El testamento de Fidel Castro
Mientras Ra�l se estrenaba como un Marco Aurelio antillano y
pronunciaba su f�nebre advertencia, el herman�simo Fidel trotaba por el mundo en
un avi�n ambulancia acompa�ado de m�dicos y de lugartenientes, en medio de un
fren�tico periplo diplom�tico que lo llevar�a a Argelia, la India, Ir�n,
Malasia, Quatar, Siria y otros ex�ticos lugares unidos por un �spero denominador
com�n: la mentalidad tercermundista. �Para qu� ese viaje agotador en un hombre
tan enfermo, golpeado por el c�ncer y zarandeado por varios derrames cerebrales?
Sencillo: es el �ltimo sacrificio del caudillo en beneficio de su amado pueblo.
Es su testamento final: crear un polo antioccidental que le haga frente a la
arrogante potencia americana, a la OTAN y al siniestro ap�ndice europeo, para
don�rselo al pueblo cubano y a los pobres de este mundo como legado postrero y
prueba de una vida llena de entregas y sacrificios sin l�mites.
�Por qu� este anciano moribundo se empe�a en la gigantesca
tarea de revivir una suerte de guerra tibia a estas alturas de la historia y de
su almanaque personal? La respuesta tiene que ver con la pir�mide de marras.
Castro est� intentando crear un anillo de protecci�n a su monumento funerario.
En sus delirios, ahora torpemente expresados con una lengua astillada por la
arterioesclerosis, supone que �l puede ``salvar su obra revolucionaria''
mediante una operaci�n de pinzas que tiene una pata en la isla y la otra en el
extranjero. En Cuba ha desatado una ``minirrevoluci�n cultural'' --en realidad
un molesto estado de agitaci�n permanente-- y tiene a sus fatigados compatriotas
marchando y coreando consignas de todo tipo, mientras en la televisi�n, la
prensa y la radio se machaca un mensaje de ``inquebrantable adhesi�n a los
imperecederos valores del comunismo, el antiyanquismo, la antiglobalizaci�n y el
antineoliberalismo''. Fuego sagrado que alimenta con cualquier causa
emocionalmente combustible: el ni�o Eli�n, el embargo americano, la condena al
r�gimen cubano en Ginebra por las violaciones de los derechos humanos o las
denuncias de los disidentes dentro de la isla. Todo vale.
Pero ese inmenso griter�o de desfiles y consignas --que acaba
con los zapatos y las cuerdas vocales de los pobres cubanos-- no basta. Los
gringos --Castro supone-- acechan dispuestos a dar un zarpazo cuando �l ya no
est� en el mundo de los vivos. �C�mo evitarlo? Aqu� viene la pata extranjera de
su estrategia: fomentando un aguerrido frente internacional capaz de frenar el
varapalo imperialista. �Hasta cu�ndo debe durar ese escudo defensivo? No
demasiado: hasta que las contradicciones del mercado hagan estallar el injusto
sistema de explotaci�n que prevalece en el mundo y la humanidad recupere los
valores y principios del modelo comunista. Un momento estelar que --Castro
dixit-- est� a la vuelta de la esquina.
�Ha podido el comandante reclutar a alguien para esta loca
batalla? S�. Por asombroso que parezca, Castro tiene un disc�pulo y varios
aliados coyunturales. El disc�pulo es el pintoresco Hugo Ch�vez, un hombre
cegado por los destellos de cierto fascismo camellero aprendido de los libios,
mezclado con el estalinismo cubano, v�ctima de un agujero negro instalado en la
cabeza, bajo su boina de paracaidista, en el que se funde y desaparece cualquier
idea razonable que se le acerque. Y los aliados son la Rusia de Putin, a la
b�squeda de cierto peso frente a Estados Unidos, o los pa�ses isl�micos m�s
radicales, deseosos de poder desovar sus frustraciones antisemitas y
antioccidentales. No es la �poca gloriosa del bloque del este, ni es la tropa
cuantiosa y alegre de los no alineados, pero es la mayor cantidad de guerra fr�a
que se puede lograr en estos c�lidos tiempos de Fukuyama y postmarxismo.
Naturalmente, los esfuerzos de Fidel y Ra�l para proteger la
pir�mide revolucionaria constituyen una fatigosa manera de succionarse el
pulgar. Nadie en Cuba cree en eso. Ni siquiera los que acompa�aron al comandante
en su viaje de despedida. Ni siquiera los que aplaudieron a Ra�l cuando asegur�
que la revoluci�n era una realidad inmodificable. Me lo dijo en Europa un
simp�tico muchacho, hijo de un general cubano, a quien encontr� en un acto
acad�mico: ``Mi pap� me indic� que no entrara en el partido comunista, me
consigui� una beca en el extranjero y me pidi� que me preparara para el futuro
capitalista y democr�tico''. El pap� pertenece a la m�s rancia nomenklatura.
Sabe que poco despu�s del funeral comenzar� el saqueo de la tumba sagrada. Es el
destino de todas las momias. 20 de Mayo,
2001 Firmas Press
