Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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An~os despues, ante el peloton de fusilamiento, Luzyano Rodriguez habria de 
recordar esa man~ana de octubre de 1997en que Don Carlitos bajo a Macondo a 
darles entrenamiento. Llego con un poncho paisa, un carriel terciado lleno de 
cachivaches y media botella de aguardiente. Lo seguia un burro cargado de 
cajas y una caneca llena de gasolina. Destras del burro venia un muchacho de 
unos quince an~os. El lazo del burro pasaba por encima de la carga y bajaba 
por la nalga derecha del burro hasta terminar en una mano, casi infantil, 
donde formaba dos argollitas que el muchacho sostenia con inocencia y 
carin~o. Nadie recuerda como se llamaba ese jovencito, ni podria decir si el 
burro tiraba al joven o si el joven arriaba al burro.
Luzyano y su hermano Cano acababan de detener a dos campesinos vecinos 
acusados de apoyar a la guerrilla. Los habian visto, una man~ana, dandole 
tinto a doce guerrilleros que pasaron por su casa y cogieron loma arriba 
huyendo del Ejercito. Los tenian amarrados de patas y manos. Los habian 
golpeado por todas partes hasta hacerles perder su deseo de vivir. Los 
hombres estaban sentados en el piso, con sus ojos entreabiertos, mirando al 
piso siguiendo lentamente el movimiento de las hormigas que pasaban por su 
alrededor y que, de vez en cuando, se deleitaban mordiendoles el culo.
Don Carlitos no perdio tiempo. Dijo: "Vine a trabajar, descarguemos el burro 
y manos a la obra". En la caja mas grande venia la herramienta. La espada 
mecanica de Don Carlos. Una motosierra de gasolina Black & Decker. Luzyano le 
comento a su hermano Cano: "Es americana...! 
- " De las buenas" -  An~adio Don Carlitos.
La mesa estaba lista, una mesa vieja que habia que quemarla despues, como 
habia dicho Don Carlitos.
Don Carlitos miro a los prisioneros sin compasion. Al mas rebelde dejenlo de 
ultimo, pa' que vea todo! - Ordeno. Yo les voy a ensen~ar hoy como se castiga 
a los que le ayudan a la guerrilla - Dijo.
Los prisioneros no dijeron nada. Temblaban y sus lagrimas corrian por sus 
mejillas morenas y el sudor les humedecia su cabello hirsuto. Valientes los 
hijueputas! -  grito Don Carlos y se transformo en un angel de la muerte. 
Encendio la motosierra y  paso su punta cortante cerca de las narices de los 
prisioneros de modo amenazante.
Subieron al mas bajito a la mesa. Lo extendieron a lo largo, forzandolo 
contra la mesa para que no se moviera.  Don Carlos comezo a cortar la ropa a 
trocitos sin importarle que a veces la motosierra cortara pedacitos de piel o 
miembros completos. Don Carlos les explico a los futuros paramilitares: Esta 
primera etapa se llama "desempaque" y hay que tener cuidado para que la 
sangre no le salpique a uno en los ojos.
 El rugido de la maquina se habia apoderado de todo. No se oian las voces, ni 
los llantos (si los hubo), ni se veian los colores, ni se olia la sangre, ni 
se oian los latidos del corazon, todo estaba envuelto por el rugir de la 
maquina. Fue solo cuando Don Carlos, haciendo un esfuerzo extran~o y un gesto 
de incomodidad, corto una pierna de un tajo, cuando el grito del prisionero 
fue mayor que el rugir de la maquina y su eco extremecio el valle de Uraba. 
El prisionero parecia en inconciente, pues no dio ninguna sen~al de vida 
cuando, metodicamente, don Carlos corto la otra pierna, los brazos, dejando 
para ultimo el trofeo de la cabeza. En ese momento le paso la motosierra a 
Luzyano para que la cortara. Luzyano temblo. Tengo miedo de Dios! -Grito.

Don Carlos, lo miro fijamente a los ojos y le dijo una verdad que an~os mas 
tarde seria confirmada por Su Santidad el Papa Juan Pablo  II: "El Cielo, el 
Purgatorio, y el Infierno no existen sino en su imaginacion!"

Luzyano coloco la motosierra a la altura del cuello del prisionero, cerro los 
ojos y corto. No corrio tanta sangre como esperaba, las verdad es que fue mas 
facil de lo que pensaba. Don Carlitos le extendio la mano y lo felicito. 
Bienvenido a las Autodefensas Unidas de Colombia. Luzyano miro a su hermano 
Cano con el mismo orgullo y displicencia que los estudiantes antiguos miran a 
los primiparos en la Universidad Nacional. Entre todos empacaron los trozos 
de cuerpo en costales y miraron hacia el lugar donde estaba el segundo 
prisionero. Lo buscaron en la sierra, en el valle, en el pico de las 
montan~as, debajo de la cama, en la cocina, en el bus que pasaba todas las 
tardes trayendo el periodico, en la escuela, en el hospital, en todas partes. 
 Habia desaparecido y hasta ahora no se sabe que paso.

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