Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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Chavez, Castro y la constituci�n
Por Carlos Alberto Montaner
El presidente Hugo Ch�vez comenz� a hundirse cuando advirti� que Venezuela
navegaba hacia mares cubanos. No es extra�o. Son mares peligrosos.
``Procelosos'' dicen los malos poetas. Cuba es el tri�ngulo de las Bermudas
del mundillo pol�tico latinoamericano. Acariciarle la barba a Castro da mala
suerte. Uno naufraga irremediablemente. Desde Allende hasta Tabar� V�zquez
hay una larga hilera de v�ctimas del maleficio de ese gato negro caribe�o.
Los latinoamericanos que conocen el riesgo se divierten con el comandante,
lo aplauden, le tiran cacahuetes y se retratan con �l --desde Andr�s
Pastrana hasta Alvaro Arz�--, pero a ninguno se le ocurre imitarlo. Una cosa
es ir al zool�gico a contemplar la fiera y otra muy distinta meterse en la
jaula. S�bitamente la popularidad de Hugo Ch�vez se desplom�. De acuerdo con
las encuestas m�s fiables el 85 por ciento de los venezolanos se opone a ese
miserable destino de represi�n y hambre. Ellos eligieron al locuaz coronel
para poner fin a la corrupci�n, y acaso para jugar a la pelota, no para
instaurar una desacreditada dictadura comunista.
La reacci�n de los venezolanos ha sido de tal naturaleza que Fidel Castro,
asustado, se ha sentido obligado a salir en defensa de su amigo para
garantizar que Hugo Ch�vez no era comunista y no se propon�a crear un
manicomio como el instaurado en La Habana hace cuarenta a�os. Durante la
guerra fr�a, Castro otorgaba certificados de comunismo. Ahora certifica lo
contrario. Pero esa garant�a, lejos de tranquilizar a los venezolanos, los
ha inquietado a�n m�s. Castro es un consumado mentiroso. Toda Venezuela ha
visto mil veces en televisi�n la oronda declaraci�n de Fidel, mirando
fijamente a la c�mara, en la que juraba que ni �l ni su revoluci�n eran
comunistas, seguida de otra secuencia, pronunciada dieciocho meses m�s
tarde, en la que con la misma convicci�n afirmaba que era marxista-leninista
desde su m�s remota juventud, y como tal vivir�a y morir�a. Hab�a
mentido --aclar�-- para ganar tiempo y consolidar la revoluci�n. Era s�lo
una inocente t�ctica leninista encaminada a tranquilizar a la bobalicona
burgues�a. �Qu� impide --piensan los venezolanos-- que tras la aprobaci�n de
la constituci�n --un absurdo engendro que promete subsidios incosteables y
otorga poderes incontrolables--, y tras la reelecci�n en la primavera del
2000 de un Ch�vez omnipotente, los dos amiguetes, abrazados y sonrientes,
expliquen que, en efecto, Venezuela marcha a toda vela hacia el feliz modelo
cubano?
Para Castro es muy importante que Ch�vez se mantenga en el poder. El
comandante naci� para ser subsidiado. Se empe�a en tener un sistema
improductivo que debe ser mantenido por la solidaridad revolucionaria del
exterior. En los archivos de la Casa Blanca se conserva una carta que el
ni�o Castro, a los 9 a�itos, le remiti� al presidente Roosevelt pidi�ndole
diez d�lares de regalo. M�s tarde, cuando le crecieron la barba y el resto
de las excrecencias pilosas, durante treinta a�os de inclementes
sustracciones, les quit� a Brezniev y sucesores cien mil millones de d�lares
contantes y sonantes. Ahora sue�a con que Venezuela le vender� cien mil
barriles diarios de petr�leo. �Qu� son, Hugo, compa�ero, cien mil barriles
diarios para un pa�s que produce tres millones? Apenas dos millones de
d�lares al d�a. Es cierto que Cuba no tiene con qu� pagar, pero entre
revolucionarios no est� bien visto hablar de esas ordinarieces. �No le debe
Cuba a Argentina mil doscientos millones de d�lares? �No le debe una cifra
similar a Espa�a? �No asciende a doce mil millones de incobrables d�lares la
suma que la isla le debe a Occidente y veinticinco mil a Rusia? �Qu� importa
reba�arle mil o dos mil millones m�s a Venezuela? La revoluci�n tambi�n es
eso, querido Hugo: pasar el cepillo incansablemente. Pagar es una tonta
costumbre burguesa.
�Por qu� Ch�vez no va a querer que Venezuela se parezca a Cuba? No es verdad
que el marxismo ha muerto en Am�rica Latina. El que quiera convencerse de
que vive y colea s�lo tiene que pasearse por el Foro de Sao Paulo, la
familia pol�tica de Hugo Ch�vez, y conversar un rato con esa curiosa tribu
de supervivientes de la ca�da del muro de Berl�n. Todo lo que hay que hacer
es tomarse un caf� con el brasilero Lula da Silva, con el subcomediante
Marcos, el mexicano �se de la m�scara, con la se�ora Mar�n, que aspira a la
presidencia chilena, con el nicarag�ense Daniel Ortega o con el incansable
Isa Conde de la Rep�blica Dominicana, por s�lo citar media docena de un
memorable centenar de camaradas inasequibles al desaliento. Lo que ha muerto
es el procedimiento violento para la toma del poder, y ni siquiera en todas
partes, como saben los desdichados colombianos.
Bajo su vistosa boina roja, Ch�vez ha acumulado una considerable cantidad de
disparates y percepciones absurdas que no son muy diferentes a las que
todav�a sostienen decenas de millones de personas en nuestro planeta a fines
del siglo XX. Hay gente que cree en el marxismo, contra todo vestigio de
sentido com�n, como hay gente que cree en los ovnis y en la telepat�a.
El mundo est� lleno de tipos pintorescos que piensan que la propiedad
privada y la econom�a de mercado son moralmente rechazables. Discurso que
suelen rematar con la afirmaci�n de que la democracia plural conduce al
desorden y a la ingobernabilidad. Son legiones las personas convencidas de
que la porci�n desarrollada del planeta, con sus ``injustos sistemas de
intercambio'', son responsables de la pobreza y el atraso del tercer mundo.
Y en casi todos los pa�ses no faltan los revolucionarios persuadidos de que
ellos han sido ungidos por el destino para imponerles a los pueblos la
felicidad y la prosperidad. Ch�vez, sencilla y fatalmente, es uno de ellos.
Los venezolanos ya han sacado las cacerolas a la calle. Era hora. A mediados
de diciembre acudir�n a las urnas a refrendar la constituci�n. Ojal� la
rechacen. Votar no es cerrarle el camino a una aventura totalitaria como la
cubana. Es la manera de votar por Venezuela. Votar s� es dar otro paso en
direcci�n del abismo.
El Nuevo Herald/ Firmas Press
5 de diciembre de 1999
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cortesia de Anibal Monsalve Salazar