Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
--------------------------------------------------

Enviar noticia - elpais.esELPAIS.ES
   EDICI�N IMPRESA > opini�n
Este mundo de la injusticia globalizada

                  JOS� SARAMAGO

Jos� Saramago es premio Nobel de Literatura. Este texto fue le�do en la 
clausura del Foro Mundial Social reunido en Porto Alegre (Brasil).

______________________________


Comenzar� por contar en brev�simas palabras un hecho notable de la vida 
rural ocurrido en una aldea de los alrededores de Florencia hace m�s de 
cuatrocientos a�os. Me permito solicitar toda su atenci�n para este 
importante acontecimiento hist�rico porque, al contrario de lo habitual, la 
moraleja que se puede extraer del episodio no tendr� que esperar al final 
del relato; no tardar� nada en saltar a la vista.

Estaban los habitantes en sus casas o trabajando los cultivos, entregado 
cada uno a sus quehaceres y cuidados, cuando de s�bito se oy� sonar la 
campana de la iglesia. En aquellos p�os tiempos (hablamos de algo sucedido 
en el siglo XVI), las campanas tocaban varias veces a lo largo del d�a, y 
por ese lado no deber�a haber motivo de extra�eza, pero aquella campana 
tocaba melanc�licamente a muerto, y eso s� era sorprendente, puesto que no 
constaba que alguien de la aldea se encontrase a punto de fenecer. Salieron 
por lo tanto las mujeres a la calle, se juntaron los ni�os, dejaron los 
hombres sus trabajos y menesteres, y en poco tiempo estaban todos 
congregados en el atrio de la iglesia, a la espera de que les dijesen por 
qui�n deber�an llorar. La campana sigui� sonando unos minutos m�s, y 
finalmente call�. Instantes despu�s se abr�a la puerta y un campesino 
aparec�a en el umbral. Pero, no siendo �ste el hombre encargado de tocar 
habitualmente la campana, se comprende que los vecinos le preguntasen d�nde 
se encontraba el campanero y qui�n era el muerto. 'El campanero no est� 
aqu�, soy yo quien ha hecho sonar la campana', fue la respuesta del 
campesino. 'Pero, entonces, �no ha muerto nadie?', replicaron los vecinos, y 
el campesino respondi�: 'Nadie que tuviese nombre y figura de persona; he 
tocado a muerto por la Justicia, porque la Justicia est� muerta'.

�Qu� hab�a sucedido? Sucedi� que el rico se�or del lugar (alg�n conde o 
marqu�s sin escr�pulos) andaba desde hac�a tiempo cambiando de sitio los 
mojones de las lindes de sus tierras, meti�ndolos en la peque�a parcela del 
campesino, que con cada avance se reduc�a m�s. El perjudicado empez� por 
protestar y reclamar, despu�s implor� compasi�n, y finalmente resolvi� 
quejarse a las autoridades y acogerse a la protecci�n de la justicia. Todo 
sin resultado; la expoliaci�n continu�. Entonces, desesperado, decidi� 
anunciar urbi et orbi (una aldea tiene el tama�o exacto del mundo para quien 
siempre ha vivido en ella) la muerte de la Justicia. Tal vez pensase que su 
gesto de exaltada indignaci�n lograr�a conmover y hacer sonar todas las 
campanas del universo, sin diferencia de razas, credos y costumbres, que 
todas ellas, sin excepci�n, lo acompa�ar�an en el toque a difuntos por la 
muerte de la Justicia, y no callar�an hasta que fuese resucitada. Un clamor 
tal que volara de casa en casa, de ciudad en ciudad, saltando por encima de 
las fronteras, lanzando puentes sonoros sobre r�os y mares, por fuerza 
tendr�a que despertar al mundo adormecido... No s� lo que sucedi� despu�s, 
no s� si el brazo popular acudi� a ayudar al campesino a volver a poner los 
lindes en su sitio, o si los vecinos, una vez declarada difunta la Justicia, 
volvieron resignados, cabizbajos y con el alma rendida, a la triste vida de 
todos los d�as. Es bien cierto que la Historia nunca nos lo cuenta todo...

Supongo que �sta ha sido la �nica vez, en cualquier parte del mundo, en que 
una campana, una inerte campana de bronce, despu�s de tanto tocar por la 
muerte de seres humanos, llor� la muerte de la Justicia. Nunca m�s ha vuelto 
a o�rse aquel f�nebre sonido de la aldea de Florencia, mas la Justicia 
sigui� y sigue muriendo todos los d�as. Ahora mismo, en este instante en que 
les hablo, lejos o aqu� al lado, a la puerta de nuestra casa, alguien la 
est� matando. Cada vez que muere, es como si al final nunca hubiese existido 
para aquellos que hab�an confiado en ella, para aquellos que esperaban de 
ella lo que todos tenemos derecho a esperar de la Justicia: justicia, 
simplemente justicia. No la que se envuelve en t�nicas de teatro y nos 
confunde con flores de vana ret�rica judicial, no la que permiti� que le 
vendasen los ojos y maleasen las pesas de la balanza, no la de la espada que 
siempre corta m�s hacia un lado que hacia otro, sino una justicia pedestre, 
una justicia compa�era cotidiana de los hombres, una justicia para la cual 
lo justo ser�a el sin�nimo m�s exacto y riguroso de lo �tico, una justicia 
que llegase a ser tan indispensable para la felicidad del esp�ritu como 
indispensable para la vida es el alimento del cuerpo. Una justicia ejercida 
por los tribunales, sin duda, siempre que a ellos los determinase la ley, 
mas tambi�n, y sobre todo, una justicia que fuese emanaci�n espont�nea de la 
propia sociedad en acci�n, una justicia en la que se manifestase, como 
ineludible imperativo moral, el respeto por el derecho a ser que asiste a 
cada ser humano.

Pero las campanas, felizmente, no doblaban s�lo para llorar a los que 
mor�an. Doblaban tambi�n para se�alar las horas del d�a y de la noche, para 
llamar a la fiesta o a la devoci�n a los creyentes, y hubo un tiempo, en 
este caso no tan distante, en el que su toque a rebato era el que convocaba 
al pueblo para acudir a las cat�strofes, a las inundaciones y a los 
incendios, a los desastres, a cualquier peligro que amenazase a la 
comunidad. Hoy, el papel social de las campanas se ve limitado al 
cumplimiento de las obligaciones rituales y el gesto iluminado del campesino 
de Florencia se ver�a como la obra desatinada de un loco o, peor a�n, como 
simple caso policial. Otras y distintas son las campanas que hoy defienden y 
afirman, por fin, la posibilidad de implantar en el mundo aquella justicia 
compa�era de los hombres, aquella justicia que es condici�n para la 
felicidad del esp�ritu y hasta, por sorprendente que pueda parecernos, 
condici�n para el propio alimento del cuerpo. Si hubiese esa justicia, ni un 
solo ser humano m�s morir�a de hambre o de tantas dolencias incurables para 
unos y no para otros. Si hubiese esa justicia, la existencia no ser�a, para 
m�s de la mitad de la humanidad, la condenaci�n terrible que objetivamente 
ha sido. Esas campanas nuevas cuya voz se extiende, cada vez m�s fuerte, por 
todo el mundo, son los m�ltiples movimientos de resistencia y acci�n social 
que pugnan por el establecimiento de una nueva justicia distributiva y 
conmutativa que todos los seres humanos puedan llegar a reconocer como 
intr�nsecamente suya; una justicia protegida por la libertad y el derecho, 
no por ninguna de sus negaciones. He dicho que para esa justicia disponemos 
ya de un c�digo de aplicaci�n pr�ctica al alcance de cualquier comprensi�n, 
y que ese c�digo se encuentra consignado desde hace cincuenta a�os en la 
Declaraci�n Universal de los Derechos Humanos, aquellos treinta derechos 
b�sicos y esenciales de los que hoy s�lo se habla vagamente, cuando no se 
silencian sistem�ticamente, m�s desprestigiados y mancillados hoy en d�a de 
lo que estuvieran, hace cuatrocientos a�os, la propiedad y la libertad del 
campesino de Florencia. Y tambi�n he dicho que la Declaraci�n Universal de 
los Derechos Humanos, tal y como est� redactada, y sin necesidad de alterar 
siquiera una coma, podr�a sustituir con creces, en lo que respecta a la 
rectitud de principios y a la claridad de objetivos, a los programas de 
todos los partidos pol�ticos del mundo, expresamente a los de la denominada 
izquierda, anquilosados en f�rmulas caducas, ajenos o impotentes para 
plantar cara a la brutal realidad del mundo actual, que cierran los ojos a 
las ya evidentes y temibles amenazas que el futuro prepara contra aquella 
dignidad racional y sensible que imagin�bamos que era la aspiraci�n suprema 
de los seres humanos. A�adir� que las mismas razones que me llevan a 
referirme en estos t�rminos a los partidos pol�ticos en general, las aplico 
igualmente a los sindicatos locales y, en consecuencia, al movimiento 
sindical internacional en su conjunto. De un modo consciente o inconsciente, 
el d�cil y burocratizado sindicalismo que hoy nos queda es, en gran parte, 
responsable del adormecimiento social resultante del proceso de 
globalizaci�n econ�mica en marcha. No me alegra decirlo, mas no podr�a 
callarlo. Y, tambi�n, si me autorizan a a�adir algo de mi cosecha particular 
a las f�bulas de La Fontaine, dir� entonces que, si no intervenimos a tiempo 
-es decir, ya- el rat�n de los derechos humanos acabar� por ser devorado 
implacablemente por el gato de la globalizaci�n econ�mica.

�Y la democracia, ese milenario invento de unos atenienses ingenuos para 
quienes significaba, en las circunstancias sociales y pol�ticas concretas 
del momento, y seg�n la expresi�n consagrada, un Gobierno del pueblo, por el 
pueblo y para el pueblo? Oigo muchas veces razonar a personas sinceras, y de 
buena fe comprobada, y a otras que tienen inter�s por simular esa apariencia 
de bondad, que, a pesar de ser una evidencia irrefutable la situaci�n de 
cat�strofe en que se encuentra la mayor parte del planeta, ser� precisamente 
en el marco de un sistema democr�tico general como m�s probabilidades 
tendremos de llegar a la consecuci�n plena o al menos satisfactoria de los 
derechos humanos. Nada m�s cierto, con la condici�n de que el sistema de 
gobierno y de gesti�n de la sociedad al que actualmente llamamos democracia 
fuese efectivamente democr�tico. Y no lo es. Es verdad que podemos votar, es 
verdad que podemos, por delegaci�n de la part�cula de soberan�a que se nos 
reconoce como ciudadanos con voto y normalmente a trav�s de un partido, 
escoger nuestros representantes en el Parlamento; es cierto, en fin, que de 
la relevancia num�rica de tales representaciones y de las combinaciones 
pol�ticas que la necesidad de una mayor�a impone, siempre resultar� un 
Gobierno. Todo esto es cierto, pero es igualmente cierto que la posibilidad 
de acci�n democr�tica comienza y acaba ah�. El elector podr� quitar del 
poder a un Gobierno que no le agrade y poner otro en su lugar, pero su voto 
no ha tenido, no tiene y nunca tendr� un efecto visible sobre la �nica 
fuerza real que gobierna el mundo, y por lo tanto su pa�s y su persona: me 
refiero, obviamente, al poder econ�mico, en particular a la parte del mismo, 
siempre en aumento, regida por las empresas multinacionales de acuerdo con 
estrategias de dominio que nada tienen que ver con aquel bien com�n al que, 
por definici�n, aspira la democracia. Todos sabemos que as� y todo, por una 
especie de automatismo verbal y mental que no nos deja ver la cruda desnudez 
de los hechos, seguimos hablando de la democracia como si se tratase de algo 
vivo y actuante, cuando de ella nos queda poco m�s que un conjunto de formas 
ritualizadas, los inocuos pasos y los gestos de una especie de misa laica. Y 
no nos percatamos, como si para eso no bastase con tener ojos, de que 
nuestros Gobiernos, esos que para bien o para mal elegimos y de los que 
somos, por lo tanto, los primeros responsables, se van convirtiendo cada vez 
m�s en meros comisarios pol�ticos del poder econ�mico, con la misi�n 
objetiva de producir las leyes que convengan a ese poder, para despu�s, 
envueltas en los dulces de la pertinente publicidad oficial y particular, 
introducirlas en el mercado social sin suscitar demasiadas protestas, salvo 
las de ciertas conocidas minor�as eternamente descontentas...

�Qu� hacer? De la literatura a la ecolog�a, de la guerra de las galaxias al 
efecto invernadero, del tratamiento de los residuos a las congestiones de 
tr�fico, todo se discute en este mundo nuestro. Pero el sistema democr�tico, 
como si de un dato definitivamente adquirido se tratase, intocable por 
naturaleza hasta la consumaci�n de los siglos, �se no se discute. Mas si no 
estoy equivocado, si no soy incapaz de sumar dos y dos, entonces, entre 
tantas otras discusiones necesarias o indispensables, urge, antes de que se 
nos haga demasiado tarde, promover un debate mundial sobre la democracia y 
las causas de su decadencia, sobre la intervenci�n de los ciudadanos en la 
vida pol�tica y social, sobre las relaciones entre los Estados y el poder 
econ�mico y financiero mundial, sobre aquello que afirma y aquello que niega 
la democracia, sobre el derecho a la felicidad y a una existencia digna, 
sobre las miserias y esperanzas de la humanidad o, hablando con menos 
ret�rica, de los simples seres humanos que la componen, uno a uno y todos 
juntos. No hay peor enga�o que el de quien se enga�a a s� mismo. Y as� 
estamos viviendo.

No tengo m�s que decir. O s�, apenas una palabra para pedir un instante de 
silencio. El campesino de Florencia acaba de subir una vez m�s a la torre de 
la iglesia, la campana va a sonar. Oig�mosla, por favor.

http://www.elpais.es/articulo.html?xref=20020206elpepiopi_6&type=Tes&anchor=elpepiopi&d_date=20020206



_________________________________________________________________
Con MSN Hotmail s�mese al servicio de correo electr�nico m�s grande del 
mundo. http://www.hotmail.com/ES


--------------------------------------------------------------
    To unsubscribe send an email to:  [EMAIL PROTECTED]
    with UNSUBSCRIBE COLEXT as the BODY of the message.

    Un archivo de colext puede encontrarse en:
    http://www.mail-archive.com/[email protected]/
    cortesia de Anibal Monsalve Salazar

Responder a