Paradigma y paradojas del Estado Comunitario

Los quechuas y aymaras de la pre-conquista española protagonizaban una singular 
experiencia en la construcción de lo que bien pudo haber sido un Estado 
Comunitario, único en el mundo. La sabiduría de los pueblos andinos había 
logrado un equilibrio paradigmático entre sociedad política y sociedad civil, 
desarrollando una cultura de consensos desde lo religioso. Desde una religión 
que fue extirpada por los invasores europeos.

La paradoja suena bonita y a la vez puede significar una abstracción teórica 
sin límites para especular. A lo sumo, desde que Habermas “descubrió” que la 
globalidad produce un “vaciamiento” en la soberanía de los estados nacionales, 
rebasados por emergencias interculturales que rompen viejas fronteras 
republicanas, el Estado Comunitario es una construcción posible a partir de la 
continentalización estatal tal cual pretendió ser, por ejemplo, la Comunidad 
Económica Europea que nació en 1957 como una interacción de disímiles pueblos. 
Pero resultó que el Estado y la Comunidad terminaron conflictuados por el 
Mercado, y el concepto se diluyó en la nada.

Todavía es un juego de palabras. ¿Estado Comunitario como una comunidad de 
estados? ¿Comunidad entendida en términos asociativos como podría ser la junta 
de accionistas de una sociedad anónima? ¿O acaso comunidad asumida desde la 
perspectiva de la sociedad civil que permite hablar de comunitarismo y 
mancomunidades, en una vena anarquista o marxista pre-estalinista? ¿Requerirá 
el Estado Comunitario, quizá, de una doctrina propia para convertirse en un 
paradigma histórico con sólida ideología para librarse del grotesco uso 
intervencionista que de este concepto hacen tipos como el presidente Alvaro 
Uribe en la ejecución de su Plan Colombia? Así de difusa está la cosa.

La paradoja gramsciana

La ciencia política tuvo a bien, en su evolución, dejar sentado el concepto de 
Estado. Resume la esfera de lo público y bajo la avanzada concepción de Gramsci 
es la “sociedad política totalizadora” en la cual deben concurrir cuatro 
elementos imprescindibles que constituyen esta categoría: el pueblo que es su 
elemento humano, el territorio como su entorno físico, el poder político que es 
la facultad de mando sobre la sociedad y la soberanía que es su capacidad de 
auto gestionarse. 

Siendo el Estado la sociedad política totalizadora, es decir un germen natural 
del totalitarismo, Gramsci nos dio el antídoto: la sociedad civil, que es el 
germen natural de la democracia, allí de donde emergen las corrientes de 
reforma ética e intelectual para transformar el Estado desde la cotidianidad de 
las necesidades culturales, allí donde es posible hallar la genuina esencia de 
la “comunidad comunitaria”.

Entonces, Estado Comunitario podría ser el equilibrio perfecto entre la 
sociedad política totalizadora y la sociedad civil democratizadora. Y esto, más 
que una utopía, es una racionalidad históricamente desconocida y sin embargo 
estamos en condiciones de demostrar que la cultura andina tiene hoy, guardada 
en su memoria colectiva, las materias primas para comenzar a construirla.

El paradigma andino

Vayamos al grano. La antropología contemporánea avala la tesis en torno a que 
entre las naciones aymara y quechua durante el incario, a parte de su 
diferencia idiomática, no existían desigualdades sustanciales respecto a sus 
sistemas productivos y creencias religiosas originarias.

Se puede afirmar que las entidades del ayllu, del ayni y de los kuracazgos -en 
alguna etapa del desarrollo de las fuerzas productivas- eran comunes a los 
pueblos quechuas y aymaras; pero es evidente que entre estos últimos (los 
aymaras) dichas instituciones comunitarias se conservaban mucho más arraigadas 
debido, se supone, a la influencia de las deidades matriarcales y lunares que 
se eternizaron en el imaginario aymara. Es bien probable que los quechuas, en 
cambio, profundizaron esos “peligros despóticos” que Platt advierte ya entre 
los propios señoríos aymaras, formando una burocracia de castas patriarcales y 
militaristas para dar lugar al surgimiento del Estado Inca, proceso en el cual 
la religión también debía reformarse bajo una modalidad monoteísta.

Es decir, los aymaras preservaron su “sociedad civil democratizadora” sin 
romper vínculos con sus deidades matriarcales; mientras los quechuas dieron el 
salto mortal hacia la “sociedad política totalizadora” monoteísta para hacer 
viable su proyecto estatal-imperial.

Correlación de fuerzas quechua - aymara

Está claro que al promediar el siglo XV de nuestra era, el mundo andino fue 
escenario febril de dos naciones en pugna, de dos proyectos marcados por la 
dialéctica de la historia: El imperio Colla del pueblo Aymara que había 
heredado la concepción comunitaria y politeísta del extinguido Tiahuanaco, y el 
imperio Inca del pueblo Quechua -también de raíz tiahuanacota- que se hallaba 
empero en una etapa activa de centralismo político y de constitución estatal al 
influjo de una tendencia monoteísta.

Eran dos procesos paralelos, de origen común, pero diferenciados por la 
dinámica azarosa del desarrollo de las fuerzas productivas.

El Collasuyo Aymara abarcaba una vasta extensión de señoríos como los Canas, 
Collas, Canchis, Lapacas y Callahuayas al norte del Lago Titicaca, y por el sur 
los Pacajes, Charcas, Soras, Chuis, Carangas, Quillacas, Urus, Chipayas, 
Yamparaes, Caracotas y Chichas que atravesaban los actuales territorios 
bolivianos de La Paz, Cochabamba, Oruro y Potosí, además de los territorios 
norte de Argentina y Chile.

Para los incas era de estratégica necesidad expandir su dominio sobre esa 
vastedad Aymara. En 1440 el dominio Quechua se circunscribía apenas a Cuzco y 
Quito.

Los Quechuas cruzaron el Titicaca homogeneizando lingüística y religiosamente a 
las etnias que caían conquistados por el dios Inti; pero esta hegemonía no 
lograba penetrar en los indómitos pueblos Collas (Aymaras), muchos de los 
cuales poblaban el actual territorio cochabambino.

Los Aymaras Soras por ejemplo, informa Gisbert, poseían un extenso territorio 
que abarcaba la actual comunidad de Paria, llegando hasta Sipe Sipe y Tapacarí. 
Otro grupo, los Charcas, abarcaba una superficie de 30.000 kilómetros cuadrados 
incluyendo Sacaca, Chayanta, Tiquipaya, Tomata, Macari, Cochabamba (Kanata) y 
Santiago de El paso. Otras zonas del valle cochabambino eran habitadas por 
Chuis y Cotas, tan indomables como los Soras y Quillacas.

El enigma pendiente

María Rostworowsky halló en el sistema jerárquico de kurakazgos, común a 
quechuas y aymaras en plena etapa de la expansión incaica sobre los territorios 
del Collasuyo, la clave para entender las razones que llevaron al inca Huayna 
Cápac a postergar el proyecto “civilizatorio” consistente en un Estado 
centralista y monoteísta, buscando reconstituir y conservar las formas de 
reciprocidad politeísta que los kuracas rebeldes aymaras exigían en su 
resistencia inicial contra el avance incaico desde el Cuzco hacia el sur del 
Lago Titicaca (que abarcó los territorios collas de Cochabamba, Oruro, Potosí, 
Chuquisaca y los nortes de Argentina y Chile). Consecuentemente, bajo el 
imperio incaico que logrará expandirse tan solo bajo una sistemática 
concertación con la religión aymara, el Estado actúa como un Gran Kuraca. 

Así pues, el Estado Inca utilizaba la “generosidad” con las deidaes aymaras 
para establecer y reforzar obligaciones y lealtades, lo cual se traducirá más 
tarde en la formación de los mitimaes: poblaciones íntegras asimiladas al 
imperio que se desplazarán masivamente para colonizar las zonas rebeldes 
portando la ideología estatal quechua que, lingüísticamente empero, no alcanzan 
a penetrar sobre reductos aymaras aún hoy intactos por ejemplo en la zona de 
Sabaya y otras comunidades aledañas al Lago Poopó y al Sajama, en la frontera 
entre Oruro y el norte de Chile, donde se habla una antiquísima lengua aymara 
-diferente a la paceña- actualmente en vías de extinción.

Aquella convivencia entre centralidad estatal y autonomía comunitaria enlazadas 
mediante un sistema de reciprocidad, nos ofrece un dato paradigmático cuyo 
devenir colapsó con la invasión española. Quedó sin resolverse el enigma acerca 
del tipo de Estado y Sociedad que aymaras y quechuas construían en aquel 
momento de tan complejos encuentros y desencuentros. Hasta que volvió el 
Pachacuti indicando el camino a seguir para retomar la buena idea del Estado 
Comunitario.

Una religión unificadora

Al no poder someterlos por la fuerza, los incas optaron por pactar con los 
Collas y este pacto se produjo esencialmente en el ámbito religioso, 
aproximadamente entre 1463 y 1493, apenas tres décadas antes de la conquista 
española.

Dijimos que si bien la estructura política del Collasuyo se hallaba herida de 
muerte ante la expansión Quechua, es indudable que el poderío Aymara estaba 
intacto en su compleja expresión religiosa. Esto dio lugar a un “matrimonio de 
facto” entre las principales deidades Aymaras, representadas por la Pachamama, 
y el Inti o dios Sol de los Incas.

El Estado Inca, al final, tuvo que asimilarse oficial y formalmente a la 
religión Aymara todavía hegemónica en el ancestral mundo andino.

El antropólogo Steve Stern, de la Universidad de Wisconsin, nos explica con 
claridad ese hecho:

“En lugar de destruir las huacas regionales más poderosas, los incas trataron 
de asimilar su prestigio al del Estado. Los incas inundaron de rebaños, 
tierras, servidores y regalos para los santuarios pacarinas y otros santuarios 
preincaicos e hicieron transportar al Cuzco en literas a los principales 
dioses, como invitados de honor en las festividades reales. Al elevar los 
recursos y el prestigio de determinados dioses (Aymaras) bajo los auspicios de 
los incas, el Estado esperaba poner a los dioses locales a su servicio, 
establecer una red de lealtades y de obligaciones mutuas que daría a la 
dominación imperial un carácter menos forzado”.

Confirmando aquello, de Huarochiri emergió una hermosa leyenda según la cual el 
inca Quechua Tupac Yupanki que gobernó entre 1471 y 1493 aproximadamente, se 
vio obligado a rendir devoción a uno de los huacas más influyentes del mundo 
Aymara, Pariacaca, exigiendo en recompensa que, con su mediación, los dioses 
colaboren con el Inca en su guerra contra los ayllus rebeldes.

El capítulo 23 del referido manuscrito narra lo siguiente:

“Se dice que cuando el inca Tupac Yupanki señoreaba y había conquistado todas 
las comunidades, descansó varios años con gran contento.

Entonces, en algunas comunidades, grupos rebeldes se alzaron.

A saber: ni los Alancu Marka, ni los Calanco Marka querían ser súbditos del 
Inca. Lograron arrastrar a su causa a varias huarangas de hombres, y juntos 
guerrearon durante unos doce años.

Como aniquilaban a todas las fuerzas que enviaba contra ellos, el Inca estaba 
muy afligido y, lamentándose mucho, se preguntó: : ‘¿Qué va a ser de nosotros?’

Entonces, un día pensó: ‘¿Para qué sirvo a estos huacas con mi oro, mi plata, 
mi ropa, mi comida y todo lo que poseo? A ver, voy a mandar a llamarlos a todos 
ellos para que me ayuden contra los enemigos’.

Así mandó convocar a los huacas de todas las comunidades que recibían oro y 
plata para que viniesen al Cuzco.

Los huacas aceptaron y se pusieron en marcha.

Pachacámac vino transportado en una litera; de la misma manera todos los huacas 
locales de todo el Tahuantinsuyo vinieron transportados en literas.

Todos los huacas locales llegaron al Haucaypata, pero Pariacaca no llegaba aún. 
Seguía resistiendo preguntándose si debía ir o no.

Finalmente Pariacaca envió a su hijo Macahuisa diciéndole: ‘Ve tú, después de 
haber escuchado lo que digan, vuelve’.

Cuando Macahuisa llegó (...) el Inca empezó a hablar: ‘Padres’, les dijo, 
‘Huacas y Huillcas, ya sabéis cómo yo os sirvo de todo corazón con oro y plata; 
¿es posible que vosotros no me ayudéis a mí, que os sirvo con tanta 
generosidad, ahora que estoy perdiendo tantas huarangas de mis hombres? Por ese 
motivo os he hecho convocar’.

Ninguno de ellos contestó. Más antes, permanecieron en silencio.

Entonces, de nuevo el Inca les dijo: ¡Hablad! ¿Es posible que permitáis que los 
hombres que han sido animados y hechos por vosotros sean aniquilados en la 
guerra? Si no queréis ayudarme, ¡en este mismo instante os haré quemar a todos! 
¿para qué pues yo os sirvo y embellezco enviándoos todos los años mi oro y mi 
plata, mis comidas, mi bebida, mi coca, mis llamas y todo cuanto poseo? 
Entonces, ¿no me ayudaréis después de haber escuchado todas estas mis quejas? 
Si me negáis vuestra ayuda, arderéis ahora mismo’.

Entonces Pachacámac empezó a hablar: ‘Oh inga sol, yo no propongo nada puesto 
que suelo hacer temblar la tierra entera con todos vosotros juntos. No sólo 
aniquilaría al enemigo, sino que acabaría con todos vosotros y con el mundo 
entero también. Por eso me he quedado callado’.

Como todos los demás huacas se callaron, Macahuisa (el hijo de Pariacaca) 
empezó a hablar: ‘Oh inga sol, yo voy a ir allá. Tú permanecerás en las 
proximidades en una tienda bien instalada e identificada con una señal 
distintiva para que no te aniquile con los demás; en un mínimo de tiempo voy a 
conquistarlos para tí’.

Mientras Macahuisa hablaba, de su boca salía un aliento muy denso cual si fuese 
humo verde.

Y se dice que también en esa sazón comenzó a soplar su zampoña de oro. Su 
pinquillu también era de oro. En su cabeza llevaba coronada la diadema. Su 
phusuca también era de oro, en tanto que su camiseta era negra.

Dieron a Macahuisa para su viaje una litera de las que se llaman Chicsirampa, 
destinada a transportar al propio Inca. Y fueron escogidos por el Inca, para 
acompañarlo, unos fornidos callahuaya. (...).

Lo transportaron hasta la cima de un cerrito; una vez allí, Macahuisa, el hijo 
de Pariacaca, comenzó, poco a poco, a caer bajo la forma de lluvia.

Los hombres de las comunidades rebeldes empezaron a organizarse, preguntándose 
qué podría significar este fenómeno.

Atacándolos con sus rayos, Macahuisa aumentó la lluvia y así abrió quebradas 
por todas partes, y arrastró a los miembros de todas estas comunidades rebeldes 
con sus aguas torrenciales.

Aniquiló a los kuracas principales y a los hombres valientes con sus rayos. 
Sólo una parte de la gente común se salvó. Si hubiera querido, habría 
aniquilado a todos.

Así, después de haber vencido a todos los demás rebeldes, los persiguió hasta 
el Cuzco.

Desde esa época, el Inca apreció todavía más a Pariacaca y le otorgó cincuenta 
Yanas.

‘Padre Macahuisa’, le dijo al huaca victorioso, ‘¿qué te daré?. Pide todo lo 
que quieras. No seré avaro’. El otro respondió: ‘Yo no deseo nada excepto que 
te hagas huacsa y celebres mi culto como lo hacen nuestros hijos de Yauyos’.

El Inca aceptó, pero, como le temía mucho a este huaca, quiso ofrecerle todo lo 
que pudiera para que no lo aniquilase a él también.

Así mandó que se le ofrendara comida, pero Macahuisa le dijo: ‘Yo no suelo 
comer estas cosas’ y pidió que le trajeran corales.

Se dice que cuando le trajeron corales, los comió con rapidez, ronzando, 
haciendo sonar ‘k’ap, k’ap’.

Después el Inca mandó que le entregaran a sus ñustas, escogiéndolas entre las 
más nobles, pero el huaca las rechazó.

Y así volvió Macahuisa donde su padre Pariacaca, informándole acerca de esta su 
misión.

Desde entonces, y por mucho tiempo, los incas también fueron sus sacerdotes 
devotos en Jauja, donde bailaban teniendo a Macahuisa en gran estima…”.

Esta alianza espiritual Aymara-Quechua, fruto de una relación de fuerzas donde 
lo militar-coercitivo cede ante lo religioso-consensual, consolidará la 
estructura dualista y recíproca del sistema incaico, dentro el cual las 
deidades matriarcales de la comuna Aymara terminan convivendo en armonía con el 
Estado centralista del Inti (en un escenario que muy poco después será 
suplantado por el monoteísmo cristiano, que también habrá de ceder ante el 
“paganismo” sincretizante de los ayllus politeístas) .

Tal estructura -en la cual se origina la utopía del Estado Comunitario que late 
en estos tiempos de posmodernidad -es un rasgo fundamental todavía vigente en 
la vida cotidiana de los festivos, místicos y holísticos pueblos indígenas que 
habitan sobre la cordillera de los Andes desde el sur de Colombia hasta el 
norte de Chile y Argentina, pasando por Ecuador, Perú y Bolivia.

 
 
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