Argentina y los tres chiflados

Carlos Alberto Montaner

Madrid -- Hace varias d�cadas, los que entonces �ramos ni�os nos deleit�bamos con el humor cinematogr�fico de los Tres Chiflados. Se llamaban Moe, Larry y Curley, y eran tres excelentes comediantes de origen jud�o centroeuropeo, como casi todos los grandes creadores de Hollywood. El tr�o acu�� unos personajes toscos que comet�an toda clase de estupideces, y uno de ellos, el m�s brusco (Moe), con su flequillo cubri�ndole la frente, siempre disciplinaba a los otros dos retorci�ndoles las narices y las orejas, o golpe�ndolos sonoramente en las cabezas huecas. Era el sumum de la comedia de ``tortazos y bofetadas''. No ten�an la sutileza de Buster Keaton ni la poes�a de Charlie Chaplin, carec�an de la imaginaci�n delirante de los hermanos Marx, pero resultaban enormemente efectivos, especialmente entre los chiquillos, invariablemente crueles, que encontr�bamos muy divertida esa sucesi�n de agresiones y salvajadas.

Este pre�mbulo es para advertir que el tr�o ha revivido en Am�rica Latina, y ahora lo encarnan tres personajes cuyas ideas datan, precisamente, de mediados del siglo pasado, cuando los Tres Chiflados estaban en el apogeo de su fama. �Qui�nes son? No es dif�cil de imaginar: Fidel Castro, Hugo Ch�vez y Lula da Silva. Los tres est�n felices anunciando el descalabro argentino como una verificaci�n de sus sospechas frente a las libertades econ�micas, la privatizaci�n de las empresas estatales, ``las recetas del Fondo Monetario Internacional'' o la sujeci�n de la moneda argentina a un currency board que ataba el valor del peso al del d�lar norteamericano. Los tres creen que otra vez el monstruo del neoliberalismo ha demostrado su cruel ineficacia. Lula da Silva, en un alarde de imaginaci�n, hasta lleg� a decir que su pensamiento es el mismo de Hugo Ch�vez, algo totalmente inconcebible, pues al coronel venezolano lo han acusado de casi todo, pero jam�s de tener o desplegar nada que se parezca a una idea coherente. Eso nunca.

Quienes conocen lo sucedido en Argentina --y para ello basta leer los an�lisis del economista Pablo Guido de la Fundaci�n Atlas, los de la Fundaci�n Libertad dirigida por Gerardo Bongiovanni o las m�ltiples advertencias de Alberto Benegas Lynch-- saben que lo que en ese pa�s fracas�, quiz�s por cent�sima vez, fue el polvoriento populismo de siempre. Las finanzas se hundieron por aumentar insensatamente el gasto p�blico mientras por la otra punta crec�a, imparable, el d�ficit fiscal. Entre 1991, cuando comienza la reforma, y el 2000, los gastos corrientes del estado pasaron de poco m�s de treinta mil millones a m�s de ochenta mil. Casi se triplicaron. Simult�neamente, para enjugar esos pagos, el gobierno, que no recaudaba lo suficiente, se fue endeudando de manera galopante hasta alcanzar la cifra de ciento cincuenta mil millones --incluidas las provincias-- y, para financiar estas obligaciones, recurri� a dos procedimientos equivocados: el estado emiti� bonos e instrumentos de cr�dito que se negociaron en el mercado internacional, mientras se utilizaban los fondos provenientes de las privatizaciones en sufragar los gastos regulares del sector p�blico. No se invirtieron esos fondos. No se emplearon en disminuir la deuda: se gastaron alegremente en un ej�rcito de nuevos funcionarios.

Cuando las instituciones financieras internacionales, advertidas por las calificadoras de cr�dito y riesgo, comprobaron que se abr�a cada vez m�s la zanja entre el servicio de la deuda y la recaudaci�n fiscal, hicieron lo que se supone que se hace cuando se multiplica el peligro de morosidad o de insolvencia: aumentaron las tasas de inter�s, lo que, a su vez, agrav� la situaci�n financiera del pa�s. �Estaba la naci�n en quiebra? No hace unos meses, cuando el economista Ricardo L�pez Murphy puso sobre la mesa un plan de ajuste entonces perfectamente realizable. Pero la clase pol�tica lo liquid� en una semana, y L�pez Murphy, dignamente, renunci� a su cargo. Nadie quer�a o�r hablar de ajustes y de sacrificios. Todo el mundo insist�a en la met�fora de ``apretarse el cintur�n'', pero invariablemente se refer�an al cintur�n del otro, no al propio.

A principios de los noventa Argentina hizo muy bien en privatizar las ruinosas empresas del estado, focos de corrupci�n y dispendio que pesaban como una losa del cuello de la sociedad desde hac�a muchas d�cadas. Tambi�n el pa�s acert� en anclar el peso a una canasta de divisas. Era indispensable poner fin a la hiperinflaci�n y a un desbarajuste econ�mico que en menos de una d�cada hab�a destrozado tres signos monetarios consecutivos. Hab�a que devolver la confianza en el manejo de la cosa p�blica y eso s�lo se pod�a lograr si se contaba con una moneda fuerte y estable. Asimismo, fue correcta la decisi�n de bajar los aranceles, abaratar las importaciones y forzar a los productores a competir en los mercados internacionales. Es as� como se progresa. No se conoce otro modo. Es as� como lo han hecho Espa�a y Chile, por citar dos naciones de nuestra estirpe que exhiben unas pol�ticas p�blicas sensatas.

Lo que estuvo bien, pues, fue lo que se reform� de acuerdo con el sentido com�n y la ortodoxia econ�mica. Lo que se hizo mal fue lo que se mantuvo de acuerdo con las viejas recetas populistas de siempre. Fue esta r�mora lo que ha vuelto a hundir a los argentinos. Es posible que los Tres Chiflados no lo entiendan, pero ellos est�n para darse cachetadas y hacer re�r, no para comprender los asuntos realmente serios que afectan a la sociedad.

Diciembre 30, 2001

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