MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
PARA LA CELEBRACI�N DE LA JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
1 ENERO 1999
EL SECRETO DE LA PAZ VERDADERA RESIDE
EN EL RESPETO DE LOS DERECHOS HUMANOS
1. En la primera enc�clica, �Redemptor hominis�, que dirig� hace casi
veinte a�os a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, ya puse de
relieve la importancia del respeto de los derechos humanos. La paz florece
cuando se observan �ntegramente estos derechos, mientras que la guerra nace
de su transgresi�n y se convierte, a su vez, en causa de ulteriores
violaciones a�n m�s graves de los mismos (1).
A las puertas de un nuevo a�o, el �ltimo antes del gran jubileo, quisiera
reflexionar una vez m�s sobre este tema de capital importancia con todos
vosotros, hombres y mujeres de todas las partes del mundo; con vosotros,
responsables pol�ticos y gu�as religiosos de los pueblos; con vosotros, que
am�is la paz y quer�is consolidarla en el mundo.
�sta es la convicci�n que, con vistas a la Jornada mundial de la paz, deseo
compartir con vosotros: cuando la promoci�n de la dignidad de la persona es
el principio conductor que nos inspira; cuando la b�squeda del bien com�n
es el compromiso predominante, entonces es cuando se ponen fundamentos
s�lidos y duraderos a la edificaci�n de la paz. Por el contrario, si se
ignoran o desprecian los derechos humanos, o la b�squeda de intereses
particulares prevalece injustamente sobre el bien com�n, se siembran
inevitablemente los g�rmenes de la inestabilidad, la rebeli�n y la
violencia.
Respeto de la dignidad humana patrimonio de la humanidad
2. La dignidad de la persona humana es un valor trascendente, reconocido
siempre como tal por cuantos buscan sinceramente la verdad. En realidad, la
historia entera de la humanidad se debe interpretar a la luz de esta
convicci�n. Toda persona, creada a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,
26-28), y por tanto radicalmente orientada a su Creador, est� en relaci�n
constante con los que tienen su misma dignidad. Por eso, all� donde los
derechos y deberes se corresponden y refuerzan mutuamente, la promoci�n del
bien del individuo se armoniza con el servicio al bien com�n.
La historia contempor�nea ha puesto de relieve de manera tr�gica el peligro
que comporta el olvido de la verdad sobre la persona humana. Est�n a la
vista los frutos de ideolog�as como el marxismo, el nazismo y el fascismo,
as� como tambi�n los mitos de la superioridad racial, del nacionalismo y
del particularismo �tnico. Igualmente perniciosos, aunque no siempre tan
vistosos, son los efectos del consumismo materialista, en el cual la
exaltaci�n del individuo y la satisfacci�n egoc�ntrica de las aspiraciones
personales se convierten en el objetivo �ltimo de la vida. En esta
perspectiva, las repercusiones negativas sobre los dem�s son consideradas
del todo irrelevantes. Es preciso reafirmar, sin embargo, que ninguna
ofensa a la dignidad humana puede ser ignorada, cualquiera que sea su
origen, su modalidad o el lugar en que sucede.
Universalidad e indivisibilidad de los derechos humanos
3. En 1998 se ha cumplido el 50� aniversario de la adopci�n de la
�Declaraci�n universal de derechos humanos�. �sta fue deliberadamente
vinculada a Carta de las Naciones Unidas, con la que comparte una misma
inspiraci�n. La Declaraci�n tiene como premisa b�sica la afirmaci�n de que
el reconocimiento de la dignidad innata de todos los miembros de la familia
humana, as� como la igualdad e inalienabilidad de sus derechos, es el
fundamento de la libertad, de la justicia y de la paz en el mundo (2).
Todos los documentos internacionales sucesivos sobre los derechos humanos
reiteran esta verdad, reconociendo y afirmando que derivan de la dignidad y
del valor inherentes a la persona humana (3).
La Declaraci�n universal es muy clara: reconoce los derechos que proclama,
no los otorga; en efecto, �stos son inherentes a la persona humana y a su
dignidad. De aqu� se desprende que nadie puede privar leg�timamente de
estos derechos a uno s�lo de sus semejantes, sea quien sea, porque ser�a ir
contra su propia naturaleza. Todos los seres humanos, sin excepci�n, son
iguales en dignidad. Por la misma raz�n, tales derechos se refieren a todas
las fases de la vida y en cualquier contexto pol�tico, social, econ�mico o
cultural. Son un conjunto unitario, orientado decididamente a la promoci�n
de cada uno de los aspectos del bien de la persona y de la sociedad.
Los derechos humanos son agrupados tradicionalmente en dos grandes clases
que incluyen, por una parte, los derechos civiles y pol�ticos y, por otra,
los econ�micos, sociales y culturales. Ambas clases est�n garantizadas, si
bien en grado diverso, por acuerdos internacionales; en efecto, los
derechos humanos est�n estrechamente entrelazados unos con otros, siendo
expresi�n de aspectos diversos del �nico sujeto, que es la persona. La
promoci�n integral de todas las clases de los derechos humanos es la
verdadera garant�a del pleno respeto por cada uno de los derechos.
La defensa de la universalidad y de la indivisibilidad de los derechos
humanos es esencial para la construcci�n de una sociedad pac�fica y para el
desarrollo integral de individuos, pueblos y naciones. La afirmaci�n de
esta universalidad e indivisibilidad no excluye, en efecto, diferencias
leg�timas de �ndole cultural y pol�tica en la actuaci�n de cada uno de los
derechos, siempre que, en cualquier caso, se respeten los t�rminos fijados
por la Declaraci�n universal para toda la humanidad.
Teniendo muy presentes estos presupuestos fundamentales, quisiera ahora
destacar algunos derechos espec�ficos, que hoy parecen estar
particularmente expuestos a violaciones m�s o menos manifiestas.
El derecho a la vida
4. Entre ellos, el primero es el derecho fundamental a la vida. La vida
humana es sagrada e inviolable desde su concepci�n hasta su t�rmino
natural. �No matar� es el mandamiento divino que se�ala el l�mite extremo,
que nunca es l�cito traspasar. �La eliminaci�n directa y voluntaria de un
ser humano inocente es siempre gravemente inmoral� (4).
El derecho a la vida es inviolable. Esto implica una opci�n positiva, una
opci�n por la vida. El desarrollo de una cultura orientada en este sentido
se extiende a todas las circunstancias de la existencia y asegura la
promoci�n de la dignidad humana en cualquier situaci�n. Una aut�ntica
cultura de la vida, al mismo tiempo que garantiza el derecho a venir al
mundo a quien a�n no ha nacido, protege tambi�n a los reci�n nacidos,
particularmente a las ni�as, del crimen del infanticidio. Asegura
igualmente a los minusv�lidos el desarrollo de sus posibilidades y la
debida atenci�n a los enfermos y ancianos. Un reto que suscita profundas
inquietudes proviene de los recientes descubrimientos en el campo de la
ingenier�a gen�tica. Para que la investigaci�n cient�fica en dicho �mbito
est� al servicio de la persona, es preciso que est� acompa�ada en cada fase
por una atenta reflexi�n �tica, que inspire adecuadas normas jur�dicas para
salvaguardar la integridad de la vida humana. Jam�s la vida puede ser
degradada a objeto.
Optar por la vida conlleva el rechazo de toda forma de violencia. La
violencia de la pobreza y del hambre, que aflige a tantos seres humanos; la
de los conflictos armados; la de la difusi�n criminal de las drogas y el
tr�fico de armas; la de los da�os insensatos al ambiente natural (5). El
derecho a la vida debe ser promovido y tutelado en cualquier circunstancia
con oportunas garant�as legales y pol�ticas, puesto que ninguna ofensa
contra el derecho a la vida, contra la dignidad de cada persona, es
irrelevante.
La libertad religiosa, centro de los derechos humanos
5. La religi�n expresa las aspiraciones m�s profundas de la persona
humana, determina su visi�n del mundo y orienta su relaci�n con los dem�s.
En el fondo, ofrece la respuesta a la cuesti�n sobre el verdadero sentido
de la existencia, tanto en el �mbito personal como en el social. La
libertad religiosa, por tanto, es como el coraz�n mismo de los derechos
humanos. Es inviolable hasta el punto de exigir que se reconozca a la
persona incluso la libertad de cambiar de religi�n, si as� lo pide su
conciencia. En efecto, cada uno debe seguir la propia conciencia en
cualquier circunstancia y no puede ser obligado a obrar en contra de ella
(6). Precisamente por eso, nadie puede ser obligado a aceptar por la fuerza
una determinada religi�n, sean cuales fueren las circunstancias o los
motivos.
La Declaraci�n universal de derechos humanos reconoce que el derecho a la
libertad religiosa incluye el derecho a manifestar las propias creencias,
tanto individualmente como con otros, en p�blico o en privado (7). A pesar
de ello, existen a�n hoy lugares en los que el derecho a reunirse por
motivos de culto, o no es reconocido o est� limitado a los miembros de una
sola religi�n. Esta grave violaci�n de uno de los derechos fundamentales de
la persona es causa de enormes sufrimientos para los creyentes. Cuando un
Estado concede un estatuto especial a una religi�n, esto no puede hacerse
en detrimento de las otras. Sin embargo, es notorio que hay naciones en las
que individuos, familias y grupos enteros siguen siendo discriminados y
marginados a causa de su credo religioso.
Tampoco se debe pasar por alto otro problema indirectamente relacionado con
la libertad religiosa. A veces se crean entre comunidades o pueblos de
diferentes convicciones y culturas religiosas tensiones crecientes que, por
la pasi�n suscitada, terminan por transformarse en conflictos violentos. El
recurso a la violencia en nombre del propio credo religioso es una
deformaci�n de las ense�anzas mismas de las principales religiones. Como
han repetido tantas veces diversos exponentes religiosos, tambi�n yo
reitero que el uso de la violencia no puede tener nunca una fundada
justificaci�n religiosa, y tampoco promueve el auge del aut�ntico
sentimiento religioso.
El derecho a participar
6. Cada ciudadano tiene derecho a participar en la vida de la propia
comunidad. �sta es una convicci�n generalmente compartida hoy en d�a. No
obstante, este derecho se desvanece cuando el proceso democr�tico pierde su
eficacia a causa del favoritismo y los fen�menos de corrupci�n, los cuales
no solamente impiden la leg�tima participaci�n en la gesti�n del poder,
sino que obstaculizan el acceso mismo a un disfrute equitativo de los
bienes y servicios comunes. Incluso las elecciones pueden ser manipuladas
con el fin de asegurar la victoria de ciertos partidos o personas. Se trata
de una ofensa a la democracia que conlleva consecuencias muy serias, puesto
que los ciudadanos, adem�s del derecho, tienen tambi�n la responsabilidad
de participar; cuando se les impide esto, pierden la esperanza de poder
intervenir eficazmente y se abandonan a una actitud de indiferencia pasiva.
De este modo, se hace pr�cticamente imposible el desarrollo de un sano
sistema democr�tico.
Recientemente se han adoptado diversas medidas para asegurar elecciones
leg�timas en Estados que intentan pasar con dificultad de una forma de
totalitarismo a un r�gimen democr�tico. Sin embargo, aun siendo �tiles y
eficaces en situaciones de emergencia, tales iniciativas no eximen del
esfuerzo que conlleva la creaci�n en los ciudadanos de una plataforma de
convicciones compartidas, con las cuales se evite definitivamente la
manipulaci�n del proceso democr�tico.
En el �mbito de la comunidad internacional, las naciones y los pueblos
tienen derecho a participar en las decisiones que con frecuencia modifican
profundamente su modo de vivir. El car�cter t�cnico de ciertos problemas
econ�micos provoca la tendencia a limitar su discusi�n a c�rculos
restringidos, con el consiguiente peligro de concentraci�n del poder
pol�tico y financiero en un n�mero limitado de gobiernos o grupos de
inter�s. La b�squeda del bien com�n nacional e internacional exige poner en
pr�ctica, tambi�n en el campo econ�mico, el derecho de todos a participar
en las decisiones que les conciernen.
Una forma particularmente grave de discriminaci�n
7. Una de las formas m�s dram�ticas de discriminaci�n consiste en negar a
grupos �tnicos y minor�as nacionales el derecho fundamental a existir como
tales. Esto ocurre cuando se intenta su supresi�n o deportaci�n, o tambi�n
cuando se pretende debilitar su identidad �tnica hasta hacerlos
irreconocibles. �Se puede permanecer en silencio ante cr�menes tan graves
contra la humanidad? Ning�n esfuerzo ha de considerarse excesivo cuando se
trata de poner t�rmino a semejantes aberraciones, indignas de la persona
humana.
Un signo positivo de la creciente voluntad de los Estados de reconocer la
propia responsabilidad en la protecci�n de las v�ctimas de tales cr�menes y
en el compromiso por prevenirlos, es la reciente iniciativa de una
Conferencia diplom�tica de las Naciones Unidas, que, con una deliberaci�n
espec�fica, ha aprobado los Estatutos de un Tribunal penal internacional,
destinado a determinar las culpas y castigar a los responsables de los
cr�menes de genocidio, cr�menes contra la humanidad, cr�menes de guerra y
de agresi�n. Esta nueva instituci�n, si se constituye sobre buenas bases
jur�dicas, podr�a contribuir progresivamente a asegurar a escala mundial
una tutela eficaz de los derechos humanos.
Derecho a la propia realizaci�n
8. Todo ser humano posee capacidades innatas que han de ser desarrolladas.
De ello depende la plena realizaci�n de su personalidad y tambi�n su
conveniente inserci�n en el contexto social del propio ambiente. Por eso es
necesario, ante todo, proveer a la educaci�n apropiada de quienes comienzan
la aventura de la vida, pues de ello depende su �xito futuro.
Desde este punto de vista, �c�mo no preocuparse al ver que, en algunas de
las regiones m�s pobres del mundo, las oportunidades de formaci�n,
especialmente por lo que se refiere a la instrucci�n primaria, en realidad
est�n disminuyendo? Esto se debe a veces a la situaci�n econ�mica del pa�s,
que no permite retribuir convenientemente a los profesores. En otros casos,
parece haber dinero disponible para proyectos de prestigio o para la
educaci�n secundaria, pero no para la primaria. Cuando se limitan las
oportunidades formativas, especialmente para las ni�as, se predisponen
estructuras de discriminaci�n que pueden influir sobre el desarrollo
integral de la sociedad. El mundo acabar�a por estar dividido seg�n un
nuevo criterio: por una parte, Estados e individuos dotados de tecnolog�as
avanzadas y, por otra, pa�ses y personas con conocimientos y aptitudes muy
limitadas. Como es f�cil intuir, esto no har�a m�s que reforzar las ya
notables desigualdades econ�micas existentes no s�lo entre los Estados sino
incluso dentro de ellos. La educaci�n y la formaci�n profesional deben
estar en primera l�nea, tanto en los planes de los pa�ses en v�as de
desarrollo como en los programas de renovaci�n urbana y rural de los
pueblos econ�micamente m�s avanzados.
Otro derecho fundamental, de cuya realizaci�n depende la consecuci�n de un
nivel digno de vida es el derecho al trabajo. Sin �l, �c�mo se pueden
adquirir los alimentos, los vestidos, la casa, la asistencia m�dica y
tantas otras necesidades de la vida? Sin embargo, la falta de trabajo
representa hoy un grave problema: es incontable el n�mero de personas que
en muchas partes del mundo est�n afectadas por el desolador fen�meno del
desempleo. Es necesario y urgente que todos, especialmente los que tienen
en sus manos los hilos del poder pol�tico o econ�mico, hagan todo lo
posible para poner remedio a una situaci�n tan penosa. Aun siendo
necesarias, no es posible limitarse a las intervenciones de emergencia en
caso de desempleo, enfermedad o circunstancias semejantes que no dependen
de la voluntad de cada sujeto (8), sino que se ha de trabajar para que los
parados puedan asumir la responsabilidad de su propia existencia,
emancip�ndose de un r�gimen de asistencialismo humillante.
Progreso global en solidaridad
9. La r�pida carrera hacia la globalizaci�n de los sistemas econ�micos y
financieros, a su vez, hace m�s clara la urgencia de establecer qui�n debe
garantizar el bien com�n y global, y la realizaci�n de los derechos
econ�micos y sociales. El libre mercado de por s� no puede hacerlo, ya que,
en realidad, existen muchas necesidades humanas que no tienen salida en el
mercado. �Por encima de la l�gica de los intercambios a base de los
par�metros y de sus formas justas, existe algo que es debido al hombre
porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad� (9).
Los efectos de las recientes crisis econ�micas y financieras han
repercutido gravemente sobre muchas personas, reducidas a condiciones de
extrema pobreza. Muchas de ellas s�lo desde hac�a poco tiempo hab�an
alcanzado una situaci�n que justificaba su esperanza con vistas al futuro.
Sin ninguna responsabilidad por su parte, tales esperanzas se han visto
cruelmente truncadas, con consecuencias tr�gicas para ellos y para sus
hijos. Y �c�mo ignorar los efectos de las fluctuaciones de los mercados
financieros? Es urgente una nueva visi�n de progreso global en la
solidaridad, que prevea un desarrollo integral y sostenible de la sociedad,
permitiendo a cada uno de sus miembros llevar a cabo sus potencialidades.
En este contexto, dirijo un llamamiento apremiante a los que tienen la
responsabilidad a escala mundial de las relaciones econ�micas, para que se
interesen por la soluci�n del problema acuciante de la deuda externa de las
naciones m�s pobres. A este respecto, instituciones financieras
internacionales han tomado una iniciativa concreta digna de aprecio. Dirijo
mi llamamiento a todos los que est�n interesados en este problema,
especialmente a las naciones m�s ricas, para que den el apoyo necesario que
asegure el pleno �xito de esta iniciativa. Es preciso un esfuerzo r�pido y
vigoroso que permita al mayor n�mero posible de pa�ses, frente al a�o 2000,
salir de una situaci�n ya insostenible. Estoy seguro de que el di�logo
entre las instituciones competentes, si est� animado por una voluntad de
entendimiento, llevar� a una soluci�n satisfactoria y definitiva. De ese
modo, ser� posible un desarrollo duradero para las naciones m�s
desfavorecidas, y el milenio que tenemos por delante ser� tambi�n para
ellas un tiempo de esperanza renovada.
Responsabilidad con respecto al medio ambiente
10. Con la promoci�n de la dignidad humana se relaciona el derecho a un
medio ambiente sano, ya que �ste pone de relieve el dinamismo de las
relaciones entre el individuo y la sociedad. Un conjunto de normas
internacionales, regionales y nacionales sobre el medio ambiente est� dando
gradualmente forma jur�dica a este derecho. Sin embargo, por s� solas, las
medidas jur�dicas no son suficientes. El peligro de da�os graves a la
tierra y al mar, al clima, a la flora y a la fauna, exige un cambio
profundo en el estilo de vida t�pico de la moderna sociedad de consumo,
particularmente en los pa�ses m�s ricos. No se debe subestimar otro riesgo,
aunque sea menos dr�stico: empujados por la necesidad, los que viven
m�seramente en las �reas rurales pueden llegar a explotar por encima de sus
l�mites la poca tierra de que disponen. Por eso, se debe favorecer una
formaci�n espec�fica que les ense�e c�mo armonizar el cultivo de la tierra
con el respeto al medio ambiente.
El presente y el futuro del mundo dependen de la salvaguardia de la
creaci�n, porque hay una constante interacci�n entre la persona humana y la
naturaleza. El poner el bien del ser humano en el centro de la atenci�n por
el medio ambiente es, en realidad, el modo m�s seguro para salvaguardar la
creaci�n, pues as� se estimula la responsabilidad de cada uno en relaci�n
con los recursos naturales y su uso racional.
El derecho a la paz
11. La promoci�n del derecho a la paz asegura, en cierto modo, el respeto
de todos los otros derechos, porque favorece la construcci�n de una
sociedad en cuyo seno las relaciones de fuerza se sustituyen por relaciones
de colaboraci�n con vistas al bien com�n. La situaci�n actual prueba
sobradamente el fracaso del recurso a la violencia como medio para resolver
los problemas pol�ticos y sociales. La guerra destruye, no edifica;
debilita las bases morales de la sociedad y crea ulteriores divisiones y
tensiones persistentes. No obstante, las noticias contin�an hablando de
guerras y conflictos armados, con un sinf�n de v�ctimas. �Cu�ntas veces mis
predecesores y yo mismo hemos implorado el fin de estos horrores!
Continuar� haci�ndolo hasta que se comprenda que la guerra es el fracaso de
todo aut�ntico humanismo (10).
Gracias a Dios, son muchos los pasos que se han dado en algunas regiones
hacia la consolidaci�n de la paz. Se debe reconocer el gran m�rito de
aquellos pol�ticos decididos que tienen el valor de continuar las
negociaciones incluso cuando la situaci�n parece hacerlas imposibles. Pero,
a la vez, �c�mo no denunciar las matanzas que contin�an en otras partes,
con la deportaci�n de pueblos enteros de sus tierras y la destrucci�n de
casas y cultivos? Ante las v�ctimas ya incontables, me dirijo a los
responsables de las naciones y a los hombres de buena voluntad para que
acudan en auxilio de los que est�n implicados en atroces conflictos,
especialmente en Africa, tal vez inspirados por intereses econ�micos
externos, y les ayuden a poner fin a los mismos. Un paso concreto en este
sentido es seguramente la abolici�n del tr�fico de armas hacia los pa�ses
en guerra y el apoyo a los responsables de esos pueblos en la b�squeda de
la v�a del di�logo. ��sta es la v�a digna del hombre; �sta es la v�a de la
paz!
Mi pensamiento se dirige con aflicci�n a quienes viven y crecen en un
ambiente de guerra, a quienes no han conocido m�s que conflictos y
violencias. Los que sobrevivan llevar�n para el resto de su vida las
heridas de tan terrible experiencia. Y �qu� decir de los ni�os soldados?
�Se puede aceptar en alg�n caso que se arruinen as� estas vidas apenas
estrenadas? Adiestrados para matar, y a menudo empujados a hacerlo, estos
ni�os tendr�n graves problemas en su posterior inserci�n en la sociedad
civil. Si se interrumpe su educaci�n y se da�a su capacidad de trabajo,
�qu� consecuencias para su futuro! Los ni�os tienen necesidad de paz;
tienen derecho a ella.
Al recuerdo de estos ni�os quisiera unir el de los muchachos v�ctimas de
las minas antipersonales y de otros medios de guerra. A pesar de los
esfuerzos ya realizados para limpiar los campos minados, se asiste ahora a
una paradoja incre�ble e inhumana: desobedeciendo a la voluntad claramente
expresada por los gobiernos y los pueblos de poner definitivamente fin al
uso de un arma tan perversa, se han seguido colocando otras minas en
lugares ya limpiados.
G�rmenes de guerra se difunden tambi�n por la proliferaci�n masiva e
incontrolada de armas ligeras que, al parecer, circulan libremente de un
�rea de conflicto a otra, sembrando violencia a lo largo de su recorrido.
Corresponde a los gobiernos adoptar medidas apropiadas para el control de
la producci�n, la venta, la importaci�n y la exportaci�n de estos
instrumentos de muerte. S�lo de ese modo es posible afrontar eficazmente en
su conjunto el problema del considerable tr�fico il�cito de armas.
Una cultura de los derechos humanos, responsabilidad de todos
12. No es posible ahora extendernos sobre este punto. Quisiera destacar,
sin embargo, que ning�n derecho humano est� seguro si no nos comprometemos
a tutelarlos todos. Cuando se acepta sin reaccionar la violaci�n de uno
cualquiera de los derechos humanos fundamentales, todos los dem�s est�n en
peligro. Es indispensable, por lo tanto, un planteamiento global del tema
de los derechos humanos y un compromiso serio en su defensa. S�lo cuando
una cultura de los derechos humanos, respetuosa con las diversas
tradiciones, se convie
rte en parte integrante del patrimonio moral de la
humanidad, se puede mirar con serenidad y confianza al futuro.
En efecto, �c�mo podr�a existir la guerra, si cada derecho humano fuera
respetado? El respeto integral de los derechos humanos es el camino m�s
seguro para estrechar relaciones s�lidas entre los Estados. La cultura de
los derechos humanos no puede ser sino cultura de paz. Toda violaci�n de
los mismos contiene en s� el germen de un posible conflicto. Ya mi venerado
predecesor el siervo de Dios P�o XII, al final de la segunda guerra
mundial, hac�a la pregunta: �Cuando un pueblo es expulsado por la fuerza,
�qui�n tendr�a el valor de prometer seguridad al resto del mundo en el
contexto de una paz duradera?� (11).
Para promover una cultura de los derechos humanos que repercuta en las
conciencias, es necesaria la colaboraci�n de todas las fuerzas sociales.
Quisiera referirme espec�ficamente al papel de los medios de comunicaci�n
social, tan importantes en la formaci�n de la opini�n p�blica y, por
consiguiente, en la orientaci�n de los comportamientos de los ciudadanos.
Al mismo tiempo que es innegable su responsabilidad en aquellas violaciones
de los derechos humanos que tienen su origen en la exaltaci�n de la
violencia eventualmente fomentada en ellos, es justo reconocerles el m�rito
de las nobles iniciativas de di�logo y solidaridad que han madurado gracias
a los mensajes difundidos en los mismos medios en favor de la comprensi�n
rec�proca y de la paz.
Tiempo de opciones, tiempo de esperanza
13. El nuevo milenio est� ya a las puertas y su cercan�a ha alimentado en
los corazones de muchos la esperanza de un mundo m�s justo y solidario. Es
una aspiraci�n que puede, m�s a�n, debe ser llevada a t�rmino.
En esta perspectiva, me dirijo ahora en particular a todos vosotros,
queridos hermanos y hermanas en Cristo, que en las distintas partes del
mundo tom�is el Evangelio como norma de vida: �haceos heraldos de la
dignidad del hombre! La fe nos ense�a que toda persona ha sido creada a
imagen y semejanza de Dios. Ante el rechazo del hombre, el amor del Padre
celestial permanece fiel; su amor no tiene fronteras. �l ha enviado a su
Hijo Jes�s para redimir a cada persona, restituy�ndole su plena dignidad
(12). Ante tal actitud, �c�mo podr�amos excluir a alguno de nuestra
atenci�n? Al contrario, debemos reconocer a Cristo en los m�s pobres y
marginados, a los que la Eucarist�a, comuni�n con el cuerpo y la sangre de
Cristo ofrecidos por nosotros, nos compromete a servir (13). Como indica
claramente la par�bola del rico, que quedar� siempre sin nombre, y del
pobre llamado L�zaro, �en el fuerte contraste entre ricos insensibles y
pobres necesitados de todo, Dios est� de parte de estos �ltimos� (14).
Tambi�n nosotros debemos ponernos de su parte.
El tercer a�o, y �ltimo, de preparaci�n al jubileo est� marcado por una
peregrinaci�n espiritual hacia el Padre: cada uno es invitado a un camino
de aut�ntica conversi�n, que conlleva el abandono del mal y la positiva
elecci�n del bien. Ya en el umbral del a�o 2000, es deber nuestro tutelar
con renovado empe�o la dignidad de los pobres y de los marginados y
reconocer concretamente los derechos de los que no tienen derechos.
Elevemos juntos la voz por ellos, viviendo en plenitud la misi�n que Cristo
ha confiado a sus disc�pulos. �ste es el esp�ritu del jubileo ya inminente
(15).
Jes�s nos ha ense�ado a llamar a Dios con el nombre de Padre, �Abb�,
revel�ndonos as� la profundidad de nuestra relaci�n con �l. Su amor a cada
persona y a toda la humanidad es infinito y eterno. Son elocuentes a este
prop�sito las palabras de Dios en el libro del profeta Isa�as:
��Acaso olvida una mujer a su ni�o de pecho, sin compadecerse del hijo de
sus entra�as? Pues aunque �sas llegasen a olvidar, yo no te olvido. M�ralo,
en las palmas de mis manos te tengo tatuada� (Is 49, 15-16).
Aceptemos la invitaci�n a compartir este amor. En �l est� el secreto del
respeto de los derechos de cada mujer y de cada hombre. El alba del nuevo
milenio nos encontrar� as� mejor dispuestos para construir juntos la paz.
Vaticano, 8 de diciembre de 1998.
(1) Cf. �Redemptor hominis�, (4 de marzo de 1979), 17: AAS 71 (1979)
296.
(2) �Declaraci�n universal de derechos humanos�, Pre�mbulo, primer p�rrafo.
(3) V�ase, en particular, la �Declaraci�n de Viena� (25 de junio de 1993),
Pre�mbulo, 2.
(4) Evangelium vitae (25 de marzo de 1995), 57: �AAS� 87 (1995) 465.
(5) Cf. ib., 10, l.c., 412.
(6) Cf. �Dignitatis humanae�, 3.
(7) Cf. art. 18.
(8) Cf. �Declaraci�n universal de derechos humanos�, art. 25, 1.
(9) �Centesimus annus� (1 de mayo de 1991), 34: �AAS� 83 (1991) 836.
(10) Cf. a este prop�sito el �Catecismo de la Iglesia cat�lica�, nn.
2307-2317.
(11) Discurso a una comisi�n del Congreso de los Estados Unidos de Am�rica
(21 de agosto de 1945): �Discorsi e Radiomessaggi di S.S. Pio XII�, VII
(1945-1946), 141.
(12) Cf. �Redemptor hominis� (4 de marzo de 1979), 13-14: �AAS� 71 (1979)
282-286.
(13) Cf. �Catecismo de la Iglesia cat�lica�, n. 1397.
(14) �Angelus� del 27 de septiembre de 1998, n. 1: �L'Osservatore Romano�,
edici�n semanal en lengua espa�ola, 2 de octubre de 1998, p. 1.
(15) Cf. �Tertio millennio adveniente� (10 de noviembre de 1994), 49-51:
�AAS� 87 (1995) 35-36.
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