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Ahora que Carrapete me da pie con la aprensi�n que
siente por los avances en la investigaci�n sobre gen�tica y sobre el genoma
humano, aprovecho para enviarles este escrito de Isaac Asimov, que incluy� como
introducci�n a su libro El C�digo Gen�tico (“The Genetic Code”), publicado en
1962.
Es interesante tener en cuenta el a�o de publicaci�n del
libro, 1962, hace casi 40 a�os, cuando los avances actuales en el
campo gen�tico pod�an ser apenas una conjetura, m�s propia de la
ciencia ficci�n. Sin embargo, el buen Asimov, haciendo ciertas
extrapolaciones basadas en los avances cronol�gicos en otros campos
cient�ficos, se aventur� a pronosticar que en el a�o 2004, el avance
de la investigaci�n en este campo alcanzar�a cotas casi inimaginables.
Pron�stico notable, a la luz del avanzado estado actual de la investigaci�n
en el campo gen�tico.
Saludos jmb
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EL DESCUBRIMIENTO
Isaac Asimov
Todos nosotros, aun sin darnos cuenta, estamos viviendo las
etapas iniciales de uno de los m�s importantes descubrimientos cient�ficos
de la Historia.
Desde el nacimiento de la Qu�mica moderna, acaecido poco
antes de 1800 hasta hace unos a�os, los bi�logos se preguntaban cu�l es la
naturaleza de la vida, sin hacer m�s que cortos avances en torno al tema.
Algunos, desanimados, se resignaban a dar por insoluble el misterio de la vida y
sus mecanismos, algo que el cerebro del hombre nunca podr�a
comprender.
Hasta que lleg� la d�cada de los 40. Mientras la guerra
convulsionaba al mundo, un apasionado af�n de creaci�n se apoder� de los hombres
de ciencia de todas las naciones. (Esta relaci�n entre guerra y creatividad se
ha advertido ya en otras ocasiones, aunque rara vez se ha pretendido utilizarla
a modo de excusa de la guerra.)
Los bioqu�micos ya hab�an aprendido a usar �tomos radiactivos en sus investigaciones sobre organismos vivos. Los incorporaban a compuestos, a fin de poder seguir �stos por el cuerpo. Cuando, en los a�os 40, gracias al reactor nuclear, se pudo disponer de �tomos con mayor facilidad, los bioqu�micos los utilizaron para desenredar algunos de los hilos que forman el complicado entramado de la qu�mica corporal. Tambi�n en aquella d�cada los bioqu�micos aprendieron a
separar los componentes de heterog�neas mezclas utilizando simplemente una hoja
de papel absorbente, disolventes ordinarios y una caja herm�tica. Por otra
parte, utilizaban tambi�n complicad�simos instrumentos: microscopios
electr�nicos que aumentaban los objetos cientos de veces m�s que los
microscopios corrientes, espectr�grafos para determinar las masas que
seleccionaban los �tomos uno a uno, etc�tera.
Tambi�n en aquella d�cada se dio el primer paso para realizar la delineaci�n rigurosa de la fina estructura de las mol�culas gigantes que forman el tejido vivo. Pero el gran descubrimiento se hizo en 1944, cuando un cient�fico llamado O. T. Avery y dos colegas suyos estudiaron una sustancia capaz de transformar una cepa bacteriana en otra. La sustancia era el �cido desoxirribonucleico, conocido por las siglas ADN o DNA, seg�n su denominaci�n inglesa. Para el profano, este descubrimiento puede parecer poco importante. Sin embargo, ech� por tierra conceptos que los bi�logos y los qu�micos daban por descontados desde hac�a un siglo. Imprimi� una nueva direcci�n a la investigaci�n de la naturaleza de la vida e impuso nuevos m�todos de estudio. La rama de la Ciencia que ahora se llama “Biolog�a Molecular” recibi� un gran impulso. En menos de veinte a�os se resolvieron problemas que se cre�an insolubles, y se corroboraron opiniones que parec�an fant�sticas. Los hombres de Ciencia entraron en una carrera en pos de nuevos logros y muchos de ellos salieron victoriosos. Las consecuencias son casi incalculables, pues la visi�n
clara y fr�a de la Ciencia moderna ha penetrado en el estudio del hombre hasta
un nivel m�s profundo que en cualquier otro momento de sus tres siglos y medio
de existencia.
La Ciencia tal como la conocemos nosotros empez� hacia el
1600, cuando el gran investigador italiano Galileo populariz� el m�todo de
aplicar m�todos cuantitativos a la observaci�n, tomar medidas exactas y abstraer
generalizaciones que pudieran expresarse en forma de simples relaciones
matem�ticas.
Galileo obtuvo sus triunfos en el campo de la mec�nica, en el estudio del movimiento y de las fuerzas, campo que, hacia finales del siglo XVII, fue ampliado en gran medida por un cient�fico ingl�s, Isaac Newton. El movimiento de los cuerpos celestes se interpretaba seg�n las leyes de la mec�nica; los fen�menos complejos se deduc�an de suposiciones b�sicas y simples y la Astronom�a, al igual que la F�sica, empez� a tomar la forma moderna. La F�sica sigui� avanzando y floreciendo por el camino que marc� el gran descubrimiento de Galileo. En el siglo XIX se dome�aron la electricidad y la fuerza magn�tica y se establecieron teor�as que explicaban satisfactoriamente los fen�menos electromagn�ticos. Con la llegada del siglo XX, el descubrimiento de la radiactividad y el desarrollo de la teor�a de los cuanta y la de la relatividad llevaron a la F�sica a un terreno m�s complejo y sofisticado. Entretanto, a finales del siglo XVIII, el qu�mico franc�s Lavoiser aplicaba los m�todos de la medici�n cuantitativa al �mbito de la Qu�mica, y esta rama del conocimiento se convert�a en una ciencia propiamente dicha. El siglo XIX trajo el desarrollo de nuevas y fecundas teor�as sobre �tomos e iones. Se realizaron grandes generalizaciones: se establecieron las leyes de la electrolisis y se confeccion� la tabla peri�dica. Los qu�micos aprendieron a obtener, por medio de la s�ntesis, productos que no se encontraban en la Naturaleza y a veces, para ciertas aplicaciones espec�ficas, los productos sint�ticos resultaban m�s �tiles que los naturales. Hacia finales del siglo XIX empez� a desdibujarse la divisoria entre la Qu�mica y F�sica. Florecieron nuevas ramas del conocimiento como la Qu�mica F�sica y la Termodin�mica Qu�mica. En el siglo XX, la teor�a de los cuanta permiti� determinar la manera en que se unen los �tomos para formar mol�culas. En la actualidad, cualquier divisi�n entre la Qu�mica y la F�sica es puramente artificial, ya que ambas forman una sola ciencia. Y mientras la mente humana conquistaba estas brillantes victorias sobre el universo inanimado, mientras las ciencias f�sicas se agigantaban, �qu� ocurr�a con las ciencias de la vida? No hab�an quedado estancadas, desde luego, sino que avanzaban a grandes pasos. El siglo XIX, por ejemplo, presenci� tres importantes descubrimientos. Hacia 1830, los bi�logos alemanes Schleiden y Schwann definieron la teor�a celular. En su opini�n, todos los seres vivos estaban formados por c�lulas microsc�picas que eran las verdaderas unidades de la vida. Hacia 1850, el naturalista ingl�s Darwin desarroll� una teor�a de la evoluci�n que abarcaba en un todo la vida pasada y presente. Aquella teor�a es la base de la Biolog�a moderna. Finalmente, hacia 1860, el qu�mico franc�s Pasteur propugn� la teor�a de los g�rmenes de la enfermedad. Hasta entonces, los m�dicos no empezaron a saber lo que hac�an realmente y la Medicina pas� a ser algo m�s que una profesi�n que se practicaba a la ventura y se dejaba en manos de Dios. De entonces data el fuerte descenso del �ndice de mortalidad y el espectacular aumento del promedio de vida. Sin embargo, estos descubrimientos de las ciencias de la vida, por apasionantes que resulten, no son de naturaleza parecida a los realizados en F�sica y Qu�mica: son descriptivos, cualitativos, no exigen la aplicaci�n de mediciones exactas. No son generalizaciones que permiten hacer predicciones confiadas ni manipular expertamente alguna faceta del Universo. Esta disparidad en el avance realizado en los distintos campos de la Ciencia ha sido causa de desesperaci�n para muchos estudiosos de las humanidades. A medida que el hombre profundizaba y robustec�a sus conocimientos del universo que le rodea, adquir�a un mayor poder. Del dominio de la p�lvora pas� al de los explosivos de gran potencia y bombas nucleares. Descubri� nuevos venenos, qu�micos y biol�gicos. Incluso disppone de un nuevo "rayo de la muerte" en forma de un instrumento llamado l�ser, que promete tambi�n grandes avances en el campo de las comunicaciones, la industria e, incluso, la Medicina, si es que podemos dedicarnos a desarrollar sus usos pac�ficos. El hombre siempre ha sido propenso a utilizar sus conocimientos para provocar el dolor y la destrucci�n; propensi�n que ha demostrado desde que aprendi� a utilizar el fuego y empu�� por primera vez un palo. Pero en la d�cada de los 40, por primera vez en la Historia, dispuso de unos conocimientos que le capacitan para destruir la especie humana y, quiz�, toda manifestaci�n de vida. La Ciencia ha puesto todos estos conocimientos al alcance de los seres humanos; pero el ser humano en s� contin�a siendo un enigma para la Ciencia. Pero, �y las “ciencias de la sociedad” ? Grandes cerebros han estudiado detenidamente los impulsos psicol�gicos, “normales” y patol�gicos. Otros han estudiado las sociedades y civilizaciones creadas por el hombre. Sin embargo, ni la psicolog�a ni la sociolog�a han hecho m�s que ara�ar la superficie del tema ni han pasado de la fase puramente descriptiva. Ni una ni otra son lo que un qu�mico, un f�sico o un fisi�logo avezado en mediciones cuantitativas llamar�a “Ciencia”; ni con el mayor esfuerzo y mejor voluntad, ni psic�logos ni soci�logos han descubierto a�n “qu� es lo que hace correr a Juanito”. De manera que no tenemos m�s remedio que afrontar esta verdad: en la actualidad el hombre sabe lo suficiente para matar a mil millones de hombres en un solo d�a por un acto de su voluntad; pero a�n no alcanza a comprender lo que impulsa ese acto de la voluntad. “Con�cete a ti mismo”, exhortaba S�crates hace 2.500 a�os. Y mejor ser� que la Humanidad aprenda a conocerse; ya que, de lo contrario estamos perdidos. Por supuesto, las ciencias f�sicas han invadido el territorio de la Biolog�a, anexionando una zona fronteriza aqu� y haciendo una penetraci�n all�. Los f�sicos han estudiado la contracci�n muscular y la tensi�n el�ctrica del cerebro. Los qu�micos han tratado de averiguar las reacciones qu�micas que se producen en los tejidos vivos. La mayor parte del campo de la Biolog�a, sin embargo, permanec�a inaccesible y los cient�ficos no pasaban de pellizcar la periferia, hasta la gran d�cada de los 40. Luego, en 1944, casi de golpe, el problema central de la vida –del crecimiento, reproducci�n, herencia, la diferenciaci�n de la c�lula del huevo original, tal vez el aut�ntico funcionamiento de la mente– qued� expuesto al escalpelo de las ciencias f�sicas. Entonces, por primera vez, el hombre puso el pie en el camino real de la verdadera ciencia de la vida, camino que puede (y debe) conducir a una comprensi�n de la vida y la mente tan detallada como la que se posee de los �tomos y las mol�culas. Desde luego, esta comprensi�n podr�a ser mal utilizada, servir de instrumento para una nueva atrocidad: el control cient�fico de la vida podr�a favorecer los designios de una nueva tiran�a. O no; porque, debidamente utilizada, podr�a desterrar, o por lo menos controlar, la mayor�a de los males, f�sicos o mentales, que aquejan al hombre. Tambi�n podr�a poner las terribles fuerzas de la Naturaleza en manos de una especie que se comprendiera y se controlara, una especie, en suma, a la que se pudiera confiar el poder de decidir en cuestiones de vida y muerte. Quiz� ya sea tarde; quiz� la locura del hombre nos llevar� a todos a la destrucci�n antes de que los nuevos conocimientos puedan fructificar. Pero, por lo menos, ahora podemos intentar ganar la carrera. Y quiz� s�lo tengamos que resistir durante una o dos
generaciones; porque la velocidad a la que avanza la nueva ciencia es
asombrosa.
Veamos...
En 1820, un f�sico dan�s llamado Oersted advirti� que la
aguja de una br�jula oscilaba cuando se acercaba a un hilo conductor de
corriente el�ctrica. Esta observaci�n fortuita fue el primer paso en la
asociaci�n de los fen�menos de la electricidad y el magnetismo.
Fue una simple observaci�n. Casi nadie pod�a prever sus consecuencias. Las investigaciones derivadas de la observaci�n de Oersted, sin embargo, permitieron el desarrollo de motores y generadores el�ctricos y el invento del tel�fono, todo en menos de un cuarto de siglo. Sesenta a�os despu�s, se inventaba la l�mpara incandescente y se iniciaba la electrificaci�n del mundo. En 1883, Thomas Edison observ� que si se introduc�a una placa de metal en una bombilla y se colocaba cerca del filamento caliente, se consegu�a que una corriente el�ctrica circulara por el vac�o entre el filamento y la placa en una direcci�n, pero no en la otra. El propio Edison no advirti� la importancia del descubrimiento, pero otros repararon en ella. El “efecto Edison” se utiliz� en lo que ahora se llaman “l�mparas de radio” y naci� la electr�nica. Antes de que transcurrieran 40 a�os, la radio se hab�a convertido en una nueva fuerza de la actividad humana. Y antes de 60 a�os, la televisi�n estaba sustituyendo a la radio y la electr�nica se aplicaba a la construcci�n de gigantescas computadoras. En 1896, el f�sico franc�s Becquerel observ� que una pel�cula fotogr�fica se velaba en presencia de un compuesto de uranio, aunque estuviera envuelta en papel negro. Al parecer, el uranio emit�a rayos penetrantes (aunque invisibles) y aquella observaci�n abri� a la Ciencia un mundo nuevo dentro del �tomo. Despu�s de un cuarto de siglo del descubrimiento de Becquerel, los cient�ficos at�micos desintegraban �tomos; despu�s de otro cuarto de siglo, desintegraban ciudades. Al cabo de 60 a�os, las centrales nucleares suministraban energ�a para usos civiles y los f�sicos avanzaban a marchas forzadas en busca de la energ�a termonuclear artificial que cubrir�a nuestras necesidades de energ�a durante millones de a�os. En 1903, los hermanos Wright pilotaron la primera m�quina voladora m�s pesada que el aire. Era poco mayor que una cometa grande con un motor exterior y consigui� elevarse unos metros antes de caer, a los pocos segundos. Pero al cabo de sesenta a�os los descendientes de aquel primer aeroplano, nuestros potentes reactores, transportan a m�s de un centenar de pasajeros de un extremo a otro de oc�anos y continentes a velocidades supers�nicas. En 1926. Goddard lanz� un cohete, el primer cohete propulsado por combustible y ox�geno l�quidos que alcanz� una altura de 55 metros y una velocidad de 100 Kil�metros/hora. Pero la tecnolog�a de los cohetes avanz� r�pidamente y, a los 35 a�os, se constru�an unidades capaces de poner a los hombres en �rbita alrededor de la Tierra, a una distancia de m�s de 160 kil�metros y a una velocidad de casi 29.000 kil�metro/hora. Parece indudable que antes de que transcurra otro cuarto de siglo el hombre llegar� a la Luna y establecer� en ella bases cient�ficas.[1] Sesenta a�os, pues, parecen ser el intervalo t�pico entre el descubrimiento y el pleno desarrollo. Puesto que los cient�ficos estudiaron en 1944 una sustancia a la que llamaron ADN y puesto que su descubrimiento revolucion� con tremenda fuerza las ciencias de la vida, conf�o en que –si sobrevivimos– en el a�o 2004 sanos y salvos, el hombre puede ser lo bastante sabio como para garantizar su propia seguridad incluso contra la posibilidad de la autodestrucci�n. Este libro intenta explicar los antecedentes del descubrimiento; su significado y sus consecuencias inmediatas y, por �ltimo, predecir lo que este descubrimiento puede traer en el futuro: lo que puede ser el mundo en el a�o 2004, visto con ojos ilusionados. [1] Este Libro est� escrito en 1962. Siete a�os despu�s en julio de 1969, el hombre pon�a, efectivamente, el pie en la Luna. |
