Consuelo Trivi�o
Nacido en Bogot�
el 6 de diciembre de 1900, Germ�n Arciniegas responde por su vitalismo, erudici�n y
car�cter humanista, al perfil de un intelectual de los treinta. Autor de m�s de
cincuenta libros, a�n nos sorprende con dos columnas semanales en El Tiempo de
Bogot�, conmovi�ndonos con su lucidez y coherencia, con su apego a un Continente que ha
sido el centro de sus preocupaciones, el punto hacia el que ha volcado toda su potencia
creadora, su ingenio y capacidad argumentativa.
Al igual que Mari�tegui y Asturias, Arciniegas muestra sus inquietudes sociales y
destaca por su activismo tempranamente. En 1920, siendo estudiante de derecho en la
Universidad Nacional, es elegido secretario de la Federaci�n de Estudiantes donde dur�
diez a�os y fund� la revista La voz de la juventud (1919-1920). Colabor� con El
Tiempo desde 1919. Por aquellos a�os mantuvo correspondencia con destacados
intelectuales como Jos� Vasconcelos en M�xico, V�ctor Ra�l Haya de la Torre en Per� y
H�ctor Ripa Alberdi, quien hab�a participado de cerca en la reforma universitaria de
C�rdoba. Fund� la revista Universidad (1921-1929) que se cerr� con 152 n�meros,
la Revista de las Indias (1939-1944), La Revista de Am�rica (1945-1957), Cuadernos,
de Par�s (1963-1965) y Correo de los Andes (1979-1988) y, adem�s, "Ediciones
Colombia" en 1925.
En 1930 viaj� a Londres como Vicec�nsul de Colombia y all� escribi� El
estudiante de la mesa redonda, que se public� en Madrid en 1932, consiguiendo, de
alguna manera, en este libro esa fusi�n de vida y literatura que caracteriza a la
totalidad de su obra y aportando al ensayo una particular manera de entender la historia,
que para �l no debe explicarse a partir de los documentos sujetos a
manipulaciones, sino desde la mentalidad de una �poca. Lo que Arciniegas ensaya en
este primer libro es una forma de entregarnos un trozo de historia subrayando el asombro y
la fantas�a de los hechos con los que los seres humanos construyeron esa invenci�n
llamada Hispanoam�rica.
Los ecos de la reforma universitaria de C�rdoba en 1918 se escucharon tambi�n en
Bogot� y Arciniegas, influido por los aires renovadores, reivindicaba por aquellos a�os
la libertad de c�tedra. Aquel movimiento estudiantil propon�a abrir la universidad al
pueblo e invitaba a salir de los claustros a la calle, a poner la filosof�a al servicio
de la vida, a hermanar lo popular y lo culto. La universidad ideal era, para los de la
generaci�n de Arciniegas, una escuela de preparaci�n para la vida, antes que un
laboratorio de cultura donde la libertad y la democracia constitu�an las normas
fundamentales de la conducta acad�mica. Estas ideas tambi�n inspiraron la reforma
universitaria colombiana que constituy� una moderna orientaci�n de los estudios, dando
importancia a la sociolog�a y proponiendo una mirada sobre el entorno y el presente e
invitando a una revisi�n de la historiograf�a.
Como gestor de empresas culturales y educativas, como profesor universitario,
Arciniegas ha participado activamente en el desarrollo intelectual de su pa�s, aportando
su particular visi�n de Am�rica no s�lo desde las universidades de Colombia, sino
tambi�n desde sus cursos en la Universidad de Columbia en Nueva York. Asimismo intervino
en los di�logos y debates de la revista Sur: las "Relaciones
Interamericanas" (1940) en el que participaron Amado Alonso, Francisco Ayala, Pedro
Henr�quez Ure�a y Victoria Ocampo, entre otros o en el debate; sobre las dictaduras
latinoamericanas (1956) con Victoria Ocampo, J. L. Borges, Bioy Casares. Su activismo se
ha hecho notar incluso hasta 1992 cuando colabor� en los actos de conmemoraci�n del
Quinto Centenario del Descubrimiento de Am�rica, suscitando una pol�mica que le vali�
su destituci�n de la presidencia de la Comisi�n de Colombia.
Arciniegas recibe la herencia de Bello, de Sarmiento y Vasconcelos que conf�an en el
poder de la educaci�n para realizar la empresa civilizadora de Hispanoam�rica, pero
matiza el concepto de barbarie, mostrando otras caras de la civilizaci�n. Su relaci�n
con Vasconcelos fue fluida, como se aprecia en una carta que �ste le escribe en 1923,
agradeciendo el gesto de los estudiantes colombianos al nombrarle Maestro de la Juventud:
"Su carta me ha conmovido no s�lo porque me han recordado ustedes [los estudiantes
colombianos], sino porque los hijos de esta �poca batalladora sentimos a menudo la
necesidad de descansar el anhelo en quienes nos han de remplazar ma�ana (1).
Arciniegas ha sabido conjugar su papel de maestro de las juventudes con el de eterno
estudiante, quiz�s porque a lo largo de su vida, como se aprecia en su obra, ha
conservado su curiosidad, entusiasmo y capacidad de asombro y una deliberada informalidad,
como rechazo a la rigidez del erudito, que se ci�e en exceso a los datos hist�ricos,
para Arciniegas siempre matizables, pues ante el rigor cient�fico �l opta por la
imaginaci�n y la magia, como si obedeciera el secreto impulso de ser un muchacho
irreverente.
Cuando public� en 1932 su primer libro, El estudiante de la mesa redonda,
Hispanoam�rica viv�a uno de los momentos m�s intensos de su vida pol�tica e
intelectual. Paraguay y Bolivia se enfrentaban en la guerra del Chaco; Chile asist�a a un
periodo de inestabilidad entre golpes de Estado y gobiernos que se proclamaban
socialistas; en Per� eran reprimidos los comunistas y los apristas y encarcelado V�ctor
Ra�l Haya de la Torre; y en El Salvador eran masacrados 3.000 campesinos y asesinado el
l�der Farabundo Mart�.
A estos acontecimientos sociales y pol�ticos hay que sumar el impacto de las
vanguardias art�sticas y el clima de renovaci�n, negaci�n y contradicci�n,
generalizados en el mundo despu�s de la primera guerra mundial. Durante las primeras
d�cadas de siglo XX en Hispanoam�rica se vive bajo el influjo de dos sentimientos:
desencanto, frente a un proyecto fracasado de modernizaci�n, iniciado a mediados del
siglo XIX; y entusiasmo, debido en parte a la corriente "mundonovista" que ve�a
en el Continente el terreno propicio para todas las utop�as.
El "mundonovismo" que se proyect� en varias direcciones, en literatura
desarroll� dos vertientes claramente definidas: una que convirti� el paisaje en
protagonista de sus ficciones, con la tesis de que el reto civilizador consist�a en domar
esa naturaleza salvaje con exponentes como Gallegos; otra que descubri� la
magia de su paisaje y de su historia, desarrollando la teor�a de lo "real
maravilloso" con novelistas y ensayistas de la dimensi�n de Carpentier, �ste
de filiaci�n claramente surrealista.
La filiaci�n pol�tica de Germ�n Arciniegas es la de Ra�l Haya de la Torre, fundador
del APRA, cuyo programa se resume en estos puntos: 1) acci�n contra el imperialismo
norteamericano, luego ampliado a todo imperialismo; 2) la unidad de Am�rica Latina; 3) la
nacionalizaci�n de las principales riquezas y tierras; 4) internacionalizaci�n del Canal
de Panam�, es decir, la panamericanizaci�n; 5) solidaridad con todos los pueblos y
clases oprimidas del mundo.
Tales principios fueron duramente criticados por Mari�tegui, que desde el marxismo los
encontraba inservibles para resolver los problemas sociales y pol�ticos. Y es que para la
izquierda hispanoamericana el aprismo, estatalista/populista, alimentaba el af�n
civilista de la burgues�a y los grupos financieros extranjeros apoyando las democracias
capitalistas y demag�gicas (2). Esta es una de las razones por las cuales el
liberalismo de ensayistas como Arciniegas no tuvo ninguna aceptaci�n en los c�rculos
pol�ticos e intelectuales de izquierda.
En Colombia el partido liberal que hab�a quedado destrozado militar y
organizativamente desde su derrota en la guerra de los Mil D�as, segu�a nutri�ndose a
principios de siglo XX de las mismas fuentes ideol�gicas que hab�a profesado en el XIX,
por lo que la juventud comenz� a abandonarlo y a adherirse al pensamiento socialista sin
tener una claridad de conceptos, como sugiere �lvaro Tirado Mej�a (3) .
Lo cierto es que muchos pol�ticos no ve�an la necesidad de crear un nuevo partido, si
dentro del liberalismo cab�an las reivindicaciones de los trabajadores. Es entre 1930
1946 que el partido se recupera, estableci�ndose la rep�blica liberal con Enrique Olaya
Herrera a la cabeza y posteriormente con Alfonso L�pez Pumarejo, quienes emprenden una
serie de reformas para adecuar el Estado a las nuevas situaciones sociales.
Ya a finales de los a�os veinte, el l�der liberal Jorge Eli�cer Gait�n, se
vinculaba a las luchas campesinas que reivindicaban el derecho a la tierra, junto con
otros liberales de izquierda. Este sector del partido liberal expone un proyecto de ley
para la protecci�n de los cultivadores. Y es que no s�lo fueron de la izquierda las
preocupaciones sociales de las clases menos protegidas en Colombia.
Desde el marxismo se le podr�a reprochar a Arciniegas no haber denunciado la
responsabilidad del Estado durante el periodo de la violencia; no oponerse a la postura de
la oligarqu�a colombiana liberal y conservadora que funcionado como clase, m�s que como
partido, fue c�mplice de los cr�menes desencadenados el 9 de abril de 1948, cuando, tras
el asesinato de Jorge Eli�cer Gait�n, el pueblo se amotin� en la ciudad de Bogot�.
Este enfrentamiento entre los sectores liberales de la clase popular y las oligarqu�a
trajo como consecuencia el desaloj� de sus tierras y el asesinato de m�s de 200.000
campesinos liberales.
El periodo transcurrido entre 1949 y 1962 es una franja que permanece como una herida
en la conciencia nacional de los colombianos. Los hechos, sin duda, exig�an una respuesta
de la inteligencia y, pese a la atm�sfera sombr�a de aquellos a�os y a los obst�culos
que el gobierno puso a quienes quisieron esclarecerlos, escritores como Garc�a M�rquez y
Mej�a Vallejo, se�alaron el horror, inaugurando un g�nero que se designa como
"novela de la violencia". El poeta Gait�n Dur�n, fundador de la revista Mito
critic� la hipocres�a de la clase dirigente. Tachado de comunista por la derecha y de
reaccionario por la izquierda, Gait�n Dur�n defend�a el "compromiso �tico"
del escritor y desde su revista cumpli� la tarea, no s�lo de poner al d�a a sus
lectores, sino de despertar su sensibilidad hacia las causas sociales nacionales, desde
las corrientes de pensamiento del siglo XX, como el marxismo y el psicoan�lisis, haciendo
posible una nueva interpretaci�n de los hechos.
Precisamente en 1952 Arciniegas escribe Entre la libertad y el miedo, un largo
reportaje sobre la situaci�n de Hispanoam�rica que viv�a violentos fen�menos como el
fascismo, el nazismo y el peronismo, entre dictaduras que atentaban contra la democracia.
El libro se public� originalmente en ingl�s en Nueva York en una �poca en que all� se
juntaban asilados pol�ticos de distintas rep�blicas hispanoamericanas y Arciniegas
participaba en fiestas que se organizaban a favor de distintas causas sociales, una de
ellas era auxiliar a Fidel Castro en su lucha contra Batista.
En aquellos a�os, siete dictadores atentaban contra la libertad en Hispanoam�rica:
Batista, Somoza, Rojas Pinilla, P�rez Jim�nez, Per�n, Trujillo, Stroesner, Her�ndez
Mart�nez y Car�as. Fueron ellos los que dominaron la vida del continente a lo largo de
tres d�cadas. Entre la libertad y el miedo se public� al poco tiempo en espa�ol
en M�xico y en Chile. El libro fue prohibido en unos diez o doce pa�ses y obviamente en
Colombia donde circul� clandestinamente durante el gobierno del conservador Laureano
G�mez. Con el ascenso de Rojas Pinilla, los libros que llegaron de Buenos Aires a Bogot�
fueron mandados a quemar por el director en la aduana. Acusado de comunista por el
gobierno de Colombia, Arciniegas fue detenido en Ellis Island cuando pretend�a entrar en
Nueva York.
El libro que es una cr�nica fundamental para comprender la tragedia hispanoamericana
en sus intentos por instaurar las democracias resultaba provocador. Los dictadores
mencionados son los protagonistas de los inveros�miles atropellos de que fueron v�ctimas
los pueblos en aquellos a�os y en �l su autor cuestionaba con los hechos el lenguaje
oficial tan ajeno a la realidad pol�tica.
La Acci�n Democr�tica de Venezuela y el APRA del Per�, que llegaron a constituirse
en mayor�a, fueron anulados como organizaciones pol�ticas por los dictadores, y sus
dirigentes encarcelados y desterrados. En el cap�tulo X titulado "C�mo se destruye
una democracia: Colombia" Arciniegas revisa los or�genes de la democracia en su
pa�s, desde las diferencias entre Bol�var y Santander hasta la dictadura de Rojas
Pinilla. De la violencia desencadenada el 9 de abril de 1948 responsabiliza a un
"grupo revolucionario" que se apodera de las emisoras, incitando al pueblo al
saqueo, dando ordenes de asalto y "atemorizando al gobierno". Su dimensi�n,
obviamente, es la de un liberal que defiende la democracia, pero que tambi�n es capaz de
se�alar a los responsables pol�ticos como Laureano G�mez, favorable a Franco, a Hitler
y a Mussolini.
Con este libro Arciniegas demuestra una vez m�s la dimensi�n americana desde la que
ha juzgado la historia, revisando los procesos hist�ricos que en diferentes pa�ses
hispanoamericanos han conducido a las dictaduras. En una entrevista con Cobo Borda
Arciniegas define su posici�n frente a los acontecimientos de su tiempo: "Nuestra
generaci�n, de los Nuevos (4) , bajo el influjo de Ariel de
Jos� Enrique Rod� y en contra de la pol�tica expansionista de Teodoro Roosevelt, fue
una generaci�n que breg� y luch� mucho por la unidad latinoamericana. Por el
conocimiento de lo nuestro. Eso est� presente en todos mis libros y en todas mis
revistas" (5).
Pese a la enorme popularidad de su obra, por su car�cter pol�mico, por su
irreverencia e iron�a al abordar temas como la conquista de Am�rica y las complejas
relaciones entre Europa y Am�rica, �sta no cont� con una estrategia cr�tica que la
acogiera en su pa�s entre los c�rculos intelectuales de los sesenta y setenta
cuando el compromiso se med�a por su adhesi�n o rechazo a la revoluci�n
cubana, sino hasta los ochenta cuando se le empez� a reconocer entre los
historiadores, a su regreso de Venezuela para ocupar los cargos de decano de la Facultad
de Filosof�a y Letras de la Universidad de Los Andes y de Presidente de la Academia de
Historia en Colombia. No obstante, su lugar sigui� siendo el de los c�rculos oficiales,
ya que entre los intelectuales de izquierda se le miraba con desconfianza.
Al margen de las virulentas pol�micas en torno a la postura de un intelectual frente a
la realidad de su tiempo, desde las m�s radicales como la de Benedetti (6), hasta
las que defienden el compromiso de un escritor s�lo con y dentro de su trabajo literario (7),
el m�rito de Arciniegas hay que buscarlo, m�s que en el "decir" mismo, en su
manera de "decir". Pues esa manera es la sustancia misma de su ser y la esencia
de su moral.
Desde la fenomenolog�a que no pretende de demostrar nada, sino ense�ar a ver, el
m�rito de este ensayista se encuentra, desde mi punto de vista, en la manera como �l ve
los problemas, en la orientaci�n de su mirada y en la c�lida relaci�n que establece con
el lector, al adoptar un tono confidencial e informal, como si se tratara de una charla
entre amigos. Maestro de un g�nero tan h�brido como molesto, Arciniegas no puede ni debe
ser clasificado. Contradictorio y parad�jico, como Borges, tanto su "hacer"
como en su "decir" no parece tener otra intenci�n que la de ense�ar otra cara
de la historia. Como ensayista, su m�rito est� en descubrir la magia de los
acontecimientos que hicieron posible el hecho americano, desde su concepci�n hasta su
realizaci�n para �l, a�n en proceso, pues Am�rica es, seg�n nos la
ense�a, una realidad, sucedi�ndose, es decir, un ensayo.
Si Alguna incidencia ha tenido la obra de Arciniegas entre sus lectores ha sido m�s
por la relaci�n que establece con ellos, que por su papel dentro de la pol�tica nacional
e internacional, aunque su participaci�n fue significativa. Como activista estudiantil y
como art�fice de la reforma universitaria en los a�os treinta cumple el papel social de
un intelectual que quiere modificar su entorno, dentro de los mecanismos del sistema
democr�tico.
Como ensayista, Arciniegas fija los rasgos de lo americano en una extensa obra que
abarca m�s de cincuenta t�tulos en los que cabe de todo: la historia, los seres humanos,
la naturaleza, la poes�a, las costumbres, la magia, en libros como Biograf�a del
Caribe, Am�rica m�gica, El continente de los siete colores, o El
caballero del Dorado. En ensayos como Am�rica tierra firme (8) es
evidente su apropiaci�n del modelo de Montaigne tanto en la estructura del texto como en
los recursos que utiliza para persuadir al lector.
Para convencer al lector Arciniegas no s�lo recurre a argumentos como el determinismo
ambiental y una perspectiva desde la diferencia, sino que refuerza sus afirmaciones bajo
la forma de un testimonio personal. Y para rematar su exposici�n de motivos, se dirige a
sus lectores como si buscara la complicidad de los amigos. Tal defensa de lo americano es
sin duda una reacci�n entusiasta, posible gracias al clima creado por las vanguardias de
las primeras d�cadas del siglo XX. Arciniegas es uno de esos americanos que, como
Asturias, realizaron el viaje a Europa que resum�a la quim�rica b�squeda de la
modernidad de sus antepasados. Pero al llegar a la m�tica ciudad de Par�s donde se
ensayan innovadoras propuestas est�ticas y se lanzaban demoledores manifiestos contra la
raz�n y las costumbres burguesas, redescubrieron el pensamiento m�gico y el arte
primitivo de las culturas pre colombinas, sumergidas por siglos de dominaci�n europea.
Esta situaci�n, que sin duda sacudi� la conciencia de los americanos, contribuy� a
elevar su auto estima y les aport� elementos para superar el tradicional complejo de
inferioridad frente a Europa. Si bien, Bol�var y Mart� proclamaron con urgencia la
necesidad de crear modelos adecuados para superar la dependencia cultural frente a las
potencias europeas, los intelectuales se quedaron atrapados en las oposiciones
barbarie/civilizaci�n, atraso/ modernidad, tradicionalismo/cosmopolitismo, etc, en las
que entraban en juego la defensa o el desd�n de lo propio frente a lo for�neo.
Con las vanguardias se rompe, al menos al nivel del discurso, esa falsa dicotom�a. Lo
for�neo se asimila y cuestiona. Lo propio se redimensiona desde las corrientes de
pensamiento europeas, se le asignan nuevos valores. La sustancia literaria que
proporciona la naturaleza americana, se moldea con t�cnicas, como las propuestas por el
surrealismo. Por eso no debe extra�arnos que un ensayista como Arciniegas cuestione en
1937 las teor�as de los europeos, oponiendo a sus clasificaciones la diversidad; a sus
generalizaciones, la pluralidad; presentando de manera original los hechos de la historia
(textos, cr�nicas, etc); aportando argumentos medio ambientales, apelando a la iron�a y
al humor que son tan vanguardistas, ofreciendo su experiencia y su
perspectiva: la de un americano que se niega a ser clasificado y encasillado en los moldes
euro centristas.
Abordar el tema del mestizaje desde la perspectiva de un americano, como ocurre con
Arciniegas, implica desvelar el ser interior y abrir una v�a para el conocimiento de ese
ser que se define, siempre en relaci�n a Europa y a los Estados Unidos. Las relaciones
con lo europeo, como se ve en una larga n�mina de ensayistas, suscitan grandes
pol�micas. Mari�tegui, Alfonso Reyes y Baldomero San�n Cano, difunden las corrientes
europeas en Hispanoam�rica, pero tambi�n vuelven su mirada sobre las culturas
ind�genas, intentando ofrecernos una imagen m�s real del ser americano
Germ�n Arciniegas comparte muchas de las opiniones de estos ensayistas, a las que
a�ade argumentos sugestivos. Se trata de una mirada que se centra m�s en lo que Am�rica
le aport� a Europa que en lo que �sta leg�. Al igual que San�n Cano, considera que los
valores europeos no son los �nicos v�lidos y que, por el contrario, no son los m�s
indicados para explicar lo americano, que no puede ser interpretado desde la l�gica, sino
desde la magia y la poes�a.
Despu�s de la Segunda Guerra Mundial empiezan a advertirse en Hispanoam�rica los
s�ntomas de un conflicto generacional. En Europa, como sabemos, el desencanto y la crisis
dan lugar a las corrientes estructuralistas ahist�ricas y deshumanizadoras de los
procesos sociales. Las estructuras representan las realidades. La irrupci�n de los medios
masivos de comunicaci�n permiten que Am�rica descubra el mundo y se descubra a s�
misma. La cr�tica al pasado es despiadada. Hay una suerte de conciencia moral que invade
la producci�n literaria de la d�cada de los cincuenta.
No cabe duda que esa b�squeda de una forma de expresi�n est� �ntimamente unida a
una voluntad de ser que se aprecia claramente en la obra de Arciniegas. En un art�culo
publicado en 1992, �ste confirma la idea de un ser americano en proceso formativo:
"El hombre americano en �ltimo t�rmino va a ser una creaci�n civil de convivencia
que al cabo de cinco siglos, reduzca al b�rbaro de Europa y al salvaje de lo que se
llam� las Indias Occidentales, a convivir" (9).
La gram�tica de Arciniegas, que abunda en plurales, diminutivos y formas verbales como
"poder ser", "va a ser", "llegar a ser", etc, no obedece a
lo que algunos llaman voluntad de estilo, sino a la necesidad de expresar, primero, un
concepto del ser humano como proyecto, como posibilidad no se confunda este concepto
con la idea de que los americanos son inmaduros; segundo, una voluntad de "ser
americano"; tercero una necesidad de escapar de las generalizaciones; y, por �ltimo,
un placer de ser distinto, inclasificable, diverso, plural, indisciplinado, irreverente.
As� se asoma al siglo XXI este eterno estudiante de noventa y ocho a�os que a�n
conserva su capacidad de asombro y su habilidad para volver ins�lito e irrepetible
cualquier elemento de la realidad americana hacia donde dirija su mirada.
Notas
- Jos� Vasconcelos, "Carta a la juventud
colombiana", en Una visi�n de Am�rica: la obra de Germ�n Arciniegas desde la
perspectiva de sus contempor�neos, comp. y pr�logo de J. G. Cobo Borda, Bogot�:
Instituto Caro y Cuervo, 1990, p.114.
- Sobre el pensamiento de Mari�tegui ver: Pier Paolo
Petrini, Jos� Carlos Mari�tegui e il socialismo moderno, Pisa: Edizioni ETS,
1995.
- �lvaro Tirado Mej�a, "Medio siglo de
bipartidismo", en Colombia hoy, Bogot�: Magistra Editores, Biblioteca
Familiar Presidencia de la Rep�blica, 1996, pp 97-189.
- Esta generaci�n, que gira en torno a la revista Nosotros
fundada en 1925, y a la que pertenecen Rafael Maya, Le�n de Greiff , Luis Vidales y Jorge
Zalamea, entre otros, fue la receptora de las vanguardias y la que puso todo su empe�o en
renovar las letras nacionales.
- Entrevista con Juan Gustavo Cobo Borda en "Germ�n
Arciniegas: noventa a�os escribiendo", en J. G. Cobo Borda, El coloquio
americano, pp. 133-140.
- Ver Benedetti, El escritor latinoamericano y la
revoluci�n posible, Buenos Aires: Editorial Nueva Imagen, 1974.
- Las conversaciones de Oscar Collazos con Cort�zar y
Vargas Llosa, entre otros, en Literatura en la revoluci�n, revoluci�n en la
literatura, M�xico: Siglo XXI, 1974.
- Germ�n Arciniegas, Am�rica tierra firme, Santiago
de Chile: Ediciones Ercilla, 1937.
- Germ�n Arciniegas, "Posdata con coletilla de hurak�n", Bogot�, El
tiempo, 20 de enero de 1992. Tambi�n en Am�rica es otra cosa, Bogot�:
Intermedio Editores-C�rculo de Lectores, 1992.
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