LECTURAS INTERESANTES Nº 258
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LIMA, PUNO 14 setiembre 2007
La Apra y la minería
César Hildebrandt
Diario LA PRIMERA 13 set 2007 p.4
La Apra tiene vocación de metástasis. Ha encargado a sus jaurías morder al
Tribunal Constitucional, amenazar a Radio Cutivalú, cerrar con tropas a Radio
Orión en Pisco, mantener en jaque con su prensa bilirrubinosa a las ONG
interesadas en los derechos humanos, hacer creer a la babosería nacional que
Hugo Chávez es nuestro enemigo y, en fin, practicar todas las maromas posibles
con tal de que no pensemos en la ratería que empieza a asomar y en la
incompetencia que hace rato distingue a este gobierno.
El doctor García tiene ahora ínfulas de interlocutor de Dios y dice, por
ejemplo, que a él le importa un rábano lo de la consulta popular sobre Majaz.
Sí, claro. Porque una cosa es enfrentar a los campesinos de la sierra piurana
y otra cosa es pactar con los mineros que pusieron su dinero para que fueras
presidente de la República.
Los señorones mineros reunidos en Arequipa tienen que saber que el doctor
Alan García no tiene, aunque lo proclame, el poder suficiente como para
despreciar a los campesinos de Ayabaca, Pacaypampa y Carmen de la Frontera y
tienen que saber que en el Perú los tiempos en que la Cerro de Pasco
Corporation ordenaba matar comuneros terminó aunque no lo parezca hace
algunos años.
La derecha ha dicho siempre que este es un país minero. Lo que debería decir
es que este país es una mina para los mineros. Porque aquí los gobiernos se
arrastran ante el poder del dinero y ofrecen las mejores rega­lías, los
menores cánones, los óbolos más cómodos a la hora de las hiperganancias. Este
es el país de las maravillas a la hora de las repartijas sombrías.
Entonces vienen los mineros de afuera, vienen los mineros Corporation y
dinamitan paisajes puestos allí por la paciencia de los vientos más antiguos
del mundo, enrojecen los ríos donde ovaban las truchas, pudren el cielo,
ahuyentan a los pájaros, maldicen las orillas con sus miasmas, roban el agua
que luego otros Corporation querrán privatizar porque escasea, desahucian a las
nubes, perforan las montañas sin ningún respeto y a toda esa venganza tóxica
del hombre sobre lo que no es suyo le llaman progreso, globalización,
economía de mercado y aprismo ahora sí sensato y agradable.
Que se vayan al carajo. A Majaz sólo entrarán si los campesinos así lo
quieren. Y que no vayan a bufalear por esa región de nubes gloriosamente bajas
porque allí los campesinos respiran aire y no monóxido y por eso están lúcidos
y plenos. Y por eso no se dejan bufalear por don Jorge del Castillo, que se
cree el camarlengo de ese hombre que dice que habla con Dios y que recibe
órdenes de las nubes altas, cuando, en realidad, todo lo que recibe es por lo
bajo.
La minería es una porquería necesaria por las divisas que representa. Pero de
allí a querer negrear un ecosistema donde la niebla es sanadora y los árboles
prosperan sin que los persigan teodolitos y ácidos sulfúricos, hay un gran
trecho. El trecho que separa a la Apra con vocación de metástasis del poder
pleno al que aspira.
La Apra tiene las fuerzas armadas, el congreso, el poder judicial, la
contraloría, los ministerios, la televisión, casi toda la prensa escrita y casi
toda la radio. Pero no tiene a la Defensoría y por eso la odia. Pero no tiene
(del todo) al Constitucional y por eso lo embiste. Pero no tiene la prensa
regional (y por eso la difama o la cierra). Pero no tiene la razón (y por eso
no quiere razonar). Pero no tiene la bellísima sierra de Piura (y por eso
quiere plantar allí la pezuña del becerro dorado de la minería).
Que los mineros reunidos en Arequipa no vayan a pensar que asociarse
incondicionalmente con el doctor Alan García es una ventaja en el largo plazo.
Algún día más pronto que tarde tendrán que rendirle cuentas a un gobierno
soberano y a un país harto desde los tiempos hispanófilos del Potosí de que
los afuerinos vengan a llevarse lo que quieran al precio más barato que se
pueda imaginar.
Una cosa es tener oro y plata. Otra es ser un país de oro y esclavos, como
nos llamó, merecidamente, Simón Bolívar.
Atentamente
GUILLERMO VÁSQUEZ CUENTAS
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