Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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Democracias prendidas con alfileres

Por Carlos Alberto Montaner

Madrid -- Era hermoso creer que Am�rica Latina hab�a superado la �poca de
los espadones y las aventuras autoritarias. Con esa fantas�a inauguramos el
milenio --o lo que sea este maldito 2000 saludado por una gripe planetaria y
millones de Kleenex como derrotadas banderas. Tras ciento ochenta a�os de
golpes, contragolpes y violentos salvadores de la patria, parec�a que los
latinoamericanos, al fin, hab�amos descubierto que no hab�a sustituto para
las libertades, la democracia y la econom�a de mercado, como demuestran las
veinte naciones m�s pr�speras del mundo, cuando los ecuatorianos nos
despiertan de ese bello sue�o con el frustrado golpe del 22 de enero. Poco
ha cambiado, y si el golpe --esta vez-- no tuvo �xito, fue por la indecisi�n
de sus autores, por el comportamiento responsable de la fuerza a�rea y la
marina, y, en menor medida, por la reacci�n de la embajada norteamericana:
el fin de la democracia ecuatoriana --advirti� el Departamento de Estado--
hubiera significado el aislamiento internacional y la asfixia econ�mica.
S�lo que por un tiempo no muy largo, pues ah� est� el vecino Alberto
Fujimori, aceptado por todos, Washington incluido, quien derrib� las
instituciones constitucionales peruanas en 1992, inaugurando luego una
seudodemocracia. Y est�, adem�s, el decano de todos los tiranos del planeta,
Fidel Castro, con quien alguna gente en Washington (y casi toda Am�rica
Latina) quiere tener buenas relaciones econ�micas y pol�ticas sin importarle
un r�bano qu� clase de r�gimen padece el pa�s.

�Por qu� estuvo a punto de hundirse la democracia ecuatoriana? Por una
combinaci�n entre la crisis econ�mica --expresada dolorosamente en la
devaluaci�n vertiginosa del sucre--, el descr�dito de un aparato burocr�tico
notablemente corrupto e ineficaz desde hace d�cadas, y --lo m�s importante--
por la actitud suicida de una clase pol�tica m�s interesada en paralizar al
adversario e impedirle la labor de gobierno que en mejorar la agobiante
situaci�n de ese sesenta por ciento de la poblaci�n que vive bajo los
niveles de una pobreza abyecta.

Bien har�an los pol�ticos ecuatorianos en acercarse a la historia reciente
de Venezuela. Ver�an c�mo la fr�vola deposici�n del presidente Carlos Andr�s
P�rez, acusado de utilizar fondos reservados para ayudar a sostener la
fr�gil democracia nicarag�ense --tal vez la m�s sensata de sus acciones en
el campo de la pol�tica exterior--, unida a la actitud disolvente y ego�sta
de una buena parte de la c�pula dirigente de los dos grandes partidos,
acabaron por colocar en Miraflores a Hugo Ch�vez, un militar tercermundista,
asombrosamente ignorante, que va a lograr el contramilagro de enterrar a
Venezuela en un ata�d en forma de barril de petr�leo valorado en cuarenta
d�lares. Ver�an, adem�s, como el irresponsable Rafael Caldera, cuya
desmedida ambici�n, acompa�ada de una dosis letal de mesianismo, le llevaron
a destruir el partido que hab�a creado cuando ya no pudo mangonearlo a su
antojo; y lo ver�an luego violando demag�gicamente el esp�ritu de las leyes
de su pa�s, exonerando de culpas a un golpista que hab�a ensangrentado
Caracas en una agresi�n a la democracia que dej� cientos de muertos tendidos
en las calles.

La democracia es muy fr�gil en casi todas partes, pero en Am�rica Latina
est� prendida con alfileres. Basta un ligero empuj�n, propinado en el
momento adecuado, para que el edificio se derrumbe s�bitamente. Y quien dude
de ello debe leerse urgentemente un libro de C�sar Vidal que acaba de
publicar Ediciones B de Barcelona: La estrategia de la conspiraci�n:
conjuras antidemocr�ticas en el siglo XX. Ah� est�n, con el rigor del
historiador y la prosa del periodista y narrador, las descripciones m�s
fiables sobre c�mo Mussolini y Hitler llegaron al poder. Est� la manera en
que un pu�ado de complotados destruyeron la II Rep�blica Espa�ola, o c�mo
los comunistas tomaron el poder en Rusia primero, y tras la Segunda Guerra
en toda Europa del Este. Est�n tambi�n la ca�da de Allende y un inteligente
rompecabezas que explica c�mo y por qu� fue asesinado el presidente Kennedy.

Lo que el libro demuestra es lo que a mediados de siglo adelant� Curzio
Malaparte con su T�cnica del golpe de estado: hay un gui�n, un procedimiento
no muy dif�cil de desarrollar que, en momentos de crisis, liquida la
democracia de un zarpazo. Pero lo que Vidal tambi�n logra probar con
argumentos s�lidos --y tras ochenta y seis meritorios libros publicados hay
que tomarlo muy en serio-- es que si las democracias act�an con energ�a,
rapidez y contundencia, son capaces de ganar la partida. Si el gobierno
provisional ruso, y luego Kerensky, se hubieran enfrentado a Lenin con
decisi�n --incluso acus�ndolo de traici�n en tiempos de guerra por su
colaboraci�n con el enemigo alem�n--, no habr�a habido Gulag ni una
pesadilla de setenta a�os y cuarenta millones de muertos. Si en 1919
Mussolini hubiera ido a la c�rcel por poseer ilegalmente un arsenal, o si
sus turbas fascistas hubieran sido llevadas a los tribunales a tiempo, el
Duce jam�s hubiera alcanzado el poder. Si el general Mola --de quien
sospechaban los gobernantes republicanos espa�oles-- hubiese sido espiado
por los servicios secretos, el alzamiento que luego dirigi� Franco habr�a
fracasado, como antes fracas� el del general Sanjurjo: ``El precio de la
libertad --sentenci� Edmund Burke-- es la eterna vigilancia''.

Hay que defenderse con dientes y u�as de estos peligros�simos tipos. Vale la
pena concluir con una frase de Mart�n Niehmoller, err�neamente atribuida a
Bertolt Brecht, que Vidal recuerda en su libro: ``Primero detuvieron a los
socialistas y yo no protest� porque no era socialista. Despu�s detuvieron a
los sindicalistas y yo no protest� porque no era sindicalista. Despu�s
detuvieron a los jud�os y yo no protest� porque no era jud�o. Entonces me
detuvieron a m�, pero ya no quedaba nadie que pudiera protestar por m�''. Me
dicen que Gustavo Noboa, el nuevo presidente de Ecuador, es un lector
copioso e inteligente. Ver� c�mo le hago llegar este libro a la cabecera de
su cama.

30 de enero del 2000

(Firmas Press)


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