Globalicemos las elecciones

Carlos Alberto Montaner

Vote por m�, �a usted qu� m�s le da?". Ese era el lema, c�nico pero sincero, de un candidato a alcalde en un peque�o pueblo del franquismo. Y era cierto: daba igual votar por fulano o zutano. La autoridad real radicaba en otra parte. Algo de esto es lo que est� sucediendo en media Am�rica Latina. En las �ltimas elecciones venezolanas se vieron clar�simos indicios de fraudes masivos en varias regiones del pa�s. Los colorados paraguayos han hecho y deshecho en cada uno de los comicios convocados tras la salida de Stroessner. O a veces, como parece que sucede en Nicaragua, la adulteraci�n de la voluntad popular no se realiza en las urnas, sino en la falta de mecanismos democr�ticos dentro de los propios partidos, en la injusta descalificaci�n de candidatos, y en pactos parlamentarios contra natura destinados a cerrarles el camino a oponentes inc�modos, o a repartirse el poder como si fuera un bot�n conquistado en la guerra: una verdadera verg�enza en un pa�s que tanto luch� y tanta sangre derram� por conquistar su libertad.

Pero tal vez el caso de Per� es el m�s tristemente emblem�tico. Hubo all� tres violentas agresiones contra las normas democr�ticas: antes de las elecciones, durante y despu�s. Primero, el fujimorismo recurri� a una sucia campa�a de difamaciones contra sus opositores. La vida privada, la honra y el honor de las personas fueron pisoteados sin el menor respeto por las normas elementales que deben regir en la vida p�blica. Luego, en la primera vuelta, tuvo lugar un fraude masivo que probablemente super� el mill�n de sufragios. Por �ltimo, se produjo la compra descarada de diputados de la oposici�n. El ciclo de la corrupci�n se hab�a cerrado. Afortunadamente, el se�o Montesinos cay� en su propia trampa f�lmica y arrastr� en el patinazo al presidente Fujimori.

En Am�rica Latina solemos entender mal en qu� consiste la democracia: se trata del �nico m�todo que se conoce para tomar pac�fica y racionalmente las decisiones que afectan nuestra vida en com�n. No garantiza el buen gobierno ni la selecci�n de los mejores (esos resultados dependen del grado de formaci�n e informaci�n que tenga el electorado), sino pone al alcance de las personas una manera de corregir errores e ir perfeccionando lentamente la convivencia de la tribu. La democracia no suele lograr cambios vertiginosos, ni trae la felicidad debajo de la urna, pero no hay otra opci�n mejor: fuera de ella solo quedan la arbitrariedad, el abuso y el imperio de los m�s fuertes.

Tan importante es la santidad del m�todo democr�tico, que no ser�a descabellado que los latinoamericanos confiemos los eventos electorales a un organismo internacional m�s all� de toda sospecha. �Por qu� no encargar a la Corte Interamericana de Justicia o al Parlamento Europeo la organizaci�n de los pr�ximos comicios peruanos? Desgraciadamente, el Parlamento Latinoamericano no tiene la solvencia moral que se requiere (hasta ahora solo ha sido un complaciente club de viajes incapaz de reaccionar vigorosamente en defensa de las libertades), el Centroamericano carece de peso o recursos, y la OEA no resulta fiable para la oposici�n. No se trata, por supuesto, de que env�en observadores. Eso no ser�a suficiente. Los observadores internacionales (y yo lo he sido un par de veces) pueden ser enga�ados de mil modos distintos. Se trata de que el proceso completo caiga bajo el control y la autoridad de una instituci�n que no tenga otra preferencia ni otro compromiso que lograr que las urnas realmente reflejen los deseos de quienes depositan sus votos en ellas.

Vivimos en un mundo en el que las mayores garant�as de seriedad y legalidad se obtienen de fuera de nuestras fronteras. Las auditor�as m�s fiables son las que provienen de multinacionales. Hay empresas suizas e inglesas que organizan subastas p�blicas en otros pa�ses para evitar los sobornos y el peculado. Su negocio es vender honradez y transparencia en las transacciones econ�micas. La valoraci�n de la deuda p�blica local se hace por expertos internacionales, casi todos avecindados en New York o Londres. Decenas de naciones (incluidas todas las de Am�rica Latina) han firmado pactos en los que sacrifican retazos de soberan�a a cambio de una tutela efectiva en el terreno de los derechos humanos. Los fuertes estados europeos rinden sus monedas y aceptan que una autoridad internacional as�ptica y distante administre el signo monetario com�n. Cientos de empresas instaladas en distintas partes del globo, sabedoras de que la justicia local es lenta y deficiente, pactan voluntariamente someterse al arbitraje final de la C�mara de Comercio de Par�s para dirimir los conflictos surgidos en el �mbito del Derecho Mercantil. La globalizaci�n tambi�n es eso: colocar las reglas en unas manos que no puedan ser mancilladas por la corrupci�n o retorcidas por el poder.

FIRMAS PRESS

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