�Es la cultura, est�pido!

Por Carlos Alberto Montaner

Venezuela es uno de los pa�ses m�s corruptos del mundo --con Ch�vez y sin Ch�vez-- y el sesenta por ciento de su poblaci�n es pobre. Noruega es uno de los m�s honrados --a juzgar por la clasificaci�n de Transparencia Internacional-- y es uno de los m�s ricos. �Hay alguna relaci�n entre los dos datos? Ve�moslo desde otro �ngulo: seg�n las encuestas, en el �mbito de la cultura iberoamericana (Espa�a incluida) los niveles de confianza en el pr�jimo son sustancialmente menores que en el norte de Europa o en Estados Unidos. En nuestro mundillo nadie cree en nadie. �Por qu�? Tal vez porque somos m�s tolerantes con la mentira. Como no se paga un alto precio social (o judicial) por mentir, la desconfianza generalizada es la respuesta m�s razonable. Pero sucede que el buen funcionamiento de la econom�a de mercado en las sociedades abiertas est� basado en la confianza, en la verdad y en el respeto por los pactos. �Hay alguna relaci�n entre nuestro atraso relativo y la falta de confianza que permea y encharca nuestras relaciones humanas?

De eso, y de otros cien temas emparentados trata un formidable libro que acaba de aparecer en Estados Unidos: Culture matters, (La cultura s� importa) publicado por Basic Books. Se trata de una colecci�n de 22 conferencias, casi todas escritas por notables acad�micos y ensayistas, entre los que se destacan los editores de la obra, Lawrence Harrison (El subdesarrollo est� en la mente) y Samuel Huntington (Choque de civilizaciones), Francis Fukuyama, Michael Porter, David Landes, Nathan Glazer, Seymour Martin Lipset o el argentino Mariano Grondona, que participa con una colaboraci�n especialmente brillante. El volumen es el resultado de un seminario realizado en Harvard en abril de 1999, al que tuve la oportunidad de asistir para leer un trabajo --ahora recogido en la obra-- sobre la responsabilidad que tienen las clases dirigentes latinoamericanas en nuestro continuado desastre econ�mico e institucional.

�Qu� aporta el nuevo t�tulo? A mi juicio, prueba que Max Weber, el gran soci�logo alem�n, ten�a raz�n: la cultura pesa, determina, inclina, y acaba por decidir qu� naciones prosperan y cu�les est�n condenadas a la pobreza mientras sus pueblos no cambien de h�bitos, creencias y valores. No es verdad, como sostuvieron durante casi todo el siglo XX nuestras pla�ideras izquierdas, y no pocos representantes de la derecha m�s torpe, que el tercer mundo no hab�a conseguido desarrollarse como consecuencia de la explotaci�n y el designio de las naciones l�deres del planeta. La ``teor�a de la dependencia'', las hip�tesis econ�micas de la ``teolog�a de la liberaci�n'' y las tajantes afirmaciones de los marxistas, muchas veces sustentadas por la violencia m�s cruel, estaban minuciosamente descaminadas. Tampoco es cierto --aunque Jeffrey Sachs lo pone en duda en este libro-- que la geograf�a y los recursos naturales tienen un peso decisivo en la suerte que les toca a las naciones. �Cu�ntas veces hay que recordar que Suiza es un diminuto pa�s monta�oso, parcialmente helado, sin salida al mar, dividido en tres etnias que no se aman demasiado en el resto de Europa, lo que no le ha impedido convertirse en la naci�n m�s rica del mundo? �No es verdad --como se�ala Harrison-- que Canad� y Rusia, Hait� y Barbados o Nicaragua y Costa Rica ocupan lugares parecidos del bloque terr�queo pero el desempe�o econ�mico y la estabilidad social que exhiben son totalmente diferentes?

Obviamente, no todas nuestras deficiencias nos remiten a la cultura. �Qu� duda cabe de la importancia de contar con las instituciones jur�dicas id�neas --leyes razonables, un poder judicial independiente y justo--, o con un modelo econ�mico eficiente y un gran capital humano, bien educado y emprendedor, pero todas esas variables s�lo se fomentan y perpet�an dentro del marco cultural adecuado. Los escarabajos no pueden desovar girasoles. No se puede aspirar a vivir en una democracia si no prevalecen la tolerancia, el respeto por los derechos del pr�jimo y la voluntad de acatar la ley. El sistema democr�tico no se les impone a las gentes. Es al rev�s. Exactamente igual sucede en el terreno econ�mico o intelectual. Para que haya una sociedad creativa e innovadora no basta con tener universidades, libros, pupitres y profesores m�s o menos sabios. Hace casi 500 a�os que los latinoamericanos contamos con universidades, libros, pupitres y cultos catedr�ticos, pero no hemos sido capaces de parir una sola idea lo suficientemente original y trascendente como para arrastrar al resto de la civilizaci�n tras nuestra huella. �Por qu�? Sencillo: si no se estimula la curiosidad, y si no se premian la audacia y la imaginaci�n, los instrumentos convencionales de la pedagog�a no servir�n de mucho. Los profesores podr�n transmitir la informaci�n, pero dif�cilmente conseguir�n perfeccionar el panorama.

Este libro deber�a constituirse en el punto de partida del debate con que los latinoamericanos tendr�amos que iniciar el siglo XXI: �por qu� constituimos el segmento m�s pobre y atrasado de la civilizaci�n occidental? Hace unos ocho a�os, cuando Clinton buscaba la clave para su campa�a pol�tica frente a Bush, un poco a la manera de Arqu�mides y su c�lebre eureka! (``�lo hall�!''), se dio un golpe en la frente y exclam�: ``�Es la econom�a, est�pido!'' Tal vez �ste es el momento de repetir la f�rmula: ``�Es la cultura, est�pido!'' S�lo que ahora hay que lanzarse a examinar esta premisa.

Julio 9, 2000

Firmas Press

Responder a