Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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El tir�n en mi brazo derecho me tom� de sorpresa y casi me caigo.
Est�bamos de pie en la acera oriental de la carrera s�ptima, de espaldas
al sitio donde muchos a�os despu�s se levantar�a el edificio SENDAS, el de
Mar�a Eugenia, la hija de mi General Gurrop�n.

Yo hab�a estado agarrado de la mano izquierda de mi abuelita Luisa
mientras miraba, talvez distra�damente, la cola de la procesi�n que,
saliendo de la iglesia, por la puerta a la calle, desfilaba lentamente en
plena posesi�n de la calle real, en direcci�n a la plaza de Bol�var y a la
Catedral.

R�pidamente mi abuelita -conmigo casi a rastras-se dirigi� en el mismo
sentido hasta alcanzar la cabeza de la procesi�n entre las calles octava y
novena. All� revis�, otra vez, casi toda la procesi�n. Nuevo tir�n de
brazo, nueva carrera conmigo a rastras y luego, revisi�n completa --otra
vez-- de la procesi�n, ahora mientras entraba a trav�s de la puerta grande
de la catedral.

A mi abuelita le encantaban las procesiones y procuraba no perderse ni
una. Especialmente la principal, la del viernes, que saliendo de la
Catedral tomaba la calle real (ahora carrera s�ptima), para encaminarse
hacia La Veracruz, donde se dejaba el paso del Santo Sepulcro. Al terminar
este proceso, bajaba por la calle 16 y luego, por las tres de Flori�n,
segu�a otra vez para la plaza de Bol�var. Hasta el presidente y los
ministros ten�an que desfilar en �sta�

El d�a anterior, a las nueve de la ma�ana del Jueves Santo, ya hab�amos
comenzado a visitar los Monumentos. Me hab�an comprado un vestidito estilo
marinero, inc�modo y bastante rid�culo en retrospecto, pero como era de
rigor estrenar de pies a cabeza, pues hab�a que estrenar. Pap�, todo
vestido de negro, menos la camisa blanca --toda tiesa del almid�n que era
de rigor--, me hab�a llevado bien temprano para que acompa�ara a mi abuela
hasta el S�bado de Gloria, tambi�n para que no me perdiera de ver y o�r
las miedosas matracas, que dominaban completamente hasta que las
campanitas pudieran volver a redoblar.

Los Monumentos que a ella le gustaba visitar eran los de las iglesias de
San Diego, Las Nieves, La Veracruz, San Francisco, La Catedral, La
Candelaria y Las Cruces, donde estaba la plaquita de benefactor del pap�
de ella, el "general" (tipo Guerra de los Mil D�as donde hubo tantos..)
Asthol Castro Neira y donde ella termninaba su recorrido, cont�ndole a los
esp�ritus  de lo mal que se estaba poniendo el mundo y que ojal� que la
segunda guerra mundial no se extendiera hasta Colombia

Pienso en mi desaparecida Santaf� de Bogot� y no puedo evitar el recordar
un poemita de Gustavo del Castillo, fiel reflejo de la frustraci�n y
desesperanza de los que no pod�an estar al nivel de los que s� pod�an
verse �estrenando de P� a P� y empaquetando harto vinito y gran cantidad
de tamales. Y esto sin dejar de mencionar el grupo de los que prefer�an
o�r con calma y en silencio el  sermoncito de las siete palabras, para
luego meditar, orar y echarse unas cuantas anamar�as y papanuestros en
familia.

Mucho terreno he recorrido entre aquella �poca de mis seis a�itos y la
presente de mis sesenta y dos. M�s satisfacciones que desenga�os, m�s
agradecimientos que reproches� Atr�s se me quedaron esas semanas santas
del vinito y las galletas, del at�n y las sardinas compradas en el almac�n
Jorge Z. Baquero y de los platanitos "conservados" que ven�an de las
Inglaterras�directico a la Gran V�a, all� en lo que fue el viejo camell�n
de la carrera.

Experimento y vivo la Semana Santa en San Antonio, Texas; pienso en misi�
Rubby trabajando hasta el Viernes Santo en su Censo 2000  porque es la
supervisora operacional de casi la mitad de la ciudad; pienso en mis dos
hijos, uno  en cada costa de los EE.UU., pienso en mi dieta de necesidad
hipograsa para que no se suba el colesterol y veo que Gustavo del Castillo
estaba pensando en m� cuando escribio su poemita:

"Semana Santa, sin vestido nuevo,
sin galletas, ni vino, ni alegr�a�
Semana Santa, sin comerme un huevo
Ni un tamal en cualquier sancocher�a�"

Felices Pascuas de Resurrecci�n para todos los que hayan tenido la
paciencia de llegar hasta el final de estas deshilvanadas reminiscencias.

PANG, a�o 2000


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    cortesia de Anibal Monsalve Salazar

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