Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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 D�A S�PTIMO
Represent�monos el viaje de Jos� y Mar�a hacia Bel�n, llevando consigo, a�n
no nacido, al creador del universo, hecho hombre. Contemplemos la humildad y
la obediencia de ese Divino Ni�o que, aunque de raza jud�a, y habiendo amado
durante siglos a su pueblo con una predilecci�n inexplicable, obedece as� a
un pr�ncipe extranjero que forma el censo de poblaci�n de su provincia, como
si hubiese algo dentro de �l que le hiciera apresurarse a aprovechar la
ocasi�n de hacerse empadronar oficial y aut�nticamente como s�bdito, en el
momento en que ven�a al mundo. El anhelo de Jos� y la expectativa de Mar�a
son cosas que no puede expresar el lenguaje humano. El Padre se halla
adorablemente impaciente por dar a su hijo�nico al mundo y por verle ocupar
su puesto entre las criaturas visibles.

 D�A OCTAVO
Llegan a Bel�n Jos� y Mar�a, buscando hospedaje en los mesones; pero no lo
encuentran, ya por hallarse todos ocupados, ya porque les desatienden a
causa de su pobreza. Empero, nada puede perturbar la paz interior de los que
tienen sus ojos fijos en Dios. Si Jos� experimentaba tristeza cuando era
rechazado de casa en casa, porque pensaba en Mar�a y en el Ni�o, tambi�n se
sonre�a con con santa tranquilidad cuando fijaba la mirada en su casta
esposa. El Ni�, a�n no nacido, se regocijaba en aquellas negativas que eran
el preludio de sus humillaciones venideras. Eso era lo que hab�a venido a
buscar. El deseo de esas humillaciones era lo que hab�a contribu�do a
hacerle tomar forma humana.
�Oh Divino Ni�o de Bel�n! Estos d�as, que tantos han pasado en fiestas y
diversiones o descansando muellemente en c�modas y ricas mansiones, han sido
para vuestros padres d�as de fatiga y vejaciones de toda clase. �Ay! El
esp�ritu de Bel�n es el de un mundo que ha olvidado a Dios. �Cu�ntas veces
no ha sido tambi�n ese mundo el nuestro!
Se pone el sol del 24 de diciembre detr�s de los tejados de Bel�n y sus
�ltimos rayos doran la cima de las rocas escarpadas que lo rodean. Hombres
groseros, codean rudamente al Se�or en las calles de aquella aldea y cierran
sus puertas al ver a su Madre. La b�veda de los cielos aparece purpurina por
encima de aquellas colinas frecuentadas por los pastores. Las estrellas van
apareciendo unas tras otras. Algunas horas m�s y aparecer� el Verbo Eterno.

D�A NOVENO
La noche ha cerrado del todo en las campi�as de Bel�n. Desechados por los
hombres, y vi�ndose sin abrigo, Mar�a y Jos� han salido de la inhospitalaria
poblaci�n y se han refugiado en una gruta que se encuentra al pie de la
colina. Segu�a a la Reina de los �ngeles el jumento que le hab�a servido de
humilde cabalgadura durante el viaje, y en aquella cueva hallaron un manso
buey. El Divino Ni�o, ignorado por sus criaturas racionales, va a tener que
acudir a las irracionales para que calienten con su tibio aliento la
atm�sfera helada de esa noche de invierno y le manifiesten con esto, y con
su humilde actitud, el respeto y la adoraci�n que le hab�a negado Bel�n.
�Pero ha llegado la medianoche, y de repente vemos dentro de ese pesebre,
antes vac�o, al Divino ni�o, esperado, vaticinado, deseado, durante cuatro
mil a�os con tan inefables anhelos!
A sus pies se postra su Sant�sima Madre en los transportes de una adoraci�n
de la cual nada puede dr idea. Jos� tambi�n se le acerca y le rinde
homenaje, con el que inaugura su misterioso e imponderable oficio de padre
adoptivo del Redentor de los hombres. La multitud de �ngeles, que desciende
del cielo a contemplar esa maravilla sin par, hace vibrar en los aires las
armon�as de ese Gloria in Excelsis, que es el eco de la adoraci�n que se
produce en torno del trono del Alt�simo, hecha perceptible por un instante
para los o�dos de la pobre tierra. Convocados por ellos, vienen en tropel
los pastores de la comarca a adorar al reci�n nacido y a presentarle sus
humildes ofrendas.
�Oh adorable Ni�o! Nosotros tambi�n, los que hemos hecho esta novena para
prepararnos para el d�a de vuestra Navidad, queremos ofrederos nuestra pobre
adoraci�n. �No la rechac�is! Venid a nuestras almas; venid a nuestros
corazones llenos de amor. Encended en ellos la devoci�n de vustra infancia,
devoci�n que, realmente practicada y celosamente propagada, nos pueda
conducir a la vida eterna, libr�ndonos del pecado y sembrando en nosotros
todas las virtudes cristianas.



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    cortesia de Anibal Monsalve Salazar

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