La peligrosa guerra de las palabras

Carlos Alberto Montaner

Parece una est�pida discusi�n sem�ntica, pero es un grav�simo asunto. En septiembre se van a reunir los cancilleres latinoamericanos a debatir y definir los rasgos que caracterizan a una verdadera democracia. Pr�cticamente todos los gobiernos est�n de acuerdo en que el adjetivo clave es �representativa�, �democracia  representativa�, mientras la Venezuela de Hugo Ch�vez defiende ardorosamente el calificativo �participativa�: �democracia participativa�.

�Por qu� es importante la diferencia? Porque no son dos palabras inocentes sino dos formas opuestas de entender las relaciones de poder entre la sociedad y el estado. De una manera sint�tica, y sin duda arbitraria, cuando se dice �representativa� se alude a un modelo de gobierno en el que existen plenas garant�as para los individuos. Es el tipo de Estado de Derecho con l�mites precisos y numerosas cautelas, en el que las personas est�n a salvo de los atropellos del gobierno y a�n de la voluntad de las mayor�as. Por el contrario, cuando se dice �participativa� a lo que se refieren es a un modelo �revolucionario� en el que las reglas de juego pueden ser cambiadas  constantemente en nombre de los intereses reales o supuestos del pueblo. El �pueblo�, digamos, puede votar democr�tica y mayoritariamente la limitaci�n o prohibici�n de la propiedad privada, o puede excluir de sus derechos a minor�as inc�modas. En Venezuela, por ejemplo, se baraja la posibilidad de declarar que el Estado asume la propiedad de todas las tierras, que se conceder�n mediante arrendamiento a quienes demuestren talento para ponerlas a producir. Principio que en el futuro podr�a extenderse a las viviendas o a los autom�viles. �Por qu� no otorgar la segunda vivienda ociosa a los pobres que no tienen ninguna? �C�mo admitir que una familia posea dos o m�s coches cuando hay tantas que carecen de uno?

En otras palabras, en el estado participativo o revolucionario, los ingenieros sociales siempre est�n dispuestos a corregir las injusticias supuestamente provocadas por el mercado, pues para ello cuentan  con el respaldo de las mayor�as, ese m�tico pueblo para el que trabajan noche y d�a febrilmente. En ese modelo de estado, y en esa forma de gobernar, no existen derechos naturales inalienables, sino la voluntad coyuntural de los revolucionarios que interpretan los deseos y necesidades de los �despose�dos�, vocablo cuya significaci�n �ltima contiene una tremenda carga ideol�gica: no son, simplemente, pobres. Son personas a las que unos tipos codiciosos y desaprensivos les han quitado los bienes que deber�an poseer.

De alguna manera, esta divisi�n entre los defensores del Estado �constitucional�, en el que un texto garantiza los derechos naturales de los individuos, y los defensores del estado revolucionario, comenz� a perfilarse a fines del siglo XVIII, cuando norteamericanos y franceses hicieron sus respectivas revoluciones. Los norteamericanos, inspirados en John Locke y en la tradici�n brit�nica de los �constitucionalistas�, se alzaron en contra de Inglaterra para poner l�mites a la acci�n del gobierno. El objetivo era crear las condiciones para que cada norteamericano pudiera �buscar la felicidad� de acuerdo con su lib�rrimo criterio. Era una revoluci�n para la libertad. Los franceses, en cambio, colocados bajo la advocaci�n de Rousseau y su Contrato social, santo patr�n de los jacobinos, se propusieron redise�ar la sociedad francesa mediante la acci�n de los revolucionarios. No hab�a derechos naturales. La sociedad pod�a pactar o revocar acuerdos a su conveniencia Era una revoluci�n para la justicia. Y la diferencia entre los dos procesos es la que separa a Jefferson de Robespierre, a Madison de Danton.

�Cu�l hecho hist�rico fue m�s ben�fico para la sociedad? Curiosamente, uno de los pocos part�cipes de las dos revoluciones, el venezolano Francisco de Miranda -el �nico latinoamericano cuyo nombre figura en el Arco del Triunfo en Par�s-, conocedor profundo de ambas realidades, dej� escrito un juicio muy significativo que vale la pena recordar: �Dos grandes ejemplos tenemos delante de los ojos: la revoluci�n americana y la francesa. Imitemos discretamente la primera; evitemos con sumo cuidado los fatales efectos de la segunda�.

Este viejo debate, disfrazado y reetiquetado bajo palabras aparentemente inofensivas, es exactamente lo que discutir�n los cancilleres latinoamericanos pr�ximamente. El gobierno venezolano, dirigido por un pintoresco Robespierre caribe�o, defiende la tesis de que hay varias formas de entender la democracia, e intenta introducir en los documentos de concertaci�n diplom�tica el calificativo �participativo�, pero sin otro objetivo que amparar los experimentos revolucionarios que vayan surgiendo en la zona, incluido el que irresponsablemente se lleva a cabo en Venezuela. Ya los sandinistas se apresuraron a decir que el modelo a que ellos aspiran no es representativo sino participativo, y pronto, uno tras otro, los viejos partidos autoritarios y marxistoides de la regi�n, especialmente los incluidos en el llamado �Foro de Sao Paulo�, como han tenido que renunciar al viejo discurso revolucionario, ir�n atrincher�ndose tras esa nueva bandera.

Ojal� que la diplomacia latinoamericana, que en Quebec, lideradas por Costa Rica, Per� y Argentina, defendi� vigorosamente la �cl�usula democr�tica� para excluir de ALCA a todas las dictaduras, no ceda por cansancio a las presiones de la canciller�a chavista. No estamos ante una discusi�n absurda o bizantina. Si se le franquea la puerta a la definici�n de Hugo Ch�vez, por esa abertura comenzar�n a entrar todos los monstruos. 

Firmas Press

Agosto 19, 2001

Responder a