Colext/Macondo Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior -------------------------------------------------- http://www.elespectador.com/9912/30/opnotici.htm#01 Mi Gait�n LUIS CA�ON M. El caudillo liberal era el aliento de un pueblo que a trav�s de �l ve�a la posibilidad de trascender su estrecho destino. Cae ma�ana el tel�n del siglo XX, que para Colombia amaneci� en medio de los ca�onazos de la Guerra de los Mil D�as y anocheci� entre los fragores de un conflicto a�n m�s b�rbaro. Cien a�os en los que esta patria nuestra hizo el tr�nsito, sin vivir ninguna etapa a plenitud, de sociedad agr�cola a sociedad semi-industrial, y de ah� intentamos ahora, al ritmo de la globalizaci�n, convertirnos en una sociedad informatizada. Vivimos, en esta centuria, la metamorfosis de pa�s rural a pa�s urbano, el ejercicio electoral continuo, la irrupci�n de la mujer en la vida laboral, y la criminal presencia de un fen�meno social y econ�mico como el del narcotr�fico. Sin embargo, creo que no hay un hecho que haya definido m�s nuestro triste rumbo que el asesinato de Jorge Eli�cer Gait�n. �se es el acontecimiento que parte en dos nuestra historia como Naci�n. Gait�n, m�s que un hombre, era una energ�a vital. Era el aliento esencial de un pueblo que a trav�s de �l ve�a la posibilidad de superarse a s� mismo, de trascender su estrecho destino y sacudir la m�s r�gida estructura social de toda la Am�rica Latina. Eli�cer, su padre, un pregonero liberal que se invent� peri�dicos que nac�an quebrados y librer�as de saldos en rojo, le transmiti� de manera inconsciente, ya que la relaci�n de los dos fue siempre tormentosa, la pasi�n por la pol�tica. Su madre, do�a Manuela, maestra de toda la vida, due�a de sus afectos, le inyect� la pasi�n por el estudio y la vocaci�n por el conocimiento como camino de liberaci�n. Gait�n comprendi�, desde ni�o, que era a trav�s de la educaci�n como el pueblo raso pod�a labrarse un mejor destino. Su car�cter pragm�tico, en contrav�a del uso de entonces entre una juventud que quer�a construir un nuevo pa�s a punta de sonetos, lo llev�, desde su �poca de estudiante de derecho, a crear brigadas universitarias para transmitir sus conocimientos a obreros y artesanos en las barriadas de Bogot�. Ese empe�o fundamental -tan v�lido ayer como hoy, �o cu�l es el destino de un hombre sin formaci�n y de un pueblo sin educaci�n?- lo acompa�� tambi�n en su accidentado tr�nsito por la alcald�a de Bogot�, donde masific� los programas culturales, busc� superar el analfabetismo y ense�arles a los pobres que era mejor calzarse los pies que beber chicha. Igual ocurri� a su paso por el Ministerio del Trabajo, donde defendi� entre los obreros la ense�anza de sus derechos laborales, y por el Ministerio de Educaci�n, con sus c�lebres escuelas ambulantes y su plan de nacionalizaci�n de colegios de educaci�n media. Gait�n encarn�, como nunca antes y como nunca despu�s, la urgencia y la necesidad de un cambio de clase social en el tim�n de la Naci�n. �sa fue la idea central, el motor de su larga y agitada batalla por el poder. El pueblo deb�a hacerse protagonista de su propio destino. No pod�a seguir siendo apenas la carne de ca��n de las guerras, el objeto de la explotaci�n de un sistema en el que unos pocos se enriquec�an y se enriquecen a costa de la miseria eterna de unas mayor�as y el soporte de una democracia que s�lo exist�a y existe en las jornadas electorales. Ninguno de los patrones liberales de entonces, ni Olaya, ni el viejo L�pez, ni Santos, aceptaron que Gait�n significaba la m�s pura representaci�n popular que hasta el sol de hoy ha existido en Colombia. No asimilaron un proceso que se empez� a gestar a su regreso de Italia, cuando destap� el horror de la masacre de las bananeras. Despu�s vendr�an sus l�cidas miradas sobre la realidad para explicarles a los desarropados qu� era la oligarqu�a, c�mo era que en Colombia conviv�an el pa�s pol�tico y el pa�s nacional, cu�les eran los caminos que las elites hab�an utilizado para enriquecerse de manera il�cita. Los due�os del liberalismo le dieron a Gait�n algunas cuotas de poder, pero dentro de su estrategia para controlarlo, para mantenerlo en el redil, que �l siempre abandon�, despu�s de ceder temporalmente a los halagos de aquellos hombres. L�pez Pumarejo, que en su primer momento represent� un salto adelante, jam�s acept� la idea de que un gobierno de Gait�n pod�a significar el definitivo acelerador para la t�mida Revoluci�n en Marcha. Le cerr� el paso en m�s de una ocasi�n. Primero con la calculada demora de su renuncia, durante su segundo mandato, para evitar unas elecciones que habr�an catapultado a Gait�n al poder. Despu�s, con su deliberada aceptaci�n de la divisi�n liberal, entre Gabriel Turbay y Gait�n, para dar paso a la elecci�n de Ospina P�rez en 1946. Pero Gait�n sobrevivi� a las trampas de sus adversarios, a todas las derrotas pol�ticas -y que conste que padeci� muchas-, hasta que, en contrav�a del querer de los grandes jefes del liberalismo, se encaram� en el potro. Lleg� el momento en que el Partido era �l. Las multitudes s�lo se mov�an inspiradas en sus gritos de combate. Todos los patricios liberales, o casi todos, salieron del pa�s al despegar el gobierno de Ospina, en medio de una violencia cargada de fanatismo y estimulada desde los p�lpitos, contra las mayor�as liberales que eran, tambi�n, las mismas mayor�as gaitanistas. Entonces el caudillo dio la m�s poderosa muestra de poder pol�tico que se conozca en nuestra historia. Una multitud silenciosa march� el siete de febrero de 1948 a la Plaza de Bol�var, para escuchar a su l�der. Ah� Jorge Eli�cer Gait�n, frente a su ej�rcito de gentes humildes, le pidi� al gobierno que cesara la persecuci�n contra los liberales en campos y veredas. Ninguna fuerza parec�a ya capaz de detener el impulso vital de Gait�n. La Presidencia de la Rep�blica, para el per�odo que iniciar�a en el a�o de 1950, estaba escriturada a aquel hombre orgulloso de su origen y dispuesto a poner en marcha un cambio radical en la hist�rica estructura del poder en Colombia. Pero sobrevino su asesinato y, con �l, un cataclismo que sacudi� al pa�s entero. Las masas, hu�rfanas de su conductor, frustrada su cita con la historia, enloquecieron, destruyendo la ciudad en la que tantas veces lo aclamaron a �l. Desde entonces la violencia que desencaden� aquel crimen miserable no ha parado en una naci�n que cincuenta a�os despu�s a�n no termina de expiar su m�s terrible equivocaci�n: no haberle dado a Gait�n la oportunidad de realizar su gobierno, que era el gobierno del pueblo, el gobierno de los olvidados de siempre. E-MAIL: editorge@elespectado -------------------------------------------------------------- To unsubscribe send an email to: [EMAIL PROTECTED] with UNSUBSCRIBE COLEXT as the BODY of the message. Un archivo de colext puede encontrarse en: http://www.mail-archive.com/[email protected]/ cortesia de Anibal Monsalve Salazar
