
ACTUALIDAD : NACION
"Casta�o da la cara”, se anunciaba el programa. Y el �xito que tuvo el destape de hora y media en la televisi�n del legendario jefe de las autodefensas entrevistado por Dar�o Arizmendi se debi� a eso: a que Carlos Casta�o dio la cara, en un pa�s donde nadie la da. En un pa�s en donde todos mienten, en donde todos ponen cara de no haber roto nunca un plato, en donde los presidentes aseguran, poniendo cara de bobos, que las cosas sucedieron “a sus espaldas” y los guerrilleros afirman, poniendo cara de avispados, que el secuestro extorsivo para financiar la guerra es una “contribuci�n a la paz”; en un pa�s hip�crita pero a la vez hastiado de su propia hipocres�a, que alguien salga a dar la cara sin ning�n maquillaje de eufemismos resulta refrescante. A veces demasiado refrescante, hasta el escalofr�o. Como cuando dijo Casta�o, veraz pero atrozmente (o al rev�s):
—Nuestros m�todos producen
excelentes resultados.
Y acababa de
reconocer con franqueza el horror de sus m�todos: “Aqu� quien viola los derechos
humanos somos las guerrillas y las autodefensas”. “El conflicto se ha degradado:
es una guerra rastrera, realmente”. “Acepto que caen inocentes en la guerra: es
inevitable”. “Cuando se trata de mandar, de ejercer la autoridad, es muy dif�cil
regirse por normas morales”. “Las guerras son para ganarlas, y punto”.
De ah� su
�xito: sus “excelentes resultados”. Exito no solamente de rating del programa,
sino —sin duda— de sus consecuencias medidas en aumento de contribuciones
econ�micas a Casta�o y en propuestas de voluntarios a unirse a las filas de sus
implacables (y exitosos) paramilitares. Ah� hay un jefe: “Un guerrero”, o “un
var�n”, como se dec�a del narcotraficante Pablo Escobar. Un �xito, digamos, de
�ndole moral: pues tan moral es lo inmoral como lo moralizante. Y tambi�n, por
otra parte, un �xito basado en la amoralidad fr�vola del inconsciente colectivo
de los colombianos, que por noveler�a se precipitaron un�nimes a ver la
entrevista de Arizmendi con el �nico personajote todav�a inc�gnito que quedaba
en este pa�s, como se precipitan a ver los �ltimos desnudos de Amparo Grisales o
las primeras confesiones de Garavito, el asesino de ni�os de Pereira. �Qui�n
queda faltando? Para un bombazo semejante al de Casta�o en Caracol, solamente se
me ocurre la posibilidad de un strip-tease de Julio Mario Santo Domingo en el
programa de RCN Yo Jos� Gabriel. Pero no lo creo probable: es la competencia.
Ahora bien:
�qu� cara dio Carlos Casta�o? Varias, muchas, sucesivas y cambiantes y en
ocasiones bastante contradictorias. En lo f�sico: la cara de un loco iluminado,
la de un hombre inteligente y sensato, la de un paisa francote y desabrochado,
la cara de un ni�o sensitivo con los ojos anegados de l�grimas (l�grimas de
verdad: no como aquellas de rimmel que le copi� el ex ministro Fernando Botero a
Lady Di en otro programa c�lebre de la televisi�n colombiana), la cara de un
fan�tico sin entra�as. A veces tenso, a veces exaltado, a veces relajado (casi
nunca). Los brazos r�gidos, los hombros encogidos y a la defensiva, las manos
siempre manoteantes. Ni una sonrisa verdadera: de cuando en cuando, alg�n rictus
en la comisura, siempre movediza y a veces tironeada por un tic nervioso. Un
permanente control del lenguaje, rico y apropiado, y sin m�s errores que los
habituales “de que” y “hab�an”, que en la locutorizada, politiquerizada,
narcotraficantizada, antioque�izada y vallecaucanizada Colombia de hoy ya s�lo
escandalizan a unos pocos irredentos cachacos cazadores de gazapos. Un dominio
absoluto del tono, siempre convincente, salvo en algunas mentiras demasiado
gordas para no ser visibles en la tensi�n de la glotis. Una impecable coherencia
expositiva. Un solo lapsus: cuando le pregunt� el periodista “�Acepta errores?”
y �l contrapregunt� sobresaltado: “�Que si hago terror”?
Y la cuidada
imagen, para las c�maras de la televisi�n, de hombre educado y civil. Pelo corto
y pegado al cr�neo, pero no al rape: m�s de ni�o de colegio que de comandante
paramilitar. Corbata ancha, sin excesos, sobre el cerrado cuello de picos.
Camisa abotonada en los pu�os, u�as recortadas y limpias, y la pierna cruzada
con negligencia en la pesada silla de enea de madera tallada: a punto estuvo de
haber sido una pl�cida mecedora de patriarca, pero no hubiera hecho juego con el
vigor juvenil. La casa, ocre y roja con s�lidas ventanas de madera, un espacioso
y ventilado corredor abierto, y un limpio sol ma�anero de tierra caliente, sin
sudor ni mosquitos: una casa de hacendado pac�fico en su casa, y no un cuartel
de jefe de soldados en guerra. Ni fusil, ni botas pantaneras, ni boina de
comando: ni siquiera sombrero al�n. Y mucho menos gafas negras. Todo estaba
estudiado hasta el �ltimo detalle, como en una pel�cula de Visconti o en un
reportaje fotogr�fico de Maisons et Jardins. �Faltaba quiz�s un perro? �Un viejo
mast�n que dormitara a los pies de su due�o y se dejara rascar de cuando en
cuando el entrecejo o las orejas? No: un perro hubiera resultado excesivo. A
veces a Casta�o se le escapaban los ojos, hacia los lados o hacia adentro.
Si el rostro
era cambiante, de cuerdo a loco, de cruel a comprensivo, de infantil a viejo,
tambi�n los personajes que interpret� Casta�o en la hora y media de su one man
show fueron varios. Jefe de guerra: “Si a un enemigo hay que matarlo yo digo:
hay que matarlo”; o “se puede fusilar, s�: la guerrilla es objetivo militar”; o
“yo s� que esto es violatorio del Derecho Humanitario, pero la violaci�n del DIH
es inherente a la guerra de guerrillas”. Y a la vez hombre de paz: “Me estremece
tener que recurrir a m�todos tan dr�sticos”; o “soy un hombre excesivamente
tolerante”; o “son colombianos, son seres humanos tambi�n, independientemente de
que sean subversivos”. Y tambi�n v�ctima inocente de la guerra, arrastrada por
la vida en su avalancha: hu�rfano de un padre secuestrado y asesinado por las
Farc (“ni en devolvernos su cad�ver nos cumplieron”); sobreviviente de una
familia exterminada (cuatro hermanos muertos en combate con la guerrilla, “en su
ley”, y una hermana asesinada en una tentativa de secuestro); y obligado por las
circunstancias a defender su propia vida: “El ni�o del hogar hace lo que les
corresponder�a a los jerarcas, a las Fuerzas Armadas...”. Pero igualmente cabeza
de familia, sensible y responsable: “No quiero que mis hijos tengan que hacer
esto: es muy dif�cil y muy duro”; y “(con esta entrevista) quiero que el pa�s
conozca a Carlos Casta�o, y mis hijos a su padre”. Y asimismo ciudadano honrado:
“Soy un patriota, no un bandido”. Y al mismo tiempo criminal sin
arrepentimiento: “Yo tambi�n soy extorsionista, como la guerrilla, s�lo que con
m�s cari�o”; y “en un conflicto tan degradado, nadie en Colombia est� exento de
comparecer ante un tribunal de esa �ndole (los que juzgan cr�menes contra la
humanidad); yo voy, si van mis enemigos hist�ricos de las Farc y el ELN”.
Y tambi�n, y
simult�neamente, hombre que dice la verdad (que da la cara) y hombre que miente
(que la disfraza). El primero reconoci� sin ambages los v�nculos del
paramilitarismo con los narcotraficantes: “No me pagan porque sean
narcotraficantes, sino porque tienen fincas”. El segundo neg� en redondo los
v�nculos del paramilitarismo con el Ej�rcito: “S�lo he conocido subtenientes”. Y
un tercer hombre, navegando entre la verdad y la mentira, dijo ambiguamente:
—Uno ha hecho cosas que
tampoco puede decir...
De todos los
personajes que represent� Casta�o, o quiz�s que Casta�o es sucesivamente,
alternadamente, al entrevistador Dar�o Arizmendi le interes� en particular el de
politiquero en campa�a electoral; pues intuy� que en su coraz�n hab�a, como en
el de todo colombiano, un candidato dormido. Lo tent� con el premio mayor:
�Presidente de la Rep�blica? �Nooooo..! se ofusc� el rudo jefe paramilitar,
dejando escapar involuntariamente el reflejo de todo candidato in p�ctore: non
sum dignus. El periodista insisti�: �Entonces senador? �Gobernador? �Alcalde? Y
Carlos Casta�o termin� abland�ndose: tambi�n �l estar�a dispuesto, como todo el
mundo, a sacrificarse por el pa�s si el electorado... etc., etc. Alcalde: lo que
fuera.
Pero m�s que
la revelaci�n de las aspiraciones electorales del jefe de las Autodefensas
Unidas de Colombia, que son las de cualquiera, resultan interesantes sus
an�lisis de la realidad pol�tica, que son mucho m�s sagaces —o m�s veraces— que
lo habitual entre los politiqueros. No tanto sus definiciones de personas (Serpa
“en declive”, Alvaro Uribe “con talla de estadista”, Noem� “una gran
colombiana”) cuanto sus opiniones sobre las fuerzas sociales, pol�ticas y
militares en conflicto. As� fue diciendo Casta�o, al hilo de la entrevista,
cosas como estas:
—Pretender ignorar que el
conflicto colombiano y el narcotr�fico se retroalimentan ser�a una falacia.
—Hay una situaci�n de
guerra, y no hay una legislaci�n de guerra. Por eso el Ej�rcito no avanza contra
la guerrilla. Si utilizara los m�todos de las autodefensas, estar�a en la c�rcel
casi todo el Ej�rcito.
—Las autodefensas no
defienden a la oligarqu�a. La oligarqu�a tiene sus propias autodefensas, que son
el Ej�rcito y la Polic�a. (Lo nuestro) es para la clase media, que no tiene
quien la defienda.
—(S�lo una cosa) mantiene
unidas a las autodefensas: la existencia de la guerrilla.
—Que no haya reconocimiento
de estatus de autodefensas, porque al d�a siguiente ser�an innumerables.
—(Sobre el perd�n a sus
enemigos): dig�moslo en antioque�o: habr� que echarle tierra a eso.
—(Sobre el futuro de los
distintos agentes del conflicto): Inevitablemente terminaremos todos en una sola
mesa.
As�, pues,
Carlos Casta�o dio la cara: mostr� las caras que tiene. Lo que pasa es que, por
darla —por reconocer sin tergiversaciones ret�ricas (fuera de su “patriotismo”)
qu� hace y qui�n es, cu�les son sus m�todos y cu�les son sus resultados—, no lo
quieren reconocer a �l. Es decir: no quieren aceptarlo como la fuerza pol�tica,
militar, econ�mica y social que es, sino que lo reducen a su aspecto, innegable
pero s�lo parcial, de criminal com�n, de jefe de una banda de delincuentes. Y se
alzan voces tremolantes de indignaci�n moral estigmatizando al periodista Dar�o
Arizmendi por haber entrevistado a un pandillero, condenando al canal Caracol de
televisi�n por haberle dado pantalla a un asesino.
Se esgrimen
nobles razones de principio. Pero en este caso, como en tantos de la historia
reciente de Colombia, el moralismo idealista acaba convirti�ndose en alcahuete
de la inmoralidad real. Porque fortalece esa vieja y grande y acendrada
hipocres�a nacional que nos hace fingir que los problemas no existen, y al
negarlos los envenena y exacerba. Las heridas no desaparecen porque el herido no
quiera reconocerlas y las tape con una pulcra curita de esparadrapo: sino que se
vuelven llagas. “No queremos ver al tal Carlos Casta�o”, dicen ahora con el
mismo tono de dignidad herida con que durante 40 a�os se empe�aron en no ver a
Manuel Marulanda, argumentando que era un bandolero: los mismos 40 a�os que les
tom� a las Farc transformarse de un peque�o grupo de autodefensa campesina
(ir�nicamente, se llamaban tambi�n as�: autodefensas) en una organizaci�n
poderosa y ramificada por el pa�s entero en m�s de un centenar de frentes mejor
armados que los batallones del Ej�rcito. “Yo no voy a esas lejan�as”, dec�a con
desd�n hace unos a�os un pol�tico al que invitaban a conocer la realidad
pol�tica y militar de las Farc. Por no haber ido a verlas, esas lejan�as se han
acercado hasta aqu�. Y ahora, claro, todo el establecimiento acude en procesi�n
de flagelantes a visitar a don Manuel Marulanda. Pero subsiste la vieja
hipocres�a: a ese beligerante de toda una vida no le reconocen su beligerancia.
E incluso la hipocres�a se expande. Hoy es el propio curtido guerrillero
Marulanda —�ese trueno!— el que se ofende de que Casta�o quiera entrevistarse
con �l, y exclama con remilgos de se�orita ofendida en su virtud:
—�No faltar�a m�s sino eso!
Un representante a la C�mara
protesta:
—Hay un sector de la
sociedad interesado en hacer pasar a un jefe paramilitar, con graves problemas
de delitos contra la humanidad, como un l�der pol�tico.
Pero �qu� es,
sino eso, un l�der pol�tico? Alguien a quien un sector de la sociedad est�
interesado en tomar como tal, aunque a la vez sea un bandido. (Y, de pasada, un
l�der militar que tiene bajo su mando la nada desde�able fuerza de 11.200
hombres armados. Digamos que 5.600: “de riqueza y santidad, la mitad de la
mitad”).
Claro est�
que Carlos Casta�o es un criminal. El mismo lo reconoce, cuando se�ala que nadie
en Colombia est� exento... etc. Pero es la realidad, que tambi�n �l mismo
describe: “Esta es una naci�n en formaci�n, en construcci�n. Yo soy necesario: u
otro como yo”. Lo grave no es que Casta�o sea un criminal, sino que el conflicto
social y pol�tico de Colombia haya sido tratado de tal manera —justamente por
haberlo negado— que ha acabado siendo manejado por criminales: “El Estado se
deslegitima �l por s� mismo cuando tienen que surgir organizaciones como la
nuestra y tienen aceptaci�n social y p�blica”, dice, de nuevo, el propio
Casta�o. Pues lo sabemos todos, aunque insistamos en negarlo: detr�s de las
caras de Casta�o hay muchas otras caras m�s. El Departamento de Estado de los
Estados Unidos —y s�lo a �l le creemos, aunque tambi�n �l mienta— afirma en su
m�s reciente informe sobre Derechos Humanos que las autodefensas est�n
respaldadas econ�micamente por “poderes locales”. �Y es que no lo sab�amos? Las
caras de Casta�o, como del otro lado las caras de las Farc, o las del ELN, son
s�lo un s�ntoma de lo que hay detr�s: las olas superficiales de un vasto mar de
fondo. Pues esta guerra no es solamente una empresa criminal, aunque est� hecha
por criminales y con m�todos criminales (como todas las guerras). Es adem�s una
guerra: con causas sociales, econ�micas y pol�ticas.
—Pero �y la Constituci�n?—
se sobresalta Dar�o Arizmendi, muy a la colombiana. Y Casta�o le responde con la
realidad en la mano que el ciudadano tiene derecho a defenderse cuando el Estado
no lo hace:
—Es la Constituci�n
Universal, por encima de cualquier ordenamiento de papel.
Como hubiera
dicho el viejo dirigente comunista Gilberto Vieira, que acaba de morir en el
olvido (olvidado justamente porque en Colombia han sido exacerbados los
conflictos sociales hasta volverlos guerras con tal de no reconocer que
existen), lo de Carlos Casta�o (y lo de Arizmendi y Caracol) “es un buen
aporte”. Un aporte al conocimiento de la realidad, sin el cual no es posible
cambiarla.
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