes quir�rgicos" est� destinado a ocultar el hecho de que 
-- por ejemplo, durante la guerra del Golfo -- s�lo el 7 % de la aviaci�n 
norteamericana estaba equipada de este dispositivo, que pretend�a ser 
infalible, para llegar a objetivos militares, y que el 93 % de los 
bombardeos se contentan con largar ciegamente sus misiles, destruyendo 
indistintamente: desde escuelas hasta hospitales, desde f�bricas de 
medicamentos (como en Sud�n) hasta aglomeraciones civiles. En Kosovo 
bombardeaban de tan lejos que confundieron un tractor con un tanque.
Esto no implica ninguna condena a la resistencia armada. La "Intifada" de 
los palestinos es, desde este punto de vista, ejemplar, a pesar del costo 
humano. Un pueblo desarmado, sin m�s que las piedras de su patria milenaria, 
para desafiar a un ocupante armado hasta los dientes. A pesar de la relaci�n 
de fuerza de mil contra uno, la resistencia de este pueblo pon�a fin al mito 
de una "tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra". Viejo eslogan sionista 
retomado a�n por Golda Meir. As�, un pueblo demuestra, con su resistencia 
heroica, su existencia y su fe.
Pero la victoria final vendr� cuando el gigantesco aparato destructor del 
complejo militar-industrial de Estados Unidos no pueda mantener ya m�s en el 
mundo sus fuerzas mort�feras.
Ahora bien, este coloso con los pies de arcilla tiene un punto d�bil: la 
vida artificial de la Bolsa, donde los bancos despu�s de mucho tiempo no 
cumplen el papel que les corresponde: el de recolectar ahorros para invertir 
en las empresas productivas de bienes y servicios; en cambio se entregan a 
una actividad especulativa deduciendo "comisiones" sobre transacciones 
reales o ficticias, sobre "valores" que no tienen a veces otra realidad que 
su cotizaci�n en la Bolsa.
Es suficiente que la duda se instale, sobre la solvencia de esos t�tulos, 
para que la cesaci�n de pago en cadena se desmorone como un castillo de 
cartas o un domin�. Los bancos que hab�an apostado, como en el casino, sobre 
acciones que vuelta a vuelta se alumbraban y daban beneficios fabulosos e 
instant�neos, o se apagaban con el m�nimo viento de rumores burs�tiles, ya 
que apostaban sobre "especulaciones" (en el sentido financiero pero tambi�n 
filos�fico de la palabra) y no sobre una econom�a real. (13)


*


* *



LOS MITOS DE LA HAZA�A DE LA ECONOM�A NORTEAMERICANA
1.-El crecimiento
En Estados Unidos el crecimiento es m�s fuerte que en Europa. Ello se debe a 
dos factores:
a.- Los trabajadores norteamericanos han aceptado una intensificaci�n del 
ritmo de trabajo, a una prolongaci�n del tiempo de trabajo y a una fuerte 
reducci�n de salarios en los empleos menos calificados, en otras palabras, 
han consentido en una aumentaci�n de la desigualdad.
b.- Las presiones ejercidas sobre el nivel de salarios en Estados Unidos, 
son tanto m�s fuertes que los bajos salarios impuestos en los pa�ses m�s 
pobres (no s�lo en el sudeste de Asia sino en M�xico, por ejemplo, despu�s 
de los acuerdos de ALENA) apremiando a los obreros norteamericanos a aceptar 
salarios "competitivos", donde la tendencia es aproximarse a los salarios de 
los mexicanos o al de los asi�ticos.
Una forma de "crecimiento" como esta implica necesariamente "desigualdades" 
a escala nacional como internacional.
2.-La tasa de desempleo es menor en Estados Unidos que en los pa�ses 
europeos.
Primero porque Estados Unidos literalmente ha "exportado" el desempleo hacia 
Europa, en particular por la manipulaci�n monetaria: la devaluaci�n del 
d�lar que ha "dopado" las exportaciones haciendo bajar los precios. Despu�s, 
como escribi� Luttwak: "la casi ausencia de desempleados, en Estados Unidos, 
se explica por la simple raz�n de que el Estado no se ocupa de 
indemnizarlos."
Llevando �sta l�gica hasta su m�s absurda crueldad, podr�amos, de un d�a 
para otro, terminar con la desocupaci�n no indemnizando nunca m�s a nadie. 
Habr� cad�veres en las cunetas pero las estad�sticas ser�n resplandecientes: 
no habr� m�s desempleados. Evidentemente esta "l�gica" es la del sistema 
neodarwiniano: la eliminaci�n de los m�s d�biles.
3.-El "nivel de vida" de la mayor�a de los norteamericanos es superior a la 
de los europeos.
Esto es verdad si no se tiene en cuenta que 33 millones de norteamericanos 
viven por debajo del nivel de pobreza y de hecho un ni�o sobre ocho, en el 
pa�s m�s rico del mundo, no se alimenta suficientemente.
El d�ficit del Estado alcanz� los 620 millones de d�lares en 1995, y 1.550 
mil millones de d�lares en 1998, y en el estado actual alcanzar� los 3.450 
mil millones de d�lares en el 2000, es decir, 36% del "producto nacional 
bruto ".
El endeudamiento del sector privado supera los 5.000 millones de d�lares. En 
pocas palabras, Estados Unidos gasta m�s de lo que gana y vive por debajo de 
la media. No es necesario ser un "economista distinguido" para comprender 
que una deriva de este tipo no puede prolongarse indefinidamente.
Como escribe el profesor Michel Beaud: "A primera vista, est�n dadas todas 
las condiciones para una crisis burs�til".
Por lo tanto, actualmente existe la amenaza de una explosi�n de la "bola 
especulativa", una amenaza de que el " turbo capitalismo" produzca un crac 
m�s catastr�fico que el de 1929.
Primero, porque el Estado norteamericano ser� incapaz de parar la avalancha 
a causa de su deuda, la deuda de los municipios y de los condados, que han 
pasado de 150 millones en 1970 a 598 millones de d�lares en 1989.
"Hay un defecto fatal en el funcionamiento del actual sistema; los bancos, 
que son los pilares, no tienen objetivamente ning�n inter�s en hacer 
inversiones (o lo que sea) a largo plazo. Las ganancias no vienen de 
dividendos, intereses o beneficios ligados a actividades productivas, sino 
de comisiones provenientes de cada transacci�n. Cada vez que los banqueros 
otorgan un pr�stamo reciben una comisi�n. Existen corrientemente comisiones 
de varios millones de d�lares; millones de d�lares ganados en unos d�as o en 
algunas horas y ese dinero es generosamente otorgado, bajo forma de salario 
o prima, a los mismos banqueros de negocios. El dinero realmente invertido a 
fines productivos es, desde su punto de vista, dinero que duerme y que es 
in�til. Lo que buscan son transacciones tan numerosas como posibles.
El resultado de todo esto es desviar millones de d�lares (que podr�an haber 
ido a la construcci�n, a los fabricantes de equipos o a la investigaci�n) 
hacia las cuentas corrientes personales de los banqueros.
En Estados Unidos, en plena penuria de capitales, consecuencia del consumo 
desenfrenado, de la debilidad del ahorro y del financiamiento del gastos 
p�blicos por pr�stamos incesantes en lugar de impuestos, las penurias de 
capitales `pacientes' disponibles es a�n m�s grande. Por lo tanto, toda 
inversi�n realmente productiva debe ser paciente: las f�bricas no se 
construyen en un d�a." (14)
"El endeudamiento privado alcanza el nivel colosal de cinco mil millones de 
d�lares, cifra igual a 9 d�cimos del total de ingresos privados."(15)
Entre otras cosas, a pesar de la devaluaci�n sucesiva del d�lar, la balanza 
comercial es, a corto plazo, ampliamente deficitaria. Su d�ficit se 
incrementa a causa de una consumici�n desenfrenada, que hace vivir la naci�n 
por debajo de su media (de ah� el monto de la deuda privada). Otros motivos 
son: el empobrecimiento del Tercer Mundo, el crecimiento del desempleo -- 
incluso en los pa�ses m�s desarrollados -- baja constante de ingresos de la 
mayor�a de la poblaci�n. Incluso en Estados Unidos, es evidente que un 
crecimiento de este tipo no puede ser indeterminado, ya que el n�mero de 
clientes solventes en el mundo es cada vez m�s restringido.
Es ah� donde se encuentran los medios m�s eficaces (y los m�s pac�ficos) de 
lucha, y, al mismo tiempo, las responsabilidades personales de cada uno. No 
se trata de manifestar dando balidos contra le norteamericanismo, que 
presenta un peligro mortal para nuestra econom�a, para nuestra independencia 
pol�tica, nuestra cultura, nuestras artes y nuestra espiritualidad; en pocas 
palabras, para el sentido mismo de nuestra vida.
La econom�a norteamericana no podr�a soportar, incluso parcial, la p�rdida 
de uno o dos millones de sus clientes. Ir� indefectiblemente a la quiebra.
La inmensa mayor�a de nuestra poblaci�n sufre la invasi�n norteamericana en 
todas las dimensiones de la vida: multitudes visten el uniforme 
norteamericano con sus pantalones y remeras Levi's y los hombres s�ndwichs 
para las publicidades de marca o incluso las universidades estadounidenses. 
Una gran mayor�a de nuestros j�venes prefieren la Coca Cola en lugar de 
otras bebidas y fuman Marlboro, los ni�os consideran casi siempre que una 
comida en un Mac Do es una recompensa; las pel�culas de violencia o de 
terror (y los casetes videos y disquetes que las reproducen) dominan el 
mercado en un 80%, y los juegos interactivos que inculcan el gusto por el 
terror, entregados a domicilio por la televisi�n hollywoodiense que reina 
desde Ta�-peh a Sao Paulo, como desde Par�s a D�kar.
Y sobre todo, los gobiernos que abastecen al Pent�gono con sus `yanaconas y 
sus escuderos bajo �rdenes norteamericanas, comprando por millones de 
d�lares aviones de combate y otros armamentos a las grandes firmas 
norteamericanas que completan, de esta forma, los regalos del gobierno 
norteamericano a las grandes empresas: su presupuesto toma a cargo la 
investigaci�n y el desarrollo a intervalos de "horas/guerra", lo dijo Alain 
Peyrefitte, y que aseguran peri�dicamente un boom confortable a la econom�a.
Ahora bien, todo esto es posible gracias a nuestro cobarde consentimiento.
�Por qu� no exigirles a todos los candidatos a un Parlamento?:
El compromiso, sin equ�vocos, de no aceptar ning�n contrato de compra de 
armamento a Estados Unidos (ya que ah� radica el principal desaf�o).
El compromiso, sin equ�vocos, de exigir de parte del gobierno su retiro de 
organizaciones que son, alrededor del mundo, los tent�culos del pulpo, tales 
como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que ya han 
arruinado al Tercer Mundo, y en donde los m�todos de "privatizaci�n", de 
reducci�n de prestaciones sociales, de fusiones, de OPA, de regulaci�n, de 
traslado, conducen a despidos y a la "flexibilidad salarial", es decir, a 
aceptar resignados la reducci�n de salarios.
Aqu� comienza a ejercerse directamente las responsabilidades personales: 
rehusar el pago de la tasa televisiva, por organizaciones de televidentes 
haci�ndolas masivas, si nuestras pantallas contin�en saturadas de pel�culas 
de segunda categor�a provenientes de la producci�n hollywoodiense con sus 
"terminators" y sus Tarzanes ensalzando al m�s fuerte. Lo mismo para las 
salas de cine que nos proyectan la misma basura.
Acordarse que todo consumo de Coca Cola y de Mac Do son subvenciones para el 
ocupante. No hay que olvidar que los Disneylandias son no s�lo unos 
explotadores de mano de obra barata, sino que contribuyen masivamente a la 
corrupci�n y a la destrucci�n de nuestra cultura, retomando los temas 
exteriores a nuestro folclore para transformarlos en m�scara espectacular de 
sus valores: la victoria de la fuerza, de la riqueza y de la trampa.
Tampoco hay que olvidar la corrupci�n que nos han introducido. Por ejemplo, 
en nuestro deporte, que no tiene otra vocaci�n que la de formar a j�venes 
deportistas sanos y robustos, reina la publicidad. O la compra de alg�n 
campe�n, hacer espect�culos rentables a trav�s de la venta a los canales de 
televisi�n o la publicidad en los estadios, o la edici�n de camisetas de 
�dolos que se alquilan a la medios publicitarios, o por la explotaci�n de 
j�venes obligados a realizar proezas y que no tienen otra elecci�n que de 
ser comprados por clubes ricamente patrocinados o ser excluidos y perder su 
empleo y su carrera, y como si no fuera suficiente, est�n obligados a 
aceptar drogas y doparse para mantenerse en el equipo.
Por �ltimo, el 74 % de los recursos naturales se encuentra en el Tercer 
Mundo, pero son controlados y consumidos por s�lo el 20 % de privilegiados 
del planeta. Es posible, gracias a un cambio radical de nuestras relaciones 
con el tercer Mundo, proceder, no a "tecnol�gicas&nbsp" -que aumentan la 
dependencia y no responden a las necesidades de los pueblos- sino mediante 
"trueque&nbsp", que eliminar�a as� al d�lar como moneda internacional de 
intercambio, d�ndole nuevamente a cada pueblo la posibilidad de 
desarrollarse en un sentido verdaderamente humano, seg�n su historia, su 
cultura, seg�n lo que puedan aportar y no seg�n las modas econ�micas 
importadas de pa�ses donde la riqueza de una minor�a tiene como corolario , 
la miseria de los m�s numerosos. Se trata de un aporte no en funci�n de la 
`mundializaci�n' imperial al servicio del colonialismo unificado, sino de un 
nuevo universalismo fecundado rec�procamente por todas las civilizaciones.
Depender� de nosotros (sin olvidar que esto implica un sacrificio personal) 
impedir que los provisorios amos del mundo nos conduzcan, en el siglo XXI, a 
un suicidio planetario debido al agotamiento y la contaminaci�n del medio 
ambiente, al empobrecimiento y la destrucci�n de hombres y mujeres, a la 
explotaci�n, la corrupci�n y la exclusi�n del ser humano en nombre de un 
neodarwinismo social que implica la eliminaci�n del m�s d�bil, o a trabajar 
colectivamente y personalmente por la resurrecci�n.
El problema del antinorteamericanismo, no es geogr�fico ni racial, sino 
fundamentalmente religioso. Puesto que es un acto de fe escoger entre una 
vida desprovista de sentido y la resurrecci�n de los hijos del hombre, 
porque es del hombre de quien se trata.


Roger Garaudy



ANEXO


Las Ediciones Odile Jacob han publicado un libro consagrado al an�lisis del 
"sistema" capitalista. Est� escrito por un especialista norteamericano 
creador de empresas, te�rico de lo que �l mismo llama "turbo capitalismo", 
experto de varias instituciones econ�micas privadas y p�blicas en Estados 
Unidos.
Partiendo de un punto de vista opuesto al nuestro, nos da los mismos 
an�lisis sobre el sistema, �l con alabanzas y proponiendo su 
universalizaci�n, nosotros a trav�s de la cr�tica y del llamado a su 
destrucci�n.
Este paralelismo testimonia una gran fuerza de objetividad de dos an�lisis 
describiendo un mismo fen�meno. Por eso nos ha parecido deseable invitar a 
todos los que se interrogan sobre el sentido del movimiento hist�rico de 
nuestra �poca, a que lean el libro de Edward N. Luttwark para constatar que, 
sea cual sea el punto de vista en el cual nos coloquemos (alabadores o 
cr�ticos), se trata de la misma realidad, del mismo movimiento.
Es por eso que nos parece necesario, para presentar el libro de Luttwak, 
adjuntar un informe sin tergiversaci�n, d�ndole al autor la palabra (la 
�ltima palabra) anexada a nuestra formulaci�n. Extractos hechos a partir de 
sus propias citaciones para incitar al lector a leer la obra en su 
integridad, con el fin de poder juzgar en el debate que nosotros proponemos.
Aconsejamos meditar atentamente sobre este libro: uno de los m�s profundos 
dentro del estudio de la econom�a de nuestro siglo, se trata de "Le 
turbo-capitalisme" de Edward N. Luttwak, Ed. Odile Jacob. Par�s. 1999. He 
aqu� unos extractos significativos:
P�gina 19. El mundo entero esta condenado a adoptar, en muy corto plazo, el 
nuevo modelo econ�mico inventado por Estados Unidos.
P�gina 50. Se resume as�:
privatizaci�n + derregulaci�n + mundializaci�n = turbo capitalismo = 
prosperidad
P�gina 53. Sus seguidores no lo nombran as�. Se contentan con el t�rmino " 
libre mercado", pero lo que entienden por tal va mucho m�s all� que la 
simple facultad de comprar y vender. Ellos veneran, profesan y reivindican 
un modelo: el de las empresas privadas, liberadas del control 
administrativo, que escapan al contrapoder de sindicatos eficaces, 
desprovisto se consideraciones sentimentales concernientes a la suerte de 
los empleados y de las colectividades locales, ignorar las barreras 
aduaneras o las limitaciones a las inversiones y liberarse, lo m�s que se 
pueda, de las punciones de los impuestos. Esto reclaman con insistencia, la 
privatizaci�n en todas las esferas, y la conversi�n de todas las 
instituciones p�blicas -- desde las universidades hasta los jardines 
bot�nicos, desde las prisiones hasta las bibliotecas, desde las escuelas 
primarias hasta los geri�tricos -- en empresas administradas seg�n los 
criterios de rentabilidad.
P�gina 150. El movimiento de privatizaci�n de las empresas p�blicas apunta a 
acrecentar la productividad, eliminando el exceso de personal y 
reemplazando, cada vez que sea posible, los empleados eficientes por 
maquinarias a�n m�s eficaces. En Gran Breta�a, la privatizaci�n de compa��as 
de tel�fono, de gas, de electricidad y la sider�rgica, la British Airways y 
la British Rail, condujo a la supresi�n de m�s de 300.000 empleos.
P�gina 150. En Francia y en Italia, donde el sector p�blico controla 
sectores enteros de la econom�a, las privatizaciones permitir�n una ganancia 
significativa de productividad. Las consecuencias ser�n favorables para el 
producto nacional bruto y desastrosas para el mercado del trabajo.
P�gina 153. La modificaci�n de la legislaci�n del trabajo debe apuntar a 
facilitar los despidos (preaviso limitado a un mes y reducci�n de las 
indemnizaciones), limitar las vacaciones pagadas y el costo de las horas 
suplementarias, etc.
P�gina 93. Para los dirigentes de empresas, evitar por todos los medios los 
despidos incentivando la formaci�n permanente, a fin de desarrollar las 
competencias y la lealtad del personal, evoca para ellos una incorregible 
sensibler�a femenina, totalmente desplazada en nuestro universo 
neodarwiniano.
P�gina 88. Reduciendo el personal en todos los niveles -- desde la cadena de 
ensamblaje hasta las oficinas de estudio, desde los servicios 
administrativos a los ejecutivos -- , Boeing ha logrado desembarazarse de 
45.000 empleados entre 1992 y 1996. Wall Street est� entusiasmada 
constatando que la reducci�n de sus costos de producci�n se acompa�an de un 
crecimiento de las ventas en el mercado de la aviaci�n civil, en plena fase 
de expansi�n.
P�gina 89. En Wall Street, las acciones, hasta ese momento deprimidas, 
registran un aumento de 1,69 d�lares, para alcanzar el pico de 50,63 
d�lares. ... analistas y agentes de cambio interpretan las previsiones de 
despidos masivos como �ndice de una brillante gesti�n. (16)
P�gina 112. Una empresa que crea empleos -- seg�n los c�nones de la nueva 
ortodoxia que condena todo factor susceptible de reducir la rentabilidad -- 
est� mal administrada.
P�gina 114. Es evidente deducir de esta comparaci�n que, donde el capital es 
fruct�fero, el empleo es raro, y viceversa.
P�gina 112. No dejaremos de citar los sucesos de la exportaci�n de alta 
tecnolog�a norteamericana, en particular la inform�tica, orgullosa de los 
nuevos titanes, para ilustrar la legitimidad de la liberaci�n de cambios, es 
decir, los esfuerzos logrados por Estados Unidos para unificar la econom�a 
mundial negociando el levantamiento de todas las barreras sobre el comercio, 
las inversiones o las licencias. En contrapartida, la p�rdida neta de casi 
dos millones de empleos -- seg�n las estimaciones menos sombr�as -- ligados 
a las importaciones en otros sectores, es considerada una negligencia porque 
se trata de empleos poco calificados en ramas en decadencia.
P�gina 25. El turbo capitalismo, gran destructor de privilegios, no afecta 
solamente a los trabajadores sindicalizados. Los peque�os comerciantes, que 
gozan de monopolios locales para la distribuci�n de sus productos, son 
empujados a la quiebra a causa de la proliferaci�n de supermercados o de 
negocios en cadena.
La mundializaci�n
P�gina 30. La mundializaci�n consiste al fin de cuentas y por lo esencial, 
en trasladar la producci�n y no en acrecentarla; sin embargo, toda 
transferencia internacional pone en juego intercambios de divisas y casi 
siempre otras operaciones financieras, como la toma de posici�n en los 
mercados, para compensar las tasas de cambio desfavorables.
En consecuencia, la llegada del turbo capitalismo se acompa�a en todas 
partes de un aumento del sector financiero y burs�til, sin relaci�n con la 
"econom�a real", es decir, el de las haciendas, las f�bricas y los 
comercios.
P�gina 279. Naturalmente, la repartici�n de los ingresos cambiar� a�n m�s, 
llegando a ser m�s desigual, seg�n el modelo de Estados Unidos, donde los 
ahorros de los m�s ricos, es decir un 5% del total, han visto aumentar sus 
ingresos de 15-16%, en los a�os 70, a 17-18%, a comienzos de la d�cada 
siguiente, luego en 1996 a 21,4%.
P�gina 40. Una noci�n importante subentiende la regla del turbo capitalismo 
norteamericano: digan lo que digan las Sagradas Escrituras, la posesi�n de 
riquezas no constituye una traba a la virtud. Al contrario, seg�n la 
doctrina de la predestinaci�n, se�ala un favor divino.
P�gina 41. Los m�ximos ganadores no son s�lo respetados por su "savoir 
faire", sino tambi�n por simplemente saber, al menos para aquellos que (les 
prestan). Adem�s son casi siempre solicitados para responder a las grandes 
cuestiones de la actualidad, incluso se trata de temas alejados de su 
competencia. Por ejemplo, en el transcurso del a�o 1997, Bill Gates, campe�n 
de marketing de programas inform�ticos, y Georges Soros, campe�n de la 
especulaci�n de divisas, han sido citados sin descanso y con la m�s gran 
deferencia, por el conjunto de los medios de difusi�n norteamericanos, sobre 
temas tan diversos como los del porvenir de la educaci�n p�blica o la 
legislaci�n sobre las drogas. Sus interlocutores consideraban como una 
evidencia que la condescendiente sabidur�a era igual a la envergadura de sus 
ingresos. Esta consideraci�n deriva en l�nea directa de la regla n�mero uno, 
donde las implicaciones van m�s all� de una simple legitimaci�n moral, 
acorde con el enriquecimiento. Lejos de ser estigmatizados por sus ansias, 
los ganadores son altamente estimados. Y los m�ximos ganadores ser�n 
santificados.
P�gina 44. As� como la facultad de enriquecerse confirma la santidad, la 
incapacidad a escapar de la pobreza otorga tenaz un olor a pescado.
P�gina 130. La explosi�n hacia la cumbre de los ingresos se combina con la 
exclusi�n a la base.
P�gina 131. Dejemos de lado la visi�n holliwoodiense que asocia la pobreza 
con color de la piel para volcarnos sobre las cifras. En Estados Unidos, en 
1996, sobre un total de 36.529.000 personas calificadas oficialmente como 
pobres, 24.650.000 eran blancos, de los cuales 16.267.000 "blancos no 
hisp�nicos", y 9.694.000 negros.
P�gina 277. Para 60 millones de asalariados sus ingresos en d�lares reales 
eran m�s elevados a principio de 1970, cuando la econom�a estaba todav�a 
reglamentada. Por otro lado, m�s de 17 millones de asalariados a tiempo 
completo -- haciendo 40 horas por semana, en 50 semanas al a�o -- se 
encontraban por debajo del nivel de pobreza.
P�gina 100. Le existencia de este desecho econ�mico explica la tasa de 
criminalidad excepcionalmente elevada en Estados Unidos y la persistencia de 
"zonas prohibidas" en inmensas ciudades.
P�gina 21. Entre estos 60 millones de norteamericanos con menos suerte, 
numerosos son los que, despu�s de haber perdido su puesto en la industria o 
en los servicios, han tenido que aceptar empleos precarios y mal pagados 
dentro del ramo de la venta, servicios de vigilancia, comida al paso, 
manutenci�n o limpieza. Esta movilidad hacia abajo ha tenido como efecto 
arrojar del mundo del trabajo a los subproletarios. Sus representantes 
constituyen -- seg�n las estad�sticas m�s recientes -- el grueso batall�n de 
1,8 millones de norteamericanos que pueblan las prisiones. A todo esto hay 
que agregarle 3,7 millones de personas en libertad condicional o en espera 
de un juicio. As�, el total de la poblaci�n criminal asciende a 5,5 millones 
de personas, es decir, el 2,8% de la poblaci�n adulta, dos veces m�s que en 
1980, cuando el turbo capitalismo estaba en sus primeros balbuceos.
P�gina 86. En 1995, 4,9 millones de norteamericanos estaban bajo control 
judicial: 2,8 millones condenados a penas en suspenso, 671.000 en libertad 
condicional, 958.704 encerrados en prisiones del Estado, 95.034 en prisiones 
federales y 446.000 en prisiones locales. Comparado con la poblaci�n total 
del pa�s (hombres, mujeres y ni�os) estas cifras significan que 1 individuo 
sobre 189 se encuentra detr�s de las rejas, lo que representa un aumento 
espectacular con relaci�n a las cifras, de por s� muy elevadas en 1980, de 1 
sobre 480. Desde entonces las cifras no dejan de progresar: a fines del 
primer semestre de 1997 ascendi� a 5,5 millones.
Los norteamericanos ya no se asombran de las dimensiones gigantescas de esta 
"sedici�n" permanente, mismo si los 18 millones de robos menores, los 3 
millones de robos con violencia, los 1,6 millones de robos de autos, el 
mill�n de agresiones a mano armada, las 639.000 estafas, las 102.000 
violaciones y las 23.000 muertes, y seg�n las �ltimas cifras han aumentado 
en la proporci�n de 6 a 10% por a�o y se expanden desde hace tiempo en la 
periferia y en las peque�as ciudades, que en otros tiempos eran tranquilas.
El FBI cont� una muerte todos los veintid�s minutos, una violaci�n todos los 
cinco minutos, un robo todo los cuarentinueve segundos, un robo de auto todo 
los treinta segundos, un robo con agresi�n todos los diez segundos, etc.
P�gina 138. De ciertas encuestas surge el hecho que el tr�fico de drogas 
genera un ingreso de 12.500 d�lares por a�o. En 1987, representaba la 
profesi�n m�s rentable que se ofrec�a a aquellos sin educaci�n. En otros 
t�rminos, toda la informaci�n disponible corroboraba que el "personal" 
implicado en el tr�fico de droga hab�a elegido la orientaci�n m�s racional y 
ni siquiera el mejor consultor en recursos humanos pudo oponer argumentos 
decisivos.
P�gina 138. En realidad, cada pa�s desarrollado est� condenado a engendrar 
su propia "clase peligrosa" de desempleados cr�nicos y sus respectivos 
asociados. �A qu� ritmo? Tan r�pido como los servicios p�blicos sean 
concedidos a actores privados, o por la p�rdida de sus recursos, o por la 
desaparici�n de reglamentaciones comerciales, o por todo otro obst�culo en 
el funcionamiento del mercado; nuestro nuevo mercado libre, informatizado y 
mundializado.
P�gina 137. La criminalidad por s� sola cumple una funci�n social. Lejos de 
ser la expresi�n de una deriva, aparece como una elecci�n racional. Una 
investigaci�n llevada a cabo sobre el tr�fico de droga en Washington, y 
analizando en detalle el conjunto de las sentencias invalida las opiniones 
establecidas. Seg�n sus conclusiones s�lidamente sostenidas, el tr�fico crea 
una buena cantidad de empleos y permite inversiones fruct�feras. La 
investigaci�n demuestra tambi�n que la elecci�n de los empresarios y los 
empleados que se dedican a esta actividad resultan de un an�lisis 
consecuente de la situaci�n. La investigaci�n se vuelca sobre los casos de 
m�s de 11.000 traficantes regulares y alrededor de 13.000 ocasionales. Para 
el conjunto de la corporaci�n, el ingreso neto despu�s de los gastos 
asciende a 300 millones de d�lares. Incluso si se imputan, seg�n los m�todos 
de las compa��as de seguros, un valor monetario al riesgo real de muertes 
violentas o de heridos dentro del marco de una competencia feroz, o al 
riesgo menor de arresto y de condena.
El gran dilema
P�gina 296. Dar riendas sueltas al turbo capitalismo, a la manera 
norteamericana y brit�nica, conducir� a agravar las desigualdades de los 
ingresos, a cambio de un crecimiento econ�mico no tan extraordinario. 
Resistir al turbo capitalismo, protegiendo los salarios y manteniendo las 
reglamentaciones comerciales, o incluso el sector p�blico que pesa sobre las 
firmas, desalentando el esp�ritu de empresa, frenando la innovaci�n t�cnica, 
desembocar� en un crecimiento menor y en un desempleo estructural mucho m�s 
importante.
El turbo capitalismo se propaga sin ning�n obst�culo para llevar a cabo la 
fragmentaci�n de las sociedades en donde habr� una peque�a minor�a de 
ganadores, una masa de perdedores, o pobres m�s o menos a gusto, y rebeldes 
que no respetan m�s las leyes. No s�lo los lazos sociales est�n desgarrados, 
sino tambi�n los lazos familiares corro�dos.
P�gina 297. Tal es el gran dilema al cual estamos hoy en d�a confrontados. 
Hasta el momento, ning�n gobierno occidental ha propuesto algo mejor que 
dejar que el turbocapitalismo se propague sin trabas, con la esperanza que 
un crecimiento m�s r�pido resuelva todas las dificultades. En lugar de esto, 
el turbo capitalismo intensificar� la fractura entre la Silicon Valley de 
los h�roes y el desfile de los desesperados. L�gicamente todo conduce a 
esto, pero las fuerzas pol�ticas dominantes no quieren verlo.
Comparado a la esclavitud de la difunta econom�a comunista, de la debilidad 
del socialismo burocr�tico y de los grotescos fracasos de los nacionalismos 
econ�micos, el turbocapitalismo es globalmente superior en el plano material 
y a despecho de su poder de corrosi�n sobre la sociedad, la familia y la 
cultura, no es verdaderamente inferior en el plano moral. Por lo tanto, 
aceptar que el turbo capitalismo extienda su imperio en todas las esferas -- 
desde las artes hasta el deporte, sin hablar de la econom�a -- no contribuir 
m�s que la realizaci�n de la especie humana.



NOTAS
1)Edward N. Luttwak, Le turbo-capitalisme, Ed. Odile Jacob, Paris, 1999.
2) Idem.
3) Ver Elise Marienstrass&nbsp: Les mythes fondateurs de la nation 
am�ricaine. Ed. Complexe. Bruxelles. 1992.
4)Thoughts en Indian treatries. Americain Museum. 1971.
5) Samuel Sewall&nbsp: The selling of Joseph (p.83-87) Citado por Elise 
Marienstrass (Obra cit. p. 237)
6) Elise Marienstrass (Obra cit. p. 229)
7) Blancos anglosajones protestantes.
8) Sobre la expansi�n norteamericana a trav�s sus diversos "c�rculos, 
dirigirse al libro de Michel Bugnon-Mordant L'Am�rique totalitaire (Ed. 
Favre. Lausanne. 1997)
9)Sobre esta dominaci�n de Estados Unidos sobre Am�rica latina (segundo 
c�rculo) ver el art�culo de Pe�a Torres.
10) Citado por Brugnon-Mordant en Norteam�rica totalitaria. (Prefacio de 
Pierre Salinger. Ed. Fauve. Lausanne. 1997)
11)Ver Brugnon-Mordant. Obra Cit.
12) Tomando en cuenta que esas apelaciones abstractas enmascaran una 
realidad m�s tr�gica: los pa�ses "&nbspricos&nbsp" cuentan con un sinn�mero 
de pobres, y los pa�ses "pobres&nbsp", un pu�ado de ricos, mafiosos y 
c�mplices de los gigantes mundiales.
13) Ver Susan George: "Jusqu'au cou", Ed. La D�couverte, Paris 1992.
14) Ver Kennet Galbraith, sobre los mecanismos del crac de 1929.
15)Edward N. Luttwak. "r�ve am�ricain en danger&nbsp" Ed. Odile Jacob. 1995. 
p. 165-166.
16) Edward N. Luttwak. "turbo capitalisme&nbsp" (Obra cit. p. 22)
El ejemplo ha sido imitado en Francia, con los mismos efectos: los despidos 
lograron un aumento de las acciones de la sociedad en la Bolsa, donde 
Michelin fue uno de los casos.
Sin embargo, no hay que acusar a Michelin de todos los males, a pesar de que 
fue el extremo. En ocasi�n de la "Universidad" de MEDEF, Jean Boissonnat 
declar� recientemente con el aplauso de los patrones, que ni el empleo ni el 
progreso social constituyen la finalidad de la empresa, mientras que el 
patr�n de los patrones, el bar�n Enest-Antoine Seilli�re sobrepujaba a�n m�s 
agregando que es "normal para una gran empresa reducir su personal del 3% 
por a�o". Incluso la pol�tica antisindical de Michelin no es una excepci�n. 
En efecto, si s�lo se cuenta con un 4% del personal sindicalizado en el 
sector privado es porque, en las empresas francesas, se los echa con m�s 
ensa�amiento que los tiempos de la guerra fr�a.
Edouard Michelin, formado en Estados Unidos, tres meses despu�s de haber 
instalado en la empresa, y mientras sus beneficios aumentaban de m�s del 18% 
en un a�o, anunci� una reducci�n del personal de 7.500 efectivos en Europa 
-- mismo en Francia y en Auvernia -- para "satisfacer a los accionistas" y 
"tomar la delantera, a fin de preparar desde hoy los logros para ma�ana". La 
Bolsa respond�a como previsto: mientras se anunciaba los despidos futuros, 
los t�tulos aumentaron un 12,6%.





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Lista de discusi�n Aymara 

http://aymara.org/lista/lista.html
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