``Enfr�ntate a los malos; enfr�ntate a los crueles; enfr�ntate a todos, menos a los tontos. Son demasiados y siempre ser�s derrotado''
Dos lecciones para despu�s de la guerra
Madrid -- La clase dirigente estadounidense tiene un par de lecciones que aprender de esta guerra antiterrorista planetaria que comienza a librar. La primera, es entender que el conflicto no comenz� el 11 de septiembre con el ataque a las torres gemelas y el Pent�gono, sino tres a�os antes, el 12 de octubre de 1998, cuando los agentes de Bin Laden atacaron el barco de guerra USS Cole en las costas de Yemen. A las 72 horas los servicios secretos norteamericanos sab�an qui�nes estaban detr�s de la acci�n terrorista, y no ignoraban que todo suced�a con la complicidad de Afganist�n, pero el presidente Clinton, atrapado en sus mil problemas personales, se limit� a dar una d�bil respuesta ret�rica.
Bin Laden sac� entonces sus conclusiones m�s siniestras. Washington era un tigre de papel y Clinton el payaso de las bofetadas. Si sus hombres, impunemente, eran capaces de atacar y casi destruir un magn�fico buque de guerra norteamericano cuya fabricaci�n exced�a los mil millones de d�lares; si pod�an matar a 17 marinos sin que los Estados Unidos reaccionaran con energ�a, era evidente que se estaba ante una naci�n paralizada por la indiferencia, por la abulia, por la imposibilidad de enfrentarse a un enemigo irregular y evasivo, y, sobre todo, por la falta de voluntad de lucha. Fue entonces cuando Bin Laden se convenci� de que cualquier agresi�n era factible, incluido el ataque a New York, al Pent�gono o a la misma Casa Blanca. Era posible, pues, comenzar la demolici�n de los centros de poder de Estados Unidos, como dijo Fidel Castro en Teher�n pocas semanas antes de los atentados, hasta ``poner f�cilmente a Estados Unidos de rodillas''.
Ahora se ve con toda claridad que los hechos del 11 de septiembre pudieron haberse evitado si entonces, en octubre de 1998, Washington hubiera hecho exactamente lo mismo que ahora: exigir la entrega de Bin Laden y sus c�mplices para ser juzgados por el ataque al USS Cole, o afrontar las consecuencias de una guerra. Es seguro, naturalmente, que Clinton no hubiera tenido el apoyo mundial que le proporcion� a Bush la dram�tica tragedia del hundimiento de las torres gemelas y el asesinato masivo de m�s de cinco mil civiles aplastados entre sus ruinas, pero esa falta de respaldo debi� pesar menos que la pregunta clave que debieron hacerse en la Casa Blanca: ``�Qu� nos van a hacer ma�ana nuestros enemigos si nosotros hoy toleramos sin responder que ataquen a uno de nuestros barcos de guerra?'' La lecci�n es muy antigua: la impunidad es siempre un est�mulo para agresiones mayores.
La segunda gran lecci�n tiene que ver con el antiamericanismo.
Los norteamericanos han podido comprobar que una parte sustancial del planeta
los detesta. Esto ocurre en Europa, a la que salvaron dos veces a lo largo del
siglo XX, ocurre en todo el mundo isl�mico --mil doscientos millones de
sobrevivientes--, en donde Bin Laden es un h�roe casi un�nime, y en Am�rica
Latina, donde la percepci�n es bastante desigual. Seg�n los estudios de la
empresa Bendixen, una excelente encuestadora que ha medido esta emoci�n
pol�tica, el pa�s m�s antiamericano de Am�rica Latina es Argentina, y el m�s
pronorteamericano es Panam�, seguido, por Costa Rica y por M�xico. En todo caso,
las razones del antiamericanismo son muy variadas, pero todas tienen un vigoroso
punto de coincidencia: Estados Unidos es una naci�n muy rica, mientras una parte
sustancial del mundo es terriblemente pobre, y son cientos de millones las
personas convencidas de que los dos fen�menos est�n relacionados. Piensan que
Estados Unidos debe su riqueza a la explotaci�n de los m�s
d�biles.
Las personas educadas saben que �sa es una grosera necedad, pero las personas educadas no abundan excesivamente. Hay un viejo proverbio hind� que lo dice con cierta melanc�lica gravedad: ``Enfr�ntate a los malos; enfr�ntate a los crueles; enfr�ntate a todos, menos a los tontos. Son demasiados y siempre ser�s derrotado''. �C�mo explicarle a esa infinita legi�n de tontos que Estados Unidos no se ha robado la riqueza, sino que la ha creado mediante el ahorro, la inversi�n, la investigaci�n y la innovaci�n constantes a lo largo de m�s de dos siglos de libertad econ�mica y estado de derecho ininterrumpidamente sostenidos? �C�mo convencerlos de que la prosperidad de los pueblos no son unas monedas metidas en un cofre o unos ``recursos naturales'' que los m�s poderosos les arrebatan a los m�s d�biles?
Es en este terreno de la defensa del modelo occidental de
desarrollo donde Estados Unidos tiene que hacer un enorme esfuerzo pedag�gico
para callar de una vez a los enemigos de la libertad econ�mica, que son sus
propios enemigos, de manera que se desvanezca ese poderoso sofisma
antinorteamericano. Estados Unidos no puede convencer al mundo de la
superioridad de sus valores, ni de las virtudes de su sociedad, pero s� le es
dable desarrollar a escala planetaria y a todos los niveles de comprensi�n una
campa�a de informaci�n sobre el proceso de creaci�n y destrucci�n de riquezas.
Quiz�s si los paquistan�es descubren que ellos son los responsables de la
miseria en la que viven, y no los estadounidenses, dejar�n de odiarlos. A lo
mejor comienzan a odiarse a s� mismos, pero entonces el asunto habr� dejado de
pertenecer al �mbito de la econom�a. Entonces ser� una cuesti�n de Prozac o
sicoan�lisis. Algo se habr� mejorado.
Noviembre 11, 2001
