TEMA DE DEBATE- Chile  Diaguitas: ¿Nueva Etnia o Nuevos Recursos Para un 
Grupo Históricamente Desposeído?  Aunque ya han sido registrados por decreto, 
este proceso de elaboración de una identidad cultural trae importantes alertas 
sobre los fines y alcances de la Ley Indígena en el Norte de Chile.
   
   
   Escrito por  Alvaro Romero/ El Morrocotudo/ 1 de septiembre de 2006
   
   
   En este medio hemos leído el recorrido de la última parte del proceso de 
conocimiento (no re-conocimiento) de la flamante etnia Diaguita, desde su 
retraso en el Congreso, su aprobación, hasta su incorporación plena de este 
grupo a los beneficios de la Ley Indígena, el día 28 de Agosto del 2006, por 
decreto firmado por la Presidenta. 

Todo este proceso tiene obviamente un grupo importante de protagonistas, un 
conjunto de organizaciones, mayoritariamente de agricultores, que se verán 
favorecidos por los amplios beneficios que el Estado pone a disposición de los 
indígenas, mediante la Ley Indígena. Nadie debería estar triste, nadie se ha 
muerto, todo lo contrario, ha revivido un grupo de personas de las que sólo 
conocíamos a través de los clásicos textos de historia. 


Aclaro que no tengo nada en contra de los campesinos de la Región de Atacama. 
En el fondo los admiro, son unos verdaderos emprendedores que vieron que las 
oportunidades pasaban por un largo camino que exigía elaborar un discurso que 
les sustentara una identidad cultural indígena. Me imagino que no fue fácil 
desentrañar de los libros de historia y de los desperdigados artículos de 
arqueología los datos que les permitieran crear imaginativamente una etnia, que 
no sólo existió hace más de 500 años en dichos territorios, sino que darle 
continuidad cultural hasta el presente. Asesorados por historiadores, abogados, 
antropólogos, algunos arqueólogos y sobretodo políticos, estas agrupaciones 
mostraron que su discurso de identidad era políticamente válido. 


Los problemas son otros. Como nación multiétnica, aun no completamente 
reconocida (ahora sí uso ese término) por el Estado, nos debemos sustentar por 
la diversidad cultural que nos aportan múltiples visiones acerca del mundo que 
vivimos. Existe una lógica cultural (cosmovisión, dicen algunos) mapuche, otra 
andina, otra lógica campesina, todas ellas que ponen en entredicho a la lógica 
moderna occidental capitalista que por mucho tiempo fue la única que rigió al 
mundo. Esto no ocurre por la sabiduría de nuestra clase política sino más bien 
por tendencias mundiales que permiten la globalización de las diferentes 
visiones de mundo, y especialmente las visiones indígenas que reclaman 
justamente un marco social y económico para poder sustentar sus formas 
tradicionales de vida. 


El caso de los campesinos de territorios ocupados antiguamente por poblaciones 
originarias (¡todo el actual territorio de Chile fue ocupado alguna vez por 
poblaciones aborígenes!), ¿corresponden un aporte real a nuestra diversidad 
cultural?, ¿ellos dentro de sus prácticas cotidianas conservan resabios de las 
prácticas de los antiguos habitantes que los arqueólogos identifican como 
“Diaguitas”?. Si bien poseen prácticas tradicionales, me temo que estas no 
provienen desde épocas prehispánicas. 


Se ha dicho que no seamos esencialistas, que la concepción que hoy en día se 
tiene de “etnia”, difiere al del viejo concepto estático de “raza” o incluso al 
todavía bienvenido término antropológico de “cultura”. Estamos de acuerdo en 
eso: las etnias, las culturas y las identidades son dinámicas. Por decreto no 
podemos impedir que un grupo de personas se sientan descendientes de etnias, 
que lamentablemente, han desaparecido. Pero tampoco por decreto debemos 
hacerlas revivir. 


Se nos dirá que estos campesinos (y políticos) tienen un bagaje cultural 
propio, tradiciones, mitos, leyendas, toponimia, apellidos (y ahí pasamos a 
otro tema delicado). Pero, ¿que tan distinto será ese bagaje del de todos los 
campesinos del resto del país?, todos ellos herederos de mitos indígenas, 
coloniales, religiosos, que ocupan espacios con toponimia aborigen (ejemplo es 
el hoy actualmente industrializado valle de Aconcagua, o la cosmopolita 
Vitacura). Estamos de acuerdo que ese crisol de culturas y cosmovisiones dieron 
forma a un rico patrimonio cultural, que es principalmente campesino producto 
de la explotación y desigualdad, pero no indígena. En ese caso sería el primero 
en apoyar una ley de reparación a los millones de campesinos explotados 
históricamente de Chile, ¿Qué dirán nuestros hacendados? 


Sigamos con la cuestión de la sangre y los apellidos, otro soporte para la 
declaración indígena. Estamos claros que la ascendencia biológica no basta para 
asignar continuidad cultural (como alguien ya señalo correctamente: ¡la amplia 
mayoría de los chilenos heredamos material genético indígena!). Por tanto, 
tener un apellido o rasgos fenotípicamente indioamericano no nos convierte en 
indígenas (muchos me lo quieren hacer creer, pero yo estoy firme en mis 
argumentos: soy indio, más no indígena). Lo que realmente nos convierte en 
miembros de una etnia, es compartir una cosmovisión particular, una forma 
diferente y diferenciable de enfrentar el presente. No es la sola 
autoadscripicón en el marco de una pregunta mal formulado del Censo Nacional. 


¿Es tan grave todo esto? Sostengo que si, pues lo que hay detrás de esto es que 
la Ley Indígena, como muchas leyes, fue originalmente mal elaborada, y en vez 
de ser enmendada, sigue mal utilizándose. Sigue dando pie al surgimiento 
artificial de identidades que convertirían a Chile a algo más parecido a una 
postal de reserva norteamericana, que a un lugar de expresión cotidiana de 
diferentes identidades culturales (comparen las fotos de niños asistentes a la 
ceremonia, con la recreación artística hecha por un artistas a partir de datos 
arqueológicos). Yo espero vivir en un lugar donde la valoración indígena resida 
más en esa coherencia cultural que pueden entregar a las sociedades presentes, 
que en la ventaja que puedan conseguir ante sus contemporáneos. 


Sin duda, más que reparaciones culturales de comunidades que no pueden y desean 
expresarse en el paisaje cultural regional o nacional, esto servirá, en el 
mejor de los casos, para el desarrollo económico (no se, si podemos hablar de 
desarrollo social) de un grupo de campesinos que ocupan tradicionalmente 
espacios cultivables disminuidos. 


¿Cual es el panorama acá en el norte? Tenemos un caso cercano de elaboración de 
identidad étnica que posiblemente no tendrá futuro, y no por una decisión 
técnicamente apropiada, sino por factores esencialmente políticos. Hoy en día, 
un conjunto de comunidades y organizaciones de la zona de quebradas de la 
Provincia de Iquique, tienen la pretensión de definirse como quechuas. 


Hagamos historia, las organizaciones indígenas de Arica e Iquique tempranamente 
en los años 80 reclamaron una identidad aimara, cuando ser indio era demasiado 
peyorativo. Estas organizaciones, junto con las mapuches lograron poner en la 
mesa las demandas indígenas. Luego, en la elaboración de los borradores de la 
Ley Indígena, participaron un grupo de organizaciones que reclamaron su 
participación en ese conjunto de reparaciones culturales, territoriales y 
económicas. Estas organizaciones lograron que las etnias aimaras, quechuas, 
atacameños (hoy solicitando denominarse likan-antai), collas, kawashkar, yámana 
y rapanui hayan sido incluidas en el artículo primero de la Ley Indígena. 


En esta actual pretensión de las comunidades autoadscritas como quechuas no hay 
ningún problema, todos podemos identificarnos con lo que queramos (aunque ya no 
podemos ser de Plutón), pero ellos además quieren un reconocimiento legal. A 
diferencia de las comunidades hablantes quechuas de Ollagüe (Región de 
Antofagasta), estas comunidades tardíamente se autoadscribieron como indígenas, 
ya que antes participaron activamente del proceso de chilenización y 
blanqueamiento. Incluso, algunas organizaciones hoy quechuas, se escindieron de 
antiguas organizaciones aimaras. 


Desde el año 2000 estas organizaciones pretenden lograr su identidad, que busca 
esencialmente separarse de las organizaciones aimaras de mayor data y lograr 
aportes económicos. Para eso recurren a aspectos lingüísticos, historia oral y 
cierta documentación arqueológica (sitios Inka), pero por lo que se aún ningún 
arqueólogo avala dicha etno-génesis. Al parecer, ya que han pasado tantos años 
y aún no logran nada, creo que esto se debe esencialmente a que las 
organizaciones aimaras han evitado por todos sus medios compartir su tajada de 
beneficios estatales. En verdad la última palabra de estas decisiones la tiene 
CONADI. 


En conclusión, el asunto de identidades culturales normadas por decreto es un 
asunto muy delicado como para dejárselo sólo a los políticos. Aunque no es 
menos cierto que son buenos todos los esfuerzos para hacer sustentables estas 
formas tradicionales indígenas de entender la vida y el mundo, lo que pasa 
muchas veces no sólo por reivindicaciones de territorio, sino también en 
aportes técnicos y monetarios para lograr un desarrollo sustentable en este 
presente demasiado complejo para las comunidades indígenas. Pero, después de 
todo, ¿será tan malo inventar identidades?, quizás en un futuro pueda sentarme 
a conversar con algún Chinchorro, recién salido del horno senatorial. El debate 
queda abierto. 

  
 



                                 
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