Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
--------------------------------------------------

http://www.elpais.es/p/d/19991106/internac/muro.htm

S�bado
6 noviembre
1999 - N� 1282

La batalla de la libertad en Europa del Este

TIMOTHY GARTON ASH

Hace casi veinte a�os, alguien clav� un pedazo de papel en una cruz de
madera delante de los Astilleros Lenin de Gdansk. En toda Polonia, los
obreros estaban en huelga para exigir libertad sindical, una idea ins�lita
en la historia del comunismo. Todos los que est�bamos all� ten�amos la
sensaci�n de que los tanques sovi�ticos pod�an invadir el pa�s en cualquier
momento. En el papel hab�an escrito unos versos de Byron:

"Porque la batalla por la libertad, una vez empezada,
transmitida como legado de padre ensangrentado a hijo,
aunque a menudo confusa, siempre se gana".

Pero el huelguista desconocido que hab�a hecho esta dedicatoria omiti� la
palabra "ensangrentado". Porque la revoluci�n de los obreros polacos que
sacudi� el imperio sovi�tico en sus cimientos y dio a luz un nuevo
movimiento llamado Solidaridad deb�a ser una revoluci�n pac�fica.

Desde luego, hab�an existido anteriormente levantamientos a favor de la
libertad en el imperio sovi�tico, pero �ste era el primero que yo
presenciaba, y Solidaridad se convirti� en el rompehielos del final de la
guerra fr�a. El regreso triunfante de la organizaci�n, negociado en la
primera de muchas conversaciones celebradas en 1989, inici� la incre�ble
cadena de revoluciones pac�ficas que crearon el mundo en el que ahora
vivimos. Cada mes parec�a aportar alguna sorpresa nueva, m�gica e
imposible. Los comunistas reformistas de Hungr�a negociaron su propia
salida del poder, y acabaron con el tel�n de acero que les separaba de
Austria. Los polacos eligieron a un primer ministro no comunista. Los
alemanes del Este salieron a las calles en Leipzig al grito de "Somos el
pueblo". El 9 de noviembre se abri� el muro de Berl�n. Y despu�s estuve con
el dramaturgo V�clav Havel en el teatro de la Linterna M�gica de Praga,
mientras dirig�a su mejor obra: la revoluci�n de terciopelo.

Todo el a�o fue una sacudida emocional constante. Por ejemplo, el hijo de
mis amigos m�s �ntimos en Alemania Oriental, un joven airado de 21 a�os
llamado Joachim, huy� en el verano de Hungr�a a Austria. Mis amigos, que
viven en Berl�n Este, creyeron que tardar�an muchos a�os en volver a verle,
pese a que hab�a regresado para vivir a unos cuantos kil�metros, al otro
lado del muro, en Berl�n Oeste. Entonces cay� el muro, y tuvieron una raz�n
muy especial para unirse a la triunfal interpretaci�n que hizo Leonard
Bernstein del Himno a la alegr�a.

Diez a�os despu�s, �d�nde est�n aquellas personas, aquellos lugares,
aquellas emociones? A simple vista, podr�a pensarse que se ha ganado, por
fin, la batalla de la libertad. Muchos pa�ses postcomunistas est�n en medio
de un caos endiablado, por supuesto. Pero casi ninguno de ellos empez� su
camino con una revoluci�n de terciopelo. Las naciones centroeuropeas que s�
tuvieron revoluciones pac�ficas en 1989 son pa�ses libres, con democracias
relativamente estables y econom�as de mercado. Por incre�ble que parezca,
son miembros de la OTAN. Por primera vez en siglos, su libertad parece
asegurada en un futuro pr�ximo. Como dice el clich�, se han convertido en
pa�ses "normales" (aunque, en realidad, �sa es la normalidad de menos de un
sexto de la poblaci�n mundial).

Volar a Praga, Varsovia o Budapest, hoy en d�a, es una experiencia muy
parecida a volar a Lisboa, N�poles o Madrid. Y cuando llego all�, suelo
enterarme de que unos amigos que, hasta 1989, ten�an prohibido ir a ning�n
sitio, se encuentran de viaje, en Francia, Am�rica o Jap�n. Y me entero
cuando les llamo a sus tel�fonos m�viles.

�Final feliz, pues? No del todo. He pasado gran parte de este a�o viajando
por Europa Central con un equipo de televisi�n de la BBC, intentando
averiguar hasta d�nde se han cumplido las emocionantes esperanzas de
libertad. Ha sido una experiencia aleccionadora. A la serie que hemos
realizado le hemos dado el t�tulo de La batalla de la libertad, no s�lo por
aquel pedazo de papel sobre la cruz de madera, sino porque la vida en la
nueva libertad sigue siendo una lucha. De hecho, tengo la tentaci�n de
corregir a Byron y decir que la batalla de la libertad no se gana jam�s.

El viaje m�s deprimente es el que he hecho precisamente al lugar donde el
huelguista desconocido fij� esos versos heroicos y esperanzados: el
Astillero Lenin de Gdansk. El nombre y la estatua de Lenin desaparecieron
inmediatamente despu�s de la revoluci�n. Pero el astillero ha ido muy mal
desde entonces, y se declar� en bancarrota hace tres a�os. Ahora parece m�s
un museo de arqueolog�a industrial que un astillero en funcionamiento,
lleno de m�quinas viejas y oxidadas y maleza que llega hasta el pecho. Es
verdad que algunos antiguos empleados del astillero han encontrado buenos
puestos en el sector privado. Varios incluso se han hecho empresarios en
peque�as compa��as. Pero la mayor�a de ellos est�n desilusionados y llenos
de amargura.

Los obreros iniciaron la gran transformaci�n, dicen, y ahora son los que
han salido perdiendo. Algunos est�n en el paro. Los que trabajan ganan m�s,
en t�rminos reales, de lo que sol�an. Pero tambi�n tienen que trabajar
mucho m�s. (En los viejos tiempos -los malos tiempos-, corr�a esta broma:
"Hacemos como que trabajamos, y ellos hacen como que nos pagan.") Se pueden
comprar much�simas m�s cosas en las tiendas, y mayor proporci�n de
art�culos importados de Europa occidental. Pero los precios son
prohibitivos para unas personas que siguen ganando entre 30 y 50 d�lares
semanales . "Salarios del Este, precios de Occidente", es la nueva queja.

Un veterano de Solidaridad que a�n trabaja en el astillero, un viejo
electricista encantador y de rostro huesudo llamado Stanislaw Przybysz, me
cuenta que la gente le dice: "�Es esto por lo que luchamos?" Su hijo
Roland, que en la actualidad trabaja en una imprenta privada, a�ade: "Ahora
tengo pasaporte y, en teor�a, puedo viajar adonde quiera. Pero �para qu� me
sirve si no puedo pag�rmelo?" Ahora pueden decir lo que piensan, pero todos
tienen la sensaci�n de poner en peligro su empleo si se pronuncian con
demasiada energ�a en el lugar de trabajo. Roland lo dice dr�sticamente: "En
aquella �poca tem�amos a la polic�a secreta, ahora tememos a nuestro jefe".

Lo ir�nico es que ese jefe tambi�n es, a su vez, un antiguo obrero del
astillero. Ahora hablo con �l, elegantemente vestido con un chaleco marr�n,
chaqueta y corbata, y con una pulcra esposa a su lado, en su despacho,
limpio y moderno, mientras Roland trabaja como un animal en el taller, en
una atm�sfera cargada de emisiones producidas por las tintas de impresi�n.
El jefe me dice con franqueza que no est� dispuesto a permitir sindicatos
en su empresa. �Nada de Solidaridad aqu�! Descubro que no se trata de un
caso excepcional. No hay sindicatos en casi ninguna empresa privada de
Polonia.

Por consiguiente, la gran liberaci�n que comenz� con la batalla para lograr
un sindicato libre ha terminado con un antiguo obrero del astillero -ahora
empresario capitalista- que niega a otro antiguo obrero del astillero el
derecho a afiliarse a un sindicato. Y los empleados tienen miedo a
reunirse, temen perder sus puestos de trabajo. Roland me dice que siempre
negocian individualmente con el empresario, y ni siquiera se dicen entre s�
cu�nto gana cada uno. Como se ve, tampoco hay mucha solidaridad, con s
min�scula. �Un mundo feliz!

Se pueden y deben decir muchas cosas para matizar esta impresi�n tan
l�gubre. El astillero de Gdansk ha tenido una trayectoria especialmente
mala porque fue v�ctima de la mala gesti�n y la complacencia del sindicato.
("Nunca podr�an cerrar la cuna de Solidaridad.") Ahora lo ha comprado otro
astillero polaco Gdynia, que ha salido mucho mejor parado en el turbulento
mercado libre thatcheriano de Polonia. La mitad del vasto terreno se va a
vender para construir en �l oficinas, tiendas y pisos destinados a los
yuppies polacos. Como el Docklands londinense, en Gdansk. La otra mitad
seguir� sirviendo para construir barcos.

En general, la econom�a polaca est� en expansi�n y tiene uno de los mayores
�ndices de crecimiento en Europa. As�, pues, podr�a decirse que es cuesti�n
de paciencia. Se tarda tiempo en conseguir que la prosperidad llegue a
todos. Alemania occidental segu�a siendo un pa�s gris y sombr�o a finales
de los cincuenta, cuando ya llevaban diez a�os de "milagro econ�mico". No
obstante incluso en nuestras sociedades acomodadas de Europa occidental,
hay much�sima gente a la que no llegan jam�s los beneficios de la
prosperidad. Es un consuelo pensar que lo que est�n sufriendo los
trabajadores polacos es todav�a una "transici�n". Pero existe la sospecha,
horrible y persistente, de que tal vez �sta sea la "normalidad" con la que
so�aban.

Si los obreros no est�n contentos, �qu� ocurre con los intelectuales? Voy a
Praga para averiguar qu� ha sucedido con los escritores, artistas y
fil�sofos que encabezaron la revoluci�n de terciopelo. Si en alg�n lugar
debe de haber gente satisfecha, es aqu�. Al fin y al cabo, vivieron la
mayor parte de los veinte a�os previos a 1989 bajo la prohibici�n de
publicar, exponer o viajar, a menudo obligados a realizar tareas de �nfima
categor�a y, en ocasiones, con encarcelaciones repetidas. Un amigo
historiador, Pavel Seifter, trabaj� de limpiaventanas. (Ahora es embajador
en Londres.) Otros trabajaron como fogoneros.

Su �nimo es mucho mejor. La libertad de expresi�n es una victoria
impagable. Pueden publicar y llegar a sus lectores con normalidad, no s�lo
a trav�s de ediciones clandestinas o emisoras de radio occidentales. Sus
obras pueden representarse en escenarios p�blicos, sus pel�culas se exhiben
y sus obras de arte se exponen. Pueden decir a sus alumnos la verdad tal
como la ven ellos. Pueden viajar, y ya no tienen problemas con la polic�a
secreta.

Por supuesto, su posici�n social ha cambiado, como la de los obreros.
Durante gran parte de la historia contempor�nea, los intelectuales han
desempe�ado un papel muy especial en Centroeuropa. El hecho de que sus
pa�ses no fueran libres y a sus Gobiernos se les tildara de ileg�timos
hac�a que a los intelectuales se les considerase los aut�nticos
representantes del pueblo y se les viese como autoridades morales, casi
profetas. Sus conferencias, cuando pod�an pronunciarlas, estaban
abarrotadas, y sus escritos, cuando el p�blico pod�a comprarlos, se pasaban
de mano en mano y se le�an con apasionada intensidad. Era una acogida que
daba envidia a numerosos autores occidentales. Es sabido c�mo Jean-Paul
Sartre lleg� a Praga a principios de los sesenta y dijo a los escritores
checos que eran muy afortunados de tener asuntos serios y reales sobre los
que escribir. Despu�s de visitar la ciudad dorada en los a�os setenta
Philip Roth declar� que en Occidente todo pasa y nada importa, mientras que
en el Este nada pasa y todo importa.

Ahora, con la libertad, todo eso se ha terminado. Con la velocidad de un
cambio de decorado teatral, tambi�n en este aspecto se han vuelto
occidentales. Nadie les considera ya autoridades morales ni pol�ticas. (Lo
mismo ha ocurrido en Rusia, donde alguien ha hecho el agradable comentario
de que Solzhenitsyn se ha quedado "moralmente en el paro".) De pronto, los
escritores y artistas deben competir en un mercado de espect�culos
abarrotado y con presencia de todos los medios. Si antes no hab�a que
competir m�s que con una televisi�n estatal digna de Orwell -que
garantizaba la falta de atractivo-, ahora existen numerosos y enloquecidos
canales privados de televisi�n con chicas desnudas que dicen el tiempo, hay
sat�lite y cable, v�deos a mansalva, juegos de ordenador, locales de
videojuegos, buenos restaurantes y muchas m�s cosas.

Un joven y original escultor llamado David Cerny resume esta situaci�n en
una obra que titula El intelectual en el fin de milenio. Se trata de una
figura que se parece vagamente a Sigmund Freud, precariamente colgada, por
una mano, de un largo poste que se extiende sobre el paisaje de Praga
colocado en el balc�n de una casa que, en otro tiempo, perteneci� a la
polic�a secreta. El intelectual tiene la otra mano en el bolsillo, como
quien no quiere la cosa, como si dijera: "Muy bien, estoy colgado, pero
estoy colgado relativamente". (Hace poco instalamos la escultura en la
orilla sur del T�mesis, dominando la catedral de San Pablo; como es
natural, Inglaterra recibi� a este intelectual con viento y llovizna.)

Ivan Klima, uno de los mejores novelistas checos de la vieja generaci�n,
cuyos libros estuvieron prohibidos durante muchos a�os antes de 1989, se
niega a lamentarse. Los logros son mucho mayores que las p�rdidas, asegura.
Era an�malo que los escritores se encontraran en un pedestal moral. Sin
embargo, tambi�n �l comenta con iron�a, cuando le pregunto sobre el canal
de televisi�n en el que unas chicas desnudas dan la informaci�n del tiempo,
que "el espect�culo es el nuevo Dios". Y tambi�n destaca otras p�rdidas m�s
sutiles. La amistad, por ejemplo. En los viejos tiempos -dice-, las
amistades eran m�s �ntimas, m�s intensas. En parte era porque ten�an mucho
tiempo para cultivarlas, mientras que ahora todo el mundo corre de una cita
a otra: entrevistas, conferencias, viajes al extranjero. Pero era tambi�n
porque se sent�an oprimidos por un enemigo com�n. Exist�a algo semejante a
la intensa fraternidad de los soldados en una guerra. De forma que con la
libertad no s�lo se ha desvanecido la solidaridad de los trabajadores, sino
tambi�n la camarader�a de los intelectuales.

No son meras historias de pa�ses lejanos sobre los que sabemos poca cosa,
ni el lado oscuro de lo que sigue siendo una de las liberaciones m�s
pac�ficas alentadoras y triunfantes de nuestra �poca. La nueva Europa
central es un espejo en el que podemos vernos todos con m�s claridad. Pero
no es un reflejo amable, sino como ese que vemos a primera hora de la
ma�ana en el cuarto de ba�o, bajo una bombilla desnuda, cuando tenemos
resaca.

La esperanza de hace diez a�os era que pol�ticos intelectuales como V�clav
Havel, o pol�ticos obreros como Lech Walesa, o sencillamente la masa
popular que tan milagrosamente surg�a despu�s de a�os de opresi�n, pudiera
mostrar algo nuevo a Occidente. Tal vez una nueva forma de hacer pol�tica:
"La sociedad civil en el poder", como dijo una vez Jiri Dienstbier, el
fogonero disidente que acab� siendo ministro de Asuntos Exteriores checo.
Esa esperanza ha quedado defraudada. Por el contrario, la realidad actual
de Centroeuropa es, en muchos aspectos -televisi�n, pol�tica, ropa, modos
de vida-, una simple copia de lo que tenemos en Occidente. (No quiero
ponerme demasiado como Roland Barthes, pero los anuncios de cigarrillos Go
West que se ven en todas las ciudades resultan m�s apropiados de lo que
parece.) Adem�s, muchas veces es una copia barata, burda, incluso hortera
de nuestra sociedad occidental y contempor�nea de consumo; como si una
colegiala imitase el maquillaje de una modelo en una revista.

Sin embargo, todo esto, unido a los recuerdos de la gente sobre la �poca
anterior, es precisamente lo que hace que el espejo sea tan interesante.
Cuando viajo por estos pa�ses y hablo con viejos amigos no puedo dejar de
tener presente el valor de la libertad, al ver su alegr�a constante por
disponer de ella. Pero tambi�n me ense�an el precio que se paga, al menos
en lo que se entiende por libertad en la Europa de 1999. Esa p�rdida de
solidaridad, por ejemplo, o el debilitamiento de la amistad. (Y conozco,
por lo menos, un matrimonio que sobrevivi� a un intento deliberado de
romperlo por parte de la polic�a secreta pero no ha sobrevivido a la nueva
situaci�n.)

Ahora el tiempo se raciona, se divide estrictamente en periodos de media
hora organizado en funci�n de las citas, los libros, los plazos, los
contestadores autom�ticos; siempre escaso. Todos -todos- dicen que tienen
mucha m�s tensi�n en la vida cotidiana. Otro elemento que mencionan es la
forma en la que, cada vez m�s, se define la categor�a y la identidad de las
personas con arreglo a un solo factor, su profesi�n y su puesto dentro de
ella. Y tambi�n aseguran, una y otra vez, que ahora el dinero es el que
manda; el dinero decide; el dinero determina todo. No s� cu�ntas veces me
han dicho mis amigos, en estos diez a�os: "En los viejos tiempos, nunca
habl�bamos de dinero. Ahora hablamos de �l sin cesar".

En muchos lugares de Centroeuropa, sobre todo entre los m�s desfavorecidos,
todo esto ha despertado una curiosa nostalgia por los viejos -malos- d�as
en los que hab�a un m�nimo de seguridad, cuando el Estado era una guarder�a
gigante. La libertad es dura, exigente, llena de riesgos, y mucha gente le
tiene miedo. Pero, si se les insiste en la conversaci�n -no en meros
sondeos de opini�n superficiales- son muy pocos los que, de verdad, quieren
volver al antiguo r�gimen.

El capitalismo democr�tico y liberal contempor�neo es el peor de los
sistemas posibles, con la excepci�n de todos los dem�s sistemas que se han
intentado en diversas �pocas. Sin embargo, no s� si la libertad tiene que
traer consigo, verdaderamente, todos los peores aspectos de una sociedad de
consumo atomizada, dominada por la competencia, el espect�culo y las modas.
Al mirarnos en el espejo de Centroeuropa debemos preguntarnos, con cierta
tristeza, hasta qu� punto han hecho buen uso de su libertad. M�s importante
a�n, deber�amos preguntarnos qu� uso hacemos de la nuestra.



--------------------------------------------------------------
    To unsubscribe send an email to:  [EMAIL PROTECTED]
    with UNSUBSCRIBE COLEXT as the BODY of the message.

    Un archivo de colext puede encontrarse en:
    http://www.mail-archive.com/[email protected]/
    cortesia de Anibal Monsalve Salazar

Responder a