El testamento de Fidel Castro

Por Carlos Alberto Montaner

Ra�l Castro ha vuelto a referirse a la probable muerte de su hermano Fidel. Es la tercera vez que lo hace en las �ltimas semanas. Pero ahora ha a�adido un matiz ilusionado: pese a la sombr�a aceptaci�n de que todos tenemos que desaparecer --una concesi�n curiosa en gente patol�gicamente optimista--, parece que los revolucionarios no mueren del todo mientras se mantengan en pie los sistemas de gobierno creados por ellos.

Estamos ante una versi�n caribe�a de la teolog�a egipcia. Entre los egipcios, cuando las pir�mides eran profanadas por los saltatumbas o demolidas por los enemigos, los faraones perd�an su condici�n divina. Entre los revolucionarios --seg�n el fil�sofo Ra�l Castro--, cuando los sistemas pol�ticos erigidos tras el fragor de la batalla son sustituidos por modos de convivencia diferentes, generalmente m�s sosegados y habitables, la memoria de los revolucionarios se disuelve sin gloria, son expulsados de la inmortalidad, y los cabecillas acaban hacinados en una inscripci�n de tres l�neas atropelladamente recogida en el Larousse. Ah� termin� todo.

Mientras Ra�l se estrenaba como un Marco Aurelio antillano y pronunciaba su f�nebre advertencia, el herman�simo Fidel trotaba por el mundo en un avi�n ambulancia acompa�ado de m�dicos y de lugartenientes, en medio de un fren�tico periplo diplom�tico que lo llevar�a a Argelia, la India, Ir�n, Malasia, Quatar, Siria y otros ex�ticos lugares unidos por un �spero denominador com�n: la mentalidad tercermundista. �Para qu� ese viaje agotador en un hombre tan enfermo, golpeado por el c�ncer y zarandeado por varios derrames cerebrales? Sencillo: es el �ltimo sacrificio del caudillo en beneficio de su amado pueblo. Es su testamento final: crear un polo antioccidental que le haga frente a la arrogante potencia americana, a la OTAN y al siniestro ap�ndice europeo, para don�rselo al pueblo cubano y a los pobres de este mundo como legado postrero y prueba de una vida llena de entregas y sacrificios sin l�mites.

�Por qu� este anciano moribundo se empe�a en la gigantesca tarea de revivir una suerte de guerra tibia a estas alturas de la historia y de su almanaque personal? La respuesta tiene que ver con la pir�mide de marras. Castro est� intentando crear un anillo de protecci�n a su monumento funerario. En sus delirios, ahora torpemente expresados con una lengua astillada por la arterioesclerosis, supone que �l puede ``salvar su obra revolucionaria'' mediante una operaci�n de pinzas que tiene una pata en la isla y la otra en el extranjero. En Cuba ha desatado una ``minirrevoluci�n cultural'' --en realidad un molesto estado de agitaci�n permanente-- y tiene a sus fatigados compatriotas marchando y coreando consignas de todo tipo, mientras en la televisi�n, la prensa y la radio se machaca un mensaje de ``inquebrantable adhesi�n a los imperecederos valores del comunismo, el antiyanquismo, la antiglobalizaci�n y el antineoliberalismo''. Fuego sagrado que alimenta con cualquier causa emocionalmente combustible: el ni�o Eli�n, el embargo americano, la condena al r�gimen cubano en Ginebra por las violaciones de los derechos humanos o las denuncias de los disidentes dentro de la isla. Todo vale.

Pero ese inmenso griter�o de desfiles y consignas --que acaba con los zapatos y las cuerdas vocales de los pobres cubanos-- no basta. Los gringos --Castro supone-- acechan dispuestos a dar un zarpazo cuando �l ya no est� en el mundo de los vivos. �C�mo evitarlo? Aqu� viene la pata extranjera de su estrategia: fomentando un aguerrido frente internacional capaz de frenar el varapalo imperialista. �Hasta cu�ndo debe durar ese escudo defensivo? No demasiado: hasta que las contradicciones del mercado hagan estallar el injusto sistema de explotaci�n que prevalece en el mundo y la humanidad recupere los valores y principios del modelo comunista. Un momento estelar que --Castro dixit-- est� a la vuelta de la esquina.

�Ha podido el comandante reclutar a alguien para esta loca batalla? S�. Por asombroso que parezca, Castro tiene un disc�pulo y varios aliados coyunturales. El disc�pulo es el pintoresco Hugo Ch�vez, un hombre cegado por los destellos de cierto fascismo camellero aprendido de los libios, mezclado con el estalinismo cubano, v�ctima de un agujero negro instalado en la cabeza, bajo su boina de paracaidista, en el que se funde y desaparece cualquier idea razonable que se le acerque. Y los aliados son la Rusia de Putin, a la b�squeda de cierto peso frente a Estados Unidos, o los pa�ses isl�micos m�s radicales, deseosos de poder desovar sus frustraciones antisemitas y antioccidentales. No es la �poca gloriosa del bloque del este, ni es la tropa cuantiosa y alegre de los no alineados, pero es la mayor cantidad de guerra fr�a que se puede lograr en estos c�lidos tiempos de Fukuyama y postmarxismo.

Naturalmente, los esfuerzos de Fidel y Ra�l para proteger la pir�mide revolucionaria constituyen una fatigosa manera de succionarse el pulgar. Nadie en Cuba cree en eso. Ni siquiera los que acompa�aron al comandante en su viaje de despedida. Ni siquiera los que aplaudieron a Ra�l cuando asegur� que la revoluci�n era una realidad inmodificable. Me lo dijo en Europa un simp�tico muchacho, hijo de un general cubano, a quien encontr� en un acto acad�mico: ``Mi pap� me indic� que no entrara en el partido comunista, me consigui� una beca en el extranjero y me pidi� que me preparara para el futuro capitalista y democr�tico''. El pap� pertenece a la m�s rancia nomenklatura. Sabe que poco despu�s del funeral comenzar� el saqueo de la tumba sagrada. Es el destino de todas las momias.

20 de Mayo, 2001

Firmas Press

 

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