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Boletín Virtual No 175, Año 6. Enero de 2007.

RED de comunicación del personal de CIPCA-Bolivia

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LA DENOSTADA ASAMBLEA CONSTITUYENTE

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Por: José de la Fuente Jeria (*)

 

 

Luego de cinco meses de instalada la más democrática de las asambleas
constituyentes que tuvimos en nuestra historia –a pesar de la reducción
electoral de pueblos y comunidades originarias– parece evidente que estamos
al borde de perderla irremisiblemente como consecuencia de un virtual
colapso político y la pérdida de confianza ciudadana en el proceso
constitucional.

 

Son múltiples los factores para un resultado de proporciones casi
catastróficas para la suerte inmediata y de largo plazo del país, tanto
porque en su fracaso habrían intervenido las principales instancias y
mecanismos políticos nacionales, cuanto que si así fuese se cerraría la
posibilidad de afrontar la grave crisis estatal que nos llevó a plantearnos
su realización, como la única alternativa democrática y de conjunto para
intentar una impostergable reorganización estatal de fondo.

 

Es difícil ponderar los errores políticos que se sucedieron para llevarnos
al virtual colapso de la constituyente, pero a riesgo de equivocarse debemos
identificarlos y ser consecuentes con nuestras ideas. Esos errores, tomando
en cuenta el peso de la responsabilidad de cada actor y la capacidad de
decisión política en juego, de lejos los principales fueron los cometidos
por el partido de gobierno. Primero, porque no se explica de otra manera que
el MAS, con semejante respaldo político electoral nacional y una aplastante
mayoría de constituyentes no pueda gobernar y conducir la Asamblea
Constituyente hacia una reforma total de la Constitución Política, condición
esencial del cambio ofrecido y exigido mayoritariamente con su voto por el
pueblo boliviano.

 

Segundo, porque, la verdad es que los operadores políticos gubernamentales
se equivocaron desde un principio por exceso de confianza y coqueteo
político, como cuando fijaron en la ley de convocatoria el famoso criterio
de aprobación de 2/3 –inexistente en ninguno de los procesos constituyentes
cercanos al país– que vulnera el elemental principio democrático del
predominio de las mayorías sobre las minorías. Idéntico traspié fue lo
sucedido con la ilegal declaratoria de vinculante de los resultados del
referéndum autonómico respecto de la Asamblea –instancia soberana y máxima
autoridad legislativa– y, lo que ya no sólo fue un error de comprensión del
proceso sino también de cálculo político, haber regalado la bandera de las
autonomías pese a tratarse de un histórica reivindicación del movimiento
indígena y un extendido sentimiento nacional.

 

Sin embargo, descontando semejantes despropósitos de inicio, los posteriores
errores en la conducción de la Asamblea todavía son mayores por sus
consecuencias, como cuando por falta de comprensión del proceso de reforma
constitucional y exceso de discurso se hizo cuestión de estado en la
declaratoria de originaria y fundacional, siendo que la asamblea está
constitucionalmente investida de la atribución de una reforma total. Todavía
fue peor, cuando luego de dos virtuales acuerdos políticos al interior de la
asamblea respecto del fundamental art. 70 del procedimiento legislativo, no
pudo concretárselos por falta de la elemental comprensión de que la
constituyente es por principio una asamblea nacional que apunta a una
reforma constitucional para todos y que la perspectiva de un monólogo
masista dentro de la constituyente era inviable para ellos mismos.

 

Pero si remarcamos los errores de la principal fuerza política del país,
tampoco podemos dejar de apuntar que, en descargo, el oficialismo tuvo en la
oposición una descarnada actitud retrógrada y reaccionaria, particularmente
del principal grupo opositor. La oposición, en sus distintas variedades,
está lejos de entender el monumental mensaje de cambio expresado en las
urnas y puso todas sus fuerzas en sabotear el desarrollo de la
constituyente. Posiciones típicamente conservadoras que se resisten a
comprender lo elemental de que la urgencia de cambio es del país y su Estado
o que, si el proceso está dirigido por un líder social es porque los
tradicionales grupos de poder fracasaron en esenciales responsabilidades
estatales, al medio de un obcecado entreguismo e ilimitada corrupción.

 

Tales son sus dificultades para comprender los cambios políticos sucedidos
en los últimos cinco años, que se resisten a valorar la Asamblea
Constituyente como la legítima coronación de un lustro de intensas
movilizaciones sociales y reclamos étnicos por una reconfiguración estatal
que corrija la histórica exclusión de indígenas y campesinos, la injusta
distribución de tierras y de elementales servicios públicos, la ineficiente
y corrupta mediación de los partidos políticos, etc. La miopía llega al
extremo de no entender que saboteando la Asamblea Constituyente están
cerrando el único camino a una salida democrática y pacífica a la crisis,
arraigándola y volviéndola cada vez más violenta. Al sabotearla se ponen a
la tarea ignominiosa, reaccionaria y antihistórica de impedir el debate
democrático de una inaplazable reforma estatal que todos necesitamos para
volver a creer en un destino común.   

 

Salvar la denostada Asamblea Constituyente es un imperativo ciudadano, que
debe estar por encima de cualquier criterio político partidario. O, nos
preguntamos, ¿alguien cree seriamente que hay otro escenario democrático
para resolver la cuestión de las autonomías, con todas sus implicancias para
la organización estatal en su conjunto? Cuando por el contrario, colapsar la
constituyente, aparte de dar razón a los grupúsculos reaccionarios y
racistas, significará para el gobierno perder su apuesta estratégica más
importante. También, que la oposición, cerrando la posibilidad de un cambio
en democracia, pierda la oportunidad de recuperar legitimidad en los
distintos y mayoritarios colectivos étnicos y sociales, donde hoy es casi un
insulto. Y, finalmente, que todos los ciudadanos, sin alternativas
democráticas de participación tengamos que asumir el atroz desafío de
dirimir la situación en las calles.   

 

Queda algo de tiempo, pero puede escurrirse fácilmente… la historia lo dirá.

 

 

(*) El autor es coordinador de la Unidad de Acción Política (UAP) en CIPCA.

 

 

 

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