Marcos, la m�scara y los idiotas sin frontera
El rasgo m�s impresionante
del subcomandante Marcos es su asombrosa capacidad para convertirse en otra
cosa. Es una especie de revolucionario mutante. A mediados de la d�cada de los
ochenta era un joven docente universitario, graduado en filosof�a y profesor de
dise�o gr�fico en la universidad. Entonces se llamaba Rafael Sebasti�n Guill�n y
formaba parte de una pr�spera familia burguesa y blanca dedicada a la
fabricaci�n de muebles. Por
aquellos a�os se hizo castrista y sandinista, viaj� a La Habana y a Managua, se
insert� en los c�rculos de la solidaridad internacional revolucionaria y comenz�
a so�ar con instalar en M�xico un manicomio calcado del cubano. Su historia est�
maravillosamente documentada por Maite Rico, de El Pa�s de Madrid,
y por Bertrand de la Grange, del parisino Le Monde, ambos
corresponsales en M�xico, en un libro titulado Marcos, la genial impostura.
Hace siete a�os, cuando se
alz� en las selvas de Chiapas, era �se el proyecto que ten�a en la cabeza, lo
que no dejaba de ser anacr�nico, pues ya en ese momento la Uni�n Sovi�tica hab�a
desaparecido, el comunismo hab�a sido ignominiosamente depositado en el basurero
de la historia, y Fidel Castro andaba dando tumbos ideol�gicos a la b�squeda de
una coartada te�rica que le permitiera justificar su tiran�a.
Poco tiempo despu�s de
iniciada su aventura guevarista ocurrieron dos hechos que Marcos/Guill�n no
hab�a previsto. El primero, es que el gobierno de Salinas (como luego el de
Zedillo), tras las escaramuzas iniciales decidi� rehuir el combate por razones
de imagen. En Los Pinos, donde intentaban consolidar la incorporaci�n al
Tratado de Libre Comercio con EU y Canad�, nadie quer�a un �segundo
Tlatelolco�. Armar una escabechina de guerrilleros -algo que el ej�rcito
hubiera podido hacer en una semana de abundante sadismo y
hemoglobina-, resultaba
inconveniente. No habr�a guerra de guerrillas, ni vencedores ni vencidos, sino
un largo comp�s de espera hecho de aguaceros interminables, d�as m�s aburridos
que el ginec�logo del Vaticano y un constante desfile de turistas gordos con
camaritas desechables adscritos a la venerable secta de los Idiotas sin
fronteras.
En ese punto de la historia
Marcos/Guill�n volvi� a cambiar de identidad y se pas� al indigenismo. Abandon�
El capital y se suscribi� a National Geographic. No se hab�a
alzado en Chiapas porque hubiera indios -casi todos son del
PRI o del PAN-, sino porque hab�a
selvas y unos borrosos l�mites con Guatemala. Este es el segundo hecho que hay
que retener. Del marxismo, que es una ideolog�a europea, blanca y
antinacionalista, pas� a defender una causa �tnica: la del diez por ciento de la
poblaci�n mexicana que, con bastante raz�n, m�nimas posibilidades de solucionar
sus problemas si se mantienen en la marginalidad, y escas�simo inter�s general,
denuncia ser la v�ctima de la cultura dominante impuesta por los conquistadores
espa�oles en el siglo XVI.
El cambiazo, sin duda, le
favorec�a. En 1994 no estaba el planeta para nuevas aventuras estalinistas, pero
la causa de las minor�as �tnicas, a los 500 a�os casi exactos del despistado
arribo de Col�n al Nuevo Mundo, enamoraba a cualquiera, como pod�a atestiguar la
m�nima y dulce Rigoberta Mench�, Premio Nobel de la Paz en 1992. Y si a eso se
le sumaban la globofobia y el antineoliberalismo, de los
Idiotas sin frontera, la propuesta no pod�a fallar: los globoidiotas
de todo el universo, esa especie de ilusionados camaradas surgidos en pa�ses
pr�speros, f�rreamente acorazados contra cualquier vestigio de sentido com�n,
amantes del color local, del turismo revolucionario en el Tercer Mundo y de la
fragancia a Chanel N�mero Cinco que usa Madame Miterrand
cuando se pone el traje de fatiga, correr�an en tropel a abrazarlo. Ya ten�an un
h�roe, una causa, unas v�ctimas y unos verdugos. Ya ten�an la felicidad.
Lo curioso es que el
entusiasmo antropol�gico que despertaba el se�or Marcos/Guill�n entre las
huestes globoidiotas no dejaba de ser una expresi�n del m�s claro
racismo. �C�mo ver�an Alain Touraine o el se�or Ignacio Ramonet, director de
Le Monde Diplomatique y prior de la alegre cofrad�a,
entusiastas valedores de este sainete en Francia, si, por ejemplo, el
subcomandante Pierre, un vascofranc�s etarra, se alza en armas y luego marcha
sobre Par�s para reivindicar los derechos conculcados a su etnia. �C�mo ver�a
V�zquez Montalb�n, el novelista catal�n seducido por la tiran�a cubana, que los
charnegos andaluces -inmigrantes en
Catalu�a-, alzados en los
Pirineos, vengaran a tiros los agravios de que son o han sido objeto, y de paso,
le quemaran su bella y explotadora vivienda? Es curioso que esta fauna,
amante en sus pa�ses del estado de derecho, como esos representantes de
comercio que llaman al tel�fono er�tico cuando est�n de viaje, no vacila en
cruzar el Atl�ntico para desfogar sus m�s ardientes fantas�as pol�ticas.
La gran pregunta ahora es
cu�l nuevo disfraz estrenar� Marcos/Guill�n. Probablemente debute como cronista
de su extra�a guerra y escriba un libro de prosa po�tica, como Platero y yo,
pero en clave antimercado y antioccidente, sin proponer ninguna opci�n
alterna, porque, en realidad, no la tiene. Lo que les cabe en la cabeza a estos
revolucionarios no son programas de gobierno serios, ni planes de desarrollo que
realmente rescaten a los pobres de la miseria, sino lemas, consignas y alg�n
aforismo l�rico de la escuela de Eduardo Galeano. Ahora, cuando se quite el
pasamonta�a, sospecho que tampoco le veremos la cara aut�ntica. A estas alturas
creo que no tiene.
Marzo 18, 2001
Firmas Press
