Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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El �nico Ch�vez

Por Carlos Alberto Montaner

(FIRMAS PRESS) Tres d�as antes de la toma de posesi�n de Hugo Ch�vez,
Gabriel Garc�a M�rquez lo salud� con los veinti�n ca�onazos de un art�culo
generoso: "Los dos Ch�vez". El Nobel colombiano no sabe si el flamante
presidente es "uno a quien la suerte empedernida le ofrec�a la oportunidad
de salvar a su pa�s, y el otro, un ilusionista, que podr�a pasar a la
historia como un d�spota m�s." Ante la duda, naturalmente, Garc�a M�rquez
escribe sin disimular su simpat�a por la gracia caribe de este venezolano
locuaz, memorioso y jugador de b�isbol. Al fin y al cabo, al autor de Cien
a�os de soledad le resulta indiferente si Ch�vez se convierte en un tirano
como Castro, en un respetado socialdem�crata, vegetariano y tolerante, como
Felipe Gonz�lez, o en un narcodictador como Noriega. Eso lo tiene sin
cuidado. Lo importante es que el sujeto exhiba cierta originalidad
antropol�gica. Es tan asombrosa su capacidad para abstenerse de enjuiciar
moralmente a las personas, y es tal la curiosidad que le despiertan las
criaturas poderosas, que hasta lo creo capaz, alg�n d�a, de escribir otro
art�culo, "Los dos Garc�a M�rquez", en el que con toda objetividad d� cuenta
de la extra�a dicotom�a entre el narrador genial, amistoso, c�lido,
conversador grato, servicial, compasivo -me consta-, y el insensible valedor
de s�trapas, defensor sin rubor de tiran�as. Garc�a M�rquez es tambi�n un
personaje macondiano. Tal vez el primero de ellos.

Pero tratemos de despejar la inc�gnita de Ch�vez, puesto que la de "Gabo" es
bastante m�s compleja. Acaso no sea dif�cil. Basta con repasar la biograf�a
del teniente coronel, tal como se la cont� a Garc�a M�rquez, y releer a
continuaci�n su primer discurso presidencial. Seg�n Ch�vez, a los 23 a�os,
en 1977, cuando Venezuela viv�a en medio de una democracia pr�spera que
recog�a exiliados argentinos y chilenos que hu�an de sus holocaustos
particulares, o emigrantes espa�oles e italianos que buscaban seguridad
econ�mica, cuando el pa�s era uno de los destinos dorados del planeta, �l
comenz� a crear dentro del ej�rcito una secta secreta y juramentada,
destinada, alg�n d�a, a tomar el poder para crear una rep�blica
revolucionaria, bolivariana, que les trajera a los venezolanos, y a todos
los latinoamericanos, un luminoso porvenir.

Ch�vez, obviamente, es un Mes�as. Viene a salvarnos. Siente que tiene una
misi�n superior en la vida. Guarda el escapulario milagroso del bisabuelo
peleador. Est� dispuesto a morir si es necesario. Es honrado, sacrificado,
idealista. Pero, adem�s de poseer esa actitud vital y esa confianza en su
sino personal, Ch�vez, como todos los Mes�as, sabe c�mo hacer felices a los
dem�s. Sabe c�mo deben vivir sus compatriotas, c�mo deben trabajar, que hay
que hacer para corregir las injusticias de este mundo. Sabe con toda
precisi�n por qu� Am�rica Latina es un valle de l�grimas, y lo que debe
hacerse para borrar esta ignominia. Es un amoroso/riguroso ingeniero social.
Sabe cu�les son los villanos y los h�roes, los que merecen ser castigados o
premiados. Su juicio �tico es fulminante, ejerce una c�lera justa, del justo
indignado, como de profeta del Viejo Testamento. Su triunfo, adem�s, le
confirma sus corazonadas. La prueba de su singularidad y la santidad de la
tarea que tiene por delante se verifican en que ha llegado al poder contra
todo pron�stico y frente a las m�s adversas situaciones. �No es �sa la se�al
de los cielos?

Ch�vez, qu� duda cabe, es un hombre �ntegro. Ni siquiera jur� la "moribunda
constituci�n". Jur�, candorosamente, que la cambiar�a por otra. Y dijo, para
que nadie se llamara a enga�o, que "no hay marcha atr�s en la revoluci�n
pol�tica que tenemos que impulsar y que claman las calles". No le importa, o
no se ha percatado, de que las revoluciones atrasan y empobrecen a los
pueblos. Ama tanto la figura de Bol�var, que se cree su continuador y el
albacea de su pensamiento, lo que le confiere una mayor carga de
legitimidad. Est� convencido de que lleg� el momento para el que la Historia
lo ha elegido. No es un hombre cruel y no quiere hacer da�o, pero no va a
permitir que unos tipos ego�stas y desaprensivos, podridos de
antipatriotismo, le impidan transformar el mundo. Con dolor de su alma, si
tiene que barrerlos, los barrer� con la misma dureza con que el 4 de febrero
de 1992 lanz� a sus paracaidistas al asalto de Miraflores, para tejer su
utop�a con la punta de las bayoneta. Los revolucionarios son as�. Las
revoluciones son as�. Robespierre tampoco era un desalmado. Era
incorruptible, y la flaqueza frente a los timoratos era una forma de
corrupci�n. Por eso hab�a que guillotinarlos.

Ese es el problema, Garc�a M�rquez. No hay dos Ch�vez. Hay s�lo uno, incapaz
de comprender la naturaleza humana, el valor de la libertad individual y la
importancia de las instituciones. Los revolucionarios creen que las
sociedades se trasforman por la acci�n de los hombres iluminados. No les
cabe en la cabeza que el desarrollo es hijo del sosiego, del respeto a las
reglas, del continuado esfuerzo de generaciones que trabajan, ahorran e
invierten durante un largo periodo de estabilidad dentro de un Estado de
Derecho. Nadie discute las buenas intenciones de Ch�vez. Claro que no es un
asesino nato ni un canalla pervertido. Lenin, Stalin o Castro, tampoco. Eso
tal vez vendr� despu�s, cuando la realidad lo golpee y los obst�culos lo
exasperen. Eso llegar�, si se tercia, cuando descubra que no es posible
establecer por decreto el enriquecimiento de los pueblos, la felicidad de
las gentes o el comportamiento generoso. Los d�spotas no surgen
espont�neamente. Son los mismos salvadores de la patria en el instante de
cumplir con el irrenunciable deber de ser implacables frente a las flaquezas
de los pusil�nimes, las traiciones de los vendepatrias y las desobediencias
de los d�scolos. Son los mes�as vistos por la otra punta. Es sorprendente,
"Gabo", que no te hayas dado cuenta de que son los mismos personajes. Lo
�nico que cambia es la p�gina de la novela.

[FIRMAS PRESS]



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    cortesia de Anibal Monsalve Salazar

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