Guerra, extorsi�n y pobreza

Carlos Alberto Montaner

Como consecuencia de esta Cuarta Guerra --la guerra contra el terrorismo--, Estados Unidos y el Occidente rico vuelven a ser extorsionados con el siguiente argumento, expresado por el presidente de Pakist�n, Pervez Musharraf: ``La pobreza y las privaciones conducen a la frustraci�n, que hace que las masas sean m�s proclives a ser explotadas por grupos extremistas''. O sea, que para evitar que el se�or Bin Laden tenga apoyo, Estados Unidos y Occidente deben rescatar de la miseria a los pobres del Tercer Mundo.

La proposici�n tiene dos aspectos fallidos. El primero es no entender las motivaciones de don Osama. Este personaje no representa un movimiento reformista encaminado a crear un mundo m�s justo e igualitario del que se haya erradicado la pobreza. A Bin Laden, millonario y amigo de millonarios, le tiene sin cuidado la miseria de sus correligionarios. Su reino no es de este mundo. Su sagrado objetivo se limita a tratar de expulsar a los infieles del territorio isl�mico. Si su preocupaci�n cardinal hubiera sido la distribuci�n equitativa de los bienes disponibles, �por qu� su pasada y sangrienta oposici�n a los sovi�ticos?

Tampoco parece razonable la idea de que las turbas mahometanas que queman banderas americanas y brit�nicas en las calles de Pakist�n lo hacen como expresi�n de una fiera inconformidad con su triste desempe�o econ�mico. No se trata de un odio fundado en el contraste entre diversos grados de riqueza, sino de una reacci�n primaria, tribal, contra un enemigo extra�o y distinto. Las masas isl�micas est�n fatalmente acostumbradas a soportar las enormes diferencias sociales que se dan en esas sociedades. Donde todo lo que acaece es el resultado de la voluntad de Dios no hay mucho espacio para la rebeld�a social. Rebelarse es una actitud propia de sociedades que creen en el libre albedr�o y en la voluntad del ser humano para luchar contra la adversidad. O sea: las incardinadas en la tradici�n racionalista de Occidente.

El segundo error consiste en pensar que la asistencia econ�mica va a sacar de la pobreza a estas sociedades y a potenciar el aprecio por las naciones pr�speras del primer mundo. No se conoce un solo caso de un pa�s que haya conseguido desarrollarse por medio del auxilio exterior. Esas ayudas a veces alivian superficialmente algunos problemas, pero nada m�s. Por otra parte, nunca fue m�s agudo el antioccidentalismo que en las d�cadas de los sesenta, setenta y ochenta del siglo XX, cuando Estados Unidos y Europa, basados en la misma premisa, volcaron in�tilmente miles de millones de d�lares sobre el tercer mundo. S�lo la ``Alianza para el progreso'' se trag� treinta mil millones de d�lares --casi tres veces el monto original del Plan Marshall-- sin resultados apreciables. Mientras Washington, atemorizado por la Guerra Fr�a, bombeaba d�lares sobre las sociedades latinoamericanas con el prop�sito ingenuo de estimular la lealtad, simult�neamente crec�a el sentimiento antinorteamericano en buena parte de ese mundo. Nada extra�o: de todas las emociones que estremecen al bicho humano, ninguna es m�s compleja y contradictoria que la gratitud. Mucho m�s reconfortante que agradecerle a Estados Unidos el auxilio que prestaba era culpar a ese pa�s por las penurias padecidas.

No obstante, lo correcto y lo decente es continuar tratando de mitigar las miserias del Tercer Mundo, pero sin hacerse ilusiones pol�ticas y sin creer que por ese medio se fomentan unos lazos de afecto genuino. Estados Unidos, que apenas otorga en calidad de ayuda la d�cima parte del uno por ciento de su PIB --el menor aporte proporcional del mundo desarrollado--, deber�a multiplicar esa cuota por ocho, como recomienda Naciones Unidas, pero simult�neamente deber�a vigilar muy cuidadosamente en qu� se utilizan esos fondos. En mi experiencia, tiene mucho m�s sentido entregarles los recursos a organizaciones como World Vision, que se ocupa directamente de educar a ni�os pobres, que poner esos fondos en manos de gobiernos generalmente corruptos, como sucede en la mayor parte de los pa�ses del Tercer Mundo.

Y si de lo que se trata es de intentar, efectivamente, contribuir al progreso y desarrollo de estos pueblos, �por qu� no elevar hasta la en�sima potencia a esa efectiva ONG norteamericana, ``Junior Achievement'' o ``J�venes Emprendedores'', dedicada a fomentar el esp�ritu empresarial entre los escolares? Al fin y al cabo, la �nica instituci�n que genera riquezas es la empresa, y las sociedades opulentas que han conseguido liquidar la miseria y crear amplios niveles sociales medios han podido efectuar este milagro como consecuencia de la calidad y la cantidad del tejido empresarial que han sido capaces de segregar. �Se quiere ayudar a las sociedades pobres? Ens��enlas a crear empresas competitivas.

En todo caso, si la ayuda al tercer mundo no sirve para estimular la colaboraci�n pol�tica, �hay alg�n argumento racional que aconseje mantenerla? Por supuesto. Al margen de la sensibilidad y la compasi�n, existe una raz�n pr�ctica para ayudar al pr�jimo: a nadie le conviene la pobreza del otro. Lo que nos permite prosperar es que existan otras personas poderosas con las cuales realizar transacciones mutuamente satisfactorias. Mientras m�s ricos sean los otros, m�s posibilidades tenemos nosotros de beneficiarnos. Los pobres, adem�s de encarnar una tragedia humana personal, constituyen una p�rdida de oportunidades para los que no lo son. Rescatarlos de la miseria es tambi�n una forma de contribuir a la prosperidad creciente del Primer Mundo.

Noviembre 25, 2001

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