El insoportable peso de los caudillos
Pero
cuando Lage lleg� a su casa y reclin� la cabeza en la almohada, sinti� una
sensaci�n extra�amente ambigua: la muerte de Fidel Castro lo atemorizaba, pero,
al mismo tiempo, la deseaba. �Por qu�? Porque las relaciones entre los caudillos
iluminados y sus subordinados inmediatos son muy complejas y est�n basadas en la
cl�sica paradoja del amor-odio. Al caudillo se le deben los honores y la
relevancia social, pero, a cambio de estos atributos, quienes le sirven deben
entregarle cualquier vestigio de autonom�a emocional. Hay que repetir fielmente
las palabras del caudillo, asentir cuando ellos opinan, callar cuando se
difiere, informar puntualmente de lo que pregunten, y Castro, como buen
paranoico, pregunta mucho, inquisitorialmente, mirando a los ojos, siempre a la
b�squeda del menor s�ntoma de fatiga, ocultamiento o deslealtad.
Al
caudillo iluminado, se�or de la vida y la muerte, no se le quiere: se le teme.
Todos le temen. No se trata de entregarle el coraz�n, sino la vejiga, que es un
�rgano m�s apremiante y comprometedor. Ni siquiera su hermano Ra�l escapa al
miedo. Alguna vez, hasta se ha visto en la humillante necesidad de utilizar a
Garc�a M�rquez para transmitirle un mensaje al comandante. El, Ra�l, tambi�n ha
tenido que sufrir los atropellos y vejaciones de Fidel. O Ricardo Alarc�n, el
presidente del parlamento cubano, instituci�n conocida en el ambiente art�stico
como ``los ni�os cantores de La Habana''. Un coro meticulosamente afinado, sin
una voz discordante, en el que Cintio Vitier hace sonetos, Silvio Rodr�guez
tararea boleros y un tal L�zaro Barreda da gritos, mientras todos aplauden,
sonr�en, y simult�neamente bajan la cabeza y ponen los ojos en blanco, en un
alarde nunca visto de coordinaci�n neuromuscular.
Castro no
ignora nada de esto. Pero su secreto, como buen lector de Maquiavelo, es que
sabe que lo importante no es que amen al pr�ncipe, sino que lo teman, como
recomienda el famoso librito. De ah�, adem�s, se deriva el placer de los grandes
adictos al poder. Las personas fr�giles e inseguras son las que necesitan ser
queridas. A los tipos duros lo que los estimula es ver temblar ante ellos a los
dem�s. Verlos obedecer sin chistar. Y �l es el m�s duro, el inconmovible, el que
no sabe lo que es derramar una l�grima, seg�n confesi�n propia en uno de sus
infinitos papeles.
�C�mo se
establece esta relaci�n de vasallaje? Lo primordial es privar a los subalternos
de la facultad de razonar por cuenta propia. Al caudillo iluminado no se le
sigue por sus ideas, sino por un oscuro v�nculo de lealtad tribal. Castro ha
cambiado de ideas unas cuantas veces, pero los cortesanos han continuado tras �l
sin cuestionar los bandazos. Si Castro dice que la revoluci�n es democr�tica
--como dijo hace casi medio siglo--, se le aplaude. Si dice que es comunista, se
le aplaude. Si insin�a que hay que abandonar el modelo sovi�tico, m�s aplausos.
Si rectifica e insiste en las bondades del estalinismo, se le vuelve a aplaudir.
Es el padrecito de la patria. El propio Ra�l lo ha dicho candorosamente: ``Fidel
es un padre para todos los cubanos''. Y al padre, especialmente en la estructura
inmensamente patriarcal de la sociedad cubana, se le obedece ciegamente aunque
diga la m�s voluminosa de las estupideces.
Pero todo
eso duele mucho. Carl Rogers, tal vez el pensador m�s interesante del siglo XX
norteamericano, postul� la hip�tesis de que las neurosis surg�an de la
disonancia entre la creencia, el discurso y la conducta. La dirigencia cubana
cree una cosa, dice otra y suele hacer una tercera. Por eso un d�a el ex
presidente revolucionario Osvaldo Dortic�s se dio un tiro en la cabeza. Por eso
Hayd�e Santamar�a, la m�s fiel de las servidoras de Castro, se lo dio en el
coraz�n. Estaban cansados de fingir, de comportarse como unos payasos ante un
personaje al que le entregaron la conciencia, la palabra, la vida, confiados en
que se trataba de un ser casi divino, hasta que descubrieron que no era m�s que
un desalmado manipulador, sicol�gicamente incapacitado para amar y respetar al
pr�jimo, porque su �nico objetivo en la vida es clavar su ego indomable por
encima de las cabezas de los dem�s mortales.
Ya la
muerte, como un buitre invisible, dio un par de vueltas sobre la tribuna y se
alej� lentamente. Por ahora. Cuando regrese para quedarse, quienes rodean a
Castro llorar�n desconsolados frente a las c�maras de la televisi�n. Pero esa
noche, a solas, sentir�n un rar�simo e inexplicable alivio. Es lo que le sucede
a la servidumbre del palacio cuando el padrecito de la patria se larga de este
mundo.
Julio 8, 2001
Firmas Press
