Ch�vez: otro paso hacia el caos

Carlos Alberto Montaner

Madrid

El presidente Hugo Ch�vez sigue "haciendo revoluci�n". Una de las tragedias de los revolucionarios es esa: la hiperkinesis. No se est�n tranquilos un minuto. Es muy grave que siempre est�n equivocados, pero m�s grave a�n es que no se est�n quietos. Suelen ser laboriosos, virtud que multiplica exponencialmente los da�os que le causan a la sociedad. �No hay manera, Dios m�o, de sedarlos? Ahora el ex teniente coronel est� en medio de lo que �l llama la revoluci�n cultural. Les lleg� su turno a los museos. Como el cl�sico elefante en la cacharrer�a, mediante una de sus pintorescas alocuciones radiales semanale, sin siquiera tener la m�nima cortes�a de comunicarse previamente con los afectados, anunci� que "el proceso" hab�a llegado a la cultura y fulminantemente separaba de sus cargos a quienes hasta entonces los hab�an ocupado.

Estupor en Europa y en Am�rica. Protestas en los principales diarios de Occidente. Botero escribi� una carta p�blica llena de indignaci�n, redonda y hermosa como las carotas de las figuras que suele pintar. Resulta que en Venezuela hay una instituci�n extraordinariamente reputada, el Museo de Arte Contempor�neo de Caracas, dirigida por otra instituci�n que se llama Sof�a Imber, una cult�sima periodista, viuda, adem�s, de Carlos Rangel, el pensador m�s original del siglo XX venezolano. Y tal era la simbiosis entre las dos instituciones (museo y directora) que la galer�a acab� llam�ndose "Museo de Arte Contempor�neo de Caracas Sof�a Imber".

Separarla de su puesto era como si los puertorrique�os hubieran echado a Pablo Casals de la direcci�n del "Festival Casals" o los bostonianos a Jonas Salk de la fundaci�n que lleva su nombre. Ese "peque�o" inconveniente, naturalmente, no arredrar� a Hugo Ch�vez. Si le cambi� el nombre al pa�s, �qu� no har� con el museo? Puede llamarlo, por ejemplo: "Tania, la guerrillera bolivariana".

Hace treinta a�os, con pocos recursos, ella cre� un peque�o museo, y, poco a poco, lo fue convirtiendo en el m�s organizado y mejor dotado de Am�rica Latina. Cuando en Venezuela casi todo funcionaba mediocremente, su museo era una m�quina suiza de precisi�n, elegancia y excelente criterio est�tico. No hab�a concesiones al mal gusto. A nadie se le pod�a ocurrir plantear ning�n negocio deshonesto o tratar de colocar en las paredes las flores pintadas por la cu�ada de un senador o por la mujer de un ministro. En medio de un mar de favoritismo, all� no hab�a otra consideraci�n que el m�rito y la calidad.

Mientras muchas instituciones p�blicas dilapidaban los recursos del Estado, en el museo de Sof�a las inversiones multiplicaban su valor de una manera asombrosa: un cuadro de Bacon comprado en ciento treinta y cinco mil d�lares alcanzaba el valor de catorce millones. Los 250 Picassos, adquiridos en el momento justo por una bicoca, sumados al resto de los fondos, acabaron valiendo tanto como los ingresos petroleros de un a�o. Sof�a Imber no solo enriquec�a la vida cultural de los venezolanos, sino aumentaba el patrimonio nacional prodigiosamente. Ten�a el ojo limpio del experto en arte y el ojo agudo del comprador nato. No en balde se trataba de una bella jud�a formada en Par�s. �Qu� estupidez prescindir de una servidora p�blica de ese calibre!

�Por qu� Hugo Ch�vez quiere apoderarse de los museos? Por lo mismo que ha descabezado los sindicatos y los partidos. Por lo mismo que ya se movi� en direcci�n del control de las escuelas privadas. Porque quiere atesorar m�s poder, todo el poder. �Para qu�? Aparentemente, de acuerdo con algunas de sus aseveraciones, para hacer una revoluci�n. �De qu� tipo? A juzgar por sus discursos inacabables, sus declaraciones copiosas, su lengua que no cesa, se trata de una cosa medio rara, nebulosa, rabiosamente tercermundista, entre libia y cubana, inspirada en el Libro Verde, un manualito bobo escrito por Gadaffi mientras paseaba en su camello por las inmediaciones de Tr�poli. El prop�sito es tener en un mismo pu�o las riendas del Estado y de la sociedad civil para ir desmantelando las estructuras burguesas de la odiada Rep�blica que exist�a antes de su llegada a Miraflores. En su momento, le tocar� el turno a los medios de comunicaci�n, y, tras ese episodio, llegar� la hora del aparato productivo. "A cada puerco (piensa) le llega su San Mart�n".

Afortunadamente, la naci�n ha comenzado a reaccionar. En pocas semanas el nivel de respaldo a Ch�vez ha bajado del 65 por ciento al 42. Los venezolanos quer�an un cambio, no una demolici�n, y mucho menos una aventura totalitaria. El problema es que ante este s�bito descenso, el jefe de la Quinta Rep�blica, como en el cuento de Borges, se encuentra en un sendero que solo se bifurca en dos direcciones: o radicaliza el "proceso revolucionario" o comienza a retroceder y renuncia a sus delirantes proyectos. El �nico consuelo que nos queda es que cuando haya pasado este vendaval, el Museo "Sof�a Imber" estar� ah�. Napole�n es una discutible pesadilla. El Louvre sigue vivo y coleando.

Firmas Press

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