Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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Tomado del diario El Comercio de Quito, noviembre 27/99)
Crimenes en America Latina
por Carlos Alberto Montaner
Madrid
En Bogota, una noche especialmente truculenta, le escuche a un apesadumbrado
caballero el relato de su secuestro. Una banda de delincuentes comunes lo
habia raptado a la salida de su empresa con el objeto de pedir un rescate. Lo
introdujeron en un hueco humedo sin otra compania que ciertas ratas tenaz y
repugnantemente empenadas en confraternizar. Como las negociaciones se
dilataron, los raptores, necesitados de dinero, lo "vendieron" por un modico
precio a la guerrilla. Vendado, maniatado y drogado, lo trasladaron entonces
a la selva y alli lo encadenaron por los tobillos a un frondoso arbol. Asi
vivio seis meses. Todos los dias una guerrillera comunista, silenciosa e
inexpresiva -solo le hablaba de su inolvidable paso por Cuba-, le "echaba" de
comer y beber, como si fuera un perro. Padecio fiebres, sufrio delirios y
llego a pensar que, ciertamente, el destino le habia deparado morir como una
alimana. Finalmente, la familia pudo reunir el rescate exigido y lo liberaron
cerca de una iglesia.
A partir de esta historia se desato una especie de competencia de
atrocidades. Eran unas quince personas y todas, sin excepcion, contaron sus
experiencias personales o familiares: asaltos, dedos cortados para abreviar
el incomodo tramite de arrebatar los anillos, ninos secuestrados dentro de
autobuses escolares y un sanguinolento etcetera que incluia lentas
decapitaciones y "cortes de chaleco". Con la tecnica de "El Decameron", cada
comensal hacia su cuento y sacaba una conclusion final que resultaba ser
siempre la misma: "el Estado nos ha fallado; no protege nuestras vidas y
propiedades; estamos a merced de los criminales, unas veces comunes y otras
politicos".
Pero lo tragico es que este horroroso panorama no esta confinado a la pobre
Colombia y a sus asombrosos treinta mil asesinatos anuales. He escuchado
cosas parecidas en Guatemala, en Caracas, en Mexico, en San Juan, en El
Salvador, o en Rio Janeiro y comienzan a oirse en Buenos Aires y en Lima.
Solo Montevideo, San Jose y Quito parecen, por ahora, libres de esta
atmosfera. Pero es de tal calibre el ritornello, que hasta puede formularse
una grave advertencia: el mayor riesgo de America Latina, su mayor problema,
es la incapacidad de nuestros Estados para lograr que se cumplan las leyes
esenciales que justifican su existencia.
En el siglo XVII, Thomas Hobbes, desesperado por las atrocidades que habia
visto durante las guerras religiosas que estremecieron a Inglaterra, exiliado
el mismo en Paris -era un catolico ferviente-, escribio en 1651 un libro
clave en la historia del mundo contemporaneo: Leviatan. Para Hobbes no habia
duda: dada la ferocidad y el egoismo de los seres humanos, la vida en comun
solo podia conseguirse si se entregaba el monopolio de la violencia a un
soberano omnipotente que mantuviera a raya los malos instintos de nuestra
peligrosisima especie. Esta era la justificacion ultima del Estado: solo el
estaba autorizado a repartir los palos y construir los patibulos. De lo
contrario, nuestro destino era la selva y su ley del mas fuerte, del mas
salvaje, del mas cruel. A Hobbes, felizmente, lo modero otro ingles de una
generacion posterior, John Locke, que establecio limites al poder de ese
soberano, pero sin negar la premisa basica: la primera funcion del Estado es
garantizar la vida de los ciudadanos y castigar a quienes la ponen en
peligro.
Exactamente eso es lo que se esta derrumbando en America Latina: nuestros
estados, de manera creciente van perdiendo la batalla contra los criminales
violentos. Se puede revertir esta tendencia? Claro que se puede. En Estados
Unidos esta ocurriendo. Los ultimos datos confirman que el numero de delitos
graves desciende ostensiblemente. Hoy se cometen menos, en proporcion a la
poblacion, que hace treinta anos y se castigan mas: el 70 por ciento de los
asesinatos son resueltos por la policia y sancionados por los tribunales. Son
17 000 los crimenes contabilizados -6 por cada 100 000 habitantes- y es mucho
mayor el numero de violaciones, pero los ciudadanos perciben que estan
ganandoles la guerra a los delincuentes. En una ciudad como New York, esa
sensacion es casi triunfal y probablemente lleve al Senado al popular alcalde
Giuliani, un republicano de la escuela politica de Clint Eastwood y su famoso
"Harry el Sucio".
Donde esta el secreto? En una combinacion de leyes estrictas, mas policias,
mas jueces, mas carceles y sentencias mas largas. Son medidas dictadas por el
sentido comun y la experiencia. Ya casi nadie cree que la carcel regenera o
que el criminal violento es la victima de la injusticia social o de un trauma
freudiano. El setenta y cinco por ciento de los delitos son cometidos por
criminales reincidentes que comenzaron a aporrear a sus projimos en la
adolescencia. Es verdad que en Estados Unidos ya hay un millon setecientas
mil personas tras la reja. Y es cierto que la mitad de ellas han sido
condenadas por la locura norteamericana de castigar la costumbre que tienen
millones de ciudadanos de consumir droga: algo que deberia ser considerado
una suicida estupidez o una dolencia, nunca un delito. Pero tambien es
innegable que Estados Unidos ha hecho la eleccion correcta: en lugar de
proteger con barrotes a las personas decentes, son los criminales los que
acaban encerrados. Si alguien debe padecer miedo, que sean los transgresores
de la ley.
Se puede derrotar a los criminales violentos en America Latina? Por
supuesto, pero la sociedad debe entender que eso tiene un alto costo y ni
siquiera es solo una cuestion de dinero: la criminologia es una disciplina
compleja en la que intervienen el derecho, la sociologia, la psicologia y la
ciencia. Pero lo primordial es reconocer humildemente que esa es la
encarnizada guerra de las proximas decadas. Hobbes, que amargamente uso el
latinismo del hombre como "lobo del hombre", sabia que para sujetar a esa
fiera alguien tenia que tener los colmillos mas afilados. Es mejor que sea
nuestro lobo el que da la dentellada. (FIRMAS PRESS)
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cortesia de Anibal Monsalve Salazar