Argentina: un d�ficit de modernidad

Carlos Alberto Montaner

Argentina, otra vez, ha entrado en crisis. Veamos la historia oficial. Seg�n los economistas, la clave est� en el creciente d�ficit fiscal. El gobierno gasta mucho m�s de lo que recauda, se endeuda, aumenta la deuda, no puede pagar, y sobreviene la bancarrota. Ahora veamos el remedio. Muy simple: gastar menos y recaudar m�s hasta equilibrar las cuentas. En ese punto, se recupera el cr�dito y Argentina sigue su camino hacia el desarrollo creciente.

�Es esto cierto? S�, pero en una proporci�n insignificante. El equilibrio fiscal es conveniente, como lo es contar con una moneda estable, pero m�s que requisitos para el desarrollo, todos estos datos macroecon�micos son, m�s bien, prerrequisitos. Un estado puede tener un presupuesto totalmente balanceado y contar con una moneda respaldada por oro o por divisas internacionales, y, sin embargo, ser desalentadoramente pobre. El Portugal de Oliveira Salazar es un magn�fico ejemplo: los libros de contabilidad eran irreprochables. El pa�s era el m�s pobre de Europa Occidental.

Esto quiere decir que los argentinos tienen un problema a corto plazo -la incapacidad actual de hacerles frente a sus obligaciones-, pero tienen un problema de fondo mucho m�s grave: la sociedad produce bienes y servicios al ritmo atrasado de una naci�n de los a�os cincuenta del siglo XX, mientras la administraci�n p�blica, encharcada en la ineficiencia y la corrupci�n, presenta rasgos de pa�s subdesarrollado del tercer mundo. Pero ocurre que este cuadro es singularmente cruel en Argentina. �Por qu�? Porque no siempre fue as�. Entre 1853, cuando Rosas fue derrocado, y 1930, cuando cay� Hip�lito Yrigoyen, Argentina vivi� una etapa democr�tica de esplendor econ�mico, y se coloc� en el pelot�n de avanzada de Occidente. Entonces, y a�n hasta fines de los a�os cuarenta, surgieron unos ampl�simos sectores sociales medios que adquirieron el refinamiento material e intelectual, los h�bitos de consumo y las formas de vida de las sociedades ricas. Entonces no se viv�a mejor en New York o Londres -no digamos en Roma o Madrid- que en Buenos Aires, y sucede que esos rasgos de comportamiento se transmiten de generaci�n en generaci�n.

Eso quiere decir que un argentino de la clase media del a�o 1950 viv�a pr�cticamente como un europeo occidental, como un japon�s, y, en muchos aspectos, como un norteamericano. Y ese argentino transmiti� a sus hijos y a sus nietos una cosmovisi�n de ciudadano de primer mundo, pero mientras ocurr�a esta transferencia sicol�gica de valores, actitudes y expectativas, el aparato productivo y el administrativo iban quedando a la zaga, mostr�ndose cada vez m�s incapaces de generar y distribuir adecuadamente la riqueza requerida para sostener estos h�bitos. �Consecuencias de esta disonancia? Se puede resumir en una r�faga de palabras inc�modas: frustraci�n, confusi�n, c�lera, y una profunda y creciente desesperanza.

No es la primera vez que sucede un fen�meno de este tipo. En los siglos XVI y XVII, Espa�a y Turqu�a -enemigas entre ellas-, eran las dos potencias m�s importantes del Mediterr�neo. El imperio otomano entonces ten�a la burocracia m�s competente de la zona, y el nombre de Estambul pon�a a temblar a la cristiandad. Pero poco a poco fueron cambiando los modos de producci�n y de administraci�n. Los inventos t�cnicos y los conocimientos cient�ficos aceleraron la creaci�n de riquezas, mientras la ingenier�a financiera se fue perfeccionando. Cuando, en la segunda mitad del XVIII, Inglaterra desata la revoluci�n industrial, espoleada por la m�quina de vapor, turcos y espa�oles ya han sido relegados a un segundo plano. Todav�a ambos pa�ses controlan unos enormes imperios, pero sus sociedades son cada vez m�s pobres con relaci�n al norte de Europa, e, incluso, si se las compara con las colonias inglesas de norteam�rica. En Espa�a, como en la Argentina de hoy, cund�a la desilusi�n. Basta leer a Jovellanos para advertirlo.

�Se puede revertir esta tendencia? Claro que se puede, pero para resolver un problema la primera condici�n es entenderlo. La crisis de Argentina no se origina en su d�ficit fiscal. �ste es una consecuencia, no una causa. Y la �culpa� de los males que aquejan al pa�s no la tienen el FMI, la democracia, o las ideas de L�pez Murphy -un economista absolutamente acertado y brillante-, sino el hecho de que el pa�s se ha ido distanciando paulatinamente de los modos de producci�n, gerencia empresarial y administraci�n p�blica de las naciones punteras del planeta. El d�ficit es de modernidad. Afortunadamente, es un d�ficit superable. �C�mo? Se trata, en �ltima instancia, de un complejo proceso de aprendizaje.

�Alg�n pueblo ha conseguido hacerlo? Hay un caso espectacular: Jap�n en el siglo XIX. A partir de la �Revoluci�n Meiji�, los japoneses, en vista de que no pod�an enfrentarse a las naciones imperialistas occidentales, decidieron imitarlas. Enviaron maestros, ingenieros y hasta juristas a Inglaterra, Holanda, y Estados Unidos con el objeto de aprender los quehaceres occidentales. Los ingleses los ense�aron a organizar la marina, y los alemanes el ej�rcito, la administraci�n p�blica y las universidades. El emperador hizo obligatoria y universal la ense�anza. En 1883 construyeron el primer telar movido a vapor para hilar algod�n. En 1914 ya controlaban el 25% de la producci�n mundial. Desde entonces, pese a las bombas at�micas, se han mantenido fuertemente unidos al primer mundo, decididos a aprender e innovar cuanto sea necesario para no perder su puesto en la vanguardia de la civilizaci�n. Argentina puede hacer lo mismo.       

Julio 23, 2001

 

�Tiene arreglo Argentina?

 

Carlos Alberto Montaner

La tragedia argentina se compone de tres elementos incompatibles: una gran parte de la poblaci�n caracterizada por el refinamiento y los h�bitos de consumo del primer mundo, un aparato productivo mediocre, incapaz de sustentar ese costoso modo de vida, y una burocracia p�blica hinchada, torpe y corrupta, condenada a endeudarse hasta las cejas para cumplir con las expectativas de una sociedad que cree ser rica, sin serlo realmente.

Cada cierto tiempo esos tres factores entran en crisis, hacen a�icos los gobiernos, generan una etapa de des�rdenes y provocan una penosa ola migratoria. Hasta hace aproximadamente una d�cada, la v�lvula para manejar estas explosivas situaciones era el valor de la moneda: el peso perd�a capacidad adquisitiva mientras ganaba ceros. El gobierno le hac�a frente a sus obligaciones dom�sticas con una mayor cantidad de papel impreso, paliaba moment�neamente el desastre, pero inmediatamente se disparaba la inflaci�n. Cuando se tocaba fondo, las propiedades hab�an perdido una parte sustancial de su valor y los argentinos eran m�s pobres.

Con su �caja de conversi�n -una manera m�s o menos encubierta de dolarizar la econom�a-, Cavallo, a principios de los noventa, pretendi� poner fin a esos convulsos ciclos. Cada peso argentino deb�a contar con el respaldo de un d�lar en las reservas bancarias. La medida era una camisa de fuerza que deb�a contribuir a la disciplina fiscal y monetaria del pa�s. No se pod�a gastar irreponsablemente, sencillamente, porque no habr�a m�s dinero disponible. �D�nde estaba el l�mite? En la capacidad recaudatoria del Estado, m�s la de endeudamiento externo. A partir de ese punto se llegaba a la declaraci�n de insolvencia, esto es, la quiebra t�cnica, con las consecuencias que ello acarrear�a.

�Por qu� no funcion� la �reforma Cavallo�? Todos los argentinos lo saben: porque no se contuvo el gasto p�blico. Por el contrario, se multiplic�. Crecieron la burocracia federal y la regional, y con ellas aument� la corrupci�n y el dispendio. Pronto -en los �ltimos dos a�os de Menem- se esfum� el dinero generado por las privatizaciones, y cuando De la R�a lleg� al poder se encontr� con una situaci�n insostenible, de la que s�lo pod�a escapar con en�rgicas medidas de austeridad como las que, en su d�a, valientemente  propuso Ricardo L�pez Murphy, y que le valieran su casi inmediata cesant�a.

Ante esta situaci�n, �qu� pueden hacer instituciones como el FMI o el BM, creadas despu�s de la Segunda Guerra mundial para evitar, precisamente, los torbellinos monetarios internacionales que se generan cuando una econom�a de cierto volumen est� abocada a la quiebra y se corre el riesgo de multiplicar la crisis? Si acuden con miles de millones de d�lares en forma de un pr�stamo urgente, como en el pasado se ha hecho con M�xico y Brasil, es posible que se consiga conjurar el problema actual, pero �hasta cu�ndo? Mientras el desequilibrio estructural se mantenga, mientas el d�ficit p�blico persista, cualquier medida de gracia s�lo conseguir� comprar un poco de tiempo.

�Se puede, simult�neamente, otorgar el pr�stamo y exigir de los argentinos un compromiso de austeridad y moderaci�n que resuelva permanentemente el problema? No lo parece, porque los objetivos de los prestamistas, el gobierno y la sociedad est�n encontrados. A las instituciones prestamistas, que no son ONGS dedicadas a la caridad, sino a la estabilidad monetaria del planeta, lo que les interesa es que Argentina solucione su problema y devuelva el dinero en los plazos previstos y con los correspondientes y leg�timos intereses que la operaci�n devengue. El gobierno argentino, que est� formado por pol�ticos que desean ser reelectos, sabe que el despido de funcionarios, el recorte de los servicios y el aumento de la presi�n fiscal son los tres caminos m�s cortos para la derrota en las urnas y para las batallas campales contra los sindicatos. Y el conjunto de la sociedad, que ya padece graves aprietos econ�micos, no quiere o�r hablar otra vez de �apretarse el cintur�n�.

La tentaci�n de Bush y de los republicanos ser� lavarse las manos y dejar que Argentina quiebre, afrontando con ello el riesgo de una crisis en cascada que afecte a todo Occidente. La hip�tesis es que en el mundo dominado por el d�lar, el euro y el yen, el da�o que puede provocar el fracaso de una econom�a del tama�o de la argentina no es excesivo. Esa quiebra, suponen, servir� para que los argentinos resuelvan sus problemas responsablemente. Al fin y al cabo, el capitalismo es un sistema de riesgos en el que la buena conducta se premia con beneficios y crecimiento, mientras la mala conduce al empobrecimiento. Si se elimina ese factor de recompensas y castigos se pierde la capacidad de �purificaci�n� que tiene el sistema: esa fuerza que Schumpeter llamaba la �destrucci�n creadora�.

En todo caso, el problema de fondo de Argentina no radica en esta crisis actual, y ni siquiera en el desequilibrio de gastos e ingresos en el sector p�blico. La cuesti�n central es que la productividad y la producci�n de esa sociedad no alcanzan para costear las expectativas de un pueblo culto e informado que aspira a tener la prosperidad de Francia, la alegr�a de vivir de Italia y la seguridad social de Suecia. Todo eso es potencialmente posible -Argentina cuenta con un excelente capital humano-, pero requerir�a una profunda reingenier�a del Estado y del aparato productivo, y no parece que hoy queden muchos argentinos con energ�a e ilusiones para emprender semejante tarea. 

Julio 23, 2001

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