La voz del Papa - Junto al Papa Por Javier Echevarr�a FRASE: Esta columna se enriquece hoy con una colaboraci�n de monse�or Javier Echevarr�a, obispo prelado del Opus Dei, escrita en Roma al acercarse el vig�simo aniversario de la elecci�n de Juan Pablo II, el 16 de octubre, y de la inauguraci�n de su Pontificado, el 22 de octubre Entre otros recuerdos de Juan Pablo II, uno en particular acude con frecuencia a mi memoria. Me contaron que el Papa, al t�rmino de una larga jornada de trabajo, recibi� un d�a en su apartamento privado a una persona. Era visible el cansancio de Juan Pablo II, que se acercaba con caminar lento. Esa persona, despu�s de saludar y besar la mano al Santo Padre, le coment� filialmente: "Santidad, est� usted muy cansado...". Juan Pablo II contest�: "A esta hora no tengo derecho a no estar cansado. Si no estuviera cansado, ser�a se�al de que no he cumplido con mi deber". Me gusta regresar a aquellas palabras, para profundizar en su significado. Pienso que muestran c�mo se ve el Papa a s� mismo. Para �l, la responsabilidad que Dios le ha encomendado est� por encima de cualquier otra consideraci�n. Su salud y su tiempo, su misi�n y su vida pertenecen a Dios y, por Dios, a los dem�s. Con una curiosidad que nace del cari�o y de la fe, algunas personas han preguntado al Papa: �C�mo es su oraci�n personal? �Qu� le dice a Dios, en la intimidad de su coraz�n? Juan Pablo II respondi� en una ocasi�n del siguiente modo: "La oraci�n del Papa tiene una dimensi�n especial. La solicitud por todas las iglesias impone cada d�a al Pont�fice peregrinar por el mundo entero rezando con el pensamiento y con el coraz�n. Queda perfilada as� una especie de geograf�a de la oraci�n del Papa. Es la geograf�a de las comunidades, de las iglesias, de las sociedades y tambi�n de los problemas que angustian al mundo contempor�neo" (Cruzando el umbral de la esperanza, p. 44). Peregrinar con la oraci�n. Rezar por los hombres y por sus problemas. "Viajes" que Juan Pablo II realiza con el "pensamiento y con el coraz�n", para cumplir su misi�n de Pont�fice, de puente entre Dios y los hombres. As� es la oraci�n del Papa, y as� se explica que quienes oyen su palabra adviertan que su voz no es la en�sima de ese clamor p�blico que a veces nos aturde. No resulta dif�cil percatarse de que el Santo Padre habla con autoridad: Con una autoridad que procede precisamente de Jes�s, de la Palabra con may�scula, de ese Evangelio que no pasar� aunque pasen el cielo y la tierra (cfr. Mt 5, 18). Porque la Iglesia entera anuncia a Jesucristo. Junto al Papa, millones de hombres se sienten unidos por los v�nculos de la fe, que est�n por encima de cualquier otro v�nculo de historia y cultura. Junto al Papa, se toca el misterio de la Iglesia como familia de Dios, y de cada hombre y mujer como hijos de Dios. No mienten esas im�genes de muchedumbres, a las que Juan Pablo II nos ha acostumbrado en estos veinte a�os: Ning�n l�der ha reunido nunca semejantes multitudes. Y para explicar el fen�meno no bastan la sociolog�a o la teor�a de la comunicaci�n. Detr�s de las palabras y de los gestos del Papa, detr�s del afecto un�nime -espont�neo y a la vez profundo- que suscita en todo el mundo, detr�s de la esperanza que transmite a los hombres de hoy, hay un designio de Dios valientemente asumido y una historia que remite a Jesucristo. Juan Pablo II, el d�a del aniversario de su elecci�n, recorrer� una vez m�s el mundo con su oraci�n. Con toda seguridad rezar� por nosotros y por nuestros problemas. En esa jornada, los cat�licos, y otros muchos hombres de buena voluntad, le recordar�n tambi�n en su oraci�n, pedir�n a Dios para el Santo Padre la alegr�a y la paz. Y sentir�n el deseo de agradecer la generosidad con la que ha ejercido en estos veinte a�os el sumo pontificado.
