LECTURAS INTERESANTES Nº 325
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LIMA- PUNO 22
setiembre 2008
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Desde el Sur.
LA REVOLUCIÓN INDÍGENA
José Rodríguez Elizondo.
Tomado de LA REPUBLICA, Lima 16 de setiembre 2008
Según el inagotable notebook del difunto jefe FARC Raúl Reyes, los mapuches
chilenos querían hacer algún tipo de pasantía en esa organización armada.
De ser cierto, el caso es tributario de un fenómeno reversible: el de los
indios en busca de profesores de revolución o el de los profesores de
revolución en busca de indios. Lo que quizás no se ha dicho es que en su base
ideológica moderna está la dupla Lenin-Mao. El primero, por proclamar que las
masas por sí solas son inertes y necesitan la levadura de los intelectuales
para levantarse. El segundo cuando dictaminó que el proletariado industrial
soviético había fracasado como clase intrínsecamente revolucionaria y llegaba
la hora de los campesinos.
En Chile hubo una especie de anticipo de esa profecía en 1860, cuando el
abogado francés Antoine Orelie se hizo coronar rey de los araucanos, para
protegerlos. Pero el caso paradigmático surgió en el Perú cuando, a falta de
ortodoxas masas obreras, intelectuales maoístas buscaron masas indígenas para
"darles dirección". Ahí se produjo el irresistible ascenso de Abimael Guzmán y,
como escribiera Gustavo Gorriti, llegó la guerra milenaria de Sendero Luminoso.
Un proyecto que colocó estuco marxista-leninista-maoísta sobre la vieja pintura
incaica.
El problema, para esos líderes de masas sustitutas, es que nunca quedará claro
si los pieles rojas asumen realmente la dirección de los carapálidas o si
éstos, para no hacer el loco, terminan danzando con lobos. Es lo que, a guerra
pasada, debe estar procesando Guzmán en su celda, mientras sus supuestos
seguidores esperan al siguiente profeta en su santuario de la montaña.
Obviamente, esta reflexión no niega el delicado problema de nuestros pueblos
originarios. En ellos bulle una especie de nacionalismo ancestral, catalizado
por el contraste entre su cotidianidad y su mitología. En el caso peruano es la
mitología autóctona. En el caso chileno, es una producida por los mismos
conquistadores, a partir del poema épico La Araucana, de Alonso de Ercilla.
Ese contraste hace que el resentimiento contra el "blanquiñoso", en el Perú o
contra "los chilenos", aquí en el sur, se exprese en una utopía callada, de
raigambre andina. En ella está un retorno al Tahuantinsuyo, que borre a
españoles y criollos de la historia y devuelva los territorios usurpados hasta
donde la montaña se hunde en el mar. En su contexto, surgen organizaciones
secretas, que establecen redes con otras comunidades indígenas, bajo la whipala
supranacional. También surge una oportunidad "docente" para organizaciones como
las FARC y una línea de conducción para nuevos abimaeles que se presentan como
líderes "etnonacionalistas".
Lo fascinante es que nunca estos procesos son enteramente nuevos. Si nuestros
políticos estuvieran menos absortos en el día a día, encontrarían muchas pistas
en la Historia para convertirse en estadistas. En Chile, por ejemplo, el
coyunturalismo estructural sigue olvidando dos advertencias clave del sabio
Ignacio Domeyko, sobre la riesgosa marginalidad de nuestros mapuches. La
primera, cuando dijo que "la soberbia valentía araucana despierta de cuando en
cuando, sembrando terror y desolación entre los suyos y sus vecinos". La otra,
cuando reconoció que "el indio en tiempo de guerra representa lo que nosotros
somos, cuando las pasiones, el egoísmo y la malicia se nos atraviesan".
Por cierto, esto no lo escribió tras la caída de los muros, sino en 1845.
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