�Por
qu� Castro quiere el regreso de Eli�n?
Por Carlos Alberto
Montaner
El pobre
Eliancito ya comenz� su viaje de regreso a Cuba. Un juez federal
norteamericano ha dictaminado que le corresponde al Departamento de
Inmigraci�n --la frecuentemente injusta ``Migra''-- y no a �l determinar qu�
hacer con el ni�o Eli�n Gonz�lez, el balserito que sobrevivi� milagrosamente a
un naufragio en el que murieron nueve personas, su madre incluida, cuando
intentaban escapar de la dictadura cubana. Pronto otra instancia legal se
pronunciar�, presumiblemente en la misma direcci�n, y finalmente el supremo
dictar� su fallo. Es posible que la Migra, mientras tanto, intente acelerar el
proceso de alguna manera. Si tras la llegada del ni�o a suelo americano
parec�a que la instituci�n, como ha hecho cientos de veces, conceder�a el
asilo pedido por el t�o abuelo paterno, otra circunstancia imprevista torci�
ese destino: una revuelta con rehenes en una c�rcel de Louisiana,
protagonizado por presidiarios cubanos, se sald� pac�ficamente mediante la
intervenci�n de Castro, quien acept� que los amotinados fueran enviados a
Cuba. El t�cito quid pro quo era la devoluci�n de Eliancito. El ni�o fue usado
como mercanc�a. Favor con balserito se paga.
�Por qu� el
inusitado inter�s de Castro en este asunto? Por supuesto, no son los ni�os
balseros. Como llevo escrito anteriormente, su polic�a pol�tica mat� diez
ni�os balseros en el verano de 1994, algunos de ellos bebitos de brazos, junto
a otros treinta adultos que intentaban huir de Cuba en el barco 13 de Marzo, y
ni siquiera les permiti� a los familiares enterrar los cad�veres devueltos por
el mar. �Ser� acaso su pasi�n por mantener la familia unida? Tampoco: miles de
cubanos dentro y fuera de Cuba intentan reunirse, pero a unos el r�gimen no
los deja salir y a los otros no los deja regresar. Son tantos, que hasta han
creado una ONG, invocando el nombre de Eli�n, para protestar contra esa
separaci�n forzosa, y varios centenares de ellos acudir�n a la Comisi�n de
Derechos Humanos de Ginebra para protestar contra este atropello. Adem�s, si
por algo Castro se distingue es por su notable falta de instinto familiar,
como dan fe su hija Alina, sus hermanas Juanita y Agustina, o los m�ltiples
sobrinos y parientes que silenciosa y discretamente han buscado el camino del
exilio. Se cuenta, incluso, que por lo menos dos de sus hijos naturales, al
margen de la decena que se le conoce extraoficialmente, han sido amablemente
reconocidos por subalternos deseosos de servir al m�ximo l�der. En todo caso
--como lo defiende con fiereza el funcionario cubano Juan Vega Vega cuando
escucha estos insistentes rumores--, Marx hizo lo mismo: al hijo que tuvo con
su criada fue el bueno de Engels quien le dio su apellido. Por algo hab�a
escrito La sagrada familia, �no? Siempre es conveniente contar con un
precedente ilustre para las desverg�enzas propias.
Lo que
busca Castro
En
definitiva, �qu� busca Castro con esta campa�a en la que pide el regreso de
Eli�n y en la que ha empe�ado a toda su inc�moda diplomacia? Tiene dos
objetivos. El primero es tratar de cambiar la pol�tica norteamericana con
relaci�n a Cuba. Quiere que el Congreso derogue la llamada ``Ley de Ajuste''
de 1966, norma legal que le facilita el asilo pol�tico a cualquier cubano que
llegue a territorio norteamericano. Seg�n Castro --siempre a la busca de
coartadas para ocultar sus fracasos-- esta ley es lo que estimula la
emigraci�n cubana. Falso: en M�xico hay ochenta mil cubanos y en Espa�a
cincuenta mil y no existe ninguna legislaci�n parecida. Habr�a un mill�n si
les conceden las visas. Los cubanos se van de Cuba hacia cualquier parte
porque la isla es un hambreado manicomio sin la menor esperanza de mejorar. Si
la ley fuera derogada, los cubanos seguir�an fluyendo hacia Estados Unidos,
s�lo que ser�an ilegales, como sucede con tantos mexicanos, caribe�os y
centroamericanos. Europa y Am�rica Latina est�n llenas de cubanos ilegales.
El segundo
prop�sito es crear una causa supuestamente capaz de aglutinar a los cubanos
tras la revoluci�n y revitalizar la menguada furia nacionalista. Algo parecido
a la revoluci�n cultural que Mao emprendi� en las postrimer�as de su r�gimen.
Todos los informes de que dispone le indican que son muy pocos los cubanos que
realmente respaldan el sistema --algo perfectamente l�gico tras cuarenta y un
a�o de fracasos--, pero Castro supone que con una constante campa�a
propagand�stica, con interminables discursos y marchas p�blicas en las que se
machaca incesantemente sobre el tema, basta para que los cubanos sientan de
nuevo las emociones pol�ticas m�s profundas y cohesionadoras. �Y c�mo
comprueba si ha tenido �xito? Muy sencillo: se lo confirman la propia campa�a
propagand�stica y la masiva presencia de la poblaci�n en los desfiles
revolucionarios. Es decir, Castro es v�ctima de sus propias t�cnicas de
manipulaci�n. Finalmente, decreta que ya todo el pueblo est� felizmente unido
gracias a su infinita astucia pol�tica, media docena de sus ac�litos repiten
esta necedad --de la que se hacen eco sus incondicionales en el extranjero--,
y se establece una nueva ``certeza revolucionaria'', curiosa modalidad de la
racionalidad que los burgueses no son capaces de comprender en toda su
camale�nica dimensi�n.
La verdad
profunda y real, sin embargo, es diferente. Todo el mundo en Cuba, incluida la
estructura de poder, sabe que la ``sagrada causa de Eli�n'' es una farsa sin
sentido, en la que se ha da�ado seriamente la maltrecha econom�a, y si de algo
ha servido es para subrayar de una manera a�n m�s clara lo desquiciado, lo
loco que est� Castro en esta etapa senil de su gobierno. Yo se lo o� decir por
tel�fono a un alt�simo miembro del gobierno cubano que hablaba en La Habana
desde una cabina p�blica, mediante una tarjeta, con su hijo, en ese momento
sentado en mi oficina madrile�a: ``Qu�date, hijo, y no vuelvas; yo he empe�ado
mi vida en la defensa de esta revoluci�n que fracas�; Fidel Castro est�
completamente loco y nos lleva al desastre total. S�lvate t�, porque ya yo
estoy muy viejo''. Lamentablemente, parece que Eli�n no se salvar�. S�lvese
quien pueda
Esta triste
an�cdota tiene una lectura importante para la oposici�n democr�tica. Veamos.
Hace pocas fechas fue exhibida la pel�cula La vida es silbar, filmada en Cuba,
y hubo ciertas protestas entre un grupo de exiliados. El film estaba lleno de
clar�simos mensajes anticastristas --lo que en la isla, en su momento, provoc�
que la pel�cula fuera r�pidamente sacada de las carteleras, y lo que alguna
relaci�n tiene con el cese de Alfredo Guevara--, pero no parece que estos
opositores a Castro analizaran el contenido. Ven�a de Cuba y eso resultaba
suficiente para condenarlo. El rector de FIU, Modesto Maidique, consciente de
que una universidad no debe cerrar sus puestas a ninguna expresi�n cultural
razonable, y probable y secretamente feliz de contribuir al descr�dito de la
dictadura cubana --ha sido toda su vida un combativo anticastrista, no s�lo en
Miami, donde es muy f�cil, sino en Harvard, donde la sensibilidad pol�tica es
diferente--, opt� acertadamente por respaldar la exhibici�n.
Poco despu�s
sucedi� el incidente de LASA. Esta asociaci�n de latinoamericanistas se dio
cita en Miami, y numerosos exiliados protestaron por la presencia en la ciudad
de una nutrida delegaci�n de acad�micos cubanos --reales o fingidos--, entre
los que indudablemente hab�a un grupo grande de polic�as, comisarios
pol�ticos, y fan�ticos propagandistas de la dictadura. Otros, en cambio, eran
simples profesores e investigadores, prisioneros de un tipo de r�gimen que los
obliga a simular lealtad pol�tica para poder sobrevivir en el ambiente
universitario, como suele suceder en todos los gobiernos totalitarios. Algunos
de ellos (y de ellas, por cierto), en privado, describieron el asco que les
produc�a tener que representar todos los d�as la atroz
comedia-del-revolucionario-firme, cuando lo que deseaban, desde hace muchos
a�os, es el fin de ese absurdo sistema de tiran�a y privaciones. Los m�s
pr�cticos utilizaron el viaje para cosechar algunas invitaciones futuras que
les permitan escapar del manicomio cierto tiempo, por lo menos para respirar
aire limpio antes de sumergirse de nuevo en la alcantarilla. Y hasta hubo --me
conf�a una amiga banquera-- quien dej� abierta una cuenta corriente a nombre
de un pariente ``para cuando pueda largarme de ese infierno''.
Esa es la
realidad cubana a todos los niveles, incluida la m�s alta estructura de poder.
Hay unos pocos fan�ticos realmente convencidos de las virtudes del comunismo
castrista, y hay una inmensa legi�n de farsantes colocados ante un
dificil�simo dilema que s�lo tiene tres precarias salidas. La primera, la m�s
usual, es sostener la pantomima de ``ser revolucionarios'', a�n muri�ndose de
asco, escudados en la protecci�n de la familia: ``�Qu� les pasar�a si me
enfrento al r�gimen?'', suelen preguntarse llenos de vacilaciones. La segunda,
la heroica, es renunciar a los escasos privilegios que les proporciona
mantenerse dentro de la nomenklatura y convertirse en francos disidentes
dispuestos a correr riesgos de c�rcel, golpeaduras e insultos, dado que Castro
les hace pagar un alt�simo precio a los dem�cratas que lo adversan. Esta ha
sido la decisi�n de personas como los hermanos Arcos, los cuatro autores de La
patria es de todos y de varios millares de cubanos valientes e insobornables.
La tercera, es una v�a intermedia entre las dos anteriores: ni seguir a bordo
del aparato dirigente ni optar por la dur�sima oposici�n, sino aprovechar una
p�rdida provisional de la gracia revolucionaria y mantenerse discretamente en
la categor�a de tronado, es decir, como un ex funcionario que languidece
silenciosamente en una posici�n subalterna. Esto es lo que hicieron los ex
ministros Humberto P�rez y Marcelo Fern�ndez, el comandante Efigenio
Almeijeira, o lo que comenz� a ensayar el economista Pedro Monreal cuando
perdi� la confianza de los cuerpos de seguridad.
Lo que
debe buscar el exilio
Una
vez descrita esta amarga situaci�n, la pregunta es inevitable: �qu� deben
hacer los dem�cratas del exilio? �Cu�l es la mejor actitud para tratar de
acelerar a�n m�s la descomposici�n de un r�gimen que est�, ciertamente,
podrido? �Deben denunciar todo-lo-que-venga-de-Cuba? �Deben abrirles los
brazos a quienes oficialmente proceden de la isla? A mi juicio, la actitud m�s
recomendable no es dar por sentado que estamos ante revolucionarios
inconmovibles, sino ante otras v�ctimas de la tiran�a --v�ctimas de baja
intensidad-- que en Cuba no pueden expresar sus verdaderos sentimientos. No
son h�roes, como quisi�ramos, pero tampoco tienen que ser nuestros enemigos.
Mi experiencia con acad�micos, m�sicos, actores, escritores, funcionarios y
hasta parlamentarios de los que ``van y vienen'', es que a los cinco minutos
de trabar una amable conversaci�n privada estamos plenamente de acuerdo en la
condena sin paliativos del sistema y, especialmente, del dictador que lo
dirige. Podr�a citar una veintena de nombres asombrosos, pero prefiero
mantenerlos en el anonimato.
�Y para qu�
sirve entablar esa forma secreta de complicidad pol�tica, mientras
p�blicamente el supuesto viajero revolucionario, forzado por la polic�a y por
su vieja costumbre de obedecer, contin�a recitando imperturbablemente su papel
de ac�lito del sistema? Sirve para ir creando las bases y los lazos que
facilitar�n los cambios pol�ticos cuando las circunstancias lo permitan.
�Puede alguien concebir un mayor est�mulo para echar abajo el r�gimen que unir
a la conciencia del fracaso la convicci�n de que no habr� represalias contra
los que emprendan esa necesaria tarea de demolici�n? Esto lo sabe la Seguridad
del Estado, y de ah� que fomente la actitud de ``plaza sitiada''. Es decir, la
creencia de que ``la situaci�n puede ser espantosa, el sistema acaso sea un
desastre, pero si bajamos la guardia el enemigo nos pasar� a deg�ello''. Por
eso nadie debi� asombrarse cuando la polic�a norteamericana descubri� que los
agentes castristas se infiltraban en las organizaciones del exilio para
alentar las posturas m�s radicales y agresivas. Esas son las que les conviene
a la dictadura para mantener la tensi�n revolucionaria. Lo que los mata no es
la pedrada, sino el abrazo, el intercambio honesto de informaci�n y opiniones,
los lazos amistosos entre los diferentes tipos de v�ctimas de un mismo verdugo
que se sinceran y comienzan a trenzar v�nculos para cuando llegue el d�a de
estrenar la libertad. Es a eso a lo que Castro le teme.
Marzo 26,
2000
(Firmas
Press)