Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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Bush y Colombia
JUAN GABRIEL TOKATLIAN
A pesar de que el tema de la degradada guerra en Colombia no ocupó un lugar
destacado en la campaña presidencial estadounidense, George W. Bush tendrá
posiblemente en ese país andino uno de los primeros y primordiales desafíos
de su política exterior. Las tendencias estructurales de las relaciones
colombo-estadounidenses señalan una situación tormentosa y compleja. Las
designaciones individuales y su fórmula vicepresidencial refuerzan un
potencial escenario de mayor fricción y más conflictividad.
El sexteto principal de colaboradores vinculado con aspectos diferentes de
la estrategia internacional de Washington tiene mucho en común. Dick Cheney
(Vicepresidente), Colin Powell (Secretario de Estado), Donald Rumsfeld
(Secretario de Defensa), John Aschroft (Secretario de Justicia), Condoleeza
Rice (Consejera de Seguridad Nacional) y Robert Zoellick (Representante
Comercial) son bastante parecidos: poseen estructuras mentales y códigos
referenciales más propios de la guerra fría que de la globalización; son, en
el fondo, más ideológicos que pragmáticos; se ubican, en general, mucho más
a la derecha que al centro; parecen más proclives a la mano dura que a la
ponderación; se tientan más con la ominosa amenaza a la fuerza que con la
prudente diplomacia; miran al mundo con un prisma realista clásico y no con
una lente de generoso idealismo; procuran la primacía económica, la
suficiencia militar y la unilateralidad política de Estados Unidos en
detrimento de un esquema multipolar balanceado, multilateral y estable; y
detentan formación y experiencia en los enemigos históricos (Rusia) de
Washington y los estados forajidos (Irak, Libia, Corea del Norte) y un
franco desconocimiento de América Latina.
Este sexteto no es decididamente aislacionista en el sentido de que prefiera
un repliegue diplomático de Estados Unidos, una menor injerencia militar
externa y una mayor concentración en los asuntos sociales y económicos
internos. Es, más bien, ambigua y modestamente internacionalista: entiende
que Estados Unidos es una superpotencia con intereses y obligaciones en el
sistema mundial; defiende el uso de la fuerza en el exterior, siempre que
ello garantice un triunfo expeditivo en su ejecución, nítido en su resultado
y sin costes propios; y busca ventajas externas (económicas, tecnológicas,
militares y políticas) que consoliden la fortaleza interna de Estados
Unidos.
En ese contexto, una previsible política hacia Colombia podría contener dos
fases o dos componentes no necesariamente excluyentes. Existiría un Plan A y
un Plan B. El Plan A tendría los siguientes elementos: el Gobierno Bush
inicia su estrategia criticando la política antidrogas de Bill Clinton y
rescatando algunos aspectos puntuales del denominado Plan Colombia de 1.319
millones de dólares de asistencia. Asimismo, politiza aun más el caso
colombiano: considera que la auténtica amenaza del país se deriva de una
insurgencia económica, territorial y militarmente fuerte y no sólo del
narcotráfico y la criminalidad organizada. De hecho, todo se entrelaza y
confunde; guerrilla, terrorismo, narcocriminalidad organizada serían,
relativamente, lo mismo. Además, presiona al gobierno del presidente Andrés
Pastrana para que frene el diálogo político con las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia (FARC), y se concentre en su combate militar. A
cambio, Estados Unidos promete más asistencia militar, técnica y de
inteligencia. Para no aparecer saboteando la paz en Colombia, Washington
consiente el inicio de conversaciones con un debilitado Ejército de
Liberación Nacional, ELN. La promesa de una convención nacional con ese
grupo guerrillero, donde todos los sectores internos hablarían sobre
reformas futuras, permite ensordecer el ruido de las balas que el Estado,
por un lado, y el paramilitarismo, por el otro, intercambien con las FARC.
En breve: el Plan A es un plan barato: los colombianos se matan por un lado
y dialogan por el otro, mientras Estados Unidos interviene indirectamente
con más asistencia bélica pero sin bajas militares.
Si ese plan fracasa comenzaría el diseño de un Plan B más vasto. En este
caso, crecerían las manifestaciones intervencionistas. Ello se iniciaría con
un uso más sofisticado de la tecnología militar y de interdicción: ensayo de
nuevas armas (como se vio en Irak, Bosnia y Kosovo); fumigaciones masivas de
cultivos ilícitos (con o sin el beneplácito colombiano); apresamiento de
guerrilleros, narcotraficantes y paramilitares en terceros países, altamar o
fronteras porosas del país (Panamá y Ecuador, preferentemente); más
presencia de mercenarios camuflados como compañías de seguridad privada;
incremento de entrenadores en el terreno, etc. De modo gradual, se va
legitimando una intromisión mayor en los asuntos colombianos.
Esto no es un ejercicio de política ficción. Una detenida mirada a las
personas involucradas le otorga verosimilitud. Por ello, Colombia deberá que
redefinir su acción externa. La administración Pastrana debe tratar de
preservar buenas relaciones diplomáticas con EE UU pero evitar quedar
atrapado en el abrazo de oso de Washington. Esto lo dejará sin aire; algo
que necesita Pastrana en el bienio final de su mandato. Diversificación,
cooperación y multilateralización deberían ser los objetivos diplomáticos de
Bogotá en 2001: Colombia debe mirar mucho más a Latinoamérica y Europa.
Paralelamente, el país requiere una diplomacia ciudadana activa orientada a
que diversos actores no estatales desarmados desplieguen una suerte de
política exterior por la paz y la democracia tanto en las Américas como en
la Unión Europea.
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Juan G. Tokatlian es profesor de Relaciones Internacionales de la
Universidad de San Andrés (Argentina).
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cortesia de Anibal Monsalve Salazar