Carlos
Alberto Montaner
Nac�, crec� y he envejecido entre libros. Hace pocos meses, al
cambiar de despacho, me vi obligado a regalar unos ocho mil t�tulos a diversas
bibliotecas. No fue un acto de generosidad sino de desesperaci�n: no ten�a d�nde
colocarlos. Pero no fue f�cil. Me gusta c�mo huelen los libros, el contacto con
el papel y la extra�a vida que les dan a las habitaciones o a los pasillos.
Sab�a que jam�s volver�a a abrir el noventa y cinco por ciento de esos libros,
pero estaban ah�, en los anaqueles, dispuestos a servirme en cualquier momento,
y eso siempre conforta. Incluso, hace m�s de treinta a�os, cuando llegu�
exiliado a Espa�a, para ganarme la vida escog� la profesi�n de editor. Era una
forma de mezclar el placer y el trabajo.
La declaraci�n anterior tiene un prop�sito muy claro. Lo que
sigue est� escrito con bastante melancol�a: los libros, como los conocemos, se
acaban. S� que el a�o pasado, solo en Espa�a, se editaron o reeditaron sesenta y
dos mil t�tulos, pero eso no cambia las cosas. Es el canto del cisne. Los libros
de cart�n, papel y tinta est�n en su etapa final. Ser�n sustituidos por los
e-books. �Qu� es eso? Es una liviana pantalla del tama�o y grosor de un libro
convencional que se alimenta mediante tarjetas electr�nicas capaces de contener
asombrosas cantidades de informaci�n. En lugar de apilar (por ejemplo) los 128
tomos de la obra de Balzac en una estanter�a encorvada por el peso, todo este
material, "digitalizado" en un CD-ROM del tama�o de una tarjeta de cr�dito, se
coloca en una ranura del e-book. Usted aprieta un bot�n y en la pantalla surge
un �ndice. Marca La piel de zapa o Eugenia Grandet y aparece la primera p�gina.
Cuando ha terminado de leerla, oprime un bot�n y pasa a la segunda o a la
veinte. O regresa a la primera. Con otro bot�n puede hacer anotaciones como en
cualquier agenda electr�nica. Y hasta puede leer de noche, acostado, sin
encender la luz: basta con la iluminaci�n de la pantalla. Una biblioteca de
veinte mil vol�menes puede colocarse en un tarjetero de un metro de largo y
veinte cent�metros de ancho. Contra esa inmensa facilidad tecnol�gica, expresada
en precio y espacio, no hay amor por el libro capaz de resistir la embestida.
No es la primera vez que el h�bito de leer es sacudido por
cambios bruscos. Durante siglos los seres humanos escribieron en rollos o volvo
(de donde viene nuestra palabra volumen) sobre hojas maceradas de papiro. Cuando
los egipcios (grandes productores de papiro) prohibieron la exportaci�n de este
material "estrat�gico" a ciertas ciudades griegas, una de ellas, P�rgamo,
comenz� a curar la piel de los corderos para dedicarla a esos menesteres. Surgi�
el pergamino. Varias centurias m�s tarde, en el siglo IV d. de C., comenz� a
popularizarse otra forma de lectura: los codex o c�dices, casi siempre escritos
sobre pergamino, y encuadernados como nuestros libros. Entonces hubo nost�lgicos
amantes de los rollos que quisieron resistir la innovaci�n de los c�dices, pero
las ventajas para el copiado, transporte y almacenamiento de los nuevos libros
eran imbatibles. Concurri�, adem�s, un inesperado elemento sicol�gico: como los
c�dices coincidieron con la expansi�n del catolicismo, los rollos fueron
asimilados a las costumbres paganas. Esto contribuy� a liquidarlos.
La revoluci�n siguiente ocurri� en el siglo octavo. Las tropas
�rabes entraron en Samarcanda, entonces territorio chino, y pasaron a cuchillo a
casi todos los varones, pero dejaron vivos a un par de ellos que despertaron la
curiosidad de los jefes. Eran los capataces de una extra�a f�brica que convert�a
la lana en una sustancia sobre la que se pod�a escribir: era el papel, nuestro
papel. Desarmaron la maquinaria y se la llevaron. Fue un alivio. Para copiar el
Cor�n sobre pergamino eran necesarias las pieles de cien corderos.
Cuando Gutenberg perfeccion� la imprenta de tipos m�viles
(conocida por los coreanos quinientos a�os antes) ya la industria del papel era
importante en Europa. Hubo mucha resistencia a la invenci�n del alem�n de parte
de los copistas, y especialmente de la Iglesia, que vio reducirse sus ingresos,
dado que una de las formas de obtener indulgencias para los difuntos era
encargar y pagar a los conventos buenas sumas por copias de bellos libros
religiosos, pero las ventajas que tra�a el artefacto eran inderrotables. En una
generaci�n todas las ciudades europeas de tama�o mediano contaban con imprenta.
Los viejos lectores, amantes de los textos manuscritos, se quejaron con amargura
de la producci�n industrial, plebeyamente uniforme, pero el precio y la rapidez
acabaron imponi�ndose: los libros se hicieron veinte veces m�s baratos.
Estamos en una nueva era. La frase acu�ada, "Galaxia de
Gutenberg" (el mundo surgido por la revoluci�n de la imprenta), dar� paso a la
"Galaxia de los e-book". La sustituci�n de la vieja forma de leer durar� varias
d�cadas, pero paulatinamente se ir� imponiendo. La venerable Enciclopedia
Brit�nica (treinta tomos de informaci�n precisa), que me dio de comer cuando era
estudiante y la vend�a puerta a puerta, ya no se imprime. Se consulta por medio
de Internet. Es virtual. Como casi todo en este milenio que
comienza.
- RE: Colext: Adi�s a los libros Luciano Pulgar
- RE: Colext: Adi�s a los libros Fernando Guzman
