Locura
revolucionaria
Jugaron al b�isbol, cantaron a d�o y se juraron
amor eterno. La verdad que el espect�culo ten�a algo enternecedor. Y como
corresponde a los jefes de las tribus, se intercambiaron regalos: Ch�vez le dar�
a Castro cincuenta y tres mil barriles de petr�leo todos los d�as, y Castro, a
cambio, le entregar� a Ch�vez operaciones de ap�ndice, tratamientos contra la
dispepsia, cauterizaciones de hemorroides, correcci�n de juanetes y t�cnicos
deportivos que conseguir�n que todos los venezolanos corran los 100 metros
planos en menos de diez segundos, facultad nada desde�able ante la inminente
amenaza del socialismo.
Extra�o negocio. �Qui�nes salen ganando? Castro y
Ch�vez, los dos amiguetes revolucionarios. �Qui�nes pierden? Los cubanos y los
venezolanos. Los cubanos, porque con ese subsidio se prolonga la agon�a del
sistema. El regalo de casi seiscientos millones de d�lares en petr�leo todos los
a�os no servir� para enderezar la econom�a cubana. La crisis es mucho m�s honda.
Si no alcanzaron los cinco mil millones que anualmente se les orde�aba a los
pobres sovi�ticos, �qu� se lograr� con una peque�a fracci�n de esa cantidad? La
donaci�n ser� como ese respirador mec�nico que se les coloca a los moribundos
para mantenerlos artificialmente vivos pese a que el encefalograma emite una
se�al totalmente plana. Los cubanos, s�, tendr�n un poco m�s de electricidad
para ver y o�r los infinitos discursos de Castro o para mantener girando el
ventilador --dos sonidos asombrosamente parecidos--, pero poco
m�s.
Los venezolanos, por su parte --por lo menos los
que no se succionan el pulgar--, se har�n la inevitable pregunta: �por qu�
tienen ellos que subsidiar la terquedad de un dictador que se niega a cambiar un
sistema de producci�n que lleva cuarenta a�os de obstinado fracaso? En 1958
Venezuela comenz� sus cuatro d�cadas de democracia imperfecta. Un a�o m�s tarde
Cuba inici� sus cuatro d�cadas de dictadura perfecta. En ese momento ambos
pa�ses ten�an aproximadamente el mismo nivel de desarrollo, aunque el per c�pita
de Cuba era ligeramente m�s elevado. Al cabo de ese largo periodo Venezuela
alcanza los 8,300 d�lares per c�pita --el cuarto m�s alto de Hispanoam�rica--
mientras Cuba apenas llega a 1,570: el m�s bajo de todos los pa�ses de nuestra
cultura.
�Por qu� --insisto-- los venezolanos tienen que
pechar con la tozudez estalinista de un Fidel Castro empecinado en el error? La
clave de ese desprop�sito est�, naturalmente, en Ch�vez y en Castro: dos l�deres
que encarnan con una asombrosa fidelidad la idea plat�nica del caudillo
revolucionario. A ninguno de los dos le importa un comino los intereses de las
sociedades a las que gobiernan. No son servidores p�blicos sino mandamases
llegados del Olimpo para hacer su esclarecida voluntad. Se gu�an por sus
caprichos, por sus atrabiliarias ideas pol�ticas y por las causas sagradas que
han decidido imponer a sus pueblos para gloria de la humanidad. Uno regala
petr�leo. El otro manda --o mandaba-- muchachos a morir en Angola o en Bolivia,
a asaltar bancos en Beirut o traficar con coca�na entre Colombia y Estados
Unidos. Uno tiene la fantas�a gadaffiana --aprendida del Libro verde, esa docta
``tercera teor�a universal''-- de reinventar una democracia sin m�s
instituciones que sus luminosas ideas, sus intuiciones geniales y su conexi�n
extrasensorial con el esp�ritu de Bol�var. El otro tuvo la de enterrar a Estados
Unidos, ver el triunfo del comunismo en el planeta y disfrutar la gloria de ser
la punta de lanza de esa aventura grandiosa en el tercer mundo. Para los dos,
sus pueblos no est�n hechos de personas de carne y hueso con derecho a tener sus
propias ilusiones y proyectos individuales, sino de cobayas, conejillos de
indias, ratones de laboratorios revolucionarios en los cuales ensayar todos los
delirios que se les ocurran: aventuras imperiales, vacas enanas, ejes de no se
cu�nto, polos de no s� qu�, cortinas de viento para detener ciclones. Son
ingenieros sociales que juegan con las vidas de millones de personas. Son el
doctor Frankestein a una escala jam�s imaginada por la autora de la famosa
novela.
Carece de todo inter�s tratar de averiguar
si Ch�vez se propone calcar el modelo comunista cubano a punta de referendos.
Probablemente no sea �se su objetivo. Uno de los primeros s�ntomas del s�ndrome
del caudillo revolucionario es la b�squeda de la singularidad. Quieren ser
�nicos, inaugurar eras, se�alar caminos, inventar sus propios disparates. Ese es
el modo de clavarse en la historia. Ch�vez no quiere ser igual que Castro.
Quiere trascenderlo y por eso lo ayuda generosamente. Su magnanimidad es una
forma de demostrar su superioridad. ``Yo lo salv� en su peor momento'', se
ufanar� alg�n d�a. Tal vez hasta llegue a ser peor porque es notoriamente m�s
limitado.
En todo caso, son distintos, pero ambos
pertenecen a la misma familia. Y lo triste es que no se trata de un par de seres
exc�ntricos, sino de dos genuinos representantes de la vasta cultura
revolucionaria todav�a viva en Am�rica Latina. Lo terrible no es que haya un par
de enajenados jugando con las vidas de millones de seres humanos, sino que haya
millones de seres humanos que se sienten felices con ese destino de marionetas
guiadas hacia el despe�adero por estos delirantes personajes. Lo pavoroso es que
existan muchedumbres de latinoamericanos dispuestos a abdicar de la facultad de
pensar por cuenta propia a cambio de que alg�n mes�as en traje de fatiga los
gu�e hasta la tierra prometida con los ojos vendados. Que Dios los coja
confesados. Aunque no lo merezcan.
Noviembre 5,
2000
Firmas Press
