http://www.elpais.es/p/d/19981125/opinion/fuentes.htm
�Viva Chile, mierda!

                                          CARLOS FUENTES

Mi relaci�n con la Rep�blica de Chile es intensa, entra�able e inevitable.
Crec� y estudi� en Santiago
entre mis once y mis quince a�os. En el Bolet�n del Instituto Nacional de
Chile publiqu� mis primeros
escritos. Form� con otros j�venes de mi generaci�n amistades perdurables.
Educado, durante mi ni�ez,
en escuelas de Washington y la ciudad de M�xico, a horcajadas entre el
ingl�s y el castellano, mi pleno
ingreso a la lengua espa�ola tuvo lugar en Chile y asoci� para siempre en
mi �nimo la palabra y la
pol�tica. Chile, en 1940, era el pa�s del Frente Popular, gobernado por
radicales, socialistas y
comunistas y presidido por un jefe de Estado de inmensa probidad y decisi�n
reformista, comparables a
las de Franklin Roosevelt en los EEUU y L�zaro C�rdenas en M�xico: Pedro
Aguirre Cerda.

Pero era, asimismo, el pa�s de los m�s grandes poetas latinoamericanos,
Gabriela Mistral, Pablo
Neruda, Vicente Huidobro, para s�lo mencionar a tres estrellas de una
pl�yade impresionante.

Mis amigos, mis estudios, mi pasi�n inseparable por la vida p�blica y la
vida literaria se confirmaron
para siempre en Chile. Desde entonces, he seguido con pasi�n, jubilosa a
veces, otras dolorosa, los
acontecimientos de esa segunda patria m�a, ra�z de mi palabra y de mi
conciencia.

Conocedor de la larga historia de las instituciones pol�ticas chilenas, ni
me sorprendi� ni me alarm� el
triunfo de la Unidad Popular y de su candidato, el doctor Salvador Allende,
en 1970. Desde el siglo
XIX, mientras el resto de la Am�rica espa�ola se debat�a, en palabras de
Germ�n Arciniegas, "entre la
libertad y el miedo", entre la anarqu�a y la dictadura, Chile constru�a
instituciones de Estado �nicas en
Latinoam�rica. Mientras M�xico era humillado por Santa Anna y la Argentina
ensangrentada por Rosas,
un viajero ingl�s, Basil Hall, pod�a decir de Chile: "Aunque la situaci�n
del campesino no ha cambiado,
la �lite chilena ha obtenido la independencia pol�tica, la libertad y la
seguridad de su persona y su
propiedad, la participaci�n en el gobierno, la libertad del mercado y la
posesi�n de la libertad civil".

Chile fue la primera rep�blica latinoamericana que cre� lo que podr�a
llamarse una "democracia para la
aristocracia" durante el siglo XIX. El ascenso y el derrumbe de esa clase
han sido admirablemente
descritos por Jos� Donoso y por Isabel Allende. Las clases dominantes
organizaron la sociedad y se
otorgaron libertades a s� mismas, pero tambi�n convirtieron a Chile en "el
asilo contra la opresi�n",
seg�n reza su himno nacional. Sarmiento, Bello, la gran inteligencia
latinoamericana del momento,
encontr� refugio y trabajo en Chile, el pa�s del elitismo democr�tico.

En nuestro siglo, a la libertad de la �lite se sum� la libertad popular
ganada en las grandes huelgas
obreras y la formaci�n de los partidos pol�ticos modernos a partir de las
crisis econ�micas ligadas a la
producci�n del nitrato y del cobre. El Frente Popular y su presidente
democr�ticamente electo, Aguirre
Cerda, implementaron las reformas -seguridad social, escuela, maternidad,
salario, empleo- que le
dieron a Chile su base democr�tica continuada, a pesar de la abyecci�n
macartista de Gonz�lez Videla,
por los presidentes Jorge Alessandri y Eduardo Frei Montalva.

Pensar que Allende y la UP, con reducida mayor�a parlamentaria y en un
entorno multipartidista, pod�an
establecer una "dictadura comunista" o perpetuarse en el poder, es una
hip�tesis insostenible. Dentro del
marco constitucional chileno, Allende y la UP pod�an ser derrotados en la
siguiente elecci�n y se
hubiesen sometido a la voluntad popular adversa, como se someti� el
derechista autoritario Carlos
Ib��ez del Campo en 1964. La Unidad Popular no contaba -los hechos lo
demostraron- con el apoyo
armado necesario para establecer la inveros�mil dictadura que, en efecto,
las fuerzas castrenses de Chile
s� establecieron con el pretexto de impedir la dictadura marxista
-imposible- en Chile.

La elecci�n de Allende tuvo la desgracia de ocurrir en pleno apogeo de la
guerra fr�a. Las palabras
"marxista", "socialista", "comunista" provocaban, como al perro de Pavlov,
reflejos condicionados en la
CIA, la Casa Blanca y el Departamento de Estado. La fatal -para los
culpables- publicidad de los
archivos de gobierno norteamericanos pasado cierto tiempo, demuestra hasta
qu� grado el Gobierno de
Richard Nixon fue responsable, primero, de una conspiraci�n para impedir
que Allende ganase en las
elecciones y, una vez instalado en la presidencia, para desestabilizar a su
Gobierno. El consejero de
seguridad nacional de Nixon, Henry Kissinger, lo anunci� con todas sus
letras: "No veo por qu� hemos
de paralizarnos viendo a un pa�s derivar hacia el comunismo debido a la
irresponsabilidad de su propio
pueblo". Democracia, R.I.P.

La guerra fr�a era el pretexto y el espectro que los EEUU hab�an esgrimido
ya contra Guatemala y Cuba
antes y que usar�an contra Nicaragua despu�s. La intervenci�n contra
gobiernos de origen revolucionario
-Cuba y Nicaragua- era parte esencial de la guerra fr�a norteamericana.
Esta intervenci�n, inadmisible en
todos los casos (M�xico la sufri� repetidamente entre 1911 y 1933) adquir�a
perfiles de esc�ndalo
cuando su prop�sito era derrocar a gobiernos democr�ticamente electos:
Arbenz en Guatemala, Allende
en Chile. En contra de M�xico, Cuba o Nicaragua, los EEUU hac�an caso omiso
de su propio origen
revolucionario en 1776. Pero en contra de Guatemala y Chile pon�an en tela
de juicio los valores
democr�ticos que dec�an defender mundialmente. Guatemala y Chile despojaron
de toda legitimidad la
pol�tica de los EEUU en Latinoam�rica: en nombre de la democracia, se
derrocaba a la democracia para
instalar, en su lugar, a dictaduras represivas y totalitarias... para
defender a la democracia.

Podr�amos, en el mejor de los casos y con exceso de buena voluntad,
entender las razones estrat�gicas
de los EEUU en la guerra fr�a. Pero las razones de los traidores internos
-Castillo Armas en Guatemala,
Pinochet en Chile- pertenecen al orden de la deslealtad al juramento
prestado, en aras de una ambici�n
injustificable. Victoriano Huerta y Carlos Castillo Armas son los traidores
protot�picos de esta especie de
golpistas militares latinoamericanos. Augusto Pinochet fue m�s lejos. Su
estirpe es la de los macabros
personajes shakesperianos, Macbeth o Ricardo III, ba�ados en sangre,
hedonistas de la crueldad,
inviolables en la sagrada satisfacci�n de sus cr�menes.

Hay en Pinochet, adem�s, un elemento de repugnante humor negro que ni
Hitler ni Stalin se hubiesen
permitido. "Cuidado con mi marido, tiene la mano muy dura", dijo la se�ora
Pinochet a ra�z del golpe de septiembre de 1973. La mano dura y el cinismo
flojo. �Por qu� mand� enterrar Pinochet a sus v�ctimas
de a dos por caj�n de muerto? Para ahorrarle dinero al Estado, contest� el
Macbeth chileno. Y son
dignas de RicardoIII las palabras grabadas para la posteridad en que
Pinochet ordena a uno de sus
secuaces mandar al exilio a Allende en un avi�n s�lo para hacerlo volar en
pleno vuelo.

Ninguno de los pretextos invocados para justificar la atroz dictadura del
general Pinochet se sostienen.

Pinochet no impidi� una dictadura marxista en Chile porque el pueblo
chileno, democr�ticamente, le
hubiese negado su apoyo a Salvador Allende en las siguientes elecciones si
las tradiciones de libertad y
pluralismo chilenas hubiesen sido violadas por su Gobierno. Quien viol�
esas libertades fue Pinochet,
nunca Allende.

Pinochet restaur� la econom�a chilena devastada por Allende. Pero Allende
no arruin� a Chile: debi�
sufrir el ataque frontal, la discriminaci�n abierta y la conspiraci�n
solapada del Gobierno de Richard
Nixon y de sus aliados pol�ticos y econ�micos en Chile. En todo caso, le
tom� quince a�os a Pinochet
volver a alcanzar los niveles de producci�n del r�gimen socialista y el
eventual �xito de los neoliberales
chicos de Chicago tiene que ser medido con dos varas. Una es la creciente
desigualdad entre pobres y
ricos. En 1982, la econom�a chilena sufri� un declive del 15%, "el m�s
pronunciado en Am�rica Latina
durante un a�o de recesi�n generalizada en Latinoam�rica", nos recuerda
Arturo Valenzuela en un libro
esencial sobre la dictadura pinochetista, Naci�n de enemigos, contratado
pero inexplicablemente in�dito
por parte del Fondo de Cultura Econ�mica. La restauraci�n econ�mica de
Chile, nos demuestra
Valenzuela, no se debi� a la pureza del mercado, sino a un acrecentado
intervencionismo de Estado: el
70% de los bancos, la deuda externa de veinte mil millones de d�lares y la
aplicaci�n de las leyes de
expropiaci�n empleadas por el propio Allende. Es decir, como en los EEUU de
Reagan, la econom�a
capitalista fue salvada por la intervenci�n del Estado. Las razones de
Keynes, muchas veces, siguen
superando a las de Friedman.

En todo caso, �justifica la salud econ�mica de Chile -relativa y en un pa�s
peque�o- cuatro mil
asesinatos, secuestros, encarcelamientos y torturas de seres inocentes,
chilenos y extranjeros? �Justifica la macroeconom�a la violaci�n masiva de
los derechos humanos en Chile? A Mussolini se le elogi�
porque hizo que los trenes italianos partieran y arribaran puntualmente. A
Hitler, porque restaur� la
econom�a inflacionaria de Weimar con industrias cuyos tanques y aviones, al
cabo, armaron la Segunda
Guerra Mundial y cuyos productos qu�micos produjeron el gas Cicl�n B,
empleado en las c�maras de
gases del universo concentracionario.

Conced�mosle al general Pinochet la astucia de su oportunismo final. Se dio
cuenta a tiempo de que con
el fin de la guerra fr�a su anticomunismo de ocasi�n ya no redituar�a y los
EEUU, como es su
costumbre, dejar�an caer al tirano inc�modo como una papa caliente. �Se
imaginan ustedes la
coexistencia de Bill Clinton y Augusto Pinochet?

Por otra parte, ni siquiera la brutalidad y el terror pinochetistas pod�an
matar la tradici�n democr�tica
chilena. La huelga del 11 de mayo de 1983 -estudiantes, obreros, amas de
casa- lo puso de manifiesto.
Pinochet dise�� en ese momento una transici�n a su medida, asegur�ndose el
control de la legislatura
mediante una mayor�a pinochetista inamovible en el Senado y, finalmente, un
estatus de impunidad
personal como senador Pinochet ex oficio.

Hoy, ese dise�o maquiav�lico y la impunidad que Pinochet erigi� para su
protecci�n, y que por ello
mismo lo delata, ha sido puesta a prueba por el juez espa�ol Baltasar
Garz�n. Todos conocen, d�a con
d�a, las peripecias de la solicitud de extradici�n girada por Garz�n contra
el senador Pinochet,
hospitalizado en Londres despu�s de tomar el t� con su amiga la se�ora
Thatcher.

Los cr�menes de Pinochet suman una lista cruel e innegable. Hoy, como el
fantasma de Banquo regres�
a los fastos de Macbeth en el castillo de Dunsimane, los fantasmas de Jara,
Letelier, Prats, Leighton,
Schneider, Violeta Parra y cuatro mil chilenos m�s regresan a espantar al
tirano, pero esta vez con una
vanguardia de v�ctimas espa�olas, francesas, suizas y norteamericanas que
justifican la solicitud de
extradici�n a fin de que Pinochet responda por cr�menes concretos contra
ciudadanos extranjeros, ya que
�l mismo se ha eximido de culpabilidad por sus cr�menes contra los
chilenos. Distingamos y admitamos:
buena suerte y admiraci�n para el magistrado chileno Juan Guzm�n Tapia, que
ha dado entrada a once
querellas criminales contra Pinochet en Chile mismo. Pero la jurisdicci�n
interna de Chile no abarca ni
agota las otras jurisdicciones nacionales en defensa de las v�ctimas
extranjeras de Pinochet, ni el
concepto mismo de la universalizaci�n de la defensa de los derechos humanos.

Los argumentos que defienden a Pinochet carecen de base. La norma del
common law ingl�s que
perdona los cr�menes cometidos por un jefe de Estado en funciones se
remonta a los asesinatos de los
principitos por RicardoIII en la Torre de Londres y a la decapitaci�n
sumaria de esposas indeseables por
EnriqueVIII. La C�mara de los Lores dar� su parecer sobre tan extravagante
razonamiento. Una
eminente miembro de la C�mara, la baronesa Callahan (Margaret Jay),
seguramente condenar� a
Pinochet. Pero quiz�s lady Thatcher vote en favor de la inmunidad del
dictador, olvid�ndose que felicit�
al presidente George Bush cuando el general Manuel Noriega fue secuestrado
y encarcelado por
cr�menes menores a los de Pinochet. Ambos eran gobernantes de facto.

De aceptarse tan exc�ntrico criterio, Hitler, �l s�, electo
democr�ticamente por abrumadora mayor�a como
canciller del Reich 1993, ser�a inocente del genocidio perpetrado contra
jud�os, cat�licos, comunistas,
gitanos, homosexuales y eslavos y hubiese podido pasar sus �ltimos a�os,
tranquilamente en Paraguay,
o, por qu� no, tomando el t� con lady Thatcher en Londres.

Los secuaces de Hitler, que no eran jefes de Estado (con la flagrante
excepci�n del almirante Karl
Doenitz, sucesor de Hitler como canciller), fueron condenados en N�remberg
de acuerdo con criterios
novedosos, por no decir her�ticos, que pon�an en tela de juicio el
principio central del orden penal desde
los tiempos de Roma: nullum crimen, nulla poena sine previa lege penale.
Los jueces de N�remberg
inauguraron una nueva era del derecho penal internacional invocando
criterios universales del derecho de
gentes que, de ser violados, merecer�an un castigo cuya ausencia ser�a, en
s� mismo, un delito.

A partir de N�remberg, los instrumentos de defensa de los derechos humanos
y castigo para quienes los
violan, han ido adquiriendo dos dimensiones imprevistas en el derecho penal
cl�sico.

El primero es la universalidad. El segundo es la imprescriptibilidad.

El techo del poder o el amparo del territorio nacional pueden proteger a un
criminal pol�tico contra la
justicia. Pero a lo m�s que puede aspirar el delincuente es a ser un
prisionero en su patria o un pr�fugo
internacional. Muchos militares chilenos y argentinos se acogen a la
primera soluci�n. Un Eichmann, un
Barbie, acaban por pagar sus culpas, en Israel o en Francia.

En todo caso, hoy est� sentado que los cr�menes contra la humanidad no
prescriben. No dependen de la
excepci�n territorial o de la invocaci�n a la soberan�a. No dependen de la
creaci�n de tribunales ad-hoc
como los dise�ados para Ruanda o la antigua Yugoslavia. En ausencia de un
tribunal internacional
permanente para juzgar delitos contra los derechos humanos, el car�cter
universal e imprescriptible de
los mismos otorga a las instancias judiciales pertinentes de cualquier pa�s
el derecho a actuar para juzgar
y en su caso, castigar a quienes -jefes de Estado o subordinados- violen la
vida y la seguridad de los
ciudadanos nacionales que jueces como Baltasar Garz�n est�n obligados a
proteger. N�tidamente, el
nuevo jefe del Gobierno italiano, el pol�tico e intelectual de excepci�n
que es Massimo d'Alema, lo acaba
de declarar: corresponde a las magistraturas, no a los gobiernos, juzgar
los delitos contra los derechos
humanos.

�Polariza el caso Pinochet a la sociedad chilena? Jorge Edwards nos informa
que s�lo a los extremos
minoritarios de la derecha y la izquierda tradicionales. �Pone en jaque la
transici�n democr�tica que se ha
venido realizando en Chile? Si esto es cierto, yo me pregunto cu�ntos
chilenos, como Ariel Dorfman, no
prefieren, al fin y al cabo, una polarizaci�n democr�tica, una toma de
posiciones pluralista y renovada,
sin la carga de culpas tan graves como lo son los cr�menes del r�gimen
pinochetista, sin la simulaci�n
que impone el perd�n de lo imperdonable, y sin las trampas que deforman a
la propia transici�n con el
�nico objeto de proteger al general Pinochet y a los torturadores,
asesinos, y secuestradores que
formaron su s�quito, su guardia de hierro.

Sean cuales sean los traumas a los que el juicio contra Pinochet sujete a
Chile, la naci�n del sur, mi
segunda patria, saldr� ganando si se limpia de verdad, no de mentiras, de
las atrocidades del pasado y
los chilenos vuelven a exclamar, como les gusta hacerlo en momentos de
victoria colectiva, �Viva
Chile, mierda!


Carlos Fuentes es escritor mexicano.


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