Carlos
Alberto Montaner
"Estoy muy avergonzada", le dijo en Madrid una diplom�tica
cubana a un colega latinoamericano. Se refer�a a la conmemoraci�n del 1 de mayo
en La Habana, donde Castro hab�a desfilado junto a unos mu�econes rid�culos que
representaban a los presidentes Fernando de la R�a, de Argentina, Jorge Batlle,
de Uruguay, Alfonso Portillo de Guatemala y Miguel Angel Rodr�guez de Costa
Rica. Eran los cuatro mandatarios cuyos pa�ses, muy leg�timamente, guiados por
los informes de Amnist�a Internacional y de otras instituciones respetables,
hab�an votado afirmativamente en Ginebra a la propuesta checa de que se
investigaran las presuntas violaciones de los derechos humanos ocurridas en la
Isla. Finalmente, gracias a esos votos latinoamericanos, sumados a los de las
democracias europeas, Estados Unidos y Canad�, la moci�n fue aprobada.
El lenguaje de Castro fue una repetici�n del cat�logo de
insultos t�picos de la propaganda comunista anterior a la desaparici�n del Muro
de Berl�n: "lamebotas de los yanquis", "cipayos del imperialismo", "pigmeos
morales" y otras lindezas. �Por qu� este espasmo estalinista del Comandante? Hay
varias razones. La primera, es que �l se hab�a puesto al frente de la diplomacia
cubana y le hab�a asegurado a la c�pula dirigente que en esta oportunidad su
Gobierno no iba a ser condenado. Para Castro -como muy divertido dice en La
Habana el ex canciller cubano Roberto Robaina a todo el que quiera o�rlo- �sta
es una humillante derrota personal. El segundo motivo tiene que ver con la
geriatr�a. La salud mental de Castro se deteriora d�a a d�a. Sus graves
problemas vasculares inciden claramente en el riego sangu�neo de su cerebro. Por
eso las pausas, las equivocaciones, los disparates y las s�bitas "ausencias". Es
un caso evidente de demencia senil progresiva. De loco pol�tico se va
convirtiendo en loco biol�gico. La tercera causa es ya muy personal: aunque los
mayores insultos se los llev� De la R�a, el enemigo mayor es el costarricense
Miguel Angel Rodr�guez.
Paso a explicarlo. Costa Rica es la irritante prueba de que en
Am�rica Latina resulta perfectamente posible dotar a toda la poblaci�n de
sistemas razonables de instrucci�n y de sanidad p�blicas sin necesidad de
establecer una dictadura de palo y tentetieso. Mientras los costarricenses
hicieron su revoluci�n en 1948 e inmediatamente liquidaron el ej�rcito y
convirtieron los cuarteles en escuelas -como le record� Rodr�guez a Castro-, los
cubanos, diez a�os m�s tarde, tomaron el camino contrario: militarizaron el pa�s
de una punta a la otra, incluidos los ni�os y adolescentes. �Resultado? En 1959
el per c�pita anual de los cubanos era un treinta por ciento mayor que el de los
costarricenses. Cuarenta y dos a�os m�s tarde, Costa Rica, con cinco mil
quinientos d�lares, casi cuadruplica los raqu�ticos mil quinientos de Cuba. A lo
que se suma otro dato absolutamente aplastante: mientras hoy el veinte por
ciento de los cubanos vive en el exilio huyendo de la persecuci�n o de la
hambruna, o de ambas, en Costa Rica sucede exactamente a la inversa: el veinte
por ciento de su poblaci�n est� constituida por inmigrantes, la mayor�a
nicarag�enses, pero entre los que no faltan unos cuantos millares de cubanos.
Por si fueran pocas estas diferencias, la animadversi�n de
Castro contra Costa Rica aumenta por otras dos razones muy peculiares. El sabe
-incluso, lo insinu� lleno de rencor- que el pueblo costarricense, de acuerdo
con todas las encuestas, exhibe un rasgo casi �nico en el mundo: no padece la
menor dosis de antiamericanismo. Por el contrario: siente que comparte con
Estados Unidos ciertos valores democr�ticos y entiende que le beneficia mucho
m�s una relaci�n con Washington basada en la cooperaci�n que en la hostilidad.
De manera que el rinc�n de Am�rica Latina donde la cruzada antiamericana de
Castro ha fracasado m�s estrepitosamente es �se: Costa Rica. Nadie le hace el
menor caso. Se burlan de �l y lo toman a broma. A lo que se agrega la mala
qu�mica que lo separa de Miguel Angel Rodr�guez. El costarricense es un
democristiano sereno y prudente. Es decir, la ant�tesis exacta de lo que es y de
lo que cree el Comandante.
Seg�n todos los s�ntomas, las danzas guerreras de Castro contra
los otros presidentes de Am�rica Latina van a aumentar de intensidad y
frecuencia. Esto suceder� en la medida en que se desarrolle la campa�a contra el
ALCA emprendida desde La Habana como parte de la estrategia de mantener a los
cubanos permanentemente embarcados en alguna cruzada revolucionaria que les
impida examinar la desastrosa situaci�n del pa�s.
El problema es que en noviembre, durante la Cumbre
Iberoamericana de Lima, ser� m�s inc�modo que nunca compartir la mesa y la
tribuna con un colega dedicado a injuriar a la mitad de los participantes. �No
ser�a m�s sensato indicarle a Castro que resultar�a preferible que permaneciese
en la Isla sometido a grandes dosis de tila y meprobamato? En realidad no es
buena idea que los locos abandonen los manicomios. Especialmente cuando est�n en
fase agresiva.
