Amigos, olvídense un poco de la Paquita (ella es tuerta, petiza, rechoncha y 
tiene una pata de palo) y lean más bien algo interesante. Saludos, Ata.
   
  Machaca y la República Aymara de 1956
   
  Rafael Sagárnaga López
   
  (Tomado de La Prensa 17/12/06)
   
  Nadie sabe dónde están sus restos desde el día en que lo emboscaron, 
torturaron y casi repitieron aquel ritual de muerte que sufrió Túpac Katari. 
Sus asesinos lograron que nada de él quedara, pero, al mismo tiempo, que sea 
uno de los caudillos más recordados del mundo aymara. Colaboraron tanto al mito 
que hasta lo inmolaron en el mismo lugar donde siglos antes había sido 
victimado Makuri, el invencible rey kolla. Posiblemente sabían lo que sucedería 
porque, en el sangriento frenesí y siguiendo un macabro sortilegio, algunos 
devoraron parte de sus brazos y sus piernas.
Y no se trata de ninguna leyenda. Testimonio por testimonio, documento por 
documento, un historiador, Pedro Callisaya, va reconstruyendo —en un trabajo de 
tesis universitaria— la vida de Lawreano Machaca (1928-1956). Desde hace casi 
cuatro años confirma o refuta todo lo que se ha dicho sobre quien se proclamó 
primer Presidente de la República Aymara. Así suman desde los escritos de las 
actas judiciales hasta los relatos de la propia viuda de Machaca o de sus 
contemporáneos. Esos que vieron, por ejemplo, cómo Lawreano, tras vivir durante 
más de un lustro en La Paz, volvió convertido en brigadier militar. 
Vaya sorpresa, Machaca había podido ingresar en una de las instituciones que 
más selectivamente han discriminado a indios y a pobres. Llegó al Colegio 
Militar de Ejército (Colmil) nada menos que entre 1946 y 1948, tiempos en que 
la milicia era exclusividad de jovenzuelos oligarcas. Para ello, debieron 
sumarse los tres ingredientes que casi siempre lo caracterizaron: audacia, 
fortuna y preparación. 
Ya de niño se había hecho eficiente postillón del oficial que tuvo a su cargo 
durante varios años el puesto militar aduanero de Waycho (hoy Puerto Acosta). 
La familia del uniformado llegó a apreciar en gran manera los servicios y 
habilidades de Machaca. Sin embargo, llegó el tiempo en que el oficial recibió 
la orden del cambio de destino y tuvo que trasladarse a la sede de gobierno. 
Pasaron algunos meses, y un día, en La Paz, Lawreano apareció sorpresivamente 
en la puerta de la casa y, claro, fue bienvenido. Llegaba además como uno de 
los iniciales frutos de la primera escuela adventista: Cañamuri, una especie de 
rebalse de un proyecto peruano. El establecimiento de dicho centro educativo 
influyó profundamente en la región pues fue la base para la formación de 
bachilleres e incluso docentes rurales. 
Pero además, muy dentro de sí, Machaca guardaba variadas lecciones de otra 
escuela también importada de tierras vecinas: el indigenismo de Gamaliel 
Churata, José Mariátegui y Luis Valcárcel.
La investigación de Callisaya aún no ha podido precisar cuáles fueron las 
razones para que los empleadores de Lawreano Machaca patrocinasen su ingreso en 
el Colmil. Pero, como sucedió en algunos casos de entonces, bien pudo ser para 
que protegiera a otro cadete. Otra posibilidad es que Lawreano haya reemplazado 
a un postulante de la familia del militar en aquellos tiempos 
prerrevolucionarios y especialmente violentos. La tradición de esa época hacía 
que toda familia se ufanara de tener un representante en las Fuerzas Armadas y 
se avergonzara de lo contrario. La contextura física y una tez más clara de lo 
habitual entre los aymaras hacían de Lawreano una opción importante.
Lo cierto es que un día del año 46 ó 47 Lawreano Machaca K’hota (laguna, en 
aymara), convertido en el mostrenco Aureliano Machicado Laguna, inició su 
carrera militar. De acuerdo con los testimonios orales recopilados en Waycho, 
el “brigadier Machicado” regresó a su pueblo pocos meses antes de la Revolución 
de 1952. Le habían comunicado que tras su próximo egreso como subteniente sería 
destinado al oriente boliviano. Fue a despedirse de la familia y a visitar la 
comunidad, tal vez previendo dejarla por muchos años. Pero la ida al hogar le 
cambió todos sus planes. 

  Lawreano renuncia a las FFAA
Por aquellos tiempos, para los altiplánicos, el traslado a los confines del 
oriente era sinónimo de paludismo, muertes violentas y desapariciones. La 
presión familiar se hizo intensa y, pasados unos días, Lawreano se reintegró a 
K’hupi, su ayllu natal, dentro de la comunidad de Majalaya de la provincia 
Camacho del departamento paceño. El retorno coincidió con una acentuada 
actividad sindical que preludiaba los días de la Revolución Nacional. Al cabo 
de unos meses se casó con Dominga Pajarito y, como jefe de familia, asumió 
propiedad y perfil de liderazgo. Su formación empezó a hacerse sentir en el 
ayllu, su voz de mando se convirtió en voz dirigencial.
Cuando estalló la asonada de abril, Machaca había escalado en los niveles de 
dirección campesina más allá de Majalaya. “Se hizo un líder casi 
automáticamente, y sus compañeros lograron que sea elegido principal 
representante de la provincia Camacho”, señala uno de los testimonios. Poco 
después sus conocimientos castrenses proyectaron más aún su influencia.
Con el Ejército virtualmente eliminado, el nuevo Gobierno del Movimiento 
Nacionalista Revolucionario (MNR) emprendió la organización de milicias obreras 
y campesinas. Se inició la conformación de los comandos de la Revolución, 
algunos tan célebres como el del cercano Achacachi, pero posiblemente ninguno 
tan profesional como el de Waycho.
Lawreano Machaca potenció lo que primero fue simplemente su comando emenerrista 
con un importante arsenal. Contaba con tres fuentes de aprovisionamiento: las 
armas que repartía el Gobierno “para la defensa de la revolución”, las de los 
ex combatientes del Chaco y las del contrabando peruano. Empezaron a repartirse 
los fusiles Brno (“Máuser”), algunos Garant y un número menor de armas 
automáticas. Lawreano, quien decidió organizar los ayllus a manera de 
compañías, guardó para sí una pistola-ametralladora Brno AG27 (pistan) mientras 
vestía botas y capa militares. Ése fue su traje de guerra y prácticamente su 
mortaja.
Así, el hombre de la capa militar empezó a hacer sentir su presencia entre 
hacendados y autoridades de la región. Pero sus temidos recorridos no sólo eran 
de acentuada vigilancia, sino de organización. Su viuda hoy recuerda que en 
varias oportunidades se sintió abandonada, pues Lawreano desaparecía semanas 
enteras en sus visitas a los pueblos del entorno. Paralelamente, enviaba 
emisarios a Ambaná, Escoma, Italaque e incluso a los pueblos de los valles. 
El historiador Callisaya explica que, pese al creciente poder que Machaca 
alcanzaba, en lo íntimo no se identificaba con el MNR. El Gobierno de Paz 
Estenssoro era copado por autoridades mestizas y blancoides mientras las masas 
indígenas que lo habían encumbrado quedaban relegadas. Según los relatos de los 
ancianos waycheños, Lawreano dijo entonces a los demás: “Así como nos han 
utilizado, ahora nosotros los tenemos que usar”.
A principios de 1956, el caudillo había organizado una fuerza de alrededor de 
4.000 hombres armados. Los dispuso en tres regimientos a los que los lugareños 
llaman los “tres ejércitos de Lawreano Machaca”. De entre sus hombres más 
entrenados formó una temible guardia personal y, paralelamente, lugartenientes 
que cobraron notoriedad en la región. Inició su prédica política —semanal 
primero, diaria después— a cada ayllu en un descampado llamado Pijchari; su 
proyecto estaba en marcha. 
Hacia julio, las escuadrillas del líder aymara comenzaron a acentuar las 
tensiones. Por ejemplo, un extraño sacerdote católico alemán, de apellido 
Mönsen, quien solía andar armado con un fusil y administraba tierras, perdió 
sus privilegios. Un día se vio forzado a huir desesperado hacia la vecina 
Escoma. Los comerciantes que trasladaban cargas por la zona hacia o desde Perú 
tuvieron encontrones con los virtuales soldados de Machaca.
Autoridades y algunos hacendados tolerados por el MNR decidieron enviar 
emisarios a La Paz con alarmantes denuncias sobre Machaca y sus subordinados. 
Las comisiones gubernamentales no tardaron en llegar a reclamar cuentas a 
Lawreano. Pero se llevaron una agradable sorpresa. Los indígenas y su fornido y 
vivaz jefe de comando les recibieron con agasajos, comida y vítores a la 
Revolución y sus reformas. Sin embargo, poco después, más comisiones se verían 
forzadas a viajar a Waycho. 
Tal cual relatan Policarpio Rojas y Alfonsina Paredes, alrededor del 15 de 
julio de 1956, las reparticiones oficiales de Puerto Acosta fueron tomadas por 
asalto. De esa forma, Machaca instauró su propio Gobierno en toda la región, 
pero sin modificar la estructura ya establecida. El Alcalde, el Subprefecto, 
los jefes policiales y aduaneros, el Intendente y todas las autoridades fueron 
destituidas y en su lugar juraron indígenas. Los guardias de la insurgencia se 
desplazaron a los límites de Waycho y nadie podía salir o entrar sin la 
autorización de Lawreano.
Documentos judiciales de ese tiempo identifican a diversas familias de mestizos 
que se dedicaban al contrabando o tenían propiedades en la zona. Jiménez, 
Consuetas, Pintos y Mantillas, entre varios otros, fueron los más afectados. El 
paso de ganado vacuno, azúcar, pan, manteca y lana hacia Perú empezó a ser 
controlado en la propia casa de Machaca, convertida en tranca. Los registros 
citan también a algunos de los miembros del Estado Mayor del líder indígena: 
Gabino Choquemisa, Zacarías Guachalla, Dionisio Guachalla, Sotelo Villca, 
Jacinto Nina y Marcelino Yanarico ejecutaban el plan en marcha. 
El nuevo orden empezó a hacerse sentir. Machaca impuso su autoridad —según 
relata Callisaya— incluso afectando las propiedades y ganado de algunos de sus 
lugartenientes, como Eliseo Acho y los hermanos Surco. Sin embargo, todos se 
sometieron, unos por miedo, otros por admiración, y no faltaron quienes huyeron 
del pueblo. No pasaron muchos días para que el caudillo protagonizara una de 
las jornadas más recordadas aun hoy en Puerto Acosta.

En la cúspide del poder 
En agosto de 1956, Lawreano Machaca K’hota, considerado ya por muchos una 
especie de mesías y predestinado, resumió su doctrina en una masiva 
concentración. Recordó la contradicción que implicaba que un país de millones 
de indios estuviese gobernado por grupos de blancos. Reflexionó sobre la 
posibilidad de que, organizados y preparados, los aymaras podrían conquistar el 
poder. Se proclamó Presidente de esa República Aymara en formación y extendida 
rumbo a La Paz. 
A la sede de gobierno llegaron las versiones alarmadas de la proclama. El 
mandato de Paz Estenssoro envió otra comisión, esta vez de mayor nivel y 
encabezada por el líder sindical Juan Lechín Oquendo. La recepción fue 
nuevamente cordial. Machaca explicó a Lechín que cumplía las prioridades de la 
Revolución enfrentándose con los falangistas y cuidando la provisión de 
alimentos al pueblo. Es más, le presentó a sus tres regimientos. Le explicó que 
los habían nombrado “Víctor Paz”, “Hernán Siles” y “Juan Lechín”, 
respectivamente. Al parecer, supo mostrarse como un formidable aliado, 
especialmente del ala lechinista. Aproximadamente un año más tarde Juan Lechín 
volvería a Waycho con un donativo para la viuda de Lawreano. 
En los siguientes dos meses la prédica de Machaca se concentró en la estrategia 
militar. Preveía tomas y alianzas sucesivas ya pactadas con grupos de aliados 
en cada población hasta llegar a Viacha y El Alto. Según sus cálculos, cien mil 
indios tomarían la base aérea, previamente saboteada por reclutas indígenas, 
antes de rodear la sede de gobierno. El primer avance fue fijado hacia la 
cercana población de Escoma, para el 21 de octubre.
El plan no carecía de oportunidad. En La Paz, el Gobierno afrontaba una 
gravísima crisis económica y política producto del bloqueo estadounidense. Se 
vivía además una violenta campaña preelectoral entre el MNR y la 
ultraderechista Falange Socialista Boliviana. La movilización indígena poco 
podía ser comprendida. Pero los potenciales afectados de Escoma encontraron 
valiosos aliados.
Dos días antes de que los ejércitos de Machaca marcharan hacia Escoma, sus 
lugartenientes Eliseo Acho y los hermanos Surco le llevaron “buenas noticias”. 
Le explicaron que la población vecina había resuelto proclamarlo como su 
Presidente y que le preparaba una fiesta de bienvenida. Le aconsejaron que sólo 
llevase algunas decenas de representantes waycheños y su escolta. En efecto, en 
Escoma había un ambiente de fiesta, pero algo extraño.
Hacendados y contrabandistas habían abierto la tarde del 20 de octubre sus 
almacenes a la población. Repartieron con prodigalidad alcohol y comida en las 
calles y plazas. Ya entrada la tarde empezaron a pregonar que Machaca y su 
gente venían de Waycho a expropiarlo todo. Paralelamente, habían organizado a 
decenas de peones armados.
Mientras tanto, en Puerto Acosta, los Surco y Acho no se separaron de Lawreano 
y sorpresivamente lograron hacer que bebiera alcohol durante la noche. La 
partida a Escoma fue de madrugada. La viuda recuerda que Machaca y algunas 
decenas de acompañantes partieron en un camión rojo. La idea de la proclamación 
victoriosa se esfumó cuando llegaron al puente de entrada a Escoma, sobre el 
río Suches.
Incesantes cargas de balas recayeron sobre el camión desde los costados del 
puente. Al desatarse el combate, el vehículo logró retroceder al camino sin 
detenerse y su chofer llamó a los emboscados. Machaca no alcanzó a asirse del 
motorizado y empezó a huir corriendo. La pistan se encasquilló, la fuga se hizo 
desesperada y fue capturado en una loma llamada Llokallata, a casi dos 
kilómetros de Escoma. 
Los relatos luego aseguran que se desató el ritual de sangre en medio de una 
multitud ebria y enfurecida. Semidesnudo, con apenas calzoncillos y polera 
verdes, se le cortó la lengua. Sus captores procedieron a comérsela, conforme a 
la creencia en que esa acción hace que el crimen nunca sea denunciado. Luego 
algunas versiones aseguran que se procedió a enterrar vivo al caudillo, pero 
éste sacó sus manos. Entonces lo desmembraron y devoraron sus carnes, en el 
lugar llamado Tiwanaku, la tumba del rey Makuri. 
Una breve referencia a los hechos sangrientos es citada en la edición de El 
Diario del 24 de octubre de aquel año. Días después, una comisión gubernamental 
llegó a frenar un creciente desborde de violencia. Pero sólo se convirtió en la 
mecha que detonó enfrentamientos recurrentes hasta marzo de l957.
Al final, nunca pudieron hallarse los restos de Lawreano Machaca. Pese a lo 
notable de su campaña, murió con apenas 28 años. Su único legado fueron una 
hija —ya fallecida— y dos hijos. Todos ellos esquivaron su identidad ante la 
serie de riesgos que les implicaba. Uno de los varones, al parecer, vive en el 
extranjero, el otro bien puede estar consagrado a una carrera, quién sabe 
política, quién sabe sindical, quién sabe militar.

                
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