Julio C�sar Centeno
Era Domingo, y la catedral de Pisa se encontraba repleta de creyentes y
peregrinos. Un muchacho, adolescente ya, se encontraba entretenido, mirando
los enormes candelabros que colgaban del techo. Hab�a notado que se mov�an con
las corrientes de aire. Unas veces se mov�an en grandes arcos, y su movimiento
era m�s r�pido. Otras veces se mov�an en arcos m�s peque�os, pero m�s
lentamente.
Galileo ten�a s�lo 17 a�os. Llevaba varios domingos observando el
movimiento de los candelabros de la catedral. De pronto se le ocurri� medir el
tiempo que tardaban en sus oscilaciones. Se tom� el pulso y empez� a contar.
Descubri� as� algo que nadie hab�a notado: el n�mero de oscilaciones de los
candelabros era igual en un per�odo de tiempo determinado. Hab�a descubierto
la ley del p�ndulo.
Si el p�ndulo oscila de aquella manera, sus oscilaciones dividen el tiempo
en partes iguales. De tal manera que puede utilizarse para medir el tiempo.
En 1581 comenz� a estudiar medicina en la Universidad de Pisa. No era algo
de su agrado, pero as� lo hab�a determinado su padre. Nunca obtuvo el t�tulo
de m�dico. Un d�a, por casualidad, por acompa�ar a un amigo, asisti� a una
clase de geometr�a. All� descubri� que lo que realmente le gustaba eran las
matem�ticas y la f�sica.
Tuvo que escapar a Florencia, donde empez� por estudiar el comportamiento
de los objetos que flotan en el agua. Sus observaciones llamaron la atenci�n
del mundo acad�mico de Italia.
Regres� a Pisa como profesor de matem�ticas de la universidad. All� se
dedic� a estudiar la ca�da de los cuerpos. Le atormentaba el postulado de
Arist�teles, seg�n el cual la velocidad con que cae un cuerpo es proporcional
a su peso. Los cient�ficos de la �poca aceptaban aquella conclusi�n. Despu�s
de todo, era claro que una pluma cae mas lentamente que una piedra.
A Galileo le parec�a que la resistencia del aire deber�a retardar la ca�da,
especialmente de cuerpos ligeros y de gran superficie. Para demostrarlo, se
subi� a la enorme torre inclinada de Pisa, con dos bolas de ca��n de igual
tama�o. Una era de hierro. La otra de madera. La de hierro era diez veces m�s
pesada que la de madera. Si Arist�teles y los profesores de la Universidad de
Pisa ten�an raz�n, la bola de hierro deber�a caer diez veces m�s r�pido que la
de madera.
Una multitud se hab�a congregado en la plaza para observar el experimento
del joven profesor, Galileo. Sus alumnos hab�an regado la voz. Unos deseando
que tuviese raz�n, y dejara en rid�culo a tantos profesores que despreciaban.
Otros estaban seguros de que el que quedar�a en rid�culo iba a ser aquel joven
profesor de s�lo 27 a�os.
Galileo dej� caer las dos bolas al un�sono. Y al un�sono golpearon el
suelo.
La conclusi�n de Arist�teles, vigente durante mas de dos mil a�os, hab�a
sido pulverizada. Galileo hab�a destronado no s�lo a la mayor autoridad de la
ciencia. Hab�a tambi�n ofendido la dignidad de sus colegas universitarios.
Tuvo que abandonar la ciudad.
Fue acogido en la Universidad de Padua. All� supo que en Holanda alguien
hab�a colocado unos lentes dentro de un tubo, y con aquello hac�a que los
objetos distantes parecieran estar muy cerca. No estaba claro como era aquel
objeto, pues el gobierno de Holanda lo hab�a declarado como secreto
militar.
Seis meses mas tarde hab�a construido su primer telescopio. Hizo
demostraciones en los edificios mas altos de Venecia, desde donde se pod�an
ver con claridad barcos que tardar�an horas en llegar al puerto.
Pero la verdadera sorpresa vino despu�s, cuando utiliz� aquel aparato para
ver la luna y las estrellas. Descubri� que la luna ten�a monta�as y cr�teres.
Que Venus ten�a fases, como la Luna. Que el Sol ten�a manchas. Que hab�a
muchas mas estrellas en la constelaci�n de Ori�n de las que se ve�an a simple
vista.
En 1610 hizo su gran descubrimiento. Tras muchas noches de observaci�n,
descubri� que hab�a cuatro peque�os cuerpos celestes que giraban alrededor de
J�piter, cada uno en su propia �rbita.
Aquella observaci�n fue fatal, pues refutaba lo que todos aceptaban como un
hecho y la Iglesia predicaba como inobjetable: que el Sol, la Luna y todos los
dem�s cuerpos celestes giran alrededor de la Tierra. La Tierra, donde habita
el hombre, el hijo de Dios, era el centro del universo. Todo giraba a su
alrededor.
Cuando estuvo seguro de lo que hab�a descubierto, un a�o despu�s, fue a
presentar su descubrimiento ante la corte papal en Roma. No pod�a creerlo.
Muchos se negaron a aceptarlo.
- "Miren ustedes mismos" - les dec�a Galileo. Algunos argumentaban
que si las lunas de J�piter no pod�an verse a simple vista, entonces carec�an
de utilidad para el hombre. Por lo tanto, no pod�an haber sido creadas. Si
aquel instrumento hac�a que uno pensara que estaban all�, entonces el
instrumento ten�a que ser un instrumento del demonio.
Galileo no se amedrent�, y procedi� a defender cada vez con mayor pasi�n
las teor�as de Cop�rnico. En 1616, el Papa Pio V declar� que las teor�as de
Cop�rnico eran herej�a, y le orden� a Galileo que se retractara de sus
conclusiones.
Galileo obedeci�. Durante 16 a�os mantuvo silencio. Se dedic� a otros
trabajos. Cuando crey� que ya el esc�ndalo hab�a pasado, y que los jerarcas de
la Iglesia hab�an reconocido lo absurdo de su posici�n, en 1632 public� un
tratado donde defend�a los postulados de Cop�rnico.
La furia de la Iglesia se canaliz� a trav�s de la Inquisici�n. Fue citado a
compadecer ante aquel tenebroso tribunal en Roma. El juicio fue largo y
agotador. Finalmente Galileo tuvo que ponerse de pi� y jurar, en voz alta, que
la tierra era en realidad el centro del Universo, que el Sol y todos los dem�s
cuerpos celestiales efectivamente giraban alrededor de la Tierra, y que la
Tierra estaba quieta. Luego murmur� algo que s�lo los que estaban mas cerca
pudieron o�r: -"Y sin embargo se mueve".
Mas tarde Galileo demostr� que el aire ten�a peso, dise�� un m�todo para
medir el peso de los cuerpos en el agua, construy� el primer term�metro,
construy� un reloj hidr�ulico para medir el tiempo, y perfeccion� el uso del
telescopio en astronom�a. Descubri� las leyes del movimiento y la velocidad de
los cuerpos. Fue el primer cient�fico que abandon� el Lat�n, y escribi� en su
propio idioma. Su fama era tal que los pr�ncipes acud�an a sus clases en la
Universidad.