Pablo

         Por: PATRICIA V�SQUEZ 

Los cementerios son como hoteles adonde vienen a dormir los
muertos. Eso dijo el cura el domingo en el serm�n. Para ella fue un
alivio imaginar que segu�an cerca, que sus almas no se iban para
ninguna parte, y que tal vez, despu�s de todo, la muerte no era para
siempre. Ellos: familia, vecinos y amigos, se fueron yendo a medida
que los asesinaron: de frente o a mansalva, en el pueblo o cerca de la
desembocadura del r�o.

Pablo y ella quedaron solos. Por eso ten�an planeado irse
lejos. Quer�an embarcarse en el Augusta, que lleg� a cargar banano
para llevar a la ciudad alemana de Dresde. Los dos quer�an emigrar,
aunque les dol�a dejar a sus muertos. Les dol�a dejar su casa, su
tierra, sus animales. Pero ambos ten�an la vida prestada. La �ltima
vez que vinieron, con sus uniformes deste�idos, sus malos modos y sus
fusiles, llegaron con una lista y buscaron. Despu�s los formaron en
una fila, los amarraron de pies y manos y los acribillaron.

El d�a en que muri� Pablo, mataron a quince. Quince compa�eros, quince
vecinos, quince parientes. Todos hab�an nacido y crecido en el puerto.
Frente a la iglesia qued� la hilera de cuerpos destrozados. V�sceras
blandas enredadas entre botas, cuerdas, cruces y escapularios. Camisas
y pantalones enrojecidos y dispersos...

El Augusta zarp� al d�a siguiente de la masacre. Zarp� temprano. Desde
la ventana de su casa ella oy� varias veces su sirena
desolada. Imagin� su paso sereno por las aguas fr�as del
Atl�ntico. Imagin� las calles, los parques, el cielo y las plazas de
Dresde... Imagin� los almacenes, la comida, los hombres y mujeres... Y
vio claramente a Pablo.

Pablo iba en el Augusta, pero no como poliz�n, temblando de fr�o en
una bodega llena de bananos, sino en la cabina de mando con un
uniforme blanco. Cerr� los ojos y logr� verlo sonriendo,
salud�ndola... Luego se vio a s� misma subiendo por la escalerilla,
llegando a la plataforma, encontr�ndolo, abraz�ndolo. Pasaron algunos
minutos... Lo ve�a todav�a. Segu�an juntos.

Navegaban durante miles de a�os en el mismo barco, con la misma
sonrisa y el mismo uniforme blanco.

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