Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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Retrato de un narcisita

Fragmento del primer cap�tulo del libro "Viaje al coraz�n de Cuba" de Carlos
Alberto Montaner.


No hay ninguna figura pol�tica viva que despierte la curiosidad
antropol�gica que provoca Fidel Castro. Sus barbas y su chaquet�n verde
oliva pasar�n a la iconograf�a del siglo XX junto al bigotillo de Hitler, el
puro de Churchill y el bomb�n de Charles Chaplin. Desde hace medio siglo se
ha instalado en las primeras p�ginas de los diarios y no habido manera de
desalojarlo. Su capacidad de adherencia al bast�n de mando ya ha pasado al
Guiness: no hay ning�n dictador iberoamericano --Franco incluido-- que haya
durado tanto. Lleva m�s de cuarenta a�os al frente del estado cubano. Con
una sonrisa socarrona, firmemente apoltronado, ha visto desfilar a diez
presidentes norteamericanos. A veces ha tenido la paciencia de sentarse a la
puerta de su tienda a ver pasar los cad�veres de sus enemigos. Otras, se ha
apresurado a ordenar sus ejecuciones. Cualquier medida es aceptable si de lo
que se trata es de mantenerse en el poder.

Su infinita facundia es legendaria. Especialmente cuando hay m�s de tres
personas reunidas y siente el incontenible deseo de demostrar su inmensa
sabidur�a. Esa urgencia enfermiza se multiplica exponencialmente con
relaci�n al volumen del auditorio. A m�s gente, discursos m�s largos y
laber�nticos. Si la tribuna es alta y la plaza grande, se le exacerba la
locuacidad. Se desata. Llega a la fase cr�tica de la incontinencia oral.
Entonces habla incesantemente. Pronuncia ``charlas'' de ocho horas, sin la
menor concesi�n a su vejiga o a las de sus desesperados oyentes. Este no es
un dato ocioso: refleja lo poco que le importa el resto de la humanidad y la
inmensa valoraci�n que hace de s� mismo. Habla, adem�s, de todo. De la ca�a
de az�car, de la cr�a de ganado, del neoliberalismo, del inminente colapso
del mundo capitalista, de los ciclones y de cuanto tema cient�fico,
econ�mico, �tico o deportivo se le ocurre. Es un presidente repleto de
esdr�julas: enciclop�dico, oce�nico, pedag�gico, y su tono suele ser,
adem�s, apocal�ptico. Quien no lo ha escuchado no se imagina el poder
devastador que puede alcanzar la palabra. Un poder, a veces, de vida o
muerte.

Esos largos discursos tienen, adem�s, una trascendental funci�n lit�rgica:
ah�, en ese torrente de palabras desordenadas se define lo que es verdad o
mentira; ah�, en medio de expresiones coloquiales, de burlas y de c�leras,
de explicaciones complejas y de simplificaciones tontas, se dibujan los
contornos de la realidad, se seleccionan los enemigos del pueblo, los
amigos, lo que se debe creer y lo que se debe rechazar. La palabra de Castro
es el libro sagrado del pueblo, la biblia revolucionaria que sirve de marco
te�rico para poder establecer juicios de valor o para amparar o condenar
determinadas conductas. Es la referencia dogm�tica que permite precisar si
un pensamiento o una opini�n tienen contenido revolucionario o lo contrario.
Si Fidel lo afirm�, es correcto; si lo desaprob�, hay que rechazarlo. Es el
conocido mecanismo de la filosof�a escol�stica: en el terreno religioso las
cosas son ciertas o falsas de acuerdo con la opini�n de las autoridades. Ese
es el car�cter infalible que poseen las verdades reveladas. En Cuba Fidel es
la �nica autoridad moral e intelectual. La lealtad al Jefe, adem�s, se
demuestra en la fidelidad con que se asumen las palabras y los juicios de
Castro. Ser revolucionario es ser fidelista; y ser fidelista es repetir fiel
y ciegamente el discurso de Castro, apoderarse de sus palabras y
devolv�rselas con la fidelidad de los gram�fonos. Y en la repetici�n
mec�nica, en la m�mica exacta, radica precisamente el talento de sus
ac�litos y una de las mayores gratificaciones emocionales que obtienen los
caudillos: la creaci�n de sociedades corales.

Pero no siempre es as�. Fidel no es el or�culo sagrado permanentemente.
Sentado es otra persona. Cuando el auditorio se reduce a un solo
interlocutor, inmediatamente cambia la estrategia de comunicaci�n. Lo
peligroso es que su reloj circadiano, el mecanismo que regula su sue�o y su
vigilia, est� invertido. Como los tulipanes, Castro florece por las noches.
Se revitaliza e irrumpe en el escenario como un vampiro oral que sale de su
ata�d a platicar durante varias horas. Es cuando surge el Fidel cautivador,
aparentemente muy interesado en el otro. Puede parecer refinado y atento. Ya
no conversa: pregunta. Entonces se convierte en un puntilloso inquisidor
desesperado por saber exactamente cu�ntos alcaldes hay en la provincia de
M�laga, el n�mero preciso de autom�viles que transitan los jueves por la
carretera Panamericana, o la descripci�n detallada de c�mo funciona una
central hidroel�ctrica. Castro tiene una idea clasificatoria del mundo en el
que vive. Una actitud minuciosa, pitag�rica, en la medida en que esos
griegos esot�ricos cre�an que la realidad pod�a reducirse a n�meros. Castro
tiene la cabeza llena de n�meros. Es un anuario parlante que acumula datos e
informaciones insustanciales, con las que luego ratifica sus conclusiones
previas.

Porque esa es otra: jam�s est� dispuesto a cambiar de opini�n o a revocar
decisiones.

La siquiatr�a tiene perfectamente descrita sicolog�as como la de Fidel
Castro. Les llama personalidades narcisistas y est�n clasificadas entre los
des�rdenes mentales m�s frecuentes. Los narcisistas se autoperciben como
seres grandiosos, poseedores de una importancia �nica

Que se equivoquen ellos, los dem�s. El es un hidalgo tercamente convencido
del lema caballeresco ``sostenella antes que enmendalla''. No enmienda sus
errores, los sostiene, pues su mayor satisfacci�n sicol�gica se deriva de
hacer su voluntad y de tener raz�n. Admitir que otra persona ha sido m�s
sagaz, o que �l cometi� un disparate, le parece una forma espantosa de
humillante degradaci�n. Tras el hundimiento del comunismo y la desaparici�n
de la Uni�n Sovi�tica, han pasado por su despacho cien pol�ticos amigos y
docenas de acreditados economistas a explicarle que el estado
marxista-leninista antes era un disparate, pero ahora resultaba imposible. Y
todo ha sido in�til. Es indiferente a la realidad. Est� aquejado de una
especie de autismo pol�tico. Si el mundo entero le dice que est� equivocado,
�l opina que el mundo entero vive en un error probablemente inducido por la
CIA. No tiene remedio.

Esa incapacidad para aceptar debilidades o fracasos no s�lo hay que
entenderla como una deformaci�n patol�gica de su car�cter. Tiene que ver con
el modo con el que Castro se relaciona con sus subordinados. Estamos en
presencia de un caudillo. Alguien que exige una total obediencia y sumisi�n
de los dem�s como consecuencia de su evidente superioridad moral e
intelectual. El caudillo es �nico porque no se equivoca. Es infalible. De
ah� que quienes lo obedecen depositen en �l la facultad de analizar,
diagnosticar y proponer soluciones. De ah�, tambi�n, la testarudez roque�a
de los caudillos. En el momento en que exhiben sus miserias y su falta de
juicio se debilita la lealtad de los seguidores. Ellos ni quieren ni pueden
ver a un jefe lloroso que baja la cabeza y pide perd�n. Si le han entregado
la facultad de pensar, y con ella el derecho a decir lo que verdaderamente
creen, es por la excepcionalidad del l�der. Si no son due�os de sus
palabras, porque las han sustituido por las del gu�a amado, y ni siquiera de
sus gestos, pues son v�ctimas de una tendencia instintiva a la imitaci�n del
maestro idolatrado, no pueden aceptar que esa persona, que les ha usurpado
el modo de vivir, sea un sujeto corriente y moliente capaz de equivocarse
como cualquier hijo de vecino. El pacto es muy sencillo: el alma s�lo se
entrega a los caudillos infalibles. Como Castro.

La siquiatr�a tiene perfectamente descrita sicolog�as como la de Fidel
Castro. Les llama personalidades narcisistas y est�n clasificadas entre los
des�rdenes mentales m�s frecuentes. Los narcisistas se autoperciben como
seres grandiosos, poseedores de una importancia �nica. Encarnan la idea
plat�nica de la vanidad humana. Por ello esperan que se les trate de una
forma especial y distinta a los dem�s mortales. Ante la cr�tica o la
censura, si provienen de un subalterno, reaccionan airadamente, con
violencia verbal y f�sica, pero si se originan en una fuente distante,
aparentan la mayor indiferencia. Son ambiciosos y ego�stas en grado extremo.
Las normas son para los dem�s. Se suponen acreedores de todo tipo de trato
favorable, pero no toman en cuenta las necesidades del pr�jimo. La
reciprocidad es una palabra que no existe en sus vocabularios. Por eso sus
relaciones interpersonales son muy fr�giles y conflictivas. Les temen, pero
no los quieren. Es casi imposible querer a un narcisista. Es dif�cil
apreciar realmente a quienes no pueden demostrar empat�a o compasi�n ante la
desgracia de sus allegados. Es contranatura querer a quien define la lealtad
del otro como una total subordinaci�n a sus criterios, gustos y principios.
Eso ser�a querer a quien te aplasta y devora.

Los rasgos de la personalidad narcisista casi nunca se presentan en estado
puro. Con frecuencia los acompa�a el histrionismo. Esto es, una forma de
exhibicionismo que se expresa en las ropas extravagantes, la conducta
exc�ntrica y un evidente desprecio por lo que se considera socialmente
aceptable. Fidel, como ocurr�a con Hitler y Mussolini, otros dos narcisistas
de libro de texto, tiene mucho de histri�n. Su disfraz permanente de militar
en campa�a, su gesticulaci�n espasm�dica, la transfigurada expresi�n de su
rostro desde la tribuna, lo definen como un histri�n. Adem�s de ser, est�
disfrazado de Fidel Castro. Pero el histrionismo es tambi�n una t�cnica de
manipulaci�n. Fidel comparece ante los cubanos como un hombre iracundo y
agresivo. Ese es su mensaje corporal. Siempre est� a punto de estallar, de
declarar una guerra, de hacer algo tremendo. No s�lo quiere impresionar.
Quiere intimidar. Y lo logra. Quienes lo rodean, le temen. A�n los m�s
pr�ximos. Sobre todo los m�s pr�ximos. Temen sus ex abruptos, sus
recriminaciones, sus gritos, pues Castro, que puede ser extremadamente
delicado, encantador con un visitante extranjero, no vacila en recurrir a
las peores groser�a para censurar a un subalterno. Ese es uno de los m�s
tristes signos de la sociedad cubana. Es un mundo en el que todo el mundo
tiene miedo. Menos una persona. Menos el caudillo que desde las alturas de
su poder, trepado a su ego inmarcesible, los maneja como le da la gana.


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    cortesia de Anibal Monsalve Salazar

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