Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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Mi Gait�n

LUIS CA�ON M.

El caudillo liberal era el aliento de un pueblo que a trav�s de �l ve�a la
posibilidad de
trascender su estrecho destino.

Cae ma�ana el tel�n del siglo XX, que para Colombia amaneci� en medio de
los ca�onazos
de la Guerra de los Mil D�as y anocheci� entre los fragores de un conflicto
a�n m�s b�rbaro.
Cien a�os en los que esta patria nuestra hizo el tr�nsito, sin vivir
ninguna etapa a plenitud,
de sociedad agr�cola a sociedad semi-industrial, y de ah� intentamos ahora,
al ritmo de la
globalizaci�n, convertirnos en una sociedad informatizada. Vivimos, en esta
centuria, la
metamorfosis de pa�s rural a pa�s urbano, el ejercicio electoral continuo,
la irrupci�n de la
mujer en la vida laboral, y la criminal presencia de un fen�meno social y
econ�mico como el
del narcotr�fico. Sin embargo, creo que no hay un hecho que haya definido
m�s nuestro
triste rumbo que el asesinato de Jorge Eli�cer Gait�n. �se es el
acontecimiento que parte en
dos nuestra historia como Naci�n.

Gait�n, m�s que un hombre, era una energ�a vital. Era el aliento esencial
de un pueblo que a
trav�s de �l ve�a la posibilidad de superarse a s� mismo, de trascender su
estrecho destino y
sacudir la m�s r�gida estructura social de toda la Am�rica Latina.

Eli�cer, su padre, un pregonero liberal que se invent� peri�dicos que
nac�an quebrados y
librer�as de saldos en rojo, le transmiti� de manera inconsciente, ya que
la relaci�n de los
dos fue siempre tormentosa, la pasi�n por la pol�tica. Su madre, do�a
Manuela, maestra de
toda la vida, due�a de sus afectos, le inyect� la pasi�n por el estudio y
la vocaci�n por el
conocimiento como camino de liberaci�n.

Gait�n comprendi�, desde ni�o, que era a trav�s de la educaci�n como el
pueblo raso pod�a
labrarse un mejor destino. Su car�cter pragm�tico, en contrav�a del uso de
entonces entre una
juventud que quer�a construir un nuevo pa�s a punta de sonetos, lo llev�,
desde su �poca de
estudiante de derecho, a crear brigadas universitarias para transmitir sus
conocimientos a
obreros y artesanos en las barriadas de Bogot�.

Ese empe�o fundamental -tan v�lido ayer como hoy, �o cu�l es el destino de
un hombre sin
formaci�n y de un pueblo sin educaci�n?- lo acompa�� tambi�n en su
accidentado tr�nsito
por la alcald�a de Bogot�, donde masific� los programas culturales, busc�
superar el
analfabetismo y ense�arles a los pobres que era mejor calzarse los pies que
beber chicha.
Igual ocurri� a su paso por el Ministerio del Trabajo, donde defendi� entre
los obreros la
ense�anza de sus derechos laborales, y por el Ministerio de Educaci�n, con
sus c�lebres
escuelas ambulantes y su plan de nacionalizaci�n de colegios de educaci�n
media.

Gait�n encarn�, como nunca antes y como nunca despu�s, la urgencia y la
necesidad de un
cambio de clase social en el tim�n de la Naci�n. �sa fue la idea central,
el motor de su larga
y agitada batalla por el poder.

El pueblo deb�a hacerse protagonista de su propio destino. No pod�a seguir
siendo apenas la
carne de ca��n de las guerras, el objeto de la explotaci�n de un sistema en
el que unos pocos
se enriquec�an y se enriquecen a costa de la miseria eterna de unas
mayor�as y el soporte de
una democracia que s�lo exist�a y existe en las jornadas electorales.

Ninguno de los patrones liberales de entonces, ni Olaya, ni el viejo L�pez,
ni Santos,
aceptaron que Gait�n significaba la m�s pura representaci�n popular que
hasta el sol de hoy
ha existido en Colombia. No asimilaron un proceso que se empez� a gestar a
su regreso de
Italia, cuando destap� el horror de la masacre de las bananeras. Despu�s
vendr�an sus
l�cidas miradas sobre la realidad para explicarles a los desarropados qu�
era la oligarqu�a,
c�mo era que en Colombia conviv�an el pa�s pol�tico y el pa�s nacional,
cu�les eran los
caminos que las elites hab�an utilizado para enriquecerse de manera il�cita.

Los due�os del liberalismo le dieron a Gait�n algunas cuotas de poder, pero
dentro de su
estrategia para controlarlo, para mantenerlo en el redil, que �l siempre
abandon�, despu�s de
ceder temporalmente a los halagos de aquellos hombres. L�pez Pumarejo, que
en su primer
momento represent� un salto adelante, jam�s acept� la idea de que un
gobierno de Gait�n
pod�a significar el definitivo acelerador para la t�mida Revoluci�n en
Marcha. Le cerr� el
paso en m�s de una ocasi�n. Primero con la calculada demora de su renuncia,
durante su
segundo mandato, para evitar unas elecciones que habr�an catapultado a
Gait�n al poder.
Despu�s, con su deliberada aceptaci�n de la divisi�n liberal, entre Gabriel
Turbay y Gait�n,
para dar paso a la elecci�n de Ospina P�rez en 1946.

Pero Gait�n sobrevivi� a las trampas de sus adversarios, a todas las
derrotas pol�ticas -y que
conste que padeci� muchas-, hasta que, en contrav�a del querer de los
grandes jefes del
liberalismo, se encaram� en el potro. Lleg� el momento en que el Partido
era �l. Las
multitudes s�lo se mov�an inspiradas en sus gritos de combate. Todos los
patricios liberales,
o casi todos, salieron del pa�s al despegar el gobierno de Ospina, en medio
de una violencia
cargada de fanatismo y estimulada desde los p�lpitos, contra las mayor�as
liberales que eran,
tambi�n, las mismas mayor�as gaitanistas.

Entonces el caudillo dio la m�s poderosa muestra de poder pol�tico que se
conozca en nuestra
historia. Una multitud silenciosa march� el siete de febrero de 1948 a la
Plaza de Bol�var,
para escuchar a su l�der. Ah� Jorge Eli�cer Gait�n, frente a su ej�rcito de
gentes humildes, le
pidi� al gobierno que cesara la persecuci�n contra los liberales en campos
y veredas.

Ninguna fuerza parec�a ya capaz de detener el impulso vital de Gait�n. La
Presidencia de la
Rep�blica, para el per�odo que iniciar�a en el a�o de 1950, estaba
escriturada a aquel hombre
orgulloso de su origen y dispuesto a poner en marcha un cambio radical en
la hist�rica
estructura del poder en Colombia.

Pero sobrevino su asesinato y, con �l, un cataclismo que sacudi� al pa�s
entero. Las masas,
hu�rfanas de su conductor, frustrada su cita con la historia,
enloquecieron, destruyendo la
ciudad en la que tantas veces lo aclamaron a �l. Desde entonces la
violencia que desencaden�
aquel crimen miserable no ha parado en una naci�n que cincuenta a�os
despu�s a�n no
termina de expiar su m�s terrible equivocaci�n: no haberle dado a Gait�n la
oportunidad de
realizar su gobierno, que era el gobierno del pueblo, el gobierno de los
olvidados de
siempre.

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    cortesia de Anibal Monsalve Salazar

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