Locura revolucionaria

Por Carlos Alberto Montaner

Jugaron al b�isbol, cantaron a d�o y se juraron amor eterno. La verdad que el espect�culo ten�a algo enternecedor. Y como corresponde a los jefes de las tribus, se intercambiaron regalos: Ch�vez le dar� a Castro cincuenta y tres mil barriles de petr�leo todos los d�as, y Castro, a cambio, le entregar� a Ch�vez operaciones de ap�ndice, tratamientos contra la dispepsia, cauterizaciones de hemorroides, correcci�n de juanetes y t�cnicos deportivos que conseguir�n que todos los venezolanos corran los 100 metros planos en menos de diez segundos, facultad nada desde�able ante la inminente amenaza del socialismo.

Extra�o negocio. �Qui�nes salen ganando? Castro y Ch�vez, los dos amiguetes revolucionarios. �Qui�nes pierden? Los cubanos y los venezolanos. Los cubanos, porque con ese subsidio se prolonga la agon�a del sistema. El regalo de casi seiscientos millones de d�lares en petr�leo todos los a�os no servir� para enderezar la econom�a cubana. La crisis es mucho m�s honda. Si no alcanzaron los cinco mil millones que anualmente se les orde�aba a los pobres sovi�ticos, �qu� se lograr� con una peque�a fracci�n de esa cantidad? La donaci�n ser� como ese respirador mec�nico que se les coloca a los moribundos para mantenerlos artificialmente vivos pese a que el encefalograma emite una se�al totalmente plana. Los cubanos, s�, tendr�n un poco m�s de electricidad para ver y o�r los infinitos discursos de Castro o para mantener girando el ventilador --dos sonidos asombrosamente parecidos--, pero poco m�s.

Los venezolanos, por su parte --por lo menos los que no se succionan el pulgar--, se har�n la inevitable pregunta: �por qu� tienen ellos que subsidiar la terquedad de un dictador que se niega a cambiar un sistema de producci�n que lleva cuarenta a�os de obstinado fracaso? En 1958 Venezuela comenz� sus cuatro d�cadas de democracia imperfecta. Un a�o m�s tarde Cuba inici� sus cuatro d�cadas de dictadura perfecta. En ese momento ambos pa�ses ten�an aproximadamente el mismo nivel de desarrollo, aunque el per c�pita de Cuba era ligeramente m�s elevado. Al cabo de ese largo periodo Venezuela alcanza los 8,300 d�lares per c�pita --el cuarto m�s alto de Hispanoam�rica-- mientras Cuba apenas llega a 1,570: el m�s bajo de todos los pa�ses de nuestra cultura.

�Por qu� --insisto-- los venezolanos tienen que pechar con la tozudez estalinista de un Fidel Castro empecinado en el error? La clave de ese desprop�sito est�, naturalmente, en Ch�vez y en Castro: dos l�deres que encarnan con una asombrosa fidelidad la idea plat�nica del caudillo revolucionario. A ninguno de los dos le importa un comino los intereses de las sociedades a las que gobiernan. No son servidores p�blicos sino mandamases llegados del Olimpo para hacer su esclarecida voluntad. Se gu�an por sus caprichos, por sus atrabiliarias ideas pol�ticas y por las causas sagradas que han decidido imponer a sus pueblos para gloria de la humanidad. Uno regala petr�leo. El otro manda --o mandaba-- muchachos a morir en Angola o en Bolivia, a asaltar bancos en Beirut o traficar con coca�na entre Colombia y Estados Unidos. Uno tiene la fantas�a gadaffiana --aprendida del Libro verde, esa docta ``tercera teor�a universal''-- de reinventar una democracia sin m�s instituciones que sus luminosas ideas, sus intuiciones geniales y su conexi�n extrasensorial con el esp�ritu de Bol�var. El otro tuvo la de enterrar a Estados Unidos, ver el triunfo del comunismo en el planeta y disfrutar la gloria de ser la punta de lanza de esa aventura grandiosa en el tercer mundo. Para los dos, sus pueblos no est�n hechos de personas de carne y hueso con derecho a tener sus propias ilusiones y proyectos individuales, sino de cobayas, conejillos de indias, ratones de laboratorios revolucionarios en los cuales ensayar todos los delirios que se les ocurran: aventuras imperiales, vacas enanas, ejes de no se cu�nto, polos de no s� qu�, cortinas de viento para detener ciclones. Son ingenieros sociales que juegan con las vidas de millones de personas. Son el doctor Frankestein a una escala jam�s imaginada por la autora de la famosa novela.

Carece de todo inter�s tratar de averiguar si Ch�vez se propone calcar el modelo comunista cubano a punta de referendos. Probablemente no sea �se su objetivo. Uno de los primeros s�ntomas del s�ndrome del caudillo revolucionario es la b�squeda de la singularidad. Quieren ser �nicos, inaugurar eras, se�alar caminos, inventar sus propios disparates. Ese es el modo de clavarse en la historia. Ch�vez no quiere ser igual que Castro. Quiere trascenderlo y por eso lo ayuda generosamente. Su magnanimidad es una forma de demostrar su superioridad. ``Yo lo salv� en su peor momento'', se ufanar� alg�n d�a. Tal vez hasta llegue a ser peor porque es notoriamente m�s limitado.

En todo caso, son distintos, pero ambos pertenecen a la misma familia. Y lo triste es que no se trata de un par de seres exc�ntricos, sino de dos genuinos representantes de la vasta cultura revolucionaria todav�a viva en Am�rica Latina. Lo terrible no es que haya un par de enajenados jugando con las vidas de millones de seres humanos, sino que haya millones de seres humanos que se sienten felices con ese destino de marionetas guiadas hacia el despe�adero por estos delirantes personajes. Lo pavoroso es que existan muchedumbres de latinoamericanos dispuestos a abdicar de la facultad de pensar por cuenta propia a cambio de que alg�n mes�as en traje de fatiga los gu�e hasta la tierra prometida con los ojos vendados. Que Dios los coja confesados. Aunque no lo merezcan.

Noviembre 5, 2000

Firmas Press

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