Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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Castro y el balserito que se neg� a morir

Por Carlos Alberto Montaner

Eli�n Gonz�lez no hab�a cumplido los seis a�os cuando su madre y su
padrastro, el hombre que lo hab�a criado y lo quer�a con pasi�n, lo subieron
a un bote en la costa norte de Cuba, junto a una docena de ilusionados
pasajeros, y amparados por la noche se largaron rumbo a la Florida, en lo
que ya se conoce como la Ruta de la Muerte, cementerio marino sin versos de
Valery en el que miles de cubanos han perdido la vida tratando de huir del
para�so comunista. En el exilio los esperaban unos familiares c�lidos y
esperanzados.

El bote zozobr� y casi todos sus ocupantes se ahogaron, pero en medio del
naufragio los padres de Eli�n tuvieron la desesperada ocurrencia de amarrar
al chiquillo a una c�mara de autom�vil, cubrirlo con alg�n trapo para
protegerlo del sol, ese asesino tropical, y luego trataron de sostenerse
junto al neum�tico. Poco a poco los m�sculos fueron paraliz�ndose.
Comenzaron a alejarse y se perdieron en medio de las olas, en medio de la
noche, en medio del terror. Eli�n debe haber o�do los gritos desgarrados de
su madre, cada vez m�s d�biles, y los "�suj�tate fuerte!" que le ordenaba el
padrastro, pero lo que nunca lleg� a sus o�dos, a esos timpanos inflamados
de salitre, fue la secreta plegaria de aquella mujer vapuleda por el agua,
sacudida por una muerte temprana y absurda. Era la v�spera del d�a gringo de
dar gracias a Dios por seguir vivo. Veinticuatro horas m�s tarde apareci� un
bote. Lo izaron a bordo. Eli�n era una cosa aterida, acurrucada, un temblor
diminuto y dos ojazos vidriados por el espanto. Un religioso que iba en la
nave se ech� a llorar.

Fidel Castro decidi� entonces montar un circo pol�tico sobre el dolor de
Eli�n. Acus� a Estados Unidos de secuestro y exigi� que reembarcaran el ni�o
a Cuba, al hogar de su padre biol�gico. �Una especial sensibilidad con los
sufridos balseritos? No parece. Si Eli�n hubiera muerto no habr�an salido
dos l�neas en Granma. Los balseritos muertos nunca salen en Granma. En julio
de 1994 las lanchas patrulleras cubanas asesinaron a 21 de ellos, m�s 19
adultos, pasajeros todos de la embarcaci�n 13 de marzo, y el Comandante ni
siquiera permiti� un entierro decente a los cad�veres devueltos por el mar.
Las madres de aquel maldito bote de madera exhib�an a sus hijos peque�os
pidiendo compasi�n, mientras los polic�as de Castro embest�an el casco con
sus lanchas de hierro y barr�an la cubierta con mangueras a presi�n, como
quien dispersa un hormiguero, como quien mata cucarachas o gusanos. Eso eran
aquellos balseritos, aquellos indefensos Eli�n: gusanos, gusanitos
perfectamente aplastables.

�Le importaba acaso al M�ximo L�der el v�nculo filial? Tampoco es cre�ble.
La legislaci�n cubana est� concebida para disgregar a la familia, no para
unirla. Si un ni�o pierde a uno de sus padres en Cuba, y el otro est� en el
exilio, a la criatura no se le permite viajar al extranjero para reunirse
con su progenitor. Lo destinan a un orfanato militarizado para que aprenda a
servir a la patria muy lejos del traidor que lo engendr�. Madre no hay m�s
que una: la revoluci�n. Y si �stas no son las causas, �qu� hay tras este
iracundo espasmo antiimperialista de Castro? �Por qu� saca el problema de su
�mbito natural -un pleito de derecho internacional privado entre familiares
que se disputan la custodia de un ni�o, algo que sucede todos los d�as en
todos los tribunales del planeta- y lo eleva a casus belli contra Estados
Unidos?

Hay varias razones. Castro est� enojado con Clinton. Se siente traicionado y
quiere castigarlo. Cre�a que el presidente norteamericano iba a dar pasos
decididos para levantar el embargo sin exigirle a La Habana la menor
concesi�n en el terreno de las libertades, pero no ha sido as�. La Cumbre
Iberoamericana le result� un desastre. No pudo asistir a Seattle por no
arriesgarse a una garzonada judicial incoada como resultado del asesinato
sobre aguas internacionales de varios ciudadanos y residentes
norteamericanos que volaban en avionetas desarmadas de Hermanos al Rescate,
acci�n legal cuidadosamente iniciada por el congresista Lincoln D�az-Balart.
Todo esto ha puesto al Comandante muy irritado, rabioso, desafiante, estado
emocional que siempre lo conduce a apedrear la embajada norteamericana.

�Hay m�s gatos encerrados? Por supuesto. Castro desea forzar la eliminaci�n
de la "Ley de Ajuste" promulgada por el Congreso norteamericano en 1966,
norma jur�dica que autoriza a los cubanos a solicitar la residencia legal en
Estados Unidos al a�o y un d�a de haber tocado este territorio. �Por qu�
Fidel quiere perjudicar a sus compatriotas exiliados? Primero, porque es su
deporte favorito. Lleva cuarenta a�os practic�ndolo con un �xito sin
parang�n. Su hip�tesis es que esa ley alienta el �xodo. Otra evidente
falsedad: los mexicanos, los centroamericanos, los dominicanos o los
haitianos, sin "Ley de Ajuste" que los protejan, contin�an entrando
clandestinamente en Estados Unidos por centenares de millares. Si la ley
fuera derogada los cubanos insistir�an en jugarse la vida por escapar hacia
Estados Unidos. La �nica diferencia es que entonces vivir�an en la
ilegalidad, como el resto de los indocumentados. Lo que tendr�a que pedirse
es una ampliaci�n de la "Ley de Ajuste" para que todos los "ilegales"
pudieran regularizar sus vidas, pagar impuestos y tener los derechos y
deberes del resto de los ciudadanos de esa tierra. Hay pocas leyes
migratorias m�s convenientes para todos que �sa.

�C�mo va a terminar esta farsa? Lo sensato ser�a que el padre biol�gico de
Eli�n viajara a Estados Unidos, radicara en los tribunales de la Florida una
demanda por la custodia de su hijo, y dejara que los tribunales de familia
decidieran. El pleito debe resolverse en pocos meses y no es improbable que
el fallo le sea favorable. En ese periodo tal vez Juan Miguel -asi se llama
el padre de Eli�n- descubra que la libertad no s�lo es buena para su hijo,
sino tambi�n para �l. Tal vez entonces, acaso paseando frente a la bah�a de
Biscayne, mirando hacia el mar, decida que el sacrificio de la que fuera su
mujer, la madre de Eli�n, no fue en vano.

El Nuevo Herald/ Firmas Press
12 de diciembre de 1999






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    cortesia de Anibal Monsalve Salazar

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